Luces blancas 21 #2
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21 #2

—De acuerdo —contesta Dez, que se pone de pie con culpabilidad y se aleja de Alice.

Se gira hacia la barra y apoya las manos en la superficie de madera encerada para recobrar la compostura.

Se pregunta a qué clase de presión estará sometiendo Yael a Alice en el repositorio.

Si le hubiese contado que a ella también le faltaba mucho para terminar el primer encargo, ¿habría servido de algo?

—Hola, Desdemona —saluda la camarera como si se conociesen desde hace veinte años. ¿Se conocieron en la primera noche borrosa que pasó allí? Está segura de que se acordaría de ese pelo largo y azul eléctrico y del fascinante tatuaje de un ruiseñor que la mujer lleva en el escote.

—¿Nos conocemos? —pregunta Dez.

—Oficialmente, no. Me llamo Eri. —La camarera sonríe y agacha la cabeza—. ¿Qué tal va la peli? Te asignaron a la poeta, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Trabajo en el único bar del campus —afirma Eri conforme vierte líquido de varias botellas en una coctelera—. Espero que salga bien.

—Gracias.

Eri añade hielo a la coctelera, la cierra y la agita.

—Y lo de tu hermano también.

Dez traga saliva; de repente se siente expuesta y sensible, aunque no sabe por qué. ¿Le contó lo de su hermano la primera noche que estuvo allí? Si no, ¿cómo puede haberse enterado?

Dez se percata del espejo que está detrás de Eri.

Es grande, puede que de unos tres metros y medio de ancho por tres metros y medio de alto, con un marco de cristal decorado.

Sin embargo, lo que le llama la atención es la superficie reflectante en sí.

Parece antigua, inusualmente oscura y, en el reflejo, Dez puede verse a sí misma y al resto de los estudiantes que beben a su alrededor…

Pero no a la camarera con el pelo azul eléctrico.

Simplemente, no aparece reflejada.

Eri sonríe como si supiese lo que está pensando.

—¿Te da curiosidad el espejo?

—Parece …—dice Dez, y traga saliva en busca de una palabra—. Bastante inusual.

—Es mi tesoro. —Eri saca una copa alta de martini y vierte el líquido blanco glacial de la coctelera en el interior—. Adelante, puedes hacer la pregunta.

—¿Eres…? —empieza a preguntar Dez. Se siente ridícula por las palabras que tiene en la punta de la lengua, pero allá va—. ¿Eres un fantasma? —susurra.

Eri le dedica una sonrisa triste a Dez y niega con la cabeza.

—Qué va, solo soy sobrenatural, cielo. —Desliza la bebida por la barra—. A esta invita la casa. Bueno, en realidad a todas, pero esta la he preparado específicamente para ti.

—Gracias. —Dez da un sorbo. Está deliciosa, intensa y caliente, y lleva un toque de vainilla y mandarina. Sabe deliciosa, le encanta. No sabría cómo volver a pedirla—. ¿Qué es?

—Tu bebida —contesta Eri—. Déjate caer más por aquí, ¿vale?

Yael se coloca a su lado contra la barra.

—¿Qué haces tú por aquí?

—Yo también me alegro de verte —responde Dez—. He venido con Simon. Jet lo invitó.

—Mierda, pues claro. ¿Dónde está?

—Ha ido a buscar a Esther. —Dez echa una ojeada por la barra hasta que lo ve, inclinándose de forma adorable hacia su amor platónico, gritándole algo al oído.

Es evidente que no le ha dicho algo sexual, y eso que están en una sala llena de gente que casi que está a punto de empezar a darle en público, pero por lo menos Esther sonríe.

—Bueno, es hora de que los tres nos marchemos —espeta Yael, alejándola de la barra.

—¿Por qué? Si acabo de pedir…

—No preguntes. Ya me darás las gracias. Ve a por Simon —ordena Yael—. Dile que se haga el borracho. Nos vemos fuera en sesenta segundos.

