Luces blancas 19
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E n los próximos días, Dez se despierta a oscuras, prepara el desayuno con Simon y el doctor Lebevre, soporta las clases de Zarlengo y dedica el resto de su tiempo y sus fuerzas al repositorio.

No se acostumbra a la noche eterna de la Aqueronte, a ver escenas privadas de la vida de Mo o a la amenaza de la boca de Rafe cerniéndose cada mañana sobre ella cuando la honra con su presencia.

Lo cierto es que pierde una cantidad de tiempo perversa y placentera en correrse imaginándose a Rafe excitado y vibrando en su interior.

Aunque también aprende a utilizar su objetivo.

Para cuando llega su segundo viernes en la Aqueronte, aprende a aislar los vídeos de la línea vital de Mo que quiere utilizar.

Aprende a deslizar una escena desde el lateral derecho del objetivo con las puntas de los dedos.

Descubre que, si se gira por completo, puede arrastrar una escena hasta la parte izquierda del objetivo, desde donde puede editarla e insertarla en el borrador compuesto por el resto de los cortes que forman la película.

A veces, trabaja de forma cronológica; otras, lo hace por tema, aunque siempre se guía por el instinto, y el objetivo sabe adaptarse a su estado de ánimo en cualquier momento.

De las nueve a las doce de la mañana, Dez se dedica a trabajar el encargo sobre Lexa O’Rourke.

Todos los días, cuando llegan páginas nuevas del guion del escriba con el que tiene que trabajar, Paul Rowan, Dez se queda sorprendida y maravillada por lo bien que su compañero entiende el mundo interior de la poeta.

Por ejemplo:

Después de todas esas noches y de tantas cervezas con mis compañeros escuchándolos echar flores a su trabajo, da la sensación de que de verdad creen que pueden llegar a ser Lord Byron o John Donne.

¿Acaso para ser un hombre hace falta imaginarte que eres otro completamente distinto, tu hombre favorito, tu ídolo?

¿Adorarlo con tanto fervor que empiezas a pensar que te has convertido en él?

¿Qué mujer dispone del tiempo, espacio o interés como para albergar esa clase de fantasías egocéntricas?

Cuando escribo, no pretendo disfrazarme de un genio solitario que falleció hace ya tiempo, sino comulgar con la vida en su totalidad, sentir el dolor hermoso y tembloroso de todo corazón que late en este momento al compás del mío.

En fin, mientras siga aquí y ellos sean jóvenes, inexpertos y apuestos, más vale que me vaya a casa con el más poético…

Dez se ríe con algunas de las páginas que le manda Paul Rowan, aunque con otras se le parte el corazón.

Se apoya en el guion para cribar escenas del repositorio que reflejan a la mujer que está en proceso de conocer.

Entrelaza las experiencias formativas de la vida de Lexa O’Rourke: un beso bajo la lluvia en Vassar, la garrapata que le transmitió la enfermedad de Lyme…

Después de una pausa rápida para comer, Dez se pasa el resto del día centrada en Mo.

El tiempo vuela cuando está trabajando en la peli sobre su hermano.

Dez cree que solo lleva unos instantes trabajando en el objetivo solo para plegar la pantalla y darse cuenta de que ya no queda nadie más en el repositorio y de que ha vuelto a perderse la cena.

Al principio, desaparecer así la aliviaba.

Pero ahora Dez siente la presión del plazo que fijó Moriah cerniéndose sobre ella, el uno de noviembre.

A pesar de haber dejado de recibir páginas de Paul Rowan, l o que indica que ha pasado al siguiente encargo, Dez sigue sin saber cómo terminar la película sobre O’Rourke.

Avanza aún más despacio con la peli sobre su hermano. Al no contar con un escriba que le dé unas páginas de guion que seguir, tiene más libertad para adaptar la película como le plazca. Además, el archivo sobre Mo es muy amplio. Nunca ha querido que algo saliese tan bien.

