Luces blancas 15
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– ¿ D ez? —susurra su madre por el móvil a la mañana siguiente—. ¿Eres tú de verdad?

—Mamá —suspira ella desde la cama, y cierra los ojos, aliviada—. ¿Qué tal está Mo?

—No me digas dónde estás.

Dez abre los ojos.

—Pero si ya lo sabes.

Escucha a su madre sollozar en voz baja.

—Intenté llamarte, pero tu móvil me manda directamente al buzón.

—Lo sé. Lo siento. Es que esta escuela…

—No existe, ¿verdad?

—¿Qué? —Dez da un respingo y se incorpora. Se le eriza la piel de los brazos—. ¿Por qué lo dices?

—Nadie la conoce, Dez. No aparece en internet, ni tampoco en ningún mapa. La carta que me enseñaste… No pasa nada si la falsificaste.

—¡Mamá! —Se le contrae el pecho—. ¿Por qué iba a…? Jamás haría algo así. Estoy aquí. Estoy en…

—Lo mejor es que no lo sepa. Fingir que esta conversación no ha ocurrido. Estabas asustada. Lo entiendo. Siendo la única sospechosa…

— No. —Una oleada de rojo le inunda la vista a medida que intenta pronunciar las palabras—. ¿Todavía no lo han encontrado? Un hombre trató de atracarnos, intentó matarme. Me robó el coche y secuestró a Mo.

—Sé lo que dijiste.

—Pero es cierto .

—No hay pruebas, Dez.

Pero sí que las hay. El ojo que le arrancó al hombre.

Su voz suena distante cuando dice:

—Volveré a casa. Lo contaré todo. Lo solucionaré.

—Ni se te ocurra —replica su madre, de pronto con aspereza—. Tu hermano sigue en la UCI. Tengo que quedarme con él, sin distracciones, no estar de aquí para allá intentando sacarte de la cárcel.

—¡Mamá!

—No vuelvas a llamarme, por favor. Si de verdad te importa esta familia, Desdemona, quédate donde estás .

Su madre cuelga.

Deja caer el móvil, atónita. No sabe qué le preocupa más: que su madre crea que se ha inventado la Aqueronte, que no quiera que Dez vuelva a casa o que ni siquiera le haya comunicado el pronóstico de Mo.

O que la policía todavía no haya encontrado pruebas del atracador que prendió fuego al mundo de Mo y de Dez.

Dez no falsificó la carta de admisión a la Aqueronte y tampoco se inventó al atracador.

Echa un vistazo al móvil de Rafe sobre la cama y recuerda lo desesperada que había estado el día anterior por volver a tener cobertura.

Piensa en el mensaje que le dejó Asher en el contestador cuando se marchaba de la ciudad.

No puede usarlo, no puede devolverle la llamada.

De todas formas, ¿qué iba a decirle a estas alturas?

La conversación que había querido que mantuviesen pertenece a otra versión de Dez.

Ella ya no sigue siendo la misma persona.

Echa de menos a Silas. Ojalá hubiese memorizado su número para llamarlo ahora que tiene un móvil.

Lo más seguro es que le haya mandado una decena de mensajes desde que se le quedó el móvil sin batería y que esté preocupado por ella.

La semana que viene empezará el posgrado en enfermería y Dez no pudo desearle buena suerte ni contarle lo de la Aqueronte. Ni siquiera pudo despedirse.

¿Silas se habrá enterado de lo que le ocurrió a su hermano? ¿Qué pensaría si descubriese que las quemaduras de Mo son culpa suya?

Estira el brazo en busca del bote de pastillas, dentro de los pantalones que anoche tiró al lado de la cama. Vierte la nieve derretida en el lavabo y saca el ojo. Lo coloca en la mesita de noche y observa el iris negro como la tinta.

Pensaba que el ojo ya habría encogido, se habría descompuesto o habría cambiado, pero el hielo ha debido de conservarlo.

