18
– ¿Q ué has hecho? —exige saber Rafe.
—No lo sé —contesta Dez con un grito ahogado—. Solo quería verlo.
Rafe se coloca delante de ella y alarga los brazos hacia la pantalla como si intentase quitar la escena con sus propias manos.
Pero Dez no puede soportarlo. Se los sujeta.
—Por favor. No hagas que desaparezca. —Tira de él hacia atrás hasta que cede. Clava la vista en la imagen que la rodea, tan nítida que da la sensación de que está en esa sala con Mo.
El corazón le late con fuerza.
Puede girar la cabeza y ver todos los ángulos: los cactus al amanecer a través de las persianas entrecerradas, el envoltorio de un caramelo que se le ha caído del bolsillo a un médico aterrado, una pizarra con caras que representan distintos grados de dolor.
¿Seguro que es Mo? Dez apenas puede discernir lo que está viendo y no consigue entender cómo o por qué ha pasado.
Entonces, sucede algo extraño en pantalla. Es como si la cámara dejase de centrarse en la UCI. Dez ve los destellos de un pasillo y unos médicos y enfermeras recorrerlo a toda prisa. Es una experiencia tan inmersiva que se le revuelve el estómago. Ve dos puertas batientes y enormes de metal…
Y, al otro lado, la expresión horrorizada de su madre.
Con un movimiento de la mano, Rafe lo hace desaparecer y ambos se quedan a unos centímetros del otro, jadeando bajo la luz tenue y gris.
—Ese era mi hermano —declara Dez de forma atropellada—. En el hospital.
—Sí.
—¿Cuándo? ¿Cómo? —pregunta. En la pantalla, su madre llevaba la misma ropa que cuando ingresaron a Mo. ¿Su hermano murió justo después de que Dez pusiese rumbo a la Aqueronte? ¿Acabó entrando en el coma en el que está ahora?
Rafe se pasa una mano por el pelo oscuro y denso; parece haberse quedado sin palabras.
—Se supone que no debías ver eso —dice—. Ni siquiera deberías haber podido acceder.
—Bueno, pues lo he visto. —Dez se toca las sienes al recordar el dolor punzante que sintió justo antes de que Mo apareciese en pantalla—. Necesito que me cuentes qué está pasando.
—Nuestro equipamiento tiene la capacidad de trabajar con los cineastas por telepatía —explica Rafe—, para que tú puedas controlarlo con tu visión mental. Pero todavía no sabes cómo hacerlo. Es algo que se tarda meses en aprender, a veces incluso años. Y, aun así, no sé cómo…
—Me importa una mierda el plan de estudios, Rafe.
—Creo que tus emociones han anulado el repositorio. —Traga saliva—. Jamás he visto algo así. No tiene por qué ser malo. —Se rasca la cabeza mientras reflexiona—. Quizá tenga que ver con tu visión. Me pregunto qué más puedes ver.
—Rafe, ¿cómo es posible que la Aqueronte haya conseguido esa grabación sobre mi hermano? ¿Es real?
—Lo es —contesta, mirándola a los ojos—. Si una imagen o una escena aparece en el objetivo en cualquier momento, se guarda en el repositorio.
—¿Quién la rodó?
—La Aqueronte tiene una amplia red de…
—¿Qué significa eso? ¿Le habéis pagado a una enfermera para atarse una GoPro a la cabeza? —Dez está a punto de echarse a llorar. Está muy confundida, y lo que ha visto parece una crueldad.
Entonces, se da cuenta de algo espantoso.
—¿Rafe? Antes de subirnos al avión, en Death Valley, cuando dije que no vendría a menos que pudiese ver a mi hermano cuando quisiese…
Rafe se la queda mirando. Asiente.
—¿Te referías a esto?
—Dez… —suspira Rafe.
—Contesta.
—Puede que sea lo más cerca que vayas a estar de verlo.
—No. No. Me dijiste…
—Dez, con la carga de trabajo que hay aquí no puedes tomarte un fin de semana libre.
No vas a poder mantener el ritmo. —Le apoya una mano en el hombro, y Dez se odia por querer abrazarlo.
La ha engañado—. Todos tenéis hasta el uno de noviembre para terminar vuestra primera película —dice—.
No es fácil. Y si no lo consigues, ya está, se acabó.
Estás fuera y te quedas sola. No podremos protegerte.
—La Aqueronte no iba a llevarme a visitar a Mo —dice Dez.
—¿De verdad crees que es eso lo que quiere tu familia? —pregunta Rafe, atravesándole el corazón espinoso a Dez con la verdad.
Siempre ha estado retenida aquí. Si no era por Rafe o por la escuela, entonces por lo que hizo aquella noche en el Dairy Barn. No se merece volver a casa.
—Quiero reunirme con los abogados. ¿O eso también era mentira? —Sorbe por la nariz.
—Nada de eso es mentira. Puedes reunirte con nuestros asesores legales cuando quieras.
