Luces blancas 17 #2
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17 #2

—Como tu mentor este primer trimestre —dice Rafe—, se me ha encomendado la tarea de supervisar tus primeras películas.

—¿Los de último curso también tienen un objetivo personal en alguna parte?

—Están en otra ala —responde—. Sé que el espacio te va a parecer muy justo al principio, pero dentro de poco ni lo notarás. Estira los brazos todo lo que puedas. Haz un giro.

Dez obedece e imita los movimientos de Rafe, y se da cuenta de que puede darse la vuelta hacia cualquier dirección sin llegar a tocar la pantalla o a Rafe.

—Conviene que plantes bien los pies en esta plataforma —explica él conforme señala la plataforma de aproximadamente metro y medio de ancho que tienen debajo, que brilla de forma sutil.

En las cuatro caras hay un espacio de unos treinta centímetros entre la plataforma y la base de la cúpula donde cambia el color del azulejo; en lugar de blanco, es negro y tiene unos puntitos dorados que le recuerdan a las estrellas.

—Cuando estés dentro del objetivo —prosigue Rafe—, no te hará falta andar. Si algo te llama la atención y quieres usarlo, limítate a concentrarte y vendrá hasta ti.

—No lo entiendo.

—Sigue repitiéndolo y acabará por convertirse en tu lema —afirma—. Cada objetivo funciona con una especie de programa llamado dur , que en sumerio significa «totalidad».

—¿Acabas de decir dur ?

—Suena bastante gracioso hasta que lo usas.

—¿A qué viene tanto sumerio? —pregunta Dez.

—Los sumerios son el origen de toda la civilización —explica Rafe—. Algunas personas creen que las matriarcas bíblicas, Sara, Raquel y Rebeca, eran en realidad sacerdotisas sumerias.

—Tiene sentido que no solo fuesen madres y esposas —dice Dez—. Pero ¿qué tiene eso que ver con la filmología?

—El cine es relativamente nuevo —contesta Rafe—; sin embargo, está en tradiciones antiquísimas.

Cuanto más sepas sobre su origen, mejor será tu trabajo.

Además, el dur nos permite acceder a la totalidad , al todo , a la experiencia de la humanidad completa.

Está todo ahí dentro. —Da unos golpecitos a la pantalla.

—¿Te refieres a… todas las películas que se hayan creado jamás? —pregunta Dez.

—Piensa a lo grande, ¿quieres? —contesta.

—¿Y la cámara? ¿Dónde rodamos?

—Los visionarios no necesitan rodar. Tu cometido es cribar.

¿Cribar? No.

—Creía que estábamos aquí para hacer películas —afirma Dez.

—Como eres alumna de primero, dispones de material más que suficiente en la conciencia colectiva.

¿Sabes que ya no quedan más historias por contar?

El truco está en la estructura. Atenta. —Señala la pantalla y, de repente, un fotograma la ocupa por completo; una foto en blanco y negro y a tamaño real de una anciana elegante que mira a la nada con el ceño fruncido.

Dez observa la imagen y después mira a Rafe, confusa.

—¿Qué es?

Rafe toca la pantalla para ampliar el pie de foto diminuto de la imagen.

—Se llama Lexa O’Rourke. Es una de las mejores poetas estadounidenses vivas. —Se vuelve hacia Dez—. Tu primer encargo.

—¿Por qué tengo que hacer una película sobre esta persona?

—Eres una artista incipiente, y ella una experta consumada.

—No tengo ni idea de quién es. No quiero hacerlo.

—Un cineasta de verdad puede abordar cualquier tema —afirma Rafe.

—Yo no necesito que me digan qué hacer.

—Todo el mundo necesita un encargo. Así es como se aprende.

Por eso mismo funciona nuestro sistema. Para cuando termine la semana, recibirás el guion que le hayan asignado escribir a uno de los escribas de primero sobre O’Rourke, su vida y sus poemas.

Así tendrás unas pautas que seguir para ponerte manos a la obra.

—Yo no quiero tener unas pautas que seguir. Sé qué peli quiero hacer…

Rafe junta las palmas, divertido.

