10 #2
Antes, cuando ha podido pasar un rato a solas en su cuarto, se ha planteado meter el bote de pastillas que contiene el ojo en un cajón, pero lo que necesita en realidad es un sitio frío que evite que se descomponga.
Un lugar seguro en el que nadie vaya a encontrarlo.
Se saca el bote del bolsillo y levanta la vista hacia los paquetes de papel llenos de harina del estante superior.
Tantea el estante inferior con la bota y luego el siguiente para ver si va a aguantar su peso.
La puerta se abre de par en par. En cuanto Dez se baja de un salto, el bote se le resbala de la mano y cae en la boca de un pez gigantesco que está sobre una bandeja que tiene al lado.
—Solo buscaba el… —Deja la frase en el aire cuando se da cuenta de que no se trata del doctor Lebevre. Es un hombre delgado en la veintena, con el pelo rubio rapado, de tez clara y bonita y ojos de distinto color: uno verdeazulado y otro negro.
—¿Todavía no te lo he preguntado? —dice.
—¿Qué cosa? —contesta Dez, y se interpone entre el hombre y el cadáver del pez que alberga su secreto.
—¡A qué clubs vas a apuntarte! —Con esa pose relajada, tiene que ser uno de último curso—.
Para empezar, te recomiendo dos, salvo que seas una persona ambiciosa.
—Se detiene y la mira de arriba abajo—. Pareces confusa.
Me llamo Jetrel Connelly, pero puedes llamarme Jet. ¿Quizá mi reputación me precede?
Dez niega con la cabeza despacio.
—¡Soy el responsable del comité de bienvenida de la Aqueronte! Me encargo de que todo el mundo encuentre un sitio en nuestra comunidad. Así que… ¿Qué te gusta? ¿Hablas sumerio?
—No.
—¿Tocas el violín?
—En realidad, no.
Jet mira su tableta con el ceño fruncido.
—Hay algunas plazas disponibles en nuestro club de equidad social. Lo llamamos «Ojo por ojo».
Dez se tensa.
—¿Te apunto a ese? —pregunta Jet.
—Eh, yo no…
—Nos vendría bien tener nuevos puntos de vista en el club —afirma—. Nuestro cometido es explorar la ética en nuestro trabajo, cuestionarnos lo que importa…
Por un instante, cree que lo descubre echando un vistazo por encima de su hombro, hacia la boca helada del pez que contiene el bote de pastillas. Al ojo.
—Me apunto —contesta Dez.
—Fenomenal —responde él, anotándoselo—. ¿Y qué me dices de aprender sumerio? Ese club es increíble. Se acercan mucho al origen.
—Claro —dice Dez—. Oye, Jet, ¿no sabrás qué es un kinmedai ?
Jet alarga el brazo por encima de su hombro y le da unas palmaditas al pez en la boca, con los dedos a tan solo unos milímetros del bote—. Supongo que estaréis preparando algo especial.
—¡Rae! —aúlla Lebevre, e irrumpe en la cámara. Aparta a Jet de un empujón y se apodera de la bandeja con el pez y el ojo de Dez que tiene detrás—. ¿Le tienes cariño a las puntas de tus dedos?
—Te apunto al Ojo por ojo —confirma Jet cuando Dez persigue a Lebevre a toda prisa.
—Doctor Lebevre —lo llama—. ¡Chef, espere! Antes de que…
Pero para cuando lo alcanza, él ya está en los fogones y echa el pez entero en una olla enorme de caldo hirviendo. Dez observa la boca del pez hundirse bajo la superficie.
Y entonces, el bote de pastillas sale a flote.
Ni se lo piensa. Sumerge los dedos en la sopa burbujeante. No siente el dolor hasta agarrar el bote. Después, chilla por el calor abrasador, extrae su horripilante tesoro y se coloca el bote bajo el brazo izquierdo.
—Pero ¿a ti qué demonios te pasa? —exige saber Lebevre. No obstante, está demasiado concentrado en lo que le ha hecho a su sopa como para percatarse de que está aferrándose al bote de pastillas ardiendo que lleva debajo de la axila.
—Mi abuela también me dio un par de clases de cocina —afirma Dez, que jadea por el dolor punzante que siente en los dedos—. Me contó que el ingrediente secreto es el dolor.
Lebevre mira a Dez como si se estuviese planteando cuál de sus cuchillos sería el más adecuado para rebanarle las puntas de los dedos. Entonces, suelta una carcajada inesperada desde lo más hondo de su estómago, como si Dez supiera de lo que habla y no acabase de inventárselo.
Quizá esté borracho. Puede que, por una vez, Dez esté de suerte. Pero, sea por el motivo que sea, Lebevre mete la mano en la sopa.
—¡Abuelas! —Se parte de risa—. ¡Mierda, cómo quema!
Cuando saca la mano, Dez trastabilla hacia la puerta lateral de la cocina.
Sale al exterior, junto a los contenedores, y hunde el puño en la nieve.
Piensa en Mo, en lo mucho peores que son sus quemaduras, y soporta el dolor.
Tiene el índice y el pulgar rojísimos, pero sanarán.
Le tiemblan las manos al sacar el bote de pastillas.
Se ha deformado un poco al sujetarlo bajo el agua hirviendo, pero todavía puede quitar la tapa y el ojo sigue conservando su pérfida integridad.
Lo sostiene en la palma temblorosa y se queda mirando el iris, p rácticamente negro.
A continuación, llena el bote de hielo, mete el ojo, cierra la tapa y lo devuelve de nuevo a su bolsillo.
A partir de ahora, lo llevará encima. En todo momento. Hasta que lo necesite. Hasta el momento en el que el ojo suponga la diferencia entre el encarcelamiento y la libertad.