14
D ez se levanta de un salto del sofá y se dispone a abrir la puerta de su cuarto. No creía que jamás fuese a ocurrirle, pero Rafe es la única persona a la que quiere ver en este momento.
—Rafe. ¿Qué demonios está pasando…?
Deja la frase en el aire cuando se da cuenta de que ha estado…
¿llorando? Tiene la cara sonrojada y parece hecho polvo, aunque da la sensación de que está esforzándose para que no se le note.
Agarra el marco de la puerta como si necesitase un punto de apoyo.
Cuando la mira a los ojos, los tiene húmedos.
El azul cobalto de sus iris es tan intenso que tiene que recordarse a sí misma respirar.
—¿Podemos hablar? —pregunta él en voz baja. Clava la vista detrás de ella, en la zona común donde Yael y Simon están sentados en primera fila en el sofá—. ¿A solas?
Dez le sujeta la manga de la camisa blanca a Rafe y nota el calor que le sale del antebrazo a través de la tela fina.
—Vamos. —Lo guía hasta su cuarto.
—¿Llevas condones, Rafe? —grita Yael detrás de ellos en cuanto Dez cierra la puerta del dormitorio.
Dentro, Rafe se coloca frente a la ventana y se pasa la mano por el pelo oscuro. Dez se queda junto a la cama y mide la distancia que los separa en base a los segundos que tardaría en recortarla. Andando, tres. Si se rinde a la atracción magnética que siente ahora que están a solas, uno.
Se obliga a quedarse donde está, a una distancia segura.
—Era amigo mío.
—¿Quién? —pregunta Dez con la cabeza ladeada, confusa.
—Charles.
— ¿Charles?
¿Rafe también está metido en esto? ¿Y quiere que Dez se trague que él y Charles eran amigos?
—Lo siento —contesta, aunque ¿qué quiere que le diga?—. Oye, Yael me ha contado lo que os dijo Moriah a los de último curso. Entiendo que haya una versión oficial, pero, con sinceridad, los dos estuvimos allí , Rafe. Ambos oímos …
—Nunca pensé que él acabaría así. —Se gira hacia ella con una vulnerabilidad aparentemente sincera que la pilla desprevenida. Lo dice en serio. O al menos lo parece.
—Rafe, no me mientas.
—Al ser tu mentor, tengo prohibido mentirte. Es una tradición que instauró mi propio mentor. Para bien o para mal, no puedo incumplirla —afirma, cerrando los ojos.
Dez no sabe qué pensar al respecto. ¿Y si la cosa ocurrió tal y como dicen? Ella lo vio de lejos y además estaba oscuro. Y sí, el ruido fue como algo sacado de una pesadilla, pero puede que sea así como suene alguien precipitándose hacia la muerte. ¿Qué sabrá Dez?
Está muy cansada. Agotada emocionalmente. Desde que Mo apareció en el Dairy Barn, su sentido de la realidad se ha ido desgastando cada vez más. Dez siente que está a punto de hacerse añicos.
Y aquí está este hombre tan guapo, haciéndose añicos frente a ella.
—¿Cómo era Charles? —pregunta.
—Lo que más quería era formar parte de las cosas —empieza a decir Rafe, despacio.
El chico habla como si nunca hubiese existido mentir. Como si de verdad estuviese sufriendo, en carne viva, conmocionado.
Un instante después, ella está de pie a su lado.
—Oye. —Le apoya una mano en el hombro. Vuelve a sentir su calor, como de costumbre, más intenso de lo que esperaba—. Lo siento.
Rafe le mira la mano, que más bien está en su pecho. Sus músculos están tensos bajo los dedos de Dez; tiene esa clase de cuerpo al que sería muy divertido agarrarse. La mira. A ella se le sonrojan las mejillas. ¿Debería apartar la mano? ¿Lleva demasiado tiempo ahí?
Entonces, él le apoya la mano sobre la suya y le rodea los dedos con suavidad. Siente una oleada de algo y desea…
Lo desea a él, a pesar de todo.