—Lo que estáis haciendo no es ético —afirma Dez al mismo tiempo que señala donde antes había estado Mo con la mano—. Eso debería ser personal.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —contesta Rafe—. Y, puesto que estás interesada en la ética del cine, deberías apuntarte al club de ética de Jet. La primera vez que leí La república de Platón, quise tatuármela. Por desgracia, no vivimos en una época donde prime la ética.
—Qué casualidad —replica Dez—. Estoy segura de que ninguna figura autoritaria ha dicho justo eso.
—De todos modos, ¿no te alegras de ver a Mo, aunque solo sea un momento? —pregunta Rafe.
Una lágrima le baja por la mejilla. Sí que se ha alegrado.
—Vamos, Dez —continúa Rafe en voz baja—. Véndemelo.
—¿Que te venda qué? —masculla a la vez que se seca los ojos.
—Quieres grabar una peli sobre tu hermano —dice—. ¿Lo que acabas de hacer, acceder a esa grabación con la mente sin que te lo hayan enseñado? Has captado mi atención. Veamos si puedes mantenerla.
Dez no necesita pensárselo demasiado. La idea está justo ahí, a la espera frente a ella, casi la tiene. Antes de expandir el objetivo, se había imaginado rodando escenas con gente que se pareciese a su hermano. Ahora, se pregunta qué más se puede hacer.
—¿Qué más contiene el repositorio?
—Ya te lo he dicho…
—No me respondas «Todo».
— Todo.
—Necesito que seas más concreto.
—Compruébalo —indica Rafe, y señala la pantalla con la cabeza.
Dez se vuelve hacia ella. Durante un buen rato, no ve nada salvo gris.
Piensa en Mo. No en el hospital, sino en el transcurso de su vida, en el chico al que conoce desde siempre.
Un momento después, percibe una luz tenue y naranja en la parte derecha de la pantalla, que se va intensificando cada vez más.
—No está mal —dice Rafe—. Ahora, relájate. Sumérgete en la corriente de tus emociones. Deja que fluyan.
Dez clava la vista en la forma brillante, que se va expandiendo y cobra nitidez en tres dimensiones.
Parece un Rolodex viejo, pero en vertical.
La parte central tiene un punto negro y, alrededor, algo parecido a unas tarjetas va rotando poco a poco a un ritmo constante.
Se va haciendo más grande a medida que se acerca, hasta que esas cosas que parecían las tarjetas del archivador rotatorio adquieren el tamaño de unos pósteres de película.
Cada uno contiene una imagen colorida, y Dez no tarda en darse cuenta de que están en movimiento y cambian.
Se fija en que una de ellas contiene el inconfundible rostro de su hermano justo antes de que desaparezca frente a ella.
—Son… —empieza a decir.
—Escenas —termina Rafe—. Son escenas de la vida de tu hermano. A esto lo llamamos «línea vital».
—¿Qué? —susurra Dez. Quiere que el tarjetero rotatorio vaya más despacio para centrarse en una imagen.
Dez no tiene ni idea de lo que está ocurriendo.
Nada tiene sentido. Aunque podría formular cientos de preguntas y Rafe seguiría sin poder explicarle lo que está sintiendo en ese momento.
Siente un amor tan profundo hacia su hermano y tiene tantas ganas de verlo (no como una momia en un hospital, sino como el chico amable, extrovertido, inteligente y afortunado que ha sido desde siempre), está tan absorbida por lo que ve en la pantalla, que ni siquiera necesita una explicación. Lo único que quiere es esto.
Cada tarjeta rotatoria que se muestra en el objetivo contiene una parte de la vida de Mo.
Estira la mano para tocarle la cara a los seis, a los trece, a los once, a los nueve, a los dos años.
Ve cientos de camisetas, cortes de pelo, tiritas, sonrisas sin dientes de leche.
Deja de mover los dedos. El anhelo se apodera de su corazón.
—¿Cómo hago que dejen de girar? —pregunta—. ¿Cómo puedo ver una imagen?
Rafe se adelanta y toca una de las escenas. Las tarjetas se detienen. La escena que ha seleccionado se aleja del resto y se coloca en primer plano para que Dez pueda verla.
—Cuando tengas más soltura —indica Rafe—, podrás extraer las escenas con la mente.
Y entonces, con un silbido que Dez nota en la boca del estómago, Moses ocupa la cúpula entera.
Dez se da cuenta de que no aparece el rostro de su hermano, sino su punto de vista.
Es como si estuviese viendo a través de sus ojos mientras corta el césped al atardecer en el Hotel Oasis, el sitio en el que estuvo trabajando el verano pasado.
No solo escucha el quejido del cortacésped de cerca, sino también, por raro que parezca, el disco de T.
Rex reproduciéndose a todo trapo en los auriculares inalámbricos de Mo como si fuese la banda sonora de la escena.
¿Tanto se aburría su hermano como para grabarse en el trabajo?