El nervio óptico viscoso parece estar intacto.

Y la expresión del iris es tan vivaz como aquella noche.

Vengativa, pérfida y oscura como la noche.

Si el dueño del ojo no le hubiese dado motivos para hacerlo, ella jamás habría herido a su hermano.

No piensa dejar que ese matón tuerto la mantenga alejada de sus seres queridos.

No por mucho tiempo.

—Anoche sufrimos una tragedia —declara la doctora Moriah a los alumnos de primero que están en el auditorio Kohenet unas horas después.

Cuando Dez y Simon se cuelan en el auditorio, otra vez tarde porque acaban de terminar su turno en el desayuno, Moriah está sobre la tarima y la cobra blanca le rodea la cintura como un cinturón con estampado de serpiente.

Dez se acuerda de la piel que se encontró en la cama anoche, después de que Rafe se fuese. ¿Qué significaba? ¿Cómo es posible que una serpiente se haya colado en su cuarto? ¿La directora los estaba vigilando? ¿Pretendía mandarle un mensaje a Dez? ¿Qué quería decir?

Dez no sabe a quién acudir para preguntárselo. Todavía no confía en nadie en la Aqueronte. No cuando se trata de algo tan extraño.

Al lado de la doctora, Zarlengo sigue con el mismo estilo de enterrador del antiguo Oeste.

Hoy los acompaña un tercer miembro del profesorado, un hombre que Dez todavía no ha conocido.

Está en la setentena, es enjuto y lleva un traje de tres piezas con e stampado de pata de gallo, un bigote blanco a lo Dalí y una mirada inquisitiva tras unas gafas redondas.

La observa a medida que Simon y ella toman asiento.

Dez se siente curiosamente formal con los pantalones de traje negros de la Aqueronte, cuya etiqueta indica que es 100 % lana de vicuña, y con la camisa blanca abotonada a medida.

Puede que parezca una estudiante de cine de una escuela sofisticada, pero no es así como se siente. Por lo menos, hoy hay un pupitre libre.

Cuando se sienta, se percata de que hay un sobre encima de la mesa. Lleva su nombre, como si alguien hubiese sabido de antemano que iba a sentarse ahí. Se lo enseña a Simon. Él le muestra otro en el que pone su nombre donde se ha sentado.

Dez se queda mirando el sobre y deja de prestar atención a Moriah a medida que repasa la historia que les contó Yael anoche.

Sigue habiendo algo que no encaja, pero se siente impotente como para cuestionarlo, sobre todo cuando esa versión proviene de la directora de la Aqueronte.

Sigue dolida por la conversación con su madre, tensa por lo que pasó con Rafe anoche en su dormitorio.

Y, para colmo, ha soñado con eso. No puede dejar de reproducirlo una y otra vez con todo lujo de detalles en su mente.

Le avergüenza reconocer, incluso para sus adentros, que el beso de Rafe fue la mejor experiencia sexual que ha tenido nunca. Que los labios de él contra los suyos le provocaron mucho más placer del que le había transmitido el cuerpo entero de cualquier otro hombre.

Se imagina qué más podría hacerla sentir Rafe.

¿Qué le hizo cambiar de opinión así de golpe? Al recordar la escena, Dez no consigue dar con una explicación.

En algún momento tendrá que verlo. Y va a ser una mierda. Porque ella quiere que lo ocurrido en su cuarto se repita. Mientras que a él le faltó tiempo para salir corriendo.

—Pesares aparte —prosigue Moriah, encogiéndose de hombros mientras la cobra saca la lengua—, hoy es un gran día.

Hemos reprogramado la presentación del repositorio a esta mañana.

Pronto empezaréis vuestro primer encargo.

Pero, antes de eso, el doctor Zarlengo os asignará un género y os concederá los permisos de seguridad…

—A vuestra mente. —Le corrige el desconocido de la tarima a Moriah, y Dez se inclina hacia delante, curiosa por saber a qué se refieren.