Rafe entreabre los labios y Dez clava la vista en su labio inferior mientras se pregunta qué ocurrirá a continuación y cómo han llegado hasta ahí. Cómo van a volver al momento en el que no tenían las manos entrelazadas sobre su pecho.
Algo burbujea dentro de Dez. Desde que llegó, algunas veces ha sentido que los brazos de Rafe eran la única solución a una ecuación imposible, y entonces se da cuenta de que se imagina cómo sería que la abrazase, con y sin ropa.
Acostarse con Rafe puede que sea lo único que le permita dejar de pensar en su vida.
Olvidar que está huyendo de la policía durante un rato.
Centrarse solamente en los músculos de Rafe…
Vuelve a imaginarse qué sentiría si tuviese su pecho desnudo moviéndose encima de ella en la cama. Recorrerle la espalda de arriba abajo con las uñas.
—¿Dez? —Rafe da un paso hacia ella; están tan solo a treinta centímetros de la cama. Dez contiene la respiración, lo mira a los ojos y, entonces, la atracción palpita entre ambos.
Mierda, él siente lo mismo.
Esto no va a acabar bien.
—No dejo de plantearme cómo podría haber actuado de otra forma —dice Rafe—.
¿Qué podría haber hecho para evitarlo? —Se recorre el bíceps de arriba abajo con la mano.
Puede que sea un tic nervioso. Uno que le resalta los músculos torneados de los brazos—.
De todas formas, no puedo retroceder en el tiempo —prosigue—.
Solo puedo limitarme a mirar hacia delante, ¿sabes?
Porque ahí fuera me necesitan en otros sitios.
Sus miradas se encuentran, y Dez se sorprende cuando los ojos de Rafe reflejan una tortura que le resulta familiar.
Cuanto más los mira, más calidez siente.
Y más le cree. Ese razonamiento tiene algunos agujeros, sí.
Los movimientos son confusos y el sonido…
Aunque tampoco es que sea experta en acústica.
Si algo se le da bien, es reconocer un momento cinemático.
Y este es uno de ellos. En la vida real. Es el primer plano de la película, en el que el público observa a dos personas forjar un vínculo eterno gracias a ese sufrimiento que trasciende la razón.
Lo ve estirar el brazo hasta su mano. El roce más suave de Rafe basta para producirle un cosquilleo. En ese momento, nota algo pesado en la palma. Le está dando algo.
Un móvil.
—¿Y esto?
—Es un móvil. Pulsas las teclas para marcar el número de alguien y, a veces, contestan.
—Creía que no se fiaban de que los de primero tuvieran una tecnología tan revolucionaria en su poder —contesta Dez tras darle un codazo.
—Y así es. —Rafe le coloca el dedo contra los labios en señal de silencio—. Quédatelo esta noche y no se lo cuentes a nadie.
—¿Por qué?
—Porque sé que en tu hogar hay gente preocupada por ti.
Dez traga saliva y se guarda el móvil en el bolsillo. Quiere agradecérselo, pero las palabras se le quedan atascadas en la garganta. Es muy amable por su parte, inesperado, y lo ha hecho sin que ella se lo pida. Una lágrima se desliza por la mejilla de Dez.
—Vaya —murmura Rafe a la vez que se acerca y alarga la mano.
Le seca la lágrima cuidadosamente con el pulgar.
Dez contiene la respiración, inclina la cabeza hacia él y se le vuelven a llenar los ojos de lágrimas.
Que Rafe le recorra la cara con la mirada, como si supiese descifrar todas sus emociones, le resulta insoportable. Gira la cabeza y aleja el cuerpo.
—Estoy bien —responde a la vez que se seca los ojos y respira.
—No tienes por qué estarlo.
—Por favor, vuelve a comportarte como un imbécil —contesta, de espaldas a él—. Eso sí que sé cómo gestionarlo.
