Luces blancas 11
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– ¡ B ienvenidos, feliz emparejamiento! ¡Bienvenidos, feliz emparejamiento!

—Jet Connelly saluda a la fila de alumnos de primero con una sonrisa de azafato a medida que se suben al telesilla detrás del comedor al acabar de comer—.

¡Bienvenidos! —exclama cuando Simon y Dez avanzan con torpeza hasta el principio de la fila—. Parecéis desorientados.

Dez echa un vistazo a la silla de metal giratoria en la que se supone que tiene que poner el culo.

Echa una ojeada al ángulo extraño de sus esquís y al logo de una «A» negra atravesada por el dibujo de una serpiente; el emo de último curso que estaba fuera de la tienda de esquí ha tenido que enseñarle a anclar las botas.

Se mira el guante que le cubre los dedos que introdujo en el caldo hirviendo de Lebevre, embadurnados con bálsamo y vendados gracias al kit de primeros auxilios que encontró en la cocina.

Mira la montaña descomunal, blanca e iluminada con luces led a la que está a punto de subir y después… ¿Qué? ¿Deberá bajarla esquiando?

¿Qué mierda?

—Yo vengo del desierto, no tengo ni la menor idea de lo que estoy haciendo —confiesa Dez cuando Jet le da el brazo y tira de ella hasta la plataforma.

Por encima de ella, el rechinar del engranaje principal la pone nerviosa.

Le da miedo el telesilla. Todo lo que concierne a esta aventura le parece terriblemente irresponsable.

—No te preocupes —responde Jet con un brillo en los ojos azul y negro—, los demás se han acostumbrado en un santiamén.

—Qué tranquilizador —masculla Simon a Dez conforme Jet se aleja y la silla se acerca por detrás, los levanta con rapidez de un golpe y hace que Dez suelte un gritito. Simon baja la barra de seguridad y ambos se elevan hacia la tarde oscura en dirección a una cima todavía oculta entre las nubes.

Los pinos se alejan bajo sus pies. Unas montañas plateadas se extienden hacia el este y el oeste. Las estrellas titilan por encima de sus cabezas. Y, por un momento, todo es sencilla e inesperadamente bonito.

Entonces, Dez recuerda que, en algún momento, va a tener que bajarse de esta cosa y ponerse a esquiar de verdad.

—¿Qué pasa cuando lleguemos a la cima? —pregunta a Simon—. ¿De qué va todo este ritual de emparejamiento?

—Mira a quién le interesan ahora los folletos —se burla Simon—. En el ritual se empareja a cada alumno de primero con uno de último curso. Por lo visto, es la tradición más antigua de la Aqueronte.

—¿Y qué se supone que hay que hacer con el alumno de último curso?

—Se convierte en nuestro mentor durante el resto del trimestre. Nos enseña de qué va la cosa, como un hermano mayor en una fraternidad. Preveo novatadas.

—¿Es cosa mía o la palabra «emparejamiento» hace que parezca algo sexual? —pregunta Dez cuando un copo de nieve enorme y húmedo le cae en medio de los ojos.

—Revolcarse con los novatos… —reflexiona Simon—. En ese caso, ¿a quién prefieres? Imagínate a Jet en el calor del momento. ¿Esos ojos? Sería incapaz de echarlo de la cama.

—A cualquiera menos a Rafe —contesta Dez—. Si tengo que pasarme un trimestre entero bajo sus órdenes, ninguno de los dos saldrá con vida.

—Parece que te gusta —dice Simon.

Dez pone los ojos en blanco, pero se le viene a la mente una imagen de Rafe encima de ella en la cama. Igual, si no fuese tan engreído, le gustaría. Se aclara la garganta.

—¿Alguna vez has esquiado, Simon?

—Una vez fui a Breckenridge con la iglesia de mi exnovia.

—¿Es difícil?

—No realmente. Solo tienes que delegar la mayor parte del trabajo a la gravedad. —Señala la pista que está bajo sus esquís, suspendidos en el aire—. Hablando de eso…

Más abajo, seis estudiantes de último curso aparecen en la montaña vestidos con trajes de esquí rojos a juego.

Todos llevan unas bufandas doradas como la que tenía puesta Yael en su suite.

Esquían en formación triangular, mecen las caderas y suben y bajan los brazos al unísono.

En las sillas que Dez tiene delante y detrás, los de primero gritan y los vitorean.

Están demasiado lejos como para distinguir si Rafe es uno de los esquiadores.

Cuando están a mitad de camino de la cima, los acordes de piano de «Nightswimming», de R.E.M.

, inundan el ambiente y, pese a que es la primera vez que hacen algo así, Simon, Dez y todos los de primero que los rodean en el telesilla cambian la palabra con la que empieza la canción, «nightswimming», por «night-skiing».

Cantan juntos y Dez se pregunta si eso forma o no parte del ritual, si los estudiantes cantan lo mismo todos los años.

Antes de que termine la canción, el telesilla los deja en la cima de una pista tan empinada que a Dez le parece que está invertida. Busca el brazo de Simon con el pecho apretado, pero Simon ha divisado a Esther y ha dejado tirada a Dez para irse a charlar con ella.

—Es imposible —murmura Dez para sí misma mientras se asoma al borde. El viento arranca la nieve de la montaña del mismo modo que las partituras de un pianista de un atril.

—En realidad —dice una voz detrás de ella—, hay una forma de hacerlo.

