20
U n viento glacial le azota el pelo. Dez grita, pero la oscuridad se traga el sonido. Agita los brazos en busca de algo donde agarrarse mientras los puntos de luz blanca y pálida pasan a su lado a toda velocidad.
Los segundos parecen siglos. Sacude los pies. Se le sube el corazón a la garganta. Baja la vista, pero solo ve la nada, una nada inmensa y horripilante, conforme va cayendo y cayendo cada vez más deprisa.
En sus pesadillas, siempre está cayendo. Es su peor miedo. Ojalá fuese una de esas personas que pueden volar cuando sueñan. En vez de eso, está aquí, en esta pesadilla viviente, y siente como si fuese a seguir cayendo hasta el confín de los tiempos.
La desesperanza se apodera de ella. Piensa en su familia. ¿Volverá a verlos? ¿Alguna vez dejará de estar allí, cayendo?
Cierra los ojos y un recuerdo se le viene de golpe a la cabeza: Asher.
El día en el que se conocieron. Una imagen de él sobre el monopatín, en el aire.
Dez lleva intentando no pensar en él desde que llegó a la Aqueronte, porque puede que no vuelva a verlo.
Porque ya tiene bastante con pensar en las cosas que ojalá no hubiese echado a perder. ¿Por qué piensa en él justo ahora?
Porque, cuando estaba bajando la rampa, parecía como si supiese volar.
Pero ella no puede volar. Lo único que puede hacer es…
De repente, algo la atrapa al vuelo. Alguien . Unos brazos fuertes la sujetan con calidez, de forma protectora. No consigue ver nada en la oscuridad, pero la velocidad con la que cae disminuye.
Los brazos la obligan a colocarse en posición fetal y a sujetarse la cabeza.
—¡Agárrate! —chilla Rafe, y entonces…
CLAC.
Se estampan contra una superficie dura de metal con una fuerza que hace que le vibren los huesos. Rafe rueda al compás del golpe, sin soltar a Dez. Por fin se detienen. Jadea en busca de aire. Le escuecen el hombro derecho y el mismo lado de la cara por el choque.
Se gira para mirarlo y trata de recuperar el aliento; están lo bastante cerca de uno de los puntos de luz como para verle la cara, tan cerca de la suya que casi se rozan.
—Rafe —jadea.
—¿Te encuentras bien?
—¿Dónde estamos? —Nota que a Rafe le martillea el corazón. Los dos jadean, y su respiración se mezcla en el aire gélido. Dez le coloca una mano en la mejilla para asegurarse de que el momento es real. Tiene la piel cálida y una barba incipiente. Su pulgar está a un milímetro de la boca de Rafe.
Poco a poco, a Dez se le va acostumbrando la vista al espacio cavernoso que los rodea.
La sala es igual de larga y de ancha que el repositorio, aunque infinitamente más honda; está abarrotada de servidores gigantescos tan altos como rascacielos que se extienden más allá de donde alcanza la vista y emiten un zumbido sordo y unas motas parpadeantes de luz.
Dez baja la mirada y ve que están sentados sobre uno de los servidores, a bastante distancia del suelo.
—¿Qué es este sitio?
—Es nuestro centro de almacenamiento de datos. —Rafe echa una ojeada a su alrededor—. Forma parte del repositorio.
—¿Estos sitios no suelen estar fuera de las instalaciones?
Rafe la mira.
—No cuando la información que almacenas es demasiado confidencial como para confiársela a un tercero.
—¿Cómo hemos acabado aquí? —pregunta ella.
—No estoy seguro —responde Rafe—. Es la zona más vigilada del campus. Tiene varias capas de defensa. Y, a pesar de eso, te las has ingeniado para entrar.
—Yo solo intentaba…
—Debe de tener algo que ver con tu objetivo. Puede que el peso haya debilitado una parte del suelo y te hayas caído por el agujero…
—¿Un agujero? ¿Y tú te has lanzado detrás de mí?
—¿Qué esperabas? —Le lanza una mirada osada de arriba abajo—. Eres mi pupila.
El calor la inunda por dentro. Rafe alarga la mano y le traza un corte en el lateral de la cara con suavidad. Escuece.
—Salgamos de aquí, antes de que los dos acabemos heridos —dice. Señala el servidor que tienen al lado. Se alza quince metros por encima de ellos—. ¿Sabes escalar? —pregunta.
—Ni soñando —contesta ella a la vez que mira a su alrededor en busca de alternativas.
Los únicos servidores que tienen cerca conducen abajo.
