9
–N o veo una mierda —se queja Simon mientras comparten el mapa de la carpeta de Dez para llegar a la orientación.
Han salido del vestíbulo de la residencia y han bajado diez pisos de escaleras de caracol hasta llegar a la planta baja de las torres.
Acaban de atravesar una puerta pesada de madera y han acabado en la entrada al patio triangular.
Dez va vestida con unos vaqueros, un lujoso jersey de cachemir blanco y una parca de color hueso con una capucha ribeteada de pelo; todas las prendas estaban dentro de su armario nuevo. Se siente como una impostora, pero al menos está a gusto bajo la nieve que cae con suavidad.
—Solo porque puedan hacer que sea de noche a perpetuidad —suelta a medida que ambos empiezan a cruzar penosamente el patio triangular— no significa que deban hacerlo. ¿Qué pasa con nuestros ritmos circadianos?
—Pero ¿anoche tú no estabas en la fiesta? —pregunta Simon—. Creo que el único ritmo que le importa a la gente es el de la velocidad a la que se la tiren. Con ganas.
—¿Tú también has escuchado a Yael esta mañana?
—Un par de veces hoy y otro anoche. Esta mañana casi me ha dado un infarto con lo de la bufanda.
—¿Cómo has acabado en la Aqueronte, Simon? —pregunta Dez, esbozando una media sonrisa—. ¿De dónde eres?
—De una comunidad cherokee al noroeste de Oklahoma. Somos un pueblo pequeño, pero con una familia enorme —contesta, y luego atrapa un copo de nieve con la lengua—. ¿Sabes? Ya los echo de menos.
—Yo también añoro a mi familia —responde Dez con un suspiro—. Mi hermano está en el hospital.
—Mierda. ¿Y eso?
—Sufrió un accidente —explica Dez con la mirada clavada en las botas.
—¿Se recuperará?
—Eso espero.
—¿Y aun con todo has venido hasta aquí? —pregunta a la vez que le echa una mirada. Dez cree que Simon lo entiende. No del todo, pero sí parte.
—Supongo que parecía… —empieza a decir Dez.
—¿Una oportunidad única en la vida?
—Eso es. —Se levanta la capucha de la parca. Necesita cambiar de tema—. Bueno, ¿solicitaste plaza en otros cursos?
—En una docena por lo menos. No eché a ninguna otra escuela de cine. Me quedé atónito cuando recibí la carta de admisión.
Dez lo mira anonadada cuando llegan al extremo del patio y se quedan frente a un edificio oscuro y sin ventanas, hecho de piedra fría y gris.
—¿A qué más enviaste solicitud?
—A los Cuerpos de Paz —contesta mientras le sujeta la puerta a Dez—.
A una iniciación de chamanes en Perú. A unas prácticas en una empresa emergente de ingeniería aeroespacial con un CEO que estaba mal de la cabeza.
A un puesto de promotor de música underground en Tokio.
En resumen, siempre busco la mayor locura que hacer en cualquier momento.
Dez asiente conforme entran en el edificio, aunque la confunde que Simon pudiese haber estudiado tantas otras cosas y haber tomado tantas trayectorias vitales completamente distintas.
Ella sería una cineasta en cualquier parte, incluso si no la hubiesen aceptado ni en una sola escuela. Hasta en el más allá.
Están de pie, en un recibidor iluminado por unas velas sobre unos candelabros de pared de hierro forjado. Hace un frío pesado, antiguo. Hay una puerta cerrada con un cartel en el que pone Auditorio, y desde el interior retumba una voz sonora y de barítono:
—En la Aqueronte hay dos clases de estudiantes. ¿Alguien me puede decir cuáles son?
—Llegamos tarde —dice Simon a la vez que se abre paso hacia la puerta—. Anoche, en el bar, uno de los de último curso me comentó que se supone que nunca hay que llegar tarde a una clase de Zarlengo.
—¿Quién es Zarlengo?
—Da Filmología —contesta Simon—. Por lo visto, a nadie le cae bien.
