16
–M enuda forma de seducir a Zarlengo —suelta una voz sarcástica detrás de ella.
Para cuando Dez se da la vuelta y ve a Rafe en el umbral del auditorio vacío con las manos en los bolsillos, una mirada que oculta los secretos de la noche anterior y la cabeza ladeada como si ella fuese la que hubiese salido corriendo, le arde el pecho.
—¿Qué tipo de escuela de cine no permite que la gente escoja sus propios proyectos? —pregunta conforme se acerca a él y entra al vestíbulo del edificio. A través de la ventana, unos tornados de nieve asolan el patio.
—El tipo de programa que te prepara para el mundo real —contesta Rafe mientras le sujeta la puerta y mira el libro que lleva bajo el brazo—. Es todo un clásico, por cierto.
—Lo que tú digas; no pienso leerlo.
—Buen plan: entras en una escuela de renombre, te peleas con los profesores y te niegas a hacer los deberes.
—Solo me los ha puesto porque me he peleado con él.
—Quizá sea una señal —dice Rafe cuando se detienen en el vestíbulo del edificio.
—Tu móvil —suelta Dez, lanzándoselo en vez de darle las gracias.
Rafe lo atrapa al vuelo sin mirar.
—¿Sabes algo de tu familia? ¿Se ha enfriado la situación o la poli sigue rondando por ahí?
—Eres un imbécil —responde Dez, y sale a la borrasca oscura y gélida.
—No soy solo eso —afirma él, acompasándose a su ritmo conforme se protegen del viento y regresan al imponente edificio del Goliat—. Recuerda que mi verga es lo que más te gusta de mí.
—Tampoco es que la haya visto —contesta Dez, incapaz de morderse la lengua.
Rafe se ríe, deja de andar y se pone delante de Dez. Se inclina hacia delante, le enreda los dedos en el pelo y le da un tirón que le arranca un grito ahogado.
—Eres una salida, ¿a que sí? —le susurra al oído.
Dez contiene la respiración. Mierda, ha vuelto a humedecerse.
—Fue una tontería —miente—. Solo pasó una vez. No volverá a ocurrir.
Ojalá se equivoque.
—Claro que sí —contesta él con el aliento pegado a su cuello, inundando el aire con su atracción—. Por hoy, intenta no quitarte la ropa.
—Y tú intenta no arrancármela.
La taladra con la mirada.
—Las cosas van a ponerse más intensas.
—¿Te refieres a la escuela o a tu forma de mirarme?
—A ambas. Así que más te vale decidir si puedes soportarlo.
—Sí que puedo, quizá hasta duro más que tú.
Una sonrisa como un rayo de sol repentino le da un aspecto de protagonista guapísimo. Es demasiado guapo. Es incluso más sexi cuando se pone siniestro y autoritario.
—Demuéstramelo.
Llegan a las columnas recubiertas de hielo del pórtico del Goliat y Dez se adentra en la luz tenue del escueto refugio mientras se sacude la nieve de las botas.
El pasillo de piedra está iluminado por la luz de unas velas y enmoquetado con unas alfombras turcas, bordeadas por bancos de madera y un extremo oscuro a cada lado.
A estas alturas, Dez sabe que al otro lado del muro interior se encuentra el repositorio, aunque su contenido sigue siendo un misterio.
—¿A que no sabes con quién trabajé el verano pasado? —pregunta Rafe mientras se limpia la nieve de los hombros.
—Me rindo.
—Martin Pynch.
Dez lo observa. Quitando lo de dárselas de conocer a gente importante, es impresionante.
Dez ha estudiado todas las pelis de Pynch.
Coincide con, básicamente, el resto de mortales en que es uno de los mejores directores de esta época.
Entiende que Pynch haya podido inspirar a Rafe e incluso que él pudiese impresionar al cineasta.
Pero esa forma de expresarlo… Le recuerda a lo que dijo Yael ayer sobre Samantha Cisneros.
Qué raro que los dos hayan usado casi las mismas palabras.
Recuerda el documental de homenaje a Pynch que vio el año pasado después de que el director falleciese.
—Entonces tuviste que trabajar con él justo antes de que muriese —dice.
—Así es —corrobora Rafe.
—¿Hay algún motivo por el que la Aqueronte conecte a estudiantes con cineastas tan mayores? —pregunta.
—Es porque tienen una perspectiva más profunda.
Se acuerda de que Rafe le contó que el paquete incluía unas prácticas en verano.
—Entonces, si quiero trabajar con un director en concreto…
—Solo tienes que seguir aquí —termina Rafe—. No te resultará fácil.
—¿Por qué?
—Porque pienso ponerte las cosas difíciles —contesta a la vez que se muerde el labio inferior.
