12
L as botas de Dez crujen por la nieve a medida que vuelve andando con Rafe desde la telesilla tras el ritual de emparejamiento.
Las estrellas titilantes que los rodean, la luna artificial flotando en un río de nubes falsas…
Todo es precioso, aunque le resulta raro saber que un equipo de técnicos de cine lo ha creado para construir la realidad en la que viven los demás, día tras oscuro día.
Dez nunca ha visto la Aqueronte a la luz del día. Se pregunta si alguna vez lo hará. Por ahora, tan solo puede imaginarse el aspecto que tendrá la escuela sin los efectos especiales.
—No me creo que haya esquiado —suelta—. ¿Tú tuviste que saltar por una montaña cuando te emparejaron con tu mentor?
Rafe clava la mirada a lo lejos mientras anda.
—El ritual de emparejamiento va cambiando cada vez que se realiza.
—¿En serio? ¿Cómo fue el tuyo? —pregunta a la vez que echa un vistazo a los hombros musculosos de Rafe y a su nariz recta y se pregunta cómo será trabajar tan cerca de él durante todo el trimestre.
Suspira, levanta la vista al cielo y suelta vaho al respirar. Unos copos de nieve diminutos caen y se quedan atrapados en sus largas pestañas.
—Lo que no te mata…
Dez piensa en Mo y cierra los ojos.
—A menos que sea tu hermana —contesta.
—Tu hermano se pondrá bien.
—¿Cómo lo sabes? —Se siente culpable de que, durante media hora, con el subidón de adrenalina del ritual de emparejamiento, no la hayan asaltado los pensamientos sobre Mo.
—No lo sé, o al menos no con seguridad.
—Necesito verlo. Necesito hablar con él…
—Todo a su debido tiempo —responde Rafe—. Por ahora, tienes que mantener un perfil bajo.
¿Mantener un perfil bajo? Se está escondiendo, y no solo de la poli. Al no tener el móvil para comunicarse, Dez siente que también está evitando a su familia.
—Si vas a ser mi mentor, espero que tengas algo más sabio que ofrecerme que «Mantén un perfil bajo». —Rafe se vuelve hacia ella y le recorre las facciones con la vista, deteniéndose un instante en sus labios.
Dez aparta la mirada, cohibida al mismo tiempo que se pregunta si… ¿Rafe siente atracción por ella?
No, recuerda ver a Esmeralda coqueteando con él en el bar la noche pasada y hoy durante la comida. Por no hablar de que Rafe aprovecha cada oportunidad que tiene para burlarse de Dez, hacerla sentir que no encaja y que puede que nunca lo haga.
—¿Puedo preguntarte cómo nos han emparejado? —dice.
—Yo te escogí —contesta él sin más, con la mirada todavía clavada en ella.
Dez se sorprende. Le ha dado todos los motivos para pensar que la desprecia. ¿Qué le hace pensar entonces que van a formar un buen equipo? ¿Y cuándo se supone que la escogió? ¿Antes o después de llegar a la escuela?
—¿El resto de los de último curso también ha reclutado a sus pupilos de primero de sus respectivas ciudades?
—Los demás recibieron una carta por correo.
—Entonces, ¿por qué hiciste todo el trayecto…?
—La mayor parte de las preguntas que estás haciendo son tonterías —responde Rafe cuando llegan al patio triangular y empiezan a atravesarlo en dirección al edificio imponente de ladrillo g ris y estilo gótico falso que es Goliat—.
Así que procura no formularlas. Te enseñaré a sobrevivir aquí. El resto depende de ti.
—¿Tu mentor era igual de inspirador que tú? —Dez pone los ojos en blanco.
Rafe se detiene y se gira para mirarla con una seriedad repentina.
—A mí no me hizo falta inspiración —contesta—. Tenía ganas de aprender. —Su voz, tan grave e intensa, provoca que un escalofrío más potente que el de cualquier frío le recorra el cuerpo.
¿Cree que Dez no tiene ganas de aprender solo por haberla conocido cuando había tocado fondo?
¿O porque su corazón sigue en el hospital, con Mo?
¿O es porque es una chica? ¿O se ha formado una opinión sobre ella al ver Destellos ?
¿O es un narcisista inconsciente incapaz de percibir a cualquiera que no sea su propio reflejo?
Da igual. Puede que nunca lo descubra. El caso es que Rafe la subestima, pero Dez está acostumbrada.
Está acostumbrada a demostrar de lo que es capaz cuando hace falta.
Eso no explica por qué ha elegido trabajar con ella. A no ser que su criterio principal a la hora de escoger un pupilo fuese buscar a quien torturar.
Lo único que le importa a Dez es que Rafe se comporte como un mentor. Que deje esa pose condescendiente y le enseñe.
Sabe cosas que Dez necesita saber. Tiene habilidades que ella necesita tener. No está aquí para perder el tiempo en las montañas. Está aquí para crear arte relevante.
—Enséñame el repositorio —dice—. Enséñame dónde vamos a hacer las películas.
—Primero, admite que te alegras de que estemos juntos. —Se vuelve hacia ella, se acerca y baja la voz.
Dez contiene la respiración y le sostiene la mirada. Bajo el suave brillo de una farola, Dez no puede evitar su expresión, cálida e irracionalmente cercana. Rafe levanta su definida ceja izquierda.
Ella se aleja y procura que no la vea recuperarse después de tanto contacto visual. Jesús. Nunca había sentido atracción por alguien cruel, pero al parecer siempre hay una primera vez para todo.
Mañana controlará lo mucho que la excita este hombre. Mañana conseguirá mejorar en muchas cosas.
Un silbido estridente atraviesa el aire. Dez se sobresalta, mira de dónde viene, por el patio, y luego levanta la vista al cielo, donde algo más oscuro que la noche se precipita hacia el suelo.
—¿Qué es eso? —pregunta.
Un segundo después, se estampa contra la nieve con un sonido similar al de un avión al estrellarse contra una casa.
—Dios mío —jadea.
Estarán a unos treinta metros de lo que sea que haya llovido del cielo. El golpe le resuena en los oídos.
Da un par de pasos hacia él antes de que Rafe tire de ella para frenarla.
—No te acerques, Dez.
—¿Qué? —Clava la vista en él, incrédula—. ¿Por qué no? Podría haber alguien herido. —Sigue avanzando hacia lo que sea que se haya estrellado y arrastra a Rafe con ella.
—Por favor —suplica—, no tienes ni idea de lo que pasa.
—¿Y tú sí?
En ese momento, unos faros se encienden a lo lejos y un camión negro se adentra en el patio triangular. Dez ve a unos trabajadores uniformados salir de la cabina y apresurarse hacia algo que está en el suelo. Se le sube el corazón a la garganta y le cuesta respirar. Hay alguien herido.
—Suéltame —le dice a Rafe.
—Vuelve a las torres hasta que sepamos qué ha ocurrido. Hasta asegurarnos de que es seguro.
El sistema de altavoces externos que rodean el patio triangular crepita.
—Todos los alumnos de primero —declara la doctora Moriah en un mensaje pregrabado— deben volver de inmediato a su residencia.
Rafe echa un vistazo a Dez y se encoge de hombros como si eso respaldase su argumento.
—¿Por qué tú puedes quedarte? ¿Por qué ni siquiera pareces preocupado? —pregunta Dez. El ruido del golpe ha sido espantoso, escalofriante, pero Rafe parece estar más preocupado por que ella no se acerque a lo que sea que haya ocurrido que por el golpe en sí.
—Lo estoy. —Le sostiene la mirada—. Pero aquí no deberías ir corriendo hacia el peligro. No si puedes evitarlo.
—Rafe. ¿Sabes qué era ese sonido? —Dez traga saliva.
Él se acerca, le apoya la mano en el hombro y le susurra al oído con una voz que, de algún modo, la calma.
—Vuelve a las torres, Dez. Iré a buscarte lo antes posible.