Luces blancas 11 #2
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11 #2

Moriah acecha a los estudiantes de primero dispuestos en fila como un sargento el primer día de entrenamiento básico.

—¿Cuánto puedes levantar en press de banca? —pregunta a Simon.

—¿Unos cien kilos? —contesta él; es evidente que no ha hecho press de banca en su vida.

Moriah lo mira entornando los ojos con incredulidad antes de pasar a otro estudiante de la fila.

—¿Suelen darte arcadas?

—¿Casi nunca? —contesta la mujer.

Moriah se detiene frente a Paul Rowan.

—¿Sueles ser la persona que deja o a la que dejan?

—Llevo en una relación a distancia con mi novia desde hace seis…

—Suficiente —lo interrumpe Moriah con un movimiento de mano. Clava la vista en Dez. Sus ojos son dos hendiduras cuando le pregunta—: ¿Toleras bien el dolor?

Dez traga saliva; aún le duele la mano quemada, y se pregunta qué tendrán que ver estas preguntas con que los emparejen con un mentor en la Aqueronte.

—A veces, creo que sí. Tampoco es que me apetezca ponerlo a prueba.

La directora enarca las cejas. La serpiente saca la lengua.

—Algunas cosas —dice Moriah— son inevitables.

—Da una palmada con fuerza y la mitad de los estudiantes se sobresalta—.

Dentro de unos instantes —indica mientras señala la parte baja de la montaña—, cada uno de vosotros esquiará hasta los alumnos de último curso que están al final de la pendiente.

Uno de ellos os estará esperando. A partir de entonces, estaréis emparejados.

Vuestros mentores os aconsejarán a medida que vayáis creando vuestras primeras películas y a lo largo de este primer y desafiante trimestre en la Aqueronte.

Unos susurros recorren la fila. «¿Y si no sabemos esquiar?». «¿Los emparejamientos son aleatorios?». «¿Llevarán un cartel con nuestro nombre?».

—Lo único que necesitáis saber —continúa la directora mientras escudriña al nervioso grupo con la mirada— es que ninguno os los merecéis.

Dez mira a la directora con los ojos entornados, impasible después de escuchar esas palabras desdeñosas, aunque nerviosa. ¿De qué va todo esto?

—Todos ellos —afirma— son infinitamente más diestros, capaces e impresionantes que todos vosotros juntos. Así que os sugiero que mostréis gratitud.

—Disculpe, directora Moriah —pregunta Paul Rowan al lado de Dez—, ¿cómo se supone que sabremos qué mentor se nos ha asignado?

Moriah se lo queda mirando como si la pregunta fuese tan simple que la ha dejado sin palabras.

—Fiaos de vuestro instinto —acaba contestando—. Os guiará allá donde tengáis que ir.

—Entonces, son aleatorios —masculla alguien en la fila.

Las rachas de viento hacen que el pelo le azote la cara a Dez. Se pone a temblar por el frío y el miedo de lo que están a punto de obligarla a hacer. Seguro que se cae de culo y se parte algo antes de encontrar a ese mentor que no merece.

—¡Es bueno que tengáis miedo! —vocifera Moriah—. Por eso mismo estamos aquí arriba. El miedo es el camino al instinto. Tendréis que dejar la mente en blanco y prestar atención a vuestro cuerpo para encontrar a vuestro mentor.

Al menos está haciendo una cosa en condiciones: está aterrada.

Moriah da un paso atrás y habla por un micrófono blanco sin cables que se saca del traje de esquí.

—Ahora, ¡media vuelta y enfrentaos a la pista!

Los estudiantes se giran poco a poco para toparse con una nube gigantesca que ha aparecido mientras Moriah los estaba amenazando y que cubre la pista con una niebla oscura y gris.

Donde antes el final de la pista era aterradoramente distante, ahora está oscurecido por completo por una niebla cargada de nieve.

Dez no puede ver tres metros por delante de ella.

Tendrán que suspenderlo, posponerlo hasta que se disipe la niebla.

—A mi señal, esquiad —indica Moriah—. Cuando encontréis a vuestros mentores, ellos os acompañarán a la presentación del repositorio de esta noche.

Por fin, el momento que Dez ha estado esperando. Está impaciente por ver dónde van a trabajar, pero antes tiene que superar este ritual extraño y peligroso.

—Una cosa más —advierte Moriah mientras recorre la fila de arriba abajo—. Cada mentor tiene su estilo de liderazgo. Algunos encajaréis. Otros no. Independientemente de eso, no habrá cambios. ¿Listos?

—Sí —contestan los de primero alrededor de Dez.

No , piensa ella al bajar la vista por la aterradora pendiente.

—Estudiantes de último curso —dice la doctora Moriah por el micrófono, y su voz se propaga por la montaña a través de los altavoces—, encended las antorchas.

De pronto, bajando por la pendiente, donde desaparece la montaña, decenas de llamas amarillas y distantes surgen entre la niebla. Al otro lado, en alguna parte, los de último curso los esperan con la vista hacia la cima, cada uno sosteniendo una antorcha ondeante.

—Ahora —suelta la doctora Moriah sin más.

Dez echa un vistazo a izquierda y derecha y pregunta a sus compañeros de primer curso qué hacer con la mirada.

—¡Ahora! —ruge Moriah—. ¡Volad hasta vuestro destino!