—¿Y qué es lo que no sabes gestionar? —susurra Rafe.
Se vuelve para mirarlo a la cara y ahí está él, con el cuerpo tan cerca del suyo que sus pechos se tocan al inspirar. Si Dez se acerca un poco más, si deja que su cuerpo tome las riendas, por fin podrá dejar de pensar.
Se quedan mirándose. Huele a petricor. A nieve. Dez apenas puede respirar.
—Para —dice Rafe—. Deja de hacer eso con el labio.
—¿El qué? —Se lleva la mano a los labios, avergonzada.
—Ese temblor. Para.
—No estamos rodando una escena, Rafe —contesta ella, y pone una mueca—. No puedes darme indicaciones sobre mi forma de llorar.
—No es por preferencia estética. Es por supervivencia.
—¿Cómo? —Dez cruza los brazos sobre el pecho y clava los codos en sus abdominales tersos.
—Tus labios me están volviendo loco, así que te juro que como sigas obligándome a mirarlos…
—¿Qué les pasa a mis labios?
—Son demasiado bonitos, mierda —contesta, pronunciando cada sílaba.
Dez abre la boca y después la cierra. Lo ve seguir los movimientos como si estuviese hambriento y ella fuera su festín favorito. A Rafe se le escapa un gemido suave de frustración que le envía un golpe de calor directo a las entrañas.
No le ha dejado otra opción. Lo agarra por la camisa y tira de él hacia sí para posar los labios molestos contra los suyos. Le sienta bien.
Y a ella también. Porque la forma en la que Rafe le devuelve el beso con la boca cálida, firme y flexible a la vez que le mordisquea el labio inferior con los dientes y le hunde las manos en el pelo y luego en el cuello, transforma la estructura celular de Dez.
Le da un beso apasionado, que sabe lo que quiere. Aplica la presión apropiada, le coloca el calor de su lengua justo donde a ella le gusta y en la dosis ideal, y sus rostros encajan a la perfección cuando ella levanta la cabeza y gime.
¿Quién besa así? ¿Cómo es posible que a alguien se le pueda dar tan bien?
Rafe la tiene hechizada, la ha puesto en una especie de trance eufórico, así que tarda unos buenos treinta segundos en formularse la pregunta que de verdad importa: ¿qué demonios hace besando a su mentor?
Se aleja sin apartar las manos del pecho de Rafe mientras lo fulmina con la mirada y jadea en busca de aire. Está enfadadísima por haberse excitado tanto. Y entonces ve la misma acusación, la misma furia y deseo reflejada en sus ojos.
Qué interesante.
—Qué más da, mierda. —suelta Rafe jadeando, y vuelve a acercarse a Dez para besarla apasionadamente una y otra y otra vez. Sus labios son embriagadores y sus manos, apoyadas con firmeza en la espalda de Dez, posesivas de una forma decadente y electrizante.
Así que al final van a hacerlo. Más vale que lo disfrute.
Dez le desliza las manos a Rafe por el pecho, le sujeta los hombros con fuerza y pega el cuerpo contra el suyo. Rafe le rasga el cuello de la camisa blanca abotonada y se le saltan los botones para dejarle los senos al descubierto.
—No te has puesto sujetador —dice con un entusiasmo evidente conforme inclina la cabeza para llevarse el cuerpo de Dez a la boca.
Le chupa el pezón con fuerza. Dez suelta un grito de dolor y de placer mientras le tira del pelo hasta que él hace lo mismo.
Le rodea la cintura con una pierna, complacida cuando él la levanta en brazos con destreza para encajar su ardor contra el de ella y…
Madre mía, la tiene enorme y como una piedra.
—¿Has estado pensando en mi boca? —le vacila ella mientras él le rodea la aureola con la lengua.
—Constantemente.
—¿Qué es lo que te tortura de mi inocente boca? —jadea a la vez que frota las caderas contra las de él con un roce desesperante y desbocado.