Esas palabras confirman la sospecha de que la escogió no porque crea que tiene talento, sino porque quiere a alguien a quien tirarse. De acuerdo, tendrá cuidado, piensa conforme él le recorre las facciones con la mirada hasta detenerse en sus labios.
Ella hace lo mismo por instinto. Lo desea. No puede evitarlo. Sin embargo, antes de poder darse cuenta, Rafe echa a andar por el pasillo y desaparece a medida que la luz va menguando.
—¿A dónde vas? —lo llama.
—A por tus credenciales para acceder al repositorio. Sígueme.
Recorren unos cuantos pasos a oscuras y luego unos pocos más hasta que pasan tanto tiempo andando en el pasillo sin luz que Dez pierde la noción del tiempo, del espacio e incluso de sí misma. Por fin, los pasos de Rafe se detienen.
Dez se estampa de cara contra el hueco de sus omóplatos. El choque de los cuerpos desencadena una serie de explosiones en su interior. El calor de la piel de Rafe a través de la ropa. El aroma a petricor se apodera de sus sentidos, como si se le hubiese metido por dentro.
Rafe le apoya una mano en la espalda y aprieta un lugar recóndito del muro. La piedra retrocede y una luz se abre paso desde el otro lado. Dez se asoma al interior y ve una sala pequeña que le recuerda a la taquilla de una estación de tren. Rafe le hace una señal para que entre…
Esther sale de la sala con Felipe, su mentor, el juguetito sexual de Yael. Está frotándose los ojos como si hubiese estado llorando. Dez alarga la mano hacia su brazo.
—¿Estás bien, Esther?
Felipe la interrumpe, levantando una mano.
—No la toques. Todavía lo tiene reciente.
—¿El qué? —pregunta Dez.
—Creía que ya habíamos acabado con todos los de primero —dice una voz desde el interior. Dez levanta la vista para ver al doctor Ezekiel tras una mampara de cristal al otro extremo de la habitación—. ¿Me has traído a otra?
—Se llama Desdemona Rae —contesta Rafe.
—Ah, sí. La última de los de primero. —El doctor Ezekiel abre una puerta en la mampara de cristal y la cruza para colocarse enfrente de ella.
Dez saliva conforme él la evalúa con la mirada.
La oficina del doctor está abarrotada de estanterías que contienen objetos extraños: mecheros Bunsen viejos, espejos rotos, alas de pájaro y de mariposa preservadas en resina y un estuche de cristal con jeringuillas antiguas.
Dez se pregunta si forman parte del atrezo para las películas que rodarán este trimestre.
El doctor Ezekiel se acerca a una vitrina de madera de metro y medio de alto y medio metro de ancho.
—¿Preparada?
—¿Aquí es donde se conceden los permisos a nuestra mente? —pregunta.
—Pareces asustada. No duele —contesta el doctor tras esbozar una sonrisa.
—Es que Dez es delicada —replica Rafe.
Dez le lanza una mirada asesina. ¿Cómo que delicada?
—Estoy lista —le dice al doctor Ezekiel. Sea lo que sea, podrá soportarlo si Rafe está presente.
—Acércate —indica el doctor Ezekiel, llevándola hasta una pirámide de metal pequeña sobre la vitrina.
Pero, en lugar de acabar en una cúspide afilada, la parte superior tiene un panel de cristal plano parecido a unas gafas.
Se da cuenta de que tiene que echar un vistazo a la vitrina a través de ellas.
—¿Qué es? —pregunta.
—El primer proyector cinematográfico —responde el doctor Ezekiel—. El prototipo del kinetoscopio que perteneció a Thomas Edison, allá por 1891.
—Imposible —contesta Dez mientras le echa una mirada a Rafe—. ¿Y cómo muestra las imágenes? Parece estar diseñado para que solo pueda usarlo una persona a la vez.
—Cualquier cosa tiene un punto de partida —afirma el doctor Ezekiel.
Dez se inclina sobre la vitrina poco a poco y apoya la cara contra el visor antiguo. Solo ve un color blanco borroso, sin nada más.
—Recuerda que lo más importante es que mantengas los ojos abiertos. Si los cierras, no vas a poder acceder —explica el doctor Ezekiel.
Durante un instante, no pasa nada. Y entonces…
Un páramo inmenso ocupa su vista; se parece al de Death Valley.
Es la escena de una película. A Dez la sueltan ahí de sopetón mientras la cámara va recorriendo el paisaje silvestre y accidentado.
Poco después, algo moviéndose frenéticamente en la lejanía cobra nitidez.
Es la espalda descubierta y musculada de un hombre.
Está corriendo. Dez escucha sus jadeos. Es tan real que siente el miedo del hombre.
