8 #2
—Está todo en los folletos que venían con la carta de admisión. Además del grupo de estudio y trabajo que se te ha asignado —explica Simon—. ¿No te los has leído?
—¿Ni siquiera la parte que menciona el código de vestimenta? —pregunta Yael con frialdad—. Dice bien clarito que nada de cosas horribles .
Otra cosa más que tiene que agradecerle a Rafe. Solo le dio un folio enigmático y la hizo firmar en la línea de puntos y que se lo devolviese.
—¿Hay alguna tienda para estudiantes o algo así? —pregunta Dez—. Necesito ropa nueva y un cargador de móvil.
—¿Y si echas un vistazo a tu armario? —responde Simon—. En cuanto a lo del móvil, me temo que aquí no sirven de nada.
—No hay cobertura —corrobora Yael—. Ayer, Simon y yo tiramos el suyo por la ventana de la torre y lo vimos hacerse añicos.
—¿Has roto tu móvil a propósito? —pregunta Dez.
—Eso parece —afirma Simon—. Si te portas bien en primero, te dan un móvil encriptado. El próximo curso.
—Es broma, ¿verdad? —dice Dez.
—¿Lo dices por la encriptación?
—Yo no me fío —suelta Simon.
—Por supuesto, conspiranoico. —Yael se ríe de él—. Permíteme arrojar un poco de luz sobre el enorme complot: los ricos son los que manejan el mundo. Supéralo.
Dez intenta no hacerles caso. Recuerda lo que dijo Rafe la noche anterior sobre que, cuando viese la tecnología de la Aqueronte, se olvidaría de la existencia de los portátiles.
Lo que no va a olvidar es que su móvil contiene el que puede ser el único mensaje de voz que va a recibir nunca de Asher Ibrahim, y ahora ni siquiera puede escucharlo.
—¿Y la gente cómo llama a su familia? —pregunta Dez.
Yael se la queda mirando.
—Necesito poder hablar con ellos… —prosigue.
—La Aqueronte es una experiencia inmersiva —explica Yael—. Dentro de unos días, estarás tan ensimismada con tus películas que el mundo exterior dejará de existir.
—No —contesta Dez—, para mí no.
Simon se coloca el violín hacia delante y toca el estribillo de «Hotel California».
Yael se parte de risa.
—Deja de asustarla, Simon. Apenas puede tenerse en pie. Ahí está tu cuarto, Dez. —Señala la puerta cerrada que tiene detrás—. Seguro que te mueres de ganas de darte una ducha.
Es verdad. Y tiene las mismas ganas que Yael de quedarse ahí charlando con ella.
—Oye, Dez —comenta Yael en voz baja cuando ya está prácticamente en la puerta—. Adivina con quién trabajé el verano pasado.
—Me rindo. —Dez no está de humor.
—Con Samantha Cisneros .
—¿En serio? —pregunta Dez, y da media vuelta. Samantha Cisneros forma parte de sus ídolos artísticos, y es la directora de varias de sus películas favoritas—. ¿Has conseguido hacer prácticas con Cisneros?
—La Aqueronte se encargó de conseguirlo. —Yael asiente desde el sofá—. Y justo antes de que falleciese. Solo digo que, aunque este sitio te haga pedazos, que lo hará, sigue mereciendo la pena.
Dez asiente y se encierra en su cuarto. Suelta un suspiro.
Hasta ahora, todas las veces que ha hablado con sus compañeros han ido mucho peor de lo que esperaba, aunque, al mismo tiempo, las instalaciones de la Aqueronte son bastante mejores de lo que imaginaba.
Echa un vistazo a su nuevo cuarto, muda de incredulidad.
Pasa la mano por el edredón blanco y suave de la cama con dosel que tiene delante.
Una alfombra tejida y colorida bajo la cama da cohesión a la sala.
Hay dos lámparas de cristal de colores en dos mesitas de noche y una estantería repleta de libros.
El estante superior contiene una carpeta con su nombre.
El paquete de orientación que debería haberse leído la noche anterior y que tendrá que dejar para más tarde, cuando se le pase el dolor de cabeza.
Abre la puerta del baño. Nunca ha tenido su propio cuarto de baño.
Ahora tiene hasta una bañera con patas. Abre el armario y le sorprende verlo lleno de ropa profesional a medida.
Comprueba una de las tallas y entiende que todo le va a quedar bien.
¿Todo eso es para que se lo ponga mientras está aquí, en la Aqueronte?
Se sienta en un almohadón de color salmón junto a un ventanal enorme y descorre las cortinas blancas para ver las vistas.
Su cuarto da al este. Entre la nieve que cae con la fuerza de una ventisca, vislumbra el contorno de un patio en forma de triángulo.
Es el patio triangular. Una arboleda enorme de pinos coronados de nieve se extiende más adelante.
Y ahí fuera, en algún sitio a lo lejos, están su hermano y su madre.
Dez cierra los ojos y apoya la palma contra el cristal.
Por primera vez desde hace mucho tiempo, dispone de la privacidad suficiente para respirar y soltarlo todo.
Pero teme que, si abre esa puerta, nunca será capaz de cerrarla.
Lo que necesita hacer en este momento es justo lo contrario.
Condensar todo lo malo de su vida y convertirlo en una mota infinitesimal en su interior.
Juntar todo lo que ocurrió en el Dairy Barn, lo que le sucedió a Mo, lo de la policía, Rafe y esa bebida de anoche, Yael y lo de esta mañana y su puta bufanda dorada y convertirlo en algo pequeñísimo. Dejarlo apartado.
Alguien llama a la puerta.
—¿Todo bien ahí dentro? —pregunta Simon.
Dez siente la tentación de responder con sinceridad, pero las palabras mueren en su garganta.
—Oye —dice Simon al otro lado de la puerta—. Como no te has leído los…
—Como vuelvas a repetir la palabra «folletos»…
—Solo quería avisarte que la orientación empieza en quince minutