Luces blancas 13
30%

13

E n lo alto de su torre, Dez presiona la frente contra la ventana fría de hierro forjado. Fuera está oscuro, pero todavía logra distinguir los faros en el patio triangular, los movimientos apresurados de los paramédicos cuando…

¿Están cargando a alguien en una camilla?

Apenas hay visibilidad. Ha comenzado a nevar de nuevo, con fuerza, y la ventisca oculta la escena sombría con nieve recién caída.

No es el mejor día para haber descubierto que piensa a través de imágenes, porque en este momento se abalanzan sobre Dez como un espantoso montaje rotativo grotesco y a gran escala.

Mo.

El hombre enmascarado de la pistola.

El ojo.

Y ahora también lo que quiera —quienquiera— que se haya estampado allí.

No quiere regresar a su suite , pero ¿a dónde va a ir si no?

Escucha a Simon tocar una canción de Beethoven con el violín. Opus 132 en La menor , uno de los pocos CDs que tenía su madre y que solía ponerles a Dez y Mo en el coche cuando se estaban peleando de pequeños.

Dez ha mantenido la compostura durante casi todo el día, hora tras hora humillante, pero ya no puede más. Gira el picaporte, ve que la puerta no está cerrada y entra dando tumbos.

Solo ve los pies de Simon levantados contra el respaldo del sofá blanco.

—¿Qué tal el guapo de tu mentor? —pregunta mientras deja el violín.

—Simon…

Cuando Dez no consigue pronunciar nada más, Simon levanta la cabeza del sofá. Al verla, se pone en pie de un salto.

—Oye, ¿estás bien?

—No —susurra ella.

Simon la sujeta por el hombro y la guía hasta el sofá.

—Parece como si estuvieses a punto de desmayarte —dice.

Y eso hace, pero en el sofá.

—Eh… —Simon parece nervioso—. Esto requiere…

¿el qué? ¿Qué necesitamos? —Lo escucha dirigirse hacia la cocina minúscula y hablar consigo mismo a medida que rebusca entre los pocos aparadores que hay—.

No tenemos comida, así que descartamos mis famosos nachos compasivos.

Pero hay ginebra. ¿Te vale con eso, Dez?

Dez no puede contestar. Está pensando en lo que cayó del cielo. Simon vuelve y se sienta a su lado con dos vasos de chupito y una botella.

—También podríamos… —empieza a decir, negando con la cabeza—. Mi madre solía abofetearme cuando me quedaba así después de misa. A veces, ayuda.

—Ginebra —contesta ella contra el sofá.

Lo escucha servir los chupitos. Se incorpora y se obliga a mirar a su compañero de habitación a los ojos. Apenas se conocen.

—¿Simon? —Dez se sube las rodillas al pecho—. Ha pasado algo terriblemente espantoso.

—Me lo he imaginado por el anuncio terriblemente espantoso de los altavoces —responde, aunque con un tono menos confiado, menos sarcástico—. Además, Yael dice que van a cancelar la presentación al repositorio de esta noche. ¿Sabes de qué va todo esto?

—¿Dónde está Yael? —pregunta Dez. No le apetece volver a repetir la misma historia.

—Acaba de irse —contesta Simon.

La puerta del cuarto de Yael se abre de par en par y ella sale a la zona común mientras se pasa una mano por el moño alto para arreglárselo.

Su compañera de habitación echa una ojeada a la ginebra y chasquea la lengua.

—¿Habéis empezado sin mí, idiotas?

—Pero ¿tú no acababas de salir? —pregunta Simon a Yael a la vez que mira la puerta principal, confuso.

—Bueno, sí, pero ya estoy de vuelta. —Yael levanta un vaso de chupito, apura el contenido, se atraganta y se desploma en el sillón de cuero blanco que está delante de ellos.

—No te he oído entrar —afirma Simon—. Dez ha llegado hace nada… Así que, ¿cuándo has…?

—Seguro que estabas sacudiéndotela, pervertido. —Yael se encoge de hombros y pone una expresión irritada.

La vista de Simon va a parar a la puerta del cuarto de Yael, que está abierta. Dez sigue su mirada y una ráfaga de aire frío los alcanza. Se fija en las cortinas moradas y gruesas de Yael, que se mecen con la brisa vespertina. ¿Quién se deja la ventana abierta en medio de una ventisca?

—No os preocupéis por eso —contesta Yael, dirigiéndose a ambos. Se inclina hacia delante en el sillón y junta las manos—. Chicos, tengo que daros una noticia seria.

—Yo también —dice Dez mientras se incorpora.

—Yo primera —la interrumpe Yael—. Dez, necesito que te centres. Es importante. —Sirve otro chupito de ginebra—. Hoy hemos perdido a un alma en pena.

Dez se queda mirando a Yael. Es imposible que su compañera de habitación esté hablando de lo que acaba de escuchar ahí fuera…

—No es el primer caso de suicidio en la Aqueronte —anuncia Yael de forma sombría—. Es un sitio estresante y algunas personas no pueden soportarlo.

—¿Quién era? —pregunta Simon.

—Un exalumno —contesta Yael al mismo tiempo que le echa un vistazo a Dez—. Al parecer, ha saltado desde el tejado del Enoc.

—¿Por eso os han pedido a los de último que os reunieseis? —dice Simon.

—¿A qué te refieres? —pregunta Dez.

—Yael ha recibido una nota de voz —explica Simon—: «Que todos los alumnos de último curso acudan inmediatamente a la guarida secreta», o algo así.

—Gracias, Simon, ya me ocupo yo. —Yael recorre el borde del vaso de chupito con el dedo—.

Como conocíamos al difunto, la directora Moriah ha convocado a los de último curso para darnos la noticia.

Nos ha pedido que no compartiésemos la información con los de primer año, ya que la facultad tiene pensado contároslo mañana, pero yo soy partidaria de la transparencia.

Además, he pensado que querríais saberlo.

—No —contesta Dez con una claridad absoluta.

—No… ¿qué? —pregunta Yael con las cejas levantadas.

—Yo estaba fuera. Estaba en el patio triangular con Rafe. Escuchamos un ruido. Como si algo cayese de las nubes. No sonaba a alguien tirándose desde un tejado.

—¿Alguna vez has escuchado a alguien tirarse desde un tejado, Dez? —pregunta Yael.

—¿Cómo se llamaba? —Dez le sostiene la mirada a Yael.

—Charles Costella —responde ella después de tragar saliva—.

No lo habéis conocido. También era de último curso, pero, por desgracia, desistió a finales del último trimestre.

Supusimos que se había ido con el resto de las menciones honoríficas.

Por eso me entristece tanto imaginármelo merodeando por aquí hasta ahora, a la espera de que llegue el primer día de clase para manifestar su postura. Debió de estar pasándolo fatal.

—Parece mentira —dice Dez.

—Pues claro —contesta Yael—. Un chico joven, uno de los nuestros, está muerto.

—¿Viste el cadáver? —pregunta Dez.

—Fue la doctora Moriah la que nos lo contó. —Yael se yergue.

Dez piensa en la mujer de labios rojos y mirada venenosa y en la serpiente que lleva enroscada al cuello.

—Entonces, la directora miente.

Yael la mira con los ojos entornados.

—Voy a hacerte el favor de no contarle a nadie lo que acabas de decir.

—Tómate un trago, Dez —sugiere Simon a la vez que le pasa un vaso de chupito. Hace un suave movimiento con la mano derecha—. O también podemos probar lo de la bofetada.

—¿Quién bebe ginebra a temperatura ambiente, Simon? —pregunta Yael, molesta, mientras se dirige hacia la cocina—. Voy a por hielo.

Cuando se aleja lo suficiente, Simon le gesticula a Dez:

—¿Qué piensas?

—Están encubriendo algo —murmura Dez—. Y tengo que averiguar qué.

—Dez —susurra él con amabilidad, aunque preocupado, igual que hacía ella al hablar con Mo—.

Creo que hay formas mejores de aprovechar el tiempo que pelearte con la superaterradora dirección de la Aqueronte.

Como, por ejemplo, asentarte en el despiadado programa de posgrado en el que acabas de entrar.

—Quiero hablar con Rafe.

Yael regresa al salón con una cubitera llena de hielo y una bandeja de guarniciones para hacer unos martinis. Simon se mete una aceituna en la boca.

—Para tu información, Rafe opina lo mismo que la directora y que yo —afirma Yael—. Los dos estuvimos en la reunión. —Agita la coctelera plateada y luego se sirve el licor en un vaso—. Va a ser duro defender algo a capa y espada sin apoyo, Desdemona.

Llaman a la puerta y Simon echa un vistazo por la mirilla.

—¿Dez? —La llama. Lo escucha ponerse a tocar «The Imperial March» de La guerra de las galaxias con el violín. La canción de Darth Vader.

Dez lo mira. ¿Qué?

—Tienes visita —anuncia Simon, y luego abre la puerta para dejar pasar a Rafe.