—Perdón, se le concederán permisos de seguridad a vuestra mente —contesta Moriah—, cortesía del doctor Ezekiel.

—Recorre la sala con la mirada—. Vuestros mentores os acompañarán durante el transcurso de las actividades de hoy y supervisarán la adaptación a los objetivos del repositorio.

Me muero de ganas por echarle un vistazo al trabajo que comenzaréis dentro de poco.

Y con eso, Moriah, la serpiente y el doctor Ezekiel salen del auditorio, dejándolos con Zarlengo, que grita:

—¡Respecto al género! Dentro de los sobres, veréis el género de vuestro primer encargo.

Saberlo os ayudará a decidir la estructura de la película que vais a rodar.

El género determina las expectativas; el tipo de experiencia de la que vamos a disfrutar al interactuar con una película como cineastas y como espectadores —explica—. Abrid los sobres.

Dez abre el suyo y saca la tarjeta blanca donde aparece escrita la palabra «Drama» con letras grandes escritas a mano.

Le enseña la tarjeta a Simon y él le muestra la suya: «Comedia» .

En la fila de enfrente, Dez echa un vistazo a la tarjeta de Alice Quinn, la pupila de Yael, cuando saca «Terror».

Alice suelta un grito ahogado, devuelve la tarjeta al sobre y se lo mete en la agenda. Dez observa a Alice, que parece encajar incluso menos que ella. Se pregunta qué pensará de que la hayan emparejado con Yael.

—¡Cada género tiene sus recursos! —grita Zarlengo, y se pone a soltarles una perorata—.

Vuestro cometido es ajustar la experiencia del espectador en función del género que os haya tocado.

Los que vayáis a trabajar con la tragedia, arrancadle el corazón al espectador.

Horror, haced que se pase la noche en vela, muerto de miedo.

Comedia, engañadlo, hacedle pensar que se puede enmendar el mundo.

Y drama, tenéis que mostrarle al espectador los suficientes matices como para que crea que su vida tiene significado.

O mejor aún, que ellos tienen las riendas de su destino.

Dez y Simon intercambian una mirada.

—Pero no lo están —prosigue Zarlengo en un tono grave y escalofriante—. Nunca lo están. Somos nosotros quienes se encargan de cómo van a recordar la historia. Qué responsabilidad tan gloriosa.

—¿Se ha vuelto loco? —pregunta Simon por lo bajo.

Aunque, en cierto modo, Dez cree que tiene sentido.

Están en los albores de su trayectoria, en una encrucijada donde su alma creativa está en juego.

Y algunos, o quizá solo Dez, también están arriesgando el alma de forma literal.

Ha echado a perder el resto de su vida. Aquí no puede ocurrir lo mismo.

—Más tarde, en el repositorio —explica Zarlengo—, se os asignará un sujeto para vuestra primera película.

Por cada sujeto, habrá un escriba y un visionario.

Escribas, empezaréis investigando a quien se os haya asignado; escucharéis su voz gracias a los archivos del repositorio hasta que la oigáis con más nitidez que vuestros propios pensamientos.

Escribiréis un guion que después compartiréis con el visionario correspondiente, pero es posible que diste de los guiones que conocéis.

Son guiones mentales, que reflejan el mundo interior de vuestro sujeto explicado de la forma más clara que se os ocurra.

Simon y Dez intercambian miradas, y Dez siente que él está igual de perdido que ella.

—¡Visionarios! —chilla Zarlengo—. Servíos de los guiones que os den vuestros escribas para combinar el mundo interior de vuestros sujetos con el mundo exterior visual de las escenas.

Y, antes de que empecéis a planear vuestra querida primera escena o el tono de la composición, debéis hallar la cicatriz .

—¿Ha dicho «cicatriz»? —pregunta Paul Rowan desde la fila delantera mientras garabatea unos apuntes frenéticamente—. ¿O matriz?

