Luces blancas 17
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A l salir del despacho del doctor Ezekiel, Rafe y Dez se detienen frente a una puerta metálica en mitad del pasillo de piedra del Goliat.

—Adelante —insta Rafe—. Abre el repositorio.

—Creía que el doctor Ezekiel iba a darme una llave.

—Y te la ha dado —contesta Rafe a la vez que le da unos toquecitos en el lateral de la cara a Dez, cerca del ojo izquierdo.

En cuanto entiende que puede acceder con la vista, más concretamente, con su visión mental, se acerca a la puerta, aunque no sabe muy bien qué hacer.

—Y yo que pensaba que las mujeres tenían intuición —suspira Rafe.

—Pues yo creía que los mentores servían de algo.

—Acércate más. Céntrate. Visualízate dentro.

Dez abre bien los ojos y luego los entrecierra, molesta. Separa más los pies y adopta una pose de acción.

Se siente como una estúpida. Y la impaciencia de Rafe solo sirve para empeorarlo. Trata de imaginarse la sala que está al otro lado de la puerta, pero no tiene ni idea de cómo es.

—Puede que mi visión mental se haya quedado ciega —dice Dez.

—Bien, aprovéchala —contesta él.

Dez piensa en la experiencia por la que acaba de pasar con el doctor Ezekiel y el kinetoscopio, en la pared translúcida y en los árboles impresionantes, en el fuego y en el hombre que blandía la espada de diamante. En cómo ha estado a punto de quedarse ciega al apartar la cabeza del visor.

Piensa en el hombre con la pistola del Dairy Barn, en cuando le arrancó el ojo y lo dejó medio ciego. Piensa en el espantoso sonido que escuchó la noche pasada en el patio triangular, cuando no pudo discernir con claridad lo que le sucedió al exestudiante Charles Costella.

«Sé valiente», dijo el doctor Ezekiel.

Aprieta los dientes, se obliga a meter aire en los pulmones y vislumbra un destello de su hermano riéndose, en paz. La puerta sale disparada hacia arriba como si hubiese desaparecido y revela un espacio gigantesco en el interior.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué acabo de hacer? —pregunta Dez.

—Te has centrado en una imagen lo bastante poderosa como para abrir el repositorio.

—¿Cómo es posible abrir una puerta con una imagen mental?

—Todo lo que Zeke programa está diseñado para que los cineastas estén lo más cerca posible de un estado artístico puro —contesta Rafe sin rodeos—. Así, nunca nos desviamos mucho de nuestro don y la creatividad fluye sin descanso.

—¿Tengo que pensar en la misma imagen cada vez que quiera entrar?

Rafe niega con la cabeza.

—La mayoría de las imágenes sirven, aunque las mejores son las que consideras más preciadas. —Señala el borde de piedra desde donde se ha retraído la puerta circular—. Ten cuidado.

Dez entra y, al levantar la vista, se tapa la boca con la mano. El techo en forma de cúpula debe de estar a sesenta metros de distancia. Y, en el centro, un árbol de cristales de colores extiende sus nudosas ramas en todas direcciones.

La sala es gigantesca, tan grande como las dunas de Mesquite en Death Valley, y está enmarcada por azulejos blancos y negros y paredes plateadas brillantes.

Hay un silencio sepulcral y huele al aroma metálico y cálido de un portátil sobrecalentándose, aunque puede qu e también a incienso.

Unos candelabros de pared hechos de cristal dan la luz justa para ver.

La sala carece de muebles, de libros o de tecnología; solo hay un grupo de estudiantes a lo lejos, en el centro.

—Llegamos tarde —suelta Rafe mientras se dirige hacia la multitud.

Sus pasos resuenan por los azulejos y captan la atención de la doctora Moriah, que encabeza el grupo.

Los observa acercarse a medida que le acaricia la parte situada entre los ojos a la serpiente.

Los estudiantes están dispuestos en fila: los pupilos al lado de los mentores, de espaldas a Rafe y Dez, con los grupos separados por una distancia de unos cuatro metros entre sí.

Dez ve un hueco en mitad de la fila y sigue a Rafe para rellenarlo.

—Me alegro de que hayáis decidido uniros —dice Moriah.

—El acceso de Desdemona ha sido… inusual —responde Rafe, lo que provoca que todos los estudiantes se giren para mirarla.

Las palabras de Rafe hacen que se pregunte si ha habido algún problema con su acceso o con lo que vio en el kinetoscopio. Si esto también es culpa suya, al igual que todo lo demás.

—Empecemos —dice Moriah—. Os doy la bienvenida al repositorio.

Esta sala constituye el archivo que os ayudará a crear vuestras películas.

Contiene… todo cuanto importa. Dentro de poco, bajarán vuestros objetivos y vuestros mentores os enseñarán a utilizarlos.

Los objetivos sustituirán a cualquier equipo de grabación con el que hayáis estado trabajando hasta la fecha.

No necesitaréis nada más para crear las películas.

—¿Qué tipo de programa…? —pregunta Paul Rowan desde la fila delantera.

—Vuestros mentores os aclararán todo lo que tengáis que saber —contesta Moriah—. Para lo demás, convendría que tuvieseis fe ciega. Hoy es uno de octubre. Tendréis que entregar vuestros encargos a mediados del trimestre, antes de las vacaciones, en un mes. Yo que vosotros, no perdería el tiempo.

