Luces blancas 22
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–T u mentor es un idiota retorcido —afirma Yael, retocándose el pelo con la cámara del móvil cuando bajan los riscos escarpados de la montaña en el telesilla silencioso.

—Qué dices, pero si es un lugal —dice Simon a la vez que se inclina sobre el visor de la cámara de Yael como si estuviesen posando para hacerse un selfie—. Es una palabra en sumerio que significa «pez gordo» o «rey».

—Vosotros no lo conocéis tan bien como yo —contesta Yael, y aparta a Simon de un codazo—. Y ya basta con ese numerito. Solo era nuestra coartada para escaparnos de la fiesta.

—Creo que de verdad está borracho —responde Dez—. ¿Por qué nos has obligado a irnos?

—Porque ninguno de los dos estáis preparados para un after en la Aqueronte.

—¿Y? —pregunta Dez—. No es más que una orgía. Tampoco es para tanto.

Una parte de ella querría haberse quedado, para no quitarle el ojo, o puede que la mano, de encima a Rafe.

—Es más que eso —afirma Yael—. Es… imposible de explicar. Vosotros confiad en mí. Os he salvado el culo.

—No sabía que te importásemos —susurra Dez.

—Bueno, pues sí. Porque, si alguno de vosotros se mete en un lío esta noche, a mí también me salpica.

—¿Qué tiene eso que ver contigo?

—¿Tú también vas borracha?

Dez solo le había dado un par de sorbos al cóctel de Eri, pero sí que se siente más relajada, más ligera y, además, cree que nada de esto tiene sentido.

—¿Qué llevan esas bebidas?

—Es un secreto —responde Yael cuando el telesilla los vuelve a dejar en el sendero que lleva al comedor de la Aqueronte—. Pero creo que conozco el sitio perfecto para que os serenéis, novatos.

—¿La cocina? —sugiere Simon, esperanzado—. Hay sobras de pollo frito.

—Mejor —dice Yael, y los guía por el lado este del patio triangular, rodeando el Goliat. Dez solo sabe de una cosa que esté en la otra cara del Goliat. La sobrevoló de camino aquí la primera noche con Rafe.

—¿Nos estás llevando al laberinto? —pregunta.

—Así es —responde Yael—. De nada.

Se detienen en la entrada estrecha al jardín laberíntico. Los arbustos, iluminados por la luz de las estrellas, se extienden frente a ellos, el doble de altos que Simon. Ha dejado de nevar, pero hace más frío, y a Dez se le tensa el cuerpo con cautela.

—Será de lo más estimulante —murmura Yael—. ¿No es una preciosidad?

Desde arriba, el laberinto parecía precioso. Pero al verlo desde el suelo, algo no encaja. Dez no logra saber de qué se trata.

—El laberinto es la parte más antigua de la Aqueronte —explica Yael—. Para mí, es lo más parecido a estar en casa.

El viento hace crujir los arbustos. Un búho solitario ulula en las alturas. Dez clava la vista en las profundidades oscuras del laberinto y percibe una energía sombría e indescriptible emanar del interior.

—No tengáis miedo —dice Yael.

—Yo no tengo —anuncia Simon, y le suelta un codazo en el hombro a Dez.

—Pero si casi no te tienes en pie —contesta Dez—. Tú no cuentas.

—Quedaos conmigo y no os pasará nada —dice Yael por encima del hombro al entrar.

—Yael, ¿por qué no te has llevado a Alice cuando hemos salido del bar? —pregunta Dez mientras la sigue y evita que Simon se tropiece—. Es tu pupila. ¿No se supone que deberías cuidar…?

—A esa imbécil no va a pasarle nada —responde.

—¡Qué mala! —exclama Simon.

—Me encanta Alice —suelta Yael—. Claro. Solo que… no es del todo como esperaba.

—¿Y qué esperabas? —pregunta Dez.

—Creía que a estas alturas habríamos conseguido… estrechar lazos. Como Rafe y tú —declara—. O como Simon y Jet.

Simon y Dez intercambian miradas durante un instante. Después de lo de esta noche, siente curiosidad por saber qué dinámica se traerá su amigo con Jet, pero, si se lo pregunta, sabe que ellos le pedirán que explique la suya con Rafe, y no tiene ganas de hablar del tema.

—¿Por qué Alice iba a estar bien en la orgía de Eri, pero Simon y yo no? —pregunta Dez en su lugar.

—El mayor temor de un alumno de primero en una fiesta como esa debería ser su mentor —contesta Yael—. ¿No te fijaste en la mirada de Jet? —Suspira—. Puede que a ti no te hubiese pasado nada. Dios sabe que Rafe no permitirá que te pase nada, al menos por ahora.

¿Por ahora?

—¿Qué significa eso? —responde Dez—. Y, solo para que lo sepas, Rafe tampoco es que sea el mentor perfecto.

—Estoy segura de que tienes razón. —Yael se ríe por la nariz—. Pero, al menos, no es Jet.

—Tenéis una idea muy equivocada de Jet —dice Simon, arrastrando las palabras—. Es una fuente de sabiduría. Tiene carisma para dar y regalar.

