10
–M e muero de hambre —dice Simon cuando Zarlengo los libera de la orientación.
Dez anda a su lado a medida que los de primero entran por las amplias puertas de madera del comedor Enoc.
Lleva sin comer desde que ha llegado a la Aqueronte; de hecho, no recuerda qué fue lo último que comió que no hubiese salido de una máquina expendedora de un hospital.
De todas formas, le da cosa estar en el Enoc después de haberse perdido el turno del Programa de Estudio y Trabajo de esta mañana.
Además, la desconcierta lo impresionante que es el edificio por dentro.
Dos robles altos se retuercen en medio de la sala y se elevan hacia el imponente techo con vigas.
Las inusuales copas, cubiertas de lucecitas, arrojan un brillo romántico sobre los manteles blancos con cubertería brillante, porcelana delicada, velas parpadeantes y copas de cristal.
De las paredes cuelgan unas pinturas cubistas y enormes. A Dez le parece ver un Picasso.
Entre los robles hay una mesa larga atestada de muchas de las caras bonitas e interesantes que Dez vio la noche pasada en el bar. En la cabecera, Rafe da vueltas a un par de palillos de jade y le susurra algo a Esmeralda.
No se percata de la presencia de Dez.
Necesita hablar con él. Sobre la falta de cobertura y sobre cuándo podrá volver a casa para ver a Mo.
Sobre por qué Rafe jamás mencionó el Programa de Estudio y Trabajo y sobre qué narices llevaba esa bebida.
Pero, al estar sentado en esa mesa, rodeado por los ruidosos e inalcanzables estudiantes de último curso, Rafe parece estar en otro mundo.
—Primer plano de Dez —dice Simon a la vez que toma notas en un cuaderno—. Vemos el comedor a través de sus ojos: magnífico. Intimidante. ¿Logrará encajar? ¿Eso es un Picasso auténtico?
—Cortamos a la parte en la que se pone a comer —contesta Dez a la vez que le da la espalda a Rafe.
—¿Qué te parece la decoración? —pregunta Simon—. He oído que los de último curso la cambian antes de cada comida.
—¿Te refieres a los cuadros?
—A todo. Los árboles. La lámpara de araña. Todo está hecho de luces —responde Simon al atravesar el tronco de uno de los robles con la mano. Su piel adquiere el mismo tono y textura que la corteza.
—¿Cómo es posible? —pregunta Dez, y mira a su alrededor en busca de un proyector.
—Forma parte de su seminario sobre efectos especiales —comenta Simon—. Estoy en la mesa dieciséis, ¿y tú?
—Igual —contesta Dez tras consultar su carpeta de orientación.
Dez se da cuenta de que en la mesa de Rafe quedan dos asientos libres, pero cuando Simon vuelve a pronunciar su nombre, lo ve haciéndole señas desde una mesa para dos apartada en el extremo de la sala.
De todas formas, tampoco quería sentarse con Rafe. Lo único que quiere es comer.
Se sienta en la silla frente a la de Simon y levanta un menú escrito a mano del plato. En este momento, se comería casi cualquier cosa, pero se da cuenta de que está analizando el menú en busca de una sola palabra que conozca. Okonomiyaki . Burijiru . Omakase . Ni idea.
—Tal vez pida uno de cada —dice Simon—. Ya que es gratis y no he tenido tiempo para desayunar mientras estaba en el turno de cocina.
—Pero si cuando nos hemos conocido te estabas comiendo un cruasán del tamaño de mi cabeza. —Le recuerda Dez.
—Era desayuno para llevar —contesta—, no una comida en condiciones, así que mi cuerpo ni se ha dado cuenta de que me estaba comiendo el…
—Deja la frase en el aire y Dez sigue su mirada hasta la mujer que está de pie junto a su mesa—.
Cruasán más delicioso del mundo —susurra Simon—.
Esther. ¿Esther Townsend? Hola. Nos conocimos anoche en el bar.
Estuvimos hablando sobre terror japonés.
Me contaste que tu peli favorita era Onibaba .
Esther se queda mirando a Simon y enarca una ceja. Lleva el pelo rubio a la altura de los hombros recogido en una coleta, tiene los ojos color avellana, una cara bonita y sin maquillar y lleva un delantal negro atado a la cintura.
—¿Eres… Sydney? —pregunta ella.
—Sí —susurra él.
Simon está tan embelesado que ni siquiera recuerda su propio nombre, y es evidente que Esther solo ha venido a tomarles nota de la comida. Dez se pega una sonrisa a la cara y señala el menú.
—¿Qué nos recomiendas?
—¿Eres Desdemona Rae? —pregunta Esther.
—¿Cómo lo sabes…?
—Lo siento, pareces hambrienta, pero el doctor Lebevre me ha pedido que viniese a buscarte.
—¿Quién es el doctor Lebevre? —pregunta Dez.
—El chef —responde Simon.
—Mierda —espeta Dez.
—Al parecer, te has saltado el turno del desayuno —comenta Esther a la vez que le tiende un delantal negro de sobra—. Te toca estar en el de la comida. Conmigo.
A Dez le ruge el estómago a modo de protesta, pero por supuesto que le toca estar en el turno de la comida. Por supuesto que tomarse este respiro con Simon y comer algo rico era demasiado bonito para ser cierto. Por lo menos, no está despedida. Por ahora.
