Luces blancas 21
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– ¿Q ué estamos haciendo, Simon? —pregunta Dez esa noche a medida que los dos suben penosamente la colina en un torbellino de nieve hacia el telesilla detrás del comedor—. Te dije que no pensaba volver a ese bar.

—Pero es viernes por la noche y el Villains es la única fiesta del campus. No puedes hacerle la cruz al único sitio donde se puede socializar para siempre. Además, Jet nos ha invitado. Ha dicho que todo el mundo estará allí.

—Jet te ha invitado a ti. —Lo corrige Dez.

Su mentor, por otra parte, no ha mencionado ni una sola palabra sobre esta fiesta a la que está invitado todo el campus.

No cuando la estuvo abrazando en el abismo que era el centro de almacenamiento de datos.

Y tampoco cuando le besó la nuca en el objetivo.

Simon tira de los cordones de la parca, de modo que Dez solo le ve un radio de cinco centímetros alrededor de la nariz.

—Jez mencionó tu nombre explícitamente. Dijo que ayer te perdiste la primera reunión de Ojo por ojo.

—Estaba trabajando en mi peli.

—Bueno, pues esta noche no. Vas a emborracharte con tu compi de habitación favorito.

—No sabía que Yael iba a venir —suelta Dez, impasible.

Simon le da un golpe con el hombro.

—Rafe también estará allí.

—Ya lo tengo muy visto.

—Vaya. Explícame a qué viene ese tono.

—Es un poco intenso.

Todavía nota lo poco que le ha dado esta tarde en la humedad de su ropa interior. Otra vez tuvo que correrse dos veces por su cuenta después de que él saliese corriendo del objetivo.

Se pregunta si le dará miedo lo mucho que sube la temperatura cuando se besan. A ella es evidente que sí. Pero su forma de gestionarlo es tener más ansias de él. Mientras que la forma de Rafe de lidiar con ello es salir corriendo.

—Un momento. —Simon se detiene y le cierra el paso a Dez con la mano—. ¿Eso no es el telesilla?

No hay farolas, solo la luz de la luna menguante artificial, pero ya llevan caminando el tiempo suficiente como para que se les haya acostumbrado la vista.

—¿Y eso no es… un grupo de imbéciles colgándose de los cables? —Dez entorna los ojos para mirar por encima de las sillas, donde parece que un grupo de los de último curso se han subido al telesilla y se balancean del cable de metal.

—Ese es Jet —dice Simon con una fascinación evidente. Su mentor grita como loco, se balancea, se suelta y se agarra a cables aleatorios como un gimnasta suicida—. Olvida la fiesta. No pienso hacer eso —afirma.

—Solo porque tu mentor lo esté haciendo no significa que tú tengas que imitarlo —responde Dez mientras señala a un grupo de los de primero haciendo fila para montarse en el telesilla como la gente normal que no tiene ganas de tentar a la suerte.

Levantan la vista para mirar a los de último curso como si hubiesen perdido la cabeza.

Lo cual es cierto.

Hablando del tema, ¿dónde se ha metido Rafe? No lo ha visto en los cables, pero tampoco descartaría que no fuese a fardar como esos dementes.

Simon y ella se ponen a la cola detrás de Alice Quinn, Paul Rowan y otros alumnos de primero. Asienten con la cabeza a modo de saludo, pero todo el mundo parece nervioso, tenso por la posibilidad de que pronto vayan a soltarse.

Dez no está a gusto. ¿Cómo va a irse de bares cuando su hermano está en el hospital, luchando por sobrevivir? Además, la última vez que visitó el Villains, lo único que hizo fue quedar mal y desmayarse.

—No me dejes tirado, porfa —dice Simon—. Se te está poniendo cara de que estás a punto de pirarte y esta noche necesito una compinche.

—¿Por fin vas a ir a por todas con Esther?

—Tengo que intentarlo —corrobora—. Esto ya está empezando a ser ridículo.

—El curso acaba de empezar y Esther no va a irse a ninguna parte. De todas formas, me parece bien que quieras intentarlo. Tú ayúdame a no beber de más. No quiero que vuelva a pasar lo de la última vez.

—Mi buena señora, trato hecho.

—No le hables así a Esther.

—Prometerlo no puedo.

—Ni siquiera está bien.

—Váyase a paseo y acomode las posaderas en el telesilla.

Simon y Dez sueltan un gritito cuando la silla los levanta y los lleva hasta el chalé a lo lejos, en la cima de la montaña.

—El único garito que había en casa, en Oklahoma, estaba en el tráiler de mi primo. Solía comprar latas de Milwaukee’s Best en el Food 4 Less y las vendía por el doble. Entonces, leí por internet cómo montar una máquina de sous vide y voilá , ahí es donde nació la Golden Eagle Moonshine.

—El último bar al que fui estaba en una ciudad costera llamada Ventura —cuenta Dez, balanceando las piernas y observando la nieve a lo lejos bajo sus pies—.

Acababa de terminar de rodar el corto que me consiguió una plaza en la Aqueronte, así que me llevé al reparto y al resto del equipo a celebrarlo. A los dos únicos miembros.

Sonríe al recordarlo. Todavía se imagina a Asher en el bar, con las cervezas encima de la mesa, y el momento cuando alargó el brazo y le recorrió el dorso de la mano con el pulgar.