Muy abajo. Una dirección que no le interesa volver a tomar jamás.
Se asoma al borde y siente una oleada repentina de vértigo—.
¿No puedes llamar a alguien y explicarle lo ocurrido? No ha sido a propósito…
—Has sido tú la que se ha metido en esto, Rae. Apáñatelas también para salir.
—No puedo escalar esa cosa…
—Entonces, más vale que te sujetes —dice Rafe, y se agacha.
—Dame un puto respiro.
—Escalé el Everest en menos de un día. Esto es fácil.
—¿Vas a dejar de regodearte en algún momento?
—Menos hablar y más poner los muslos donde toca.
—Está claro que no conoces la expresión. Para nada.
—De acuerdo, salta. —Se da una palmada en la parte trasera del hombro.
Le da la espalda y dobla las rodillas. Dez no se cree que de verdad vaya a hacer esto, pero no le hace gracia este lugar. Suspira y le rodea el cuello con los brazos.
—Rodéame con las piernas.
Cuando obedece, se queda sorprendida por lo bien que encajan sus cuerpos.
Inspira su aroma, siente el calor del cuello de Rafe contra la mejilla. Su mano fuerte bajo los muslos.
Rafe alarga los brazos, sujeta un borde de metal y empieza a escalar.
Durante varios minutos, Dez lo observa en silencio mientras él asciende despacio y con tenacidad, se agarra a los huecos e interruptores y sube sin romper o toquetear el equipamiento.
Se le flexionan y ondean los trapecios y respira de manera uniforme, audible, de una forma inevitablemente erótica.
¿Así es como suena en la cama? Dez se sujeta con fuerza, aunque nota que se relaja y que su cuerpo confía en que, de alguna forma, él los sacará de allí.
Deja de preocuparse por si Rafe nota el calor que está irradiando contra la parte baja de su espalda. Quiere que lo note, que sepa cuánto lo desea. Poco a poco, baja las manos por el torso de Rafe y le palpa los músculos, con ganas de más.
Después de llevar escalando lo que parece una hora, ve el brillo de una plataforma gris azulada más arriba.
—¿Eso es…?
—El fondo del objetivo —contesta Rafe cuando el pecho de Dez está en paralelo con la plataforma—. Impúlsate como si estuvieses saliendo de una piscina.
Dez se sube a la plataforma sin poder evitar pensar en su culo.
Cuando ya está arriba y a salvo, se derrumba resollando en la superficie plana y familiar.
Ahora ve que acaba de salir de un agujero enorme en un rincón oscuro de la plataforma de su objetivo.
Desde arriba, apenas puede verse, aunque es lo bastante ancho como para que se haya caído dentro.
Rafe se desploma en la plataforma a su lado y se pone de costado.
—¿Estás bien?
—No lo sé —admite—. Eso ha sido una puta locura.
—¿Quieres repetir? —Rafe esboza una sonrisa.
Dez se levanta. Toca la pantalla, ahora de un gris tenue y que no muestra a su hermano. Trata de recordar en qué se ha equivocado, de entender cómo ha pasado.
—¿Por qué no me advertiste que podía ocurrir algo así? —pregunta.
—No creía que fuese a hacer falta. Tienes un extraño don para que ocurran catástrofes inauditas. Avisaré a Zeke para que le eche un vistazo al agujero y lo repare.
—¿Cómo me has atrapado? Iba muy rápido.
—En algún momento vas a tener que aceptar que soy un machote.
Dez retrocede hasta el momento justo antes de caerse. El vídeo de su padre. Mo chillando. Había estado intentando, sin ninguna clase de lógica, proteger a la versión de su hermano en pantalla de hace quince años. ¿Ese ha sido su error, olvidar que estaba haciendo una película?
—Parecía tan real…
—Lo sé.
—Y lo de ahí abajo parecía no tener fin —confiesa.
—Lo sé —repite Rafe.
Recuerda la advertencia de Zarlengo el primer día de clase, cuando dijo que, a veces, algunos visionarios se quedaban embelesados por sus propias visiones y caían en un pozo sin fondo. Dijo que, en ocasiones, era imposible salvarlos.
Hasta ahora, le había parecido una estupidez.
—La buena noticia es que no tienes que volver a entrar ahí —afirma Rafe a la vez que se acerca a ella, tan cerca que nota su pecho contra la espalda—. A menos que te guste tropezar dos veces con la misma piedra.