—¿Necesitáis otro par de manos? —pregunta Simon, levantándose al mismo tiempo que Dez—. Yo también me puedo enfundar otro delantal…
No obstante, Esther ya se dirige a toda velocidad hacia la cocina, con Dez apresurándose para seguirla mientras se ata el delantal a la cintura.
Esta vez, cuando pasa junto a la mesa de Rafe, él levanta los ojos y echa tal mirada al delantal que a Dez le da la sensación de que puede atravesarlo con la mirada.
Se mete las manos en los bolsillos y se aferra al bote de pastillas como si fuese una pelotita antiestrés.
—Al menos es una mejora respecto al del Dairy Barn —anuncia Rafe lo bastante alto como para que sus compañeros de mesa se olviden de las conversaciones tan fascinantes que están manteniendo y miren en su dirección.
—No molestes a quienes te preparan la comida —contesta Dez.
—Te reto a que me envenenes. —Rafe se ríe.
—Desdemona, ¿vienes o no? —pregunta Esther mientras le sujeta la puerta de la cocina.
Dez la sigue, haciendo oídos sordos a Rafe e intentando entrar a la cocina con valentía, aunque el corazón ha empezado a latirle con fuerza.
El espacio está en calma, es amplio y brillante, y todo está al nivel de un restaurante de primera.
Unos estantes plateados abastecidos con un arcoíris de lechugas, cítricos y tubérculos bordean una de las paredes largas de la cocina.
Unos cubos con salsas almacenadas en botes, todos ellos etiquetados con cinta de carrocero azul, forman una pila en la isla central. No hay ningún chef enfadado a la vista.
Si hubiese llegado al turno de desayuno en el que se suponía que debía estar, lo más probable es que no estuviese enfadada por el puesto que le han asignado en el Programa de Estudio y Trabajo.
A veces, la hora punta del Dairy Barn la hace entrar en una especie de modo zen, cuando mueve las manos con tanta rapidez que su mente es incapaz de seguirles el ritmo para tomarse un merecido descanso de pensar.
—¿Y el doctor Lebevre? —le pregunta Dez a Esther.
—Tú ponte a hacer cualquier cosa hasta que vuelva. No le gustan los holgazanes.
—De acuerdo. ¿Qué vamos a cocinar? —Se recoge el pelo y va al fregadero para lavarse las manos.
La puerta trasera de la cocina se abre y un hombre corpulento y de pelo oscuro con ropa de chef entra.
Es agresivamente masculino, puede que vaya borracho y Dez se imagina que tiene unos treinta y cinco años.
Lleva lo que parece ser la funda de un arco echada al hombro.
Cuando la baja y la desenrolla en la encimera de metal, ve que está repleta de cuchillos.
—¿Eres Desdemona Rae? —pregunta sin levantar la vista del afilador, por el que pasa un cuchillo.
—Yo… Sí. Quería disculparme por…
—Cierra el pico —gruñe—. Hablarás cuando te lo pida. Soy el doctor Lebevre. Vengo de Cordes-sur-Ciel, donde mi abuela me enseñó a cocinar.
—Debe de haber hecho un buen trabajo.
—Cuando metía la pata en la cocina, me hacía una advertencia.
—Parece razonable —contesta Dez con nerviosismo.
—Si volvía a meterla, me clavaba un cuchillo en uno de los dedos.
—¿Cómo?
Lebevre le pone una de las manos a la altura de los ojos y Dez ve las cicatrices, los ángulos irregulares y unos muñones uniformes y extraños donde deberían estar las puntas de sus dedos.
—Te has saltado el turno del desayuno —le dice.
—Lo siento…
—Esa era tu advertencia —espeta el doctor Lebevre, y sigue afilando los cuchillos—. ¿Sabes cocinar?
—Sí, sé.
—¿Se te da mejor que a ella? —El doctor Lebevre señala a Esther con el cuchillo.
—Acabamos de conocernos —responde Dez.
—Es omakase . —El chef la mira fijo.
—¿Cómo dice? —le susurra Dez a Esther.
—¡Sushi! —exclama el chef como si Dez fuese imbécil.
—Limítate a hacer lo que te mande —indica Esther.
—¡Hay tres reglas! —vocifera Lebevre cuando se colocan a su lado—. Nada de parlotear. Nada de salsa de soja. Nada de descansos. Townsend, ocúpate del arroz: una cucharada sopera, en forma de lágrima. Rae, a emplatar. Obsérvame una vez y luego ponte manos a la obra.
Dez observa y aprende. Lebevre toma el montoncito de arroz de Esther y le coloca una rodaja fina de pescado encima.
Cuando le pasa el sushi emplatado a Dez, ella lo imita en función del color del pescado y, con unas pinzas, añade una lámina de chili, una hojita muy fina de shiso y tres puntitos de una salsa etiquetada como «yuzu».
Se pregunta a qué sabrán esos ingredientes.
Justo cuando comienza a hacerlo bien, el doctor Lebevre chilla:
—Rae, tráeme el kinmedai de la cámara frigorífica.
Dez echa un vistazo a Esther, que se encoge de hombros con los ojos como platos; a continuación, se dirige a la cámara frigorífica al fondo de la cocina.
No tiene ni idea de qué es un kinmedai y no puede usar el móvil para buscarlo en internet.
Sin embargo, cuando llega a la cámara frigorífica del tamaño de un dormitorio abarrotada de ingredientes que le resultan completamente ajenos, Dez agradece el momento de soledad.