Para cuando él y Dez se cuelan en el auditorio, todos los pupitres de mármol parecen estar ocupados. El profesor, un hombre mayor de unos sesenta años, va de un lado a otro de una tarima en mitad de la enorme sala.
La cara de pocos amigos de Zarlengo parece respaldar su reputación. El traje negro combina con las pesadas cortinas de la clase y el gorro de vaquero de terciopelo negro oculta todas sus facciones salvo una escasa barba gris.
Levanta la vista en dirección a Dez, justo cuando Simon reclama el último sitio libre.
—¿Le gustaría recibir una invitación especial para unirse a la orientación? —pregunta Zarlengo.
Dez está aterrada de que esas sean las primeras palabras que le dedica un profesor de la Aqueronte, pero antes de poder quejarse de que no quedan sitios libres, Zarlengo le pregunta:
—¿Qué tipo de estudiante es usted, señorita Rae?
Mierda, hasta se sabe su nombre. ¿Cómo es posible?
Todas las miradas del auditorio se clavan sobre Dez. Algunas las reconoce de haberlas visto en el bar, la noche pasada, antes de perder el conocimiento. La vergüenza le trepa por los hombros y se encoge con fuerza.
—En este momento —dice Dez—, soy una estudiante de la Aqueronte a la que le gustaría sentarse.
Se escuchan un puñado de risas avergonzadas en el auditorio.
—Creo que todos compartimos ese deseo —contesta Zarlengo.
Al no ver otra alternativa, Dez se sienta en el pasillo junto a Simon, que le dedica una mueca de compasión.
Cuando soñaba con su primer día como estudiante de posgrado, se imaginaba como una heroína, no como el hazmerreír de la clase.
Aunque puede que le venga bien estar tan espantosamente fuera de lugar y quedar mal una y otra vez, porque ese desorden constante evita que piense en Mo.
Saca su carpeta de orientación y la hojea en busca de la programación de hoy.
6:00
Turno de desayuno del Programa de Estudio y Trabajo, cocina del comedor Enoc.
Ya la ha cagado con esa.
9:00
Orientación para los alumnos de primero, auditorio del edificio Kohenet.
Aquí también está en proceso de cagarla.
12:00
Comida, comedor Enoc, mesa 16.
15:00
Ritual de emparejamiento, pista Diamante.
19:00
Cena, comedor Enoc, mesa 16.
21:00
Programación vespertina: presentación del repositorio, edificio Goliat.
No obstante, antes de tener tiempo para darle un codazo a Simon y enarcar las cejas por el ritual de emparejamiento, Zarlengo ruge desde la tarima.
—¿¡Alguien más!? —Clava la vista en el techo del auditorio, que lleva el blasón de la escuela—. ¿¡Quien sea!? ¿¡Que me diga las dos clases de estudiantes!? No es una pregunta trampa.
—Las dos clases de estudiantes son —contesta una mujer con el pelo largo y rojo desde la última fila— los que piensan con palabras y los que lo hacen a través de imágenes.
Zarlengo se detiene. Se queda un instante en silencio, y eso le proporciona a Dez una oportunidad para respirar.
Palabras e imágenes. Nunca se había planteado clasificar sus pensamientos de esa forma. A bote pronto, no tiene muy claro en cuál encaja ella.
—En esta institución, hay dos caminos —explica Zarlengo con dos dedos levantados—. Quienes piensan con palabras son nuestros escribas . Esos estudiantes optan por la vía de la escritura de guiones.
Dez observa a los estudiantes revolverse en sus asientos mientras se plantean si ese término los describe.
—Quienes piensan con imágenes —prosigue Zarlengo—, son nuestros visionarios . Esos estudiantes optan por la vía de la edición.
Dez hace eso y más en sus películas. Echa un vistazo por la sala a la vez que se pregunta cómo es posible que una persona se limite únicamente a ser una clase de artista.