El aliento de Rafe le hace cosquillas en la oreja y un torrente se apodera de ella. Hablando de errores…
Esa puta boca.
Dez gime cuando le roza la piel y siente una avalancha de felicidad absoluta que borra el miedo que ha estado sintiendo durante la última hora.
Es suficiente como para que una chica olvide que ha estado a punto de morir.
Gira el cuello para que Rafe pueda acceder al punto sensible que tiene en la nuca.
Justo. Ahí.
Le recorre la piel con los labios. Le besa el cuello y traza unos círculos lentos.
Dez alarga los brazos para desabrocharse la camisa y bajársela por los hombros para que él pueda abarcar más con la boca: la parte superior de la espalda, las escápulas.
Su mentor inspira y espira conforme le explora cuerpo y, de alguna forma, siempre coloca los labios donde más falta le hace.
Casi le basta con su aliento para correrse.
—Rafe —dice, con voz ronca y grave.
—Me destruyes cada vez que pronuncias mi nombre.
— Rafe .
El sentimiento es mutuo. Dez se da la vuelta y le rodea el cuello con los brazos. Sus labios se unen.
Debería existir otra palabra que no sea «besar» para describir lo que ocurre a continuación.
No se parece a nada de lo que Dez haya sentido o hecho hasta la fecha.
La excita incluso más que la primera vez que lo besó.
Porque lo que ambos están diciendo con los labios, con las manos, es que no pueden resistirse a la fuerza abrasadora que los une.
Puede que se odien, que se saquen de sus casillas varias veces al día, pero entre los dos existe un anhelo innegable.
Cuando la tensión sexual es tan evidente, cualquier cosa parece íntima y nunca se está lo suficientemente cerca de la otra persona. Dez lo necesita, necesita el cuerpo firme, las manos enormes, el olor y la boca irresistible de Rafe.
Podrían pasarse así toda la noche, todo el año, toda la vida y, aun así, cree que jamás tendría suficiente.
Le recorre el pecho de arriba abajo suavemente con las uñas.
Él le agarra el trasero con las manos y lo aprieta como si estuviese reclamándolo como suyo.
Cualquiera podría estar pasando junto al objetivo.
¿Se darán cuenta de lo que está ocurriendo ahí dentro?
Le da igual. No puede parar. De hecho, ojalá lo noten.
Pensar en alguien mirándola mientras se tira a Rafe ahí mismo la pone cada vez más húmeda.
Se imagina a sí misma haciéndole una mamada mientras un montón de alumnos de último curso la observan y, sin darse cuenta, se arrodilla.
Apoya una mano en su bulto duro y caliente por encima de los pantalones.
—Dez —gruñe él—. Espera.
Joder, otra vez no.
Rafe le agarra las manos, se las aparta y tira de ella para levantarla. Da un paso hacia atrás para poner una distancia fría entre ambos.
—No podemos hacerlo —dice sin aliento.
—Pues claro que podemos —contesta ella en un intento por sonar despreocupada, pero se siente como la cuerda de un violín a punto de estallar.
—Hazme caso, va en serio.
Dez suspira.
—¿Hay alguien más?
—No —contesta él con rapidez.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Tu religión te lo impide?
—No tienes ni idea de lo difícil que me resulta esto —dice con unos ojos más azules que nunca.
A Dez se le está agotando la paciencia. Es la segunda vez que la deja con ganas de más, lo que significa que ya va siendo hora de que le pague el orgasmo que le debe.
—Supongo que ya nos veremos —dice ella.
Intenta irse, pero él le agarra la mano, lo cual es frustrante, aunque a la vez le sienta bien el roce de su piel contra la de ella. Cierra los ojos.
—No lo entiendes —afirma Rafe.
—Podrías explicármelo.
—No quiero hacerte daño.
—¿En serio? —Dez se ríe—. No voy a enamorarme de ti. Ni siquiera me gustas . Solo te deseo . Como no he deseado a nadie hasta ahora.
—Yo siento lo mismo.
—¿A ti tampoco te gusto?
—Te deseo —dice con un gruñido grave y sexi—. Como no he deseado a nadie hasta ahora.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Hay… cosas que no sabes sobre mí.
—Eso apesta a mentira.
—Pero es cierto.
—De acuerdo, pues a mí se me da bien escuchar, sobre todo durante los preliminares. —No sabe por qué de pronto Rafe se lo está tomando todo tan en serio.
—Lo siento —contesta él tajantemente. Entonces pasa a su lado, retrae el objetivo y sale corriendo como si Dez tuviese la peste.