Una alumna de primero que está claro que sabe esquiar es la primera en salir. Se empuja con la ayuda de los bastones y se adentra en la niebla con una humeante ráfaga de nieve. Otro grupito de esquiadores hábiles la sigue. Simon se empuja con indecisión y acaba cayendo de cara por la pendiente.

—Primera lección —dice la directora Moriah por el micrófono—. Si os vais a caer, hacedlo de forma segura, y en lo posible de culo.

Simon, muerto de la vergüenza, se esfuerza por enderezarse, se inclina a la izquierda, se precipita hacia la derecha y vuelve a caerse, esta vez bastante cerca del borde escarpado de la montaña.

—Segunda lección —prosigue—. Mantened el equilibrio.

—¡Simon! —grita Dez—. ¡Ten cuidado!

—¿Por qué sigues aquí? —le gruñe la directora a Dez.

Por un momento, cree que Moriah se refiere a la escuela en general, lo cual no es una mala pregunta. Pero cuando Dez echa un vistazo a su alrededor y ve que es la única de primero que todavía no ha intentado ponerse a esquiar, se da cuenta de lo que la directora quiere decir.

—Esta pista es demasiado difícil para principiantes —contesta.

—«El respeto al Señor conduce a la vida» —sisea la doctora Moriah, y la cobra blanca que le rodea el cuello se queda muy cerca de Dez—. Adelante.

—Nos vamos a matar… —se queja Dez.

Pero antes de poder terminar la frase, Moriah le da un empujón en mitad de la espalda que la hace aterrizar de cara en la nieve de más abajo.

Lo que desde arriba parecía suave y mullido, Dez se percata en este momento de que es duro y gélido.

Ni siquiera concibe cómo va a mantenerse en pie sobre los esquís, y mucho menos cómo podrá dominar sus movimientos u orientarse entre la niebla espesa.

Dos esquís blancos se detienen junto a la mejilla cubierta de hielo de Dez. Levanta la vista y ve a Moriah fulminándola con la mirada.

—Arriba.

—No puedo —contesta Dez.

La mujer pincha a Dez con uno de los bastones con fuerza.

—¡He dicho que arriba!

Dez intenta recobrar la compostura. Se pone de rodillas con un esfuerzo descomunal.

—Por el amor de Dios —espeta Moriah a la vez que tira de ella con brusquedad para levantarla. Después, se vuelve hacia Dez y le dice—: Agárrate a mí.

Como no le queda más remedio, Dez apoya las manos en los hombros de la doctora Moriah y levanta los dedos contra la piel escamosa de la cobra. Entonces, sin más dilación, la directora se empuja hacia delante.

Se mueve como si fuese Patrick Swayze reencarnado en un tren bala: es puro músculo, pura fuerza; sus caderas oscilan con rapidez de un lado a otro y levanta nieve con los esquís a su alrededor, hasta que entran juntas en la niebla espesa y, de pronto, Moriah se zafa de Dez, se inclina a un lado y desaparece.

Dez se precipita a toda velocidad, sola, entre una niebla tan densa que apenas ve los esquís.

El miedo se apodera de ella. Se queda sin aliento.

Va ganando velocidad y entonces, de alguna forma, por instinto, acerca las puntas de los esquís hasta formar una «V».

Ahora los separa hasta volver a dejarlos en paralelo, dobla un poco las rodillas y se mete los bastones debajo de los brazos.

Pero ¿qué demonios? Dez está esquiando.

El mundo dentro de la nube es suave y tranquilo. El viento le azota el pelo. Baja a toda velocidad y por fin sale por el otro lado de la nube a un cielo oscuro despejado y repleto de estrellas. Se llena los pulmones de aire.

La impresionan su destreza, la montaña y el cielo nocturno. Y está incluso más impresionada cuando, de pronto, los ve más abajo.

Todos los de primero, incluido Simon, hacen unos ochos elegantes en la nieve, emparejados con un mentor de último curso.

Esquían por parejas, se balancean al unísono bajo una constelación de estrellas hechas de luces led.

Han apagado las antorchas y las han guardado, sustituidas por una energía indescriptible entre mentor y pupilo.

Junta los esquís en una «V» para frenar y observar; le recuerda a una escuela de baile para adultos.

Ve a Alice Quinn y a Yael deslizándose juntas poco a poco por la pendiente.

Ve a Simon emparejado con Jet, dándose las manos enguantadas mientras sobrevuelan una rampa al unísono, hacen un giro en el aire y aterrizan sin esfuerzo.

Pero ¿dónde está…?

Está ahí. Apoyado contra un pino, solo detrás de una pareja que acaba de formarse.

Es Rafe.

Por supuesto.

Es el único que sigue sujetando la antorcha y la está mirando fijamente.

Sonríe y le indica con un dedo que se acerque. Pero ella ya está esquiando en su dirección, le sale solo, como si hubiese planeado desde el principio acabar justo delante de él.

¿Ha sido el azar? ¿Ha sido el instinto? ¿De verdad eran los dos únicos cineastas que quedaban? Dez no sabe lo que le espera con Rafe, pero por el momento se permite que eso también la impresione.

—Enhorabuena por llevarte al mentor más guapo —suelta—. Ahora es cuando empieza la diversión de verdad.