Una peli bien hecha.
Entonces, la imagen deja de centrarse en él y se aleja hacia lo que lo persigue. Hacia lo que parece… una pared translúcida y brillante. Tiene una majestuosidad extraña y que, de algún modo, le resulta familiar.
—¡No cierres los ojos! —le recuerda el doctor Ezekiel, y Dez se esfuerza por obedecer.
Clava la vista en el dispositivo y ve que, al otro lado de la pared translúcida, el paisaje es completamente distinto.
Más exuberante y verde que el que atraviesa a toda velocidad.
Posee un huerto silvestre de miles de árboles y el aire cobra vida con el canto de los pájaros.
Dez cree oler madreselva y jazmín, como si estuviese ahí presente.
La pared la atrae, prácticamente la llama.
Contiene la respiración y quiere que el hombre dé media vuelta.
Es evidente que está corriendo hacia donde no es.
—¡Ya casi está! —exclama el doctor Ezekiel con una voz tensa e imperiosa—. ¡Mantén los ojos abiertos!
Dez siente el pinchazo de las lágrimas cuando una luz cegadora más brillante que nada de lo que haya visto centellea en las gafas diminutas.
Algo empieza a arder prácticamente en la base de la pared.
El calor es tan intenso que le abrasa los ojos.
Y, sin embargo, no pestañea. Tras las llamas, ve a una persona blandirlas con lo que parece una espada descomunal de diamante.
La cámara va pasando del portador de la espada al fuego y después al hombre que huye de ambos, cada vez más alejado en el plano.
A Dez le sube un sollozo repentino por el pecho.
—Puedes cerrar los ojos —indica el doctor.
No quiere obedecer, no está dispuesta a perderse ni un solo fotograma de esa película tan extraña e interesante, pero le duelen los ojos y, al final, se da por vencida. Se le cierran los párpados durante una fracción de segundo.
Al abrirlos de nuevo, la imagen que tenía delante se ha desvanecido. En la lente solo queda el color blanco borroso.
Se siente… triste, agotada. No tiene sentido, pero quienquiera que haya rodado esa película posee un talento excepcional y Dez quiere descubrir más.
Pero ha desaparecido.
—Acceso concedido —dice el doctor Ezekiel cuando Dez aparta la cara del kinetoscopio.
Está de vuelta en la sala y pestañea rápidamente para acostumbrarse. Un Rafe borroso aplaude de forma sarcástica.
Dez se seca los ojos y se limpia algo pegajoso lleno de hebras que le recuerda a…
—¿Son telarañas? —Intenta quitarse esa cosa de la cara a manotazos.
—Son algo de lo más normal e inofensivo —responde el doctor, que le tiende a Dez un espejo pequeño y le señala una parte de la cara donde todavía se le ha quedado un hilillo—. Las escenas que has visto son muy antiguas.
—Pues parecían bastante actuales —afirma Dez.
—¿Qué has visto? —pregunta Rafe.
—Una pared de cristal —murmura—. Una especie de huerto. Había un hombre… corriendo.
Ezekiel y Rafe intercambian una mirada.
—¿Qué? —pregunta—. ¿Por qué os miráis así?
—Lo que se ve en el kinetoscopio es personal —contesta Ezekiel—. No hace falta que se lo cuentes a nadie.
—¿Cómo funciona? —pregunta Dez.
—Las imágenes fuertes amplían las aberturas internas para que podamos ver más que con los ojos. Lo que acabas de ver ha sido gracias a tu visión mental —explica el doctor—.
Dez conoce el concepto de «visión mental», aunque siempre creyó que se refería a la imaginación, a un mundo interior de sueños y fantasías que no está conectado con lo que se puede ver a través de los ojos.
—Gracias a la visión mental, podemos ver la verdad —indica el doctor Ezekiel.
Dez asiente. Así es como le gustaría que el público viese sus películas: con una abertura interna amplia hacia la verdad.
—¿Por eso me he sentido tan…?
—¿Involucrada con la película? —pregunta el doctor—.
Sí. No es fácil acceder a la visión mental, pero si las imágenes adecuadas inundan el alma de belleza, dolor, deseo o cualquier otro punto de vista verdadero, me permiten capturar su impronta, que después empleo para crear una llave que te permite acceder a las instalaciones de la Aqueronte.
—Entonces, ¿acaba de escanear mi visión mental?
—Así es —contesta el doctor.
—¿Hemos terminado ya, Zeke? —interviene Rafe.
—Ya puede acceder al campus. —El doctor Ezekiel observa a Dez a través de las gafas que lleva en la punta de la nariz—. Ten cuidado ahí fuera, Desdemona. Pero, lo más importante, sé valiente.