Después de pasar una semana en el repositorio, se le viene un título a la mente.

Titula la película sobre Mo Lazarus , inspirada por un poema de Lexa O’Rourke.

Lo ha sacado de su verso favorito: «Una enfermedad que no deriva en muerte, sino que se sobrepone a ella».

Dez está orgullosa de lo que está creando.

Se muere de ganas por compartirlo con Mo.

Echa de menos a su hermano. Y a su madre.

Aunque, tras esa escena tan espantosa del hospital, Dez no haya podido acceder a más vídeos de la línea vital de Mo, tiene que creer que sigue vivo y se está recuperando, que su madre y los médicos están cuidando bien de él, que una parte de su hermano siente la presencia de Dez, que observa su vida.

Se sienta con él. Llora con él. Reza por él. Y, después, vuelve a ponerse manos a la obra.

—¿Te apetece tomar algo? ¿Un agua con gas? ¿Un té azul? —El abogado principal de la Aqueronte, Donegal, es imponente. Viste un traje de raya diplomática ceñido que le envuelve la desgarbada figura, apoyada contra el borde de su elegante escritorio vintage de madera.

Dez está sentada en una silla escandinava tapizada. Si le ofrecen una bebida sofisticada, por lo general la rechaza, tenga o no sed.

No obstante, haberse pasado toda la semana trabajando en el repositorio le da otra clase de confianza.

—Un matcha, por favor —dice—. Si tiene.

Donegal sonríe, echa el brazo hacia atrás y pulsa un botón.

—Olivia, tráele un matcha a la señorita Rae.

Todos los cuadros de las paredes de Donegal retratan a gente recibiendo una puñalada por la espalda: con cuchillos, tijeras, espadas, plumas estilográficas. Chistes de abogados.

—He leído tu expediente —afirma Donegal de forma despreocupada, como si estuviese describiendo una novela que está de moda—. Hay muchas piezas sueltas.

—Bueno, algo que no lo está es mi hermano —contesta Dez—. Por eso quiero ir a verlo.

—Gracias, Olivia —dice Donegal cuando su asistente entra con el té—. El problema de regresar a Death Valley es que te arrestarán nada más poner un pie allí.

—Eso es cosa mía. Puedo apañármelas —responde Dez.

—Es posible —replica Donegal—. Pero la Aqueronte no puede arriesgarse. —El abogado se levanta y da la vuelta al escritorio para colocarse delante de ella—. La Aqueronte se expondría a que la acusasen de ser cómplice de una fugitiva.

—¿No lo es ya de todos modos? —pregunta Dez.

—Cuando accediste a venir aquí, firmaste una carta de admisión por voluntad propia —le recuerda el abogado.

—¡La carta no decía nada sobre retenerme aquí! —exclama Dez—. De ser así, no la habría firmado. —Pero ¿qué ponía exactamente en la carta de admisión? Recuerda que era lo bastante escueto como para no sumarse a la ya larga lista de preocupaciones que tenía en aquel momento.

Aunque… ¿era lo bastante imprecisa como para que haya renunciado a algún derecho fundamental de ver a su familia sin pretenderlo? Se le revuelve el estómago.

—Solo estamos tratando de protegerte —afirma Donegal—. Y evitar que vayas a la cárcel.

— Yo no soy la delincuente —insiste Dez—. Un hombre armado con una pistola intentó…

—Se te está enfriando el té.

Dez mira la taza beis que sostiene entre las manos y el líquido verde y tenue del interior con el ceño fruncido. Parece cenagoso, oscuro, como un foso que rodea un castillo.

—No quemé a mi hermano a propósito —dice.

—He leído tu expediente —repite Donegal.

—¿Me cree? —pregunta Dez.

—Estoy de tu parte —responde Donegal—. Con eso basta. Y no es barato.

Dez se da cuenta de que nadie va a creerse lo del hombre enmascarado a menos que lo demuestre.