Desaparece antes de que Dez pueda protestar, así que se dirige hacia Simon. Sigue hablando con Esther, aunque Jet también se ha unido a la conversación. Le rodea el hombro con el brazo a Simon, como si fuesen viejos amigos. O puede que algo más.

—Hola, Esther —saluda Dez—. Simon, Jet.

Jet le tapa la oreja a Simon con la mano y le susurra algo que lo deja de piedra. Ninguno de los chicos parece percatarse de su presencia, pero Esther le dedica una sonrisa.

—¿Simon? —Dez le tira de la manga—. ¿Podemos hablar?

—¿Va todo bien? —pregunta Jet. Sonríe, pero lo dice con un tono extraño, casi posesivo. Le masajea el hombro a Simon con la mano.

—Claro —contesta Dez, y luego le susurra a Simon al oído—. Yael cree que deberíamos dar por terminada la noche.

—Pero… —Simon echa un vistazo a Esther y luego a Jet.

—Yo también me voy dentro de poco —dice Esther, que se pone de puntillas y le da un beso suave a Simon—. Me alegro de verte, Simon.

Jet casi ni espera a que Esther se dé la vuelta para chocarle los cinco a Simon.

—Hombre, más vale que la lleves a la cama. Y después quiero que me lo cuentes todo.

—Qué asco —suelta Dez.

Pero Simon se está riendo. Hasta que mira a Dez y deja de hacerlo.

—Perdón.

—Vámonos —murmura Dez para que solo él pueda oírla—. Yael dice que te hagas el borracho.

—¡Entendidísimo! —se parte Simon, y Dez intuye que no tendrá que ponerle muchas ganas.

—Creía que te quedarías un poco más —le suelta Jet a Simon, prácticamente haciendo un mohín.

—Me está obligando a que me largue, amigo. Nos vemos mañana. —Simon rodea a Jet torpemente con un brazo.

El mentor clava la vista en Dez y abraza a Simon más tiempo de lo normal. Eso le hace pensar que quizá Rafe no es el único que está mandándole señales contradictorias a su pupilo. De repente, se alegra de largarse.

Guía a Simon fuera, hacia la nieve fría y limpia, hasta la plataforma de esquí donde Yael está dando golpecitos con los tacones de aguja.

—Daos prisa, perras.

—Ya vamos —dice Dez justo cuando Jet sale por la puerta batiente detrás de ellos.

—Oye, Yael —suelta—. ¿Y el after ?

—Estos payasos no tienen aguante para las bebidas de Eri, Jet —responde Yael—. Es hora de que se vayan a la cama.

—Pero si la diversión está a punto de empezar —afirma Jet, echándole un vistazo a Simon—. Cuando nos soltamos de verdad, empezamos a hablar en sumerio.

—Suena bien. —Simon echa una ojeada a Dez—. ¿Deberíamos quedarnos?

Dez le da un puñetazo. No tiene ni idea de por qué Yael está tan asustada, pero su expresión y el comportamiento sutil de depredador que está mostrando Jet bastan para que quiera irse sin avisar, sin hacer preguntas.

—Ay. —Simon se encoge—. ¿A qué ha venido eso? ¡Si es la lengua de la que se conservan los registros más antiguos y además está aislada! ¡No está relacionada lingüísticamente con ninguna otra!

—Venga, Yael —suplica Jet mientras baja las escaleras del porche con parsimonia—. Deja que se queden. Deja que jueguen a…

—En otro momento —responde ella.

Jet se agacha y le susurra algo al oído conforme mira de arriba abajo a Simon con los ojos azul y negro y luego a Dez.

—Aún no —sisea Yael, y lo aparta de un empujón.

Entonces, aparece Rafe y le coloca una mano en el hombro a Jet para obligarlo a retroceder. Rafe no dice nada cuando Jet y él regresan al bar, pero echa una mirada hacia atrás por encima del hombro con una expresión tan fulminante que a Dez se le quitan las ganas de seguirlos.