Sin embargo, da la sensación de que, en cuestión de un instante, todas las personas de la sala quedarán categorizadas en un tipo u otro de persona, de forma más o menos permanente.
—¿Y qué pasa con los directores? —pregunta alguien al principio de la sala—. A mí me gusta Scorsese y vine aquí para dedicarme a…
—No será necesario. —Zarlengo levanta la mano con una sonrisa fría—.
La doctora Moriah es la directora de esta escuela.
La única. Y lo que crea que haya venido a «dedicarse» no tiene importancia, usted no está al mando.
La Aqueronte no es como otras instituciones.
Disponemos de protocolos rigurosos para todo, desde vuestro plan de estudios hasta vuestra forma de comunicarse tanto dentro como fuera del campus.
Dez dobla los dedos alrededor de la carpeta y la pliega por la mitad al recordar lo que había dicho Yael sobre los móviles y el mundo exterior. Necesita poder comunicarse con su familia e ir a verla. Rafe le prometió que podría hacerlo.
—Acabáis de abandonar un mundo que depende por completo de ese tipo de «conexión» —continúa Zarlengo—. Estáis adentrándoos en uno que no depende en absoluto de ella. —Coloca una mano a cada lado del estrado y echa un vistazo por la sala.
»Aunque preferiría que abordaseis vuestros estudios con una mentalidad abierta de aprender por el mero hecho de aprender, sé que muchos de vosotros, si no todos, queréis saber qué os depara tras vuestro último año. ¿Cómo va a ayudaros la Aqueronte a conseguir un trabajo remunerado?
Dez se inclina hacia delante, a la espera de que siga hablando. Por eso está aquí… Para aprender, sí, pero también para prepararse de cara al futuro.
—Si os digo —empieza Zarlengo— que contamos con un porcentaje de éxito del cien por ciento a la hora de que nuestros graduados consigan trabajos remunerados, ¿vais a respirar y a limitaros a aprender y a cumplir con vuestros encargos? Porque es cierto. A todos os espera vuestro trabajo de ensueño.
Se escucha un suspiro colectivo en el auditorio. Zarlengo baja la voz.
—Dentro de poco, dejaréis de estar sentados en un aula.
En vez de eso, aprenderéis a través de la práctica.
Y haréis lo que os mandemos. A cada uno de vosotros se os ha asignado una de las dos categorías de cine, en función de vuestra predilección innata.
No se atenderán las peticiones de cambios, ¿queda claro?
—Sí, doctor Zarlengo —responden los estudiantes alrededor de Dez.
—Ambos tipos de cineastas se topan con problemas —afirma Zarlengo al compás de sus pasos—. Los escribas lucharán contra los molestos susurros de las voces internas. Vuestro trabajo es acallarlas para poder conectar directamente con las voces de vuestros sujetos. Si no lo lográis, estáis fuera.
Alguien se ríe con nerviosismo. Zarlengo agacha la cabeza. Un silencio perturbador inunda la sala.
—En cuanto a vosotros, visionarios, también estáis en riesgo. Quizá hayáis venido aquí creyendo que tenéis derecho a cualquier decisión estética que se os pase por el hipocampo. Sin embargo, en la Aqueronte las películas no van sobre vosotros.
En ese momento, su mirada recae sobre Dez. La actuación a lo John Wayne es ridícula, pero ¿por qué le está bajando un escalofrío por la espalda?
—¡Cerrad los ojos! —ordena Zarlengo a la clase.
Dez obedece.
—Si os pidiese que me hablaseis sobre vuestro hogar —prosigue—, sobre de dónde venís, ¿qué diríais?
Dez inspira despacio y se transporta allí. A Death Valley. A la casa que compartió con Moses y con su madre durante toda su vida, hasta ahora. Se marchó de repente, sin apenas prepararse, bajo una presión traumática.
Ver una representación tan nítida de su casa en su imaginación le resulta doloroso.
Está en la cocina estrecha, que huele a romero por las dos plantas del alféizar de la ventana.