—Sí que es una fuente, pero de otra cosa. —Yael pone los ojos en blanco—. Ni siquiera es un escriba.

—¿Entonces por qué es mi mentor de guion? —pregunta Simon.

—Sufrió un accidente durante las vacaciones —responde Yael—. Antes de eso, era un visionario.

—¿Qué tipo de accidente? —pregunta Dez.

—Uno que le impidió seguir siendo un visionario —contesta Yael—. Por un momento, creímos que tendría que abandonar el programa, pero dieron con una solución.

—Lo único que sé es que antes de entrar aquí no podía escribir un guion, aunque me fuese la verga en ello —afirma Simon—. Pero con la ayuda de Jet ya he escrito dos…

—Un momento —suelta Dez—. ¿Has terminado dos guiones?

—Tampoco es para tanto —responde Simon.

Yael se vuelve hacia Dez, la señala y empieza a partirse de risa.

—Me contaron que eras lentita. Menos mal que Alice no es la única.

—Solo llevo aquí un par de semanas —dice Dez con las mejillas como un tomate—. Lo acabaré antes de mediados del trimestre…

—Dentro de poco, Rafe impondrá disciplina —afirma Yael—. Y no de forma divertida. Si tú la cagas, entonces él también. Los de último curso cuyos pupilos no sacan películas adelante no se gradúan. A eso lo llamamos «pelis abandonadas».

Dez camina en silencio y reflexiona. No quiere darle más vueltas a la ventaja que deben sacarle los otros alumnos de primero.

Le cuesta llegar al final del día. Acabará la peli sobre O’Rourke antes del plazo.

¿Y qué si tarda más en terminar la de Mo?

No trabaja en Lazarus para aprobar la evaluación de mitad del trimestre.

La está haciendo porque su hermano tiene que verla, para que sepa que Dez no lo abandonó.

Para darle fuerzas para seguir luchando.

Dez necesita tiempo para pulirla.

Necesita encontrar la escena de Moses y de su padre en el partido de hockey .

—Hay cosas que no entiendo del repositorio —dice Dez. Yael se queda en silencio, a la espera de que continúe—. Me falta una escena que quiero usar…

—El repositorio contiene todo —contesta Yael con rapidez y firmeza.

—De acuerdo, pero no puedo encontrarla y, antes de que me digas que no la he buscado, sí que lo he hecho.

—Entonces, no existe.

—Sí que existe.

—Típico de los de primero —afirma Yael—. Vuestro trabajo no es crear un momento a partir de un deseo, sino dar sentido a lo que ya existe.

Se escucha un gemido largo y retumbante al otro lado del laberinto, como si algo estuviese recobrando la conciencia en contra de su voluntad, y Dez frena en seco.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta.

—Ni idea. —Yael parece impasible.

A Dez le martillea el corazón conforme se acerca al ruido.

—Suena como si alguien estuviese herido.

—O como si se estuviese corriendo —dice Yael—. ¿Sigues sin saber distinguir la diferencia?

Dez piensa en el ambiente voraz de esa noche en el bar, en cómo todos los de último curso parecían estar disfrutando de un placer tan primario que rayaba en la violencia.

Piensa en Jet masajeando a Simon y en Yael diciendo que el mayor temor de un estudiante de primero en una fiesta como esa debería ser su mentor.

Vuelve a escuchar el gemido, esta vez más alto. Femenino, desgarrador y más desesperado que el anterior. Aunque este proviene de otra zona del laberinto, alejada del último que ha escuchado Dez hace nada.

—¿Qué ocurre? —pregunta Simon.

—Deberíamos ver si alguien necesita ayuda —dice Dez, pero ni siquiera sabe de dónde sale el sonido. Echa un vistazo por la esquina de un arbusto y ve una sombra pesada y negra abrirse paso entre los matorrales.

—¿Quieres relajarte? —pregunta Yael, y tira de Dez hacia atrás—. La mayoría de las cosas no son asunto tuyo.

—Por eso te gusta este sitio —contesta Dez—, porque hay violencia y da miedo.

—Sí que me gusta el terror —afirma Yael.

—En la vida real no, gracias —dice Simon.

—Me gusta estar aquí porque… —empieza a decir Yael mientras se acerca a Dez—. ¿No os recuerda a nada?

—¿A El resplandor ? —pregunta Simon.

Dez alarga la mano hacia una granada roja y oscura que crece de los arbustos. Toquetea un trozo de piel abierta, rebosante de fruto. No se había dado cuenta de que el laberinto estaba hecho de granados. Nunca ha visto la fruta crecer en la naturaleza. Está inusualmente cálida al tocarla.

—Parece que has encontrado una buena —dice Yael, arrancándola de la rama—. Eri hace un vino delicioso con ellas.

Vuelve a escucharse el grito estridente y femenino, esta vez seguido de un gruñido grave y gutural de satisfacción.

—Sexo y muerte, chicos —suelta Yael mientras se guarda la granada en el bolsillo—. Lo demás es mero entretenimiento.