Su criterio cinematográfico a la vez que maneja el cortacésped la sorprende.
Dez ec ha un vistazo al atardecer y escucha el crujido de la grava a medida que un coche sale del aparcamiento.
Por un instante, cree que puede oler el aroma a césped recién cortado.
—Permíteme enseñarte lo que puedes hacer con la selección mental —dice Rafe.
Rafe extrae otra escena del conjunto sin moverse, solo con la mirada.
En esta se ve un campo de fútbol verde y vacío.
Conforme va deslizándose para ocupar toda la cúpula, Dez lo recuerda de golpe: Mo solía tener partidos en ese campo cuando tenía cinco años.
Aunque lo cierto es que pasó más tiempo tumbado, haciendo ángeles de hierba, que jugando al fútbol.
Dez recuerda estar sentada en las gradas y el intenso dulzor de los zumos que su madre llevaba en una neverita.
Recuerda el equipamiento morado y áspero que Mo odiaba ponerse.
¿De quién es la cámara que está viendo? Da la sensación de que pertenece al iPhone de algún padre de un compañero de equipo.
De todas formas, ¿qué pintan estas imágenes en el repositorio?
¿La gente da su consentimiento para compartir sus recuerdos con sitios como la Aqueronte al aceptar los términos de servicio de Apple sin querer?
La imagen cambia y apunta hacia las nubes blancas y mullidas. Dez siente la calidez del sol sobre los hombros. Y entonces escucha la voz de su madre gritar: «¡Levántate! ¡Te van a pisotear!».
Dez clava la vista en las nubes que sobrevuelan el campo de fútbol de Mo, que se amontonan y recolocan. Por mucho que una madre involucrada les hubiese mandado el vídeo, ¿por qué iba alguien a grabar el cielo desde ese ángulo, como si estuviese tumbado en el césped junto a Mo?
—¿De dónde ha salido este vídeo? —pregunta Dez.
—De una madre involucrada —contesta Rafe, pensativo—. Son las infravaloradas heroínas del mundo de las películas.
—¿Por qué las escenas están archivadas de forma tan minuciosa?
—La IA ayuda con parte del trabajo. —Rafe se encoge de hombros.
—Pero ¿cómo…?
—Veo que te estás preguntando una serie de cosas que son una molestia. Por ejemplo: ¿Qué clase de idiota renuncia a la privacidad digital de sus hijos gratis? No te comas la cabeza pensando en de dónde lo hemos sacado. Céntrate en cómo aprovecharlo .
Dez quiere saber más de dónde vienen todas esas escenas, cómo han acabado en el repositorio de la Aqueronte y para qué están ahí. Aun así, sabe a qué se refiere Rafe. Ella misma quiere aprovechar todo lo que ha visto en el repositorio para ponerlo en la película sobre su hermano.
—¿Estás empeñada en hacer esta película? —pregunta Rafe.
—Sí —suspira ella.
—Si sigues adelante, Dez —continúa él—, no tendrás a un escriba que te ayude con el guion.
—No pasa nada. Puedo hacerlo por mi cuenta.
—Hazlo solo porque no puedes renunciar a ello . De todas formas, seguirás teniendo que crear la peli sobre O’Rourke, y eso implica el doble de trabajo.
—No pasa nada. Me da igual.
—Lo dices porque no tienes ni idea de lo difícil que va a ser.
—Me las apañaré.
—Voy a arrepentirme de esto —afirma Rafe.
—Puedo hacerlo, Rafe. Lo necesito.
Él asiente.
—No le cuentes a nadie que estás trabajando en una película sobre tu hermano.
—¿Por qué?
—Porque el resto de tus compañeros sí que van a ceñirse a los encargos que se les ha asignado y, cuando alguien descubra que solo lo estás utilizando como tapadera para hacer «el que quieres en realidad», no voy a poder protegerte.
Rafe echa un vistazo a sus labios y Dez se acuerda de la noche pasada.
—De acuerdo —responde ella—. Pero ¿puedes hacerme un favor?
—¿Cuál?
—Si sigo adelante con el otro encargo, cuando termine esta peli, ¿me ayudas a mandársela a mi hermano para que pueda verla? Para que sepa que no lo abandoné sin más.
Rafe reflexiona durante un instante y después asiente.
—Me aseguraré de que tu hermano la vea.
—Gracias —susurra Dez—. Sé que lo más probable es que me consideres una boba o una sensiblera. Que creas que estoy perdiendo el tiempo…
—En realidad, no —contesta él, y Dez siente que se le aligera el pecho. Entonces, Rafe carraspea y aparta la mirada—. Intento pensar en ti lo menos posible.
Adiós a la cercanía, pero no al calentón de la noche pasada. No tiene ni idea de qué es lo que quiere Rafe. Un momento parece estar apoyándola y al siguiente la humilla. Lo único que sabe es que es incapaz de confiar en él, igual que tampoco puede llevárselo a la cama.
Y anoche descubrió que no es mucho.