—¿Ves series policíacas? —pregunta Donegal.

Ella niega con la cabeza.

—Bueno, pues en ellas se repite mucho la frase «Espera a que la situación se calme». Pues eso es justo lo que nos gustaría que hicieses.

—¿Y si nunca se calma? —pregunta Dez.

—Todo artista tiene secretos. Con el tiempo, desaparecen —afirma Donegal.

Dez sale de la oficina del abogado con rigidez.

Cuando se subió al avión para venir a la Aqueronte, la promesa de contar con asesoramiento legal gratuito la tranquilizó.

Sin embargo, durante los cinco minutos que ha pasado en la oficina de Donegal, el abogado le ha dicho más cosas para asustarla que para calmarla.

Y Dez no puede evitar preguntarse si ese era su objetivo desde un principio.

—Necesito que me eches una mano con algo —le dice Dez a Rafe a finales de la semana, cuando se aíslan en el interior del objetivo.

—Estoy a tu disposición.

Se da cuenta de que está cerca, capta el aroma a petricor. Evita caer en la trampa de mirarle los labios. A Rafe se le da demasiado bien fingir que no ha pasado nada entre ellos y, de alguna forma, conseguir que ella se avergüence de que ocurriese.

—Quiero incluir una escena en la peli sobre Mo, pero no consigo encontrarla.

—El archivo es enorme y solo llevas trabajando ocho días.

—Pero no encuentro todos los vídeos en los que debería aparecer mi padre —contesta Dez—.

Se largó cuando Mo tenía seis años, y antes apenas estaba presente.

—Se da la vuelta en el objetivo hasta quedar frente a un trozo de pantalla en el que está colocando todas las escenas donde salen su padre y su hermano.

—¿Qué escena falta? —pregunta Rafe.

—La de un partido de hockey en Las Vegas al que nos llevó papá.

Yo tenía doce años y recuerdo que fue superespecial.

Como si, de todas las cosas que podría haber estado haciendo mi padre aquel día, de verdad quisiera estar con nosotros.

Condujo durante dos horas hasta una ciudad en la que no habíamos estado para ver un deporte del que no sabíamos nada.

Más o menos hacia el final del partido, todo el mundo se levantó, pero Mo era demasiado pequeño para ver la pista, así que mi padre lo aupó y se lo puso sobre los hombros.

A mi hermano le encantó. Se estaba desternillando.

Y la cámara lo grabó. Lo reprodujeron en la pantalla del Jumbotron.

Así que di por hecho que estaría en el repositorio, ¿sabes?

—Debería estarlo —confirma Rafe.

—Creo que es el único recuerdo feliz que Mo tiene con mi padre. Tengo que meterlo en la peli. Pero he buscado y rebuscado entre los archivos y no está.

—Por eso a los de primero no se les asignan encargos sobre sus conocidos —contesta Rafe—. Los recuerdos son subjetivos.

—Este, no.

—Quizá algo que creas que ocurrió de una forma concreta en realidad sea de otra muy distinta.

—Sé que es real —replica ella tras negar con la cabeza—. Yo estuve allí. Fue algo simple. Un mero destello de alegría en la vida de un niño pequeño.

—Fue hace doce años, durante una niñez marcada por el trauma —afirma Rafe—. Pudiste ver a otro crío a hombros de su padre y deseaste que ojalá fuese Mo. Lo deseaste con tanto empeño que tus recuerdos…

—No me lo inventé.

—Si no está en el repositorio, entonces puede que lo hicieses.

—¿Por qué intentas confundirme? —pregunta Dez, molesta.

—Me preocupa lo mucho que pareces estar endulzando la película. ¿Recuerdos felices sobre un partido de hockey con el maltratador de tu padre? Venga, Dez. No pierdas el tiempo buscando una escena sentimental que puede que solo exista en tu cabeza. A Mo no le haces ningún favor capándole la vida.