Cuando Dez da media vuelta y ve a Rafe en un traje de esquiar rojo ceñido, el imbécil va y le guiña el ojo.

— Bajando —susurra para que solo ella pueda oírlo.

Dez traga saliva, y no solo por miedo. A veces, la manera en la que habla Rafe, su voz, le enciende algo por dentro. Él también lleva una de esas bufandas doradas.

—¿Dónde está la pista para principiantes? —pregunta—. Esta se me queda demasiado grande.

—Voy a disfrutar de quitarte esa forma de pensar —asegura Rafe. La sujeta por los hombros y la gira hacia la pista espantosamente escarpada—. Esquiar es como volar. Lo único que tienes que hacer es… —Ahora, le agarra los brazos y se los abre como si fuesen alas—. Creer.

—Tengo que hablar contigo —contesta ella tras bajar los brazos.

—¿Es sobre lo de anoche? ¿A que te lo pasaste bomba?

Tratar con este imbécil le es imposible. Clava la vista en el cielo encapotado y en las nubes que brillan tapando la luna. Después, la baja hasta la pista, donde una línea blanca y larga aparece de pronto en la nieve. Dez la observa con los ojos como platos.

Mide dos metros y medio de largo, tiene un grosor de varios centímetros y vibra conforme sube y sube hacia la cima.

En dirección a Dez.

—¿Qué es eso? —pregunta a la vez que retrocede hacia Rafe.

—Alguien importante —responde él, y toda burla desaparece de su voz—. Ponte recta.

Dez obedece a medida que la línea blanca llega hasta la cima a una velocidad vertiginosa, luego se detiene y rueda hasta formar una bola, como la base de un muñeco de nieve. Está viva. Se despliega y la nieve desaparece para revelar…

A una cobra albina con la capucha estirada, cuya lengua parecida a una tira de fruta dulce se precipita hacia la multitud de estudiantes petrificados en la cima.

—Hola, doctora Moriah —saluda Rafe y, por un momento, Dez cree que se está dirigiendo hacia la serpiente.

Entonces, la cobra pasa reptando a su lado y se acerca a otro par de esquís.

Dez la sigue hasta una mujer de mediana edad glacialmente guapa con el pelo blanco a la altura de los hombros, traje de esquiar blanco y los labios pintados de rojo que de repente está en la montaña detrás de ellos.

La serpiente repta por el cuerpo de la mujer y se le enrosca en el cuello, pestañeando hacia Dez con la misma calidez que una cámara de vigilancia.

—La directora de la Aqueronte —le explica Rafe en un susurro—. La decana Moriah. Y Hannah, su cobra.

—Todavía no te han emparejado —declara la doctora Moriah, que atraviesa a Dez con un ceño fruncido.

Dez no tiene ni idea de lo que implica el emparejamiento, pero no le hace gracia la construcción pasiva que ha utilizado la directora. Suena como si fuese algo que debería pasarle a Dez, lo quiera ella o no.

—¿Y bien? —pregunta—. ¿Tengo razón?

—Sí —contesta Dez—. T-todavía soy una artista en solitario.

—¡ENTONCES, LARGO! —brama Moriah a Rafe.

—Nos vemos al otro lado. —Le dedica una sonrisa amplia a Dez y luego se desliza hasta el borde antes de prácticamente saltar por la pendiente y desaparecer sin dejar rastro.

—¡Los de primero, poneos en fila! —grita la directora—. Por orden alfabético, en función del segundo nombre.

Es la orden más rara que Dez ha escuchado en su vida. Su segundo nombre es Ruth, pero no tiene ni la más remota idea del de los demás. Supongo que esa es la cuestión. Para organizarse, los de primero van a tener que conocerse mejor.

Empieza por Simon.

—¿El tuyo cuál es?

—Es cherokee , así que no te rías.

—No voy a hacerlo —responde ella.

—Mi nombre completo es Simon Indeciso Nelson.

—¿Indeciso? ¿Te lo pusieron al nacer?

—Ay, los blancos. —Simon suelta una risita y niega con la cabeza—. Mi segundo nombre es Joe.

Dez se ríe por primera vez desde que llegó a la Aqueronte, por primera vez desde que hizo daño a su hermano.

Y, a su alrededor, a medida que la doctora Moriah los observa como un gato mirando una pecera, los alumnos de primero se presentan con los ojos brillantes, riéndose, ridículos con los esquís de la Aqueronte.

—¡Acelerad! —grita Moriah, y los estudiantes comienzan a hacer una fila.

—Alguien me ha dicho que tu segundo nombre es Ruth —comenta un chico guapo de primero con acento británico—. Como el mío es Rowan, es decir, Paul Rowan Wilkes, creo que vamos seguidos.

—Creo que sí —responde Dez conforme se coloca detrás de él en la fila.

—He oído que eres una visionaria —comenta Paul Rowan Wilkes—. Yo soy escriba.

—¿Has podido ver el repositorio? —pregunta Dez—. Donde vamos a trabajar.

—Nadie lo ha visto por ahora. Hasta esta noche, nada. Pero el suspenso me está matando.

Dez asiente para darle la razón. Si al final el emparejamiento es solo esto, una mera forma coqueta de romper el hielo en una montaña a cuatro mil metros de altura con un frío de muerte, puede apañárselas.

Sin embargo, la mirada de la aterradora mujer de la serpiente que los supervisa le indica que todavía se avecinan más cosas.