—Para un artista, vienen a ser lo mismo —responde Zarlengo—. El arte nace de una cicatriz. Buscad la parte más cruda y vulnerable de vuestro sujeto. Metedle el dedo en la llaga. Y después, poneos manos a la obra.

Dez reflexiona. En una ocasión, leyó que todo niño carga con el dolor de la vida que sus padres no vivieron. No le gusta darle vueltas al tema, lo cual le indica que tiene potencial.

Sus padres se casaron cuando eran demasiado jóvenes y solo porque Dez ya estaba de camino, por lo que estaban condenados desde el principio.

En los primeros recuerdos de Dez, su padre era cruel y siempre estaba molesto, y su madre era un cascarón.

Una vida no vivida. Dez piensa en la cicatriz de la muñeca que se hizo al intentar proteger a su madre de la freidora del Dairy Barn cuando tenía cuatro años.

Fue la primera vez que sintió dolor de verdad, en la que aprendió que su instinto de ayudar a sus seres queridos podía acabar teniendo consecuencias catastróficas.

Que de todos modos los demás estaban mejor si ni siquiera se molestaba en intentarlo. Volvió a descubrirlo con Mo.

Puede que por eso desde siempre haya soñado con escapar de su hogar. Porque, en cierto modo, teme que les vaya mejor sin ella. Porque puede que, si está lejos, pueda empezar una historia, una vida distinta. La misma de la que su madre no pudo disfrutar al quedarse embarazada de Dez.

Ya lo ha hecho, ahora está muy lejos, aunque no es como pensaba. Se siente sola y los echa de menos.

Piensa en Moses, en su herida. Además de la herida evidente que le causó Dez, él alberga otra en su interior, al igual que ella.

Los dos crecieron en la misma casa, con los mismos padres y circunstancias; no obstante, mientras ella proyectó su dolor hacia el mundo y lo vertió en su arte, Mo se lo guardó dentro. Y después se dio a las drogas.

Dez está dándole vueltas a todo: al peso con el que cargan todas las familias, a las circunstancias desgarradoras en las que está, a lo dramático que es todo y a lo que podría hacer al respecto, cuando Zarlengo da por terminada la clase.

—Salid, reflexionad, sentid e inspiraos —se despide Zarlengo—. Dentro de poco os fundiréis en un solo ser con vuestro sujeto.

El resto de los estudiantes va saliendo del aula, pero Dez se queda rezagada y le dice a Simon que ya se verán más tarde. Ve que Zarlengo está a solas.

—¿Doctor Zarlengo?

—Señorita Rae.

—Quería hacerle una pregunta sobre los encargos.

—Los recibirá en el repositorio. Su mentor se encargará de resolver sus dudas.

—Pero he tenido una idea sobre la película que quiero hacer.

Zarlengo cuadra los hombros para ponerse delante de ella y le lanza una mirada fulminante.

—¿Dónde cree que está exactamente, señorita Rae?

—Sé dónde estoy y sé lo que quiero hacer.

El doctor esboza una sonrisa forzada, afilada como un cuchillo. Hurga en su maletín, saca un libro de la biblioteca y se lo tiende a Dez.

Dez echa una ojeada al título: La genialidad del sistema .

—Léalo —indica Zarlengo—. Explica que, si uno trabaja en cine, las cosas nunca son como quiere.

—Doctor Zarlengo, mi hermano…

—¿Qué pasa con su hermano ? —se ríe—. ¿Qué le hace pensar que él me importa lo más mínimo? No quiero volver a oír hablar de su hermano. Ni de su madre. Ni, ya que estamos, de su maldito tío.

—Pero…

—Escuche, señorita Rae, no hay discusión que valga. Usted hará las películas que le mande. ¿Le queda claro?

—No, no me queda claro. —Dez niega con la cabeza.

—Parece un problema personal —responde Zarlengo mientras recoge sus papeles y se dirige hacia la puerta—. Soluciónelo antes de entrar al repositorio.