—En mi imaginación es de todo menos inocente —contesta él con la respiración entrecortada—. Se mete en toda clase de líos.
—Voy a necesitar que me des ejemplos. —Baja la pierna para volver al suelo solo para subirse encima de él desde la cama. Tira de él hacia sí; tiene que estar tumbada con este hombre, con esos músculos y esa boca.
—En mi imaginación, tu forma de chupármela es un pecado —jadea él con voz cálida.
—Vamos a comprobarlo. —Dez aparta el edredón y se sienta sobre las sábanas con la mano en la cinturilla de los pantalones de Rafe como si lo que esconden le perteneciera, como si supiese lo mucho que le va a gustar. Hasta ahora, el deseo nunca la había vuelto tan atrevida.
Se lame los labios, dispuesta a enseñarle lo que sabe.
Solo consigue desatarle el primer botón y entrever el pelo oscuro que le baja desde el ombligo y que se muere por besar, antes de que Rafe dé un paso atrás y ponga distancia entre sus cuerpos.
—Espera —dice.
Dez se ha quedado tan falta de aliento que cree haberse confundido. Vuelve a tirar de él.
—Vamos.
—No puedo hacerlo.
Levanta la vista, desconcertada, y percibe la distancia repentina reflejada en su mirada.
—¿Cómo dices…?
—Debería irme —contesta él, alargando la mano para abrocharse de nuevo los pantalones.
—¿Qué dices? ¿Qué ha pasado?
—Algo que no debería haber pasado.
Le duelen sus palabras; es como si alguien le hubiera metido un puñetazo en el estómago.
—¿¿Es broma??
—Oye, tengo tantas ganas de tumbarte en esta cama y de tener sexo contigo hasta perder el sentido que me duele el cuerpo. Pero…
—Pero ¿qué? —Dez se tapa los senos con la camisa desgarrada—. ¿Tan comprometido estás con esa clase tan rara de sadomasoquismo?
—Simplemente no puedo.
Dez se desploma en la cama. ¿Qué le hacía pensar que Rafe iba a dejarse de jueguecitos mentales aleatorios y se iba a comportar de otra forma? Sigue excitada, lo desea tanto… Y ahora, además, está que echa humo.
—¿Nos vemos mañana? —pregunta Rafe desde la puerta.
—¿Puedo confiar en que volverás a ser un imbécil?
—Hay bastantes probabilidades —contesta él tras asentir, y tiene el puto descaro de sonreírle—. Pero antes de eso, pienso correrme varias veces imaginándome ese gemidito que has soltado cuando te he chupado las tetas.
—Lárgate.
—Se supone que eso era sexi, no una excusa para que me odies más.
—Si quieres que deje de odiarte, empieza por arrancarme el resto de la camisa y empotrarme contra esa pared. —La señala.
—¿En serio? ¿Contra esa? —Observa la pared que está junto a la ventana como si estuviera planeándolo e imaginándose los ángulos.
Dez le tira un cojín.
—Buenas noches, Dez. —Siente sonreír al muy imbécil cuando lo esquiva—. Buenas noches, puntería catastrófica de Dez. Buenas noches, boca sucia de Dez. Buenas noches, culazo de Dez.
—Cuidado con la puerta al salir, no vaya a ser que te parta la verga.
Rafe desaparece en un abrir y cerrar de ojos y Dez se queda a solas en su cuarto.
Suelta un gruñido de frustración y se mete la mano en la ropa interior.
Apoya los dedos en el clítoris y los mueve en círculos, despacio, mientras recuerda los labios de Rafe contra los suyos.
En la vida la habían besado así. No se cree que la haya puesto así de húmeda para luego marcharse.
Lo odia.
Aun así, no tarda en correrse al imaginárselo pensando en ella más tarde en su cama.
Entonces, cuando se levanta para cepillarse los dientes, agotada, la ve.
Una piel de serpiente blanca y larga entre las sábanas.
Sigue caliente, como si el reptil acabase de mudarla.