—Anda —contesta Simon—. Te gustaba uno de ellos.

—¿Qué quieres decir?

—Juro que nunca te he visto poner esa cara. ¿Qué es, una sonrisa?

—Sí, me gustaba uno —admite—. Se llama Asher. Aunque lo más seguro es que no vuelva a verlo.

—Pues yo creo que sí —responde Simon.

Un ruido detrás de ellos la hace agacharse. Jet y sus compañeros de último curso atraviesan y se cuelgan del cable que pende por encima de sus cabezas. Simon y ella intercambian una mirada de perplejidad.

—¿Cómo pueden hacer eso? —pregunta Dez.

—Supongo que será cosa del alcohol —adivina Simon—. Le he prestado a Jet mi petaca en la cena.

—¿Y si se caen?

—El noventa por ciento de esas cosas se basan en echarle huevos. Y creo que a Jet le sobran. —Señala al frente, donde el telesilla acaba y da la vuelta para bajar por la montaña—. Ay, mierda. Tenemos que bajarnos. ¿Recuerdas cómo…?

—No muy bien…

—En ese caso, moriremos —responde Simon, dándole un apretón en la mano a Dez mientras ella levanta la barra de seguridad y finge estar preparada.

Plantan los pies en un trozo de hielo, se resbalan y bajan de culo una pendiente que de repente acaba en el porche donde Dez conoció a Yael—.

Igualito que Bob Hope y Bing Crosby en Ruta a Utopía —suelta antes de subir las escaleras y abrir la puerta—. Por si no queda claro, yo soy Bob Hope.

Un estallido a cerveza rancia y a Chappell Roan sale del Villains cuando Dez entra al bar detrás de él.

Siente que la energía oscura y seductora del sitio la engulle una vez más.

El bar está a reventar, repleto de estudiantes de último curso y de gente elegante riéndose, y todo el mundo bebe cócteles del color de las piedras preciosas en cristalería extravagante.

Esta vez, no hay nadie bailando sin ropa sobre la mesa, pero, al mirar a su alrededor, Dez sigue teniendo la sensación inconfundible de que han irrumpido en una orgía.

—Eh, vaya —dice Simon tras pasar junto a un par de chicas de primero frotándose contra la puerta—. ¿Me alegro por ellas?

A la mierda su intención de mantenerse sobria. Solo existe una forma de participar en una bacanal.

—Tenemos que beber algo para ponernos a tono —dice al sortear a otro cuarteto de estudiantes; las chicas llevan unos vestidos muy cortos de punto bien subidos conforme bailan.

Divisa a Yael en un reservado; el emo de último curso que trabaja en la tienda de esquí le está chupando los dedos de los pies.

Alice Quinn los acecha como si estuviese tomándole nota a Yael de una bebida elaborada.

La mirada de Dez se clava directamente en Rafe como si fuese un imán en medio de la sala. Está sentado en la barra al lado de Jet, con Esmeralda y Kitty en sus respectivos regazos. Rafe habla, se ríe y deleita a todos sus acompañantes mientras Esmeralda le mordisquea la oreja.

Un destello de calor la atraviesa, seguido por una rabia absoluta.

La última vez que vio a Rafe estaba escondiendo una erección y saliendo a toda prisa de su objetivo.

Tampoco es que le deba nada. Rafe le ha dejado bien claros sus límites.

Aun así, Dez no puede reprimir la oleada de celos que siente cuando Esmeralda intenta llevárselo a un sitio más apartado.

Él niega con la cabeza, de forma juguetona aunque contundente, pero eso la hace insistir más.

Dez piensa en cómo es posible que, hace unas horas, se haya arrodillado delante de Rafe en el repositorio mientras se imaginaba una escena de exhibicionismo parecida a esta. En su imaginación la gente la observaba venerar la verga de Rafe.

—Esto es una barra libre de sexo —dice Simon, preocupado—. Tengo que encontrar a Esther antes de que alguien se me adelante.

Dez le hace un gesto con la cabeza para que se vaya.

—Buena suerte —le desea justo cuando los ojos de Rafe se topan con los suyos.

Se queda petrificada. Él le guiña el ojo. Dez enarca una ceja y le sostiene la mirada durante el tiempo suficiente para que él sea el primero en apartarla.

Se vuelve hacia Esmeralda, que sigue suplicándole en el regazo.

Dez le lee los labios: «De acuerdo, vámonos».

Y entonces, Rafe se levanta y deja que Esmeralda le sujete la corbata como si fuera una correa y tire de él para sacarlo por la puerta trasera del bar sin mirar a Dez.

Solo se le ocurre hacer una cosa. Beber.

Atraviesa la orgía hacia la barra. Le apetece tomarse algo fuerte y picante. De camino, alguien se choca con ella y la hace estrellarse contra Alice Quinn, cuya bandeja de bebidas cae al suelo y se rompe.

—Alice —dice Dez mientras se agacha para ayudarla—. Lo siento…

—Yael me va a matar —masculla Alice.

—Vamos a por más bebidas. No pasa nada.

—No. No puedo hacer nada en condiciones. Ni siquiera puedo terminar una película.

—Alice…

—¡Déjame en paz! —exclama Alice, al borde de las lágrimas—. Todo el mundo nos mira. Lo estás empeorando.