Está sentada en la encimera, con las piernas cruzadas, al lado del fregadero.
Mete la mano en la lata de gránulos de café de su madre, sujeta un par entre los dedos y se los mete en la boca.
Observa a Mo lamerse la grasa de una hamburguesa del dedo mientras imita a un amigo suyo que se ha caído de un trampolín en la fiesta a la que ha asistido esa noche.
Dez puede ver el reloj azul por encima del hombro de su hermano, en el que son casi las dos de la madrugada.
Ve los platos que se supone que tenía que haber fregado Mo antes de salir, aunque no lo ha hecho.
Ve la labor de punto de cruz actual de su madre, que muestra otro árbol de Navidad, extendida sobre la silla que está bajo la lámpara buena.
Está intentando terminarlo antes de las fiestas, aunque suele acabar convirtiéndose en un regalo de Pascua.
Es uno de esos momentos completamente ordinarios de la vida de Dez. Tan mundano que podría haber ocurrido cien veces. Pero, de pronto, Dez se da cuenta de que esa escena jamás volverá a repetirse porque…
Ve al hombre de la máscara, apartándola de un empujón para entrar al Dairy Barn.
Ve los vasos de poliestireno desperdigados por detrás del fregadero, luego de que ha saltado para abalanzarse sobre él.
Ve sus manos rodeándole la garganta al hombre y los hilos de la tela de la capucha que lleva.
Ve que tiene el globo ocular en la mano.
La freidora llena de aceite.
Mo, quemado. Desfigurado.
Metido en el coche como si fuera un cadáver.
El aturdimiento de esa noche al perseguirlo.
Ve a Rafe en la moto y recuerda lo que sintió en todo el cuerpo, como si ya lo hubiese conocido antes en otro sitio.
Lo ve todo, hasta la expresión en su mirada garabateada en la servilleta que le dio Rafe.
Ve la azotea del hospital, la primera vez que él le habló de la Aqueronte.
La cara de su madre al leer la carta de admisión.
Los polis rodeando el hospital, buscándola.
El jet de obsidiana alejándola de Death Valley, de sus alegrías y penas.
Y la primera imagen de la Aqueronte, como un sueño. Como una película.
—Abrid los ojos —ordena Zarlengo.
Para cuando los abre, Dez está llorando. Se seca las lágrimas con rapidez y pestañea hasta ver con claridad.
El doctor Zarlengo se saca de la chaqueta un par de montones gruesos de sobres cerrados. Le tiende el primero a una mitad de la sala y el segundo a la otra.
—Imagino —comienza a decir—, que cada uno de vosotros sospecha qué clase de estudiante es. En qué tipo de vía es posible que estéis. Escriba o visionario. Estos sobres os la confirmarán. Abridlos.
Simon le pasa un sobre a Dez. En la inscripción, con una letra pequeña y precisa, pone: «Desdemona Rae». Dez desliza el pulgar por la solapa del sobre y saca la tarjeta blanca del interior.
En mitad de la cartulina gruesa y blanca hay una litografía de un ojo negro y detallado. Se queda mirándolo y siente como si este le devolviese la mirada.
El iris es casi tan oscuro como la pupila.
Tiene un parecido inquietante con el globo ocular que guarda en el bolsillo.
Siente una certeza cada vez mayor de que se trata de una acusación.
De que todo el mundo en la Aqueronte sabe lo que hizo de camino hasta allí.
Aún nota la densidad tirante del ojo. Le dan ganas de vomitar.
—¿Qué escondes? —pregunta Simon, que se inclina desde el pupitre para mirarla desde arriba.
Dez se sobresalta.
La tarjeta. Simon solo quiere saber qué le ha tocado. Le enseña la suya, que contiene las letras «ABC» con una caligrafía florida en el centro. Es un escriba.
Ella le enseña el ojo de su tarjeta.
Es una visionaria.
Lo que significa que, incluso en los momentos más oscuros, tendrá que apañárselas para descubrir cómo ver las cosas.