Se oye un zumbido grave y armonizado desde arriba y, cuando Dez levanta la vista, parece que el techo está cediendo poco a poco.

No, ve un grupo de cubos grandes y negros desprendiéndose de las ramas del árbol de cristal.

Decenas de ellos caen al unísono y se dirigen a toda velocidad hacia la cabeza de los estudiantes, al igual que unos suministros llegando en paracaídas a un pueblo asediado.

Simon suelta un chillido. Dez escucha a Alice pronunciar una plegaria en voz baja.

Se queda inmóvil, mirando hacia arriba entre expectante y temerosa hasta que, cuando el cubo está a medio metro de estampársele contra la cabeza, el aparato frena de golpe, rodeado por un cable largo y negro.

—Ese es tu objetivo —dice Rafe—. Sujétalo.

Dez echa un vistazo a su alrededor y ve al resto de los pupilos recibir la misma indicación.

Cerca, Felipe, el mentor de Esther, se pega bastante a la chica y le rodea el cuerpo con el brazo desde atrás para ayudarla a acercarse el objetivo.

Al otro lado de Dez, Yael le indica a Alice Quinn con voz ronca al oído:

—Tócalo solo cuando te dé permiso para hacerlo, ¿queda claro?

—Olvídate de ellos —susurra Rafe—. Aquí solo estamos tú y yo, ¿de acuerdo?

Dez asiente, estira los brazos, se acerca el cubo y lo ladea para colocárselo a la altura de los ojos, igual que si fuese la pantalla de un portátil.

—¿Cómo funciona?

—Inclínate —indica Rafe—. Tiene que escanearte los ojos para asegurarse de que eres tú.

Dez acerca la cara a la pantalla…

Y la cobra de Moriah se abalanza sobre ella con la boca abierta, repleta de colmillos, y los ojos enormes como unas naranjas.

Dez retrocede y entonces ve a algunos alumnos de primero chillar y hacer lo mismo. De algún modo, la cobra albina está enroscada en el cable de todos los objetivos. Alice Quinn está de cuclillas en el suelo y Yael le da una patada para que se levante.

—¿Qué ocurre? —pregunta Dez.

—Quédate quieta —responde Rafe—. Confía en el proceso.

De pronto, las cobras se esfuman de forma juguetona.

Otro efecto especial. Y el objetivo de Dez comienza a curvarse como si fuese una pantalla de IMAX personal, hasta rodearles la cara a Rafe y a ella.

Poco a poco y de manera uniforme, la pantalla se extiende en vertical en ambas direcciones, cae hasta el suelo como una cortina y luego se eleva para formar una cúpula de unos dos metros y medio de diámetro y unos cuantos metros más de altura.

Entonces, la pantalla pasa del negro al gris claro e ilumina el espacio y el rostro de ambos.

—Ya no estás en Death Valley, ¿eh? —suelta Rafe.

—Es… —Dez echa un vistazo a su alrededor; se ha quedado sin palabras.

—¿Caro?

—Sí, aunque más bien iba a decir…

—¿Sexi?

Lo mira, está muy cerca de ella, y entonces se acuerda de cuando anoche se le saltó un botón de la camisa después de que Rafe se la desgarrase sin pensar.

¿Quién iba a decir que arrancarse la ropa podía no llevar a ningún lado?

—Y además está insonorizada —afirma él a la vez que le da unos golpecitos suaves al muro con pantalla que tiene detrás.

Es como si le estuviese leyendo la mente sucia. Pero, como la noche pasada había acabado de forma tan vergonzosa, Dez no piensa permitir que la humillen aún más. No cuando por fin está a punto de empezar a crear películas.

—Estoy acostumbrada a mi Canon Rebel renovada y al Adobe Premiere —dice Dez—. No sé cómo voy a…

—Algo me dice que no vas a tardar en entenderlo —contesta Rafe—.

Este objetivo es tuyo hasta que acabe el trimestre.

Es autónomo y se puede personalizar por completo; está diseñado para ser lo más intuitivo posible para cada cineasta.

Tiene un seguimiento de retina muy sensible que te ayudará a manejar la pantalla.

—¿Te refieres a que puedo controlarla con la vista?

—Eso es —responde él—. Cada mañana, nada más entrar al repositorio, tienes que venir aquí y expandir el objetivo tal y como acabas de hacer.

—¿La serpiente estará aquí cada vez que…?

—No, eso solo era un meme de bienvenida —asegura Rafe—.

La serpiente simboliza el conocimiento y el cambio.

Y este objetivo va a cambiarte. —La mira y analiza algo que ella no logra descifrar—.

Trabajarás al lado del resto de los alumnos de primero, pero no los verás, y ellos a ti tampoco.

La única persona que puede acceder a este objetivo y a este aparato eres tú.

Hay muchas cosas que sigue sin entender, pero saber que ese aparato le pertenece le transmite una pequeña y dulce sensación de propiedad.

Antes tenía que compartir su antiguo espacio de trabajo —el garaje de su madre— con un coche, dos gatos ariscos, la lavadora que siempre estaba en funcionamiento y la máquina para entrenar de segunda mano de Mo.

Nunca había tenido un buen equipamiento.

Nunca había tenido un espacio propio en el que trabajar.