—No me puedo creer que hayamos llegado tan lejos sin haberte preguntado todo sobre tus pasiones artísticas. Cuéntamelas, anda, y profundiza todo lo que puedas.

—Quiero hacer una peli sobre mi hermano —dice Dez.

—No va a ser.

— Sí que va a ser.

—No lo recomiendo.

—¿Por qué no? —pregunta ella conforme la ira bulle en su interior.

—Porque estás aquí para saciar una necesidad, igual que todos los de primero. ¿Los encargos son equitativos? No. Aun así, ¿todos ellos son urgentes? —Rafe asiente—. Permíteme enseñarte una cosa.

El fogonazo de un relámpago se apodera de la pantalla, tan real que Dez se sobresalta. Lo observa golpear a una mujer que había estado corriendo por un campo hacia un niño. El niño grita con los brazos estirados a medida que la mujer se prende en llamas.

Se retuerce. Electrocutada.

La escena pasa a otra toma de la misma mujer en Urgencias, quemada y a las puertas de la muerte. Dez se sujeta el vientre.

Entonces, la toma acelera…

Y Dez emprende un viaje donde presencia la recuperación del cuerpo de la mujer; la ve aprendiendo a andar otra vez y luego a correr.

Pasan a otra escena, en el mismo campo. El niño es un par de años mayor. Ahora, el cielo está despejado, pero el resto sigue siendo prácticamente igual. Ambos corren mirándose a los ojos para establecer una conexión.

La mujer levanta al niño en brazos y le da vueltas en el aire.

Es muy real; mucho más que cualquier otra cosa que haya visto en una película.

Cuando la pantalla se funde en negro, Dez se queda maravillada. Le da envidia. Entonces, se gira hacia Rafe.

—¿Quién lo ha hecho?

—Yo —afirma él—. En un encargo, igual que el que te han asignado a ti sobre O’Rourke. Yo no tenía ni la más remota idea de quién era Ida Governs cuando me asignaron hacer una peli sobre ella, pero este fue el resultado.

—Es muy buena.

—Venga, puedes decir que es una genialidad.

—Es increíble, Rafe. Aun así, sigo pensando lo mismo.

Rafe se frota la mandíbula con impaciencia. La imagen de la poeta en blanco y negro regresa al objetivo de Dez.

—Hay algo que no estás teniendo en cuenta —dice Rafe—. Nuestro trabajo se basa en la colaboración. Necesitas que un escriba redacte el guion. Y aquí a nadie más le importa tu hermano.

—No me hace falta que nadie escriba el guion. Puedo hacerlo por mi cuenta —afirma Dez con la vista clavada en la desconocida mientras desea que desaparezca. Lo que más quiere ahora mismo es ver a su hermano. No ha venido desde tan lejos para hacer esto.

De pronto, nota una sensación de quemazón en los ojos que después le atraviesa el cerebro. Grita como si se le estuviese retorciendo la mente. A su alrededor, la pantalla chisporrotea con la energía estática y luego una imagen distinta la ocupa.

No, no es una imagen. Es un vídeo. Una película.

Primer plano de unos latidos en un monitor cardíaco, una línea verde ondulante.

A continuación, la cámara se aleja para mostrar la habitación de un hospital.

Un paciente yace en una camilla con la cara y el cuello tapados con unas vendas gruesas.

Tiene unos huecos en los ojos y unos tubos que le salen de la nariz y de la boca.

Dez lo observa y se pregunta qué es lo que ve, a quién.

No se trata de la mujer de la película de Rafe, el escenario es distinto.

El monitor cardíaco muestra una línea plana.

Un torrente de médicos y enfermeras entra en la habitación empujando un desfibrilador y colocándole unas palas en el pecho al paciente.

—¡Despejado! —grita alguien, y el paciente se sacude con la corriente.

Dez clava la vista en la mano del paciente. Lleva un gato egipcio tatuado.

El mismo que había pagado después de llevar a su hermano a que se lo hiciese el otoño pasado.

Dez va dando tumbos hasta la pantalla y la toca.

—¿Moses? —susurra.