—No estoy haciendo eso —masculla ella. Rafe tiene un don inusual para hacer que se ponga en la defensiva. Y que le entren ganas de apuñalarlo.

—Entonces, dime cuál es el concepto.

—¿Cómo? —pregunta Dez. No se ha estado planteando la película de ese modo. Solo sabe que la está haciendo por su hermano.

—Te asignaron el drama como género, ¿no? Los dramas lidian con conceptos —suspira, decepcionado.

—He intentado centrarme en la cicatriz de Mo. Zarlengo dice que todas ellas…

Rafe se pasa la mano por la cara como si lo estuviesen torturando.

—Lo de la cicatriz es solo para principiantes. Una cicatriz no es más que una premisa. La ambientación.

—El arte es la ambientación —contesta Dez.

Rafe se gira para mirarla con un brillo desafiante en los ojos de color azul intenso.

—De acuerdo, Dez. ¿Cuál es tu cicatriz?

Dez da un respingo por la intensidad con la que lo dice. Se pasa el pulgar por la cicatriz de la muñeca.

—No sabría por dónde empezar. ¿Y la tuya?

—Mi mentor me abandonó.

—¿Aceptó un trabajo en la industria? —Dez recuerda a Zarlengo asegurándoles que les aguardaba su trabajo de ensueño.

—Nada más lejos de la realidad —responde Rafe con una expresión que destila una pérdida inconcebible.

A Dez se le enciende una bombilla.

—¿No estarías…? ¿Enamorado?

—Ojalá fuese tan fácil —contesta Rafe.

Dez se da la vuelta, celosa y avergonzada. ¿No es un cliché que un pupilo se enamore de su mentor?

—Oye, tengo muchas cosas que hacer —dice—, así que, si no vas a ayudarme a buscar la escena, entonces déjame ponerme a ello…

—No, prefiero quedarme para ver a papaíto en acción. —Rafe estira el brazo para tocar el espacio donde ha estado dejando las escenas con su padre. Arrastra una cualquiera al centro de la pantalla. Es la que menos habría querido enseñarle si él le hubiese dado a elegir.

En la pantalla, su padre se acerca poco a poco hasta Mo con unos pasos terribles y una toalla mojada bien agarrada en la mano. Es tarde y ha estado bebiendo; Dez casi puede oler la cerveza empapando el objetivo. Y Mo había cometido el error de olvidarse la toalla en el suelo del baño.

Dez contiene el aliento conforme la sombra de su padre le oscurece el rostro a su hermano. Estaba viendo los Looney Tunes; era una escena sobre el Correcaminos. Dez sabe lo que está a punto de ocurrir. Lo recuerda. Pero todavía no está preparada.

—No —susurra al revivir el terror de ver a su padre levantar a Mo del sofá y sujetarlo con brusquedad por el brazo. Su hermano grita…

¿Y Dez?

Dez hace lo mismo que hizo cuando tenía diez años: irrumpe corriendo en el salón al escuchar los gritos de su hermano. Se abalanza hacia la persona que le está haciendo daño a Mo.

—Dez —dice Rafe—. Para…

Pero Dez es incapaz de frenar. Corre a toda velocidad hacia su padre hasta que…

El suelo desaparece bajo sus pies.

El estómago se le sube a la garganta.

Agita los brazos.

— ¡¡Dez!!

Oye la voz de Rafe. ¿Cómo puede estar tan lejos? Si hace un segundo estaba a su lado…

Ahora escucha el eco de esa voz rebotando en la oscuridad.

La escena del salón ha desaparecido. Igual que los vídeos sobre su hermano. Y la ira ciega y devastadora de su padre. El mundo de Dez se ha vuelto completamente negro.

Nada. No ve nada.

Hasta que, al bajar la vista, ve parpadear varios puntos de luz. Se acercan de una forma que acaba por dejarle bien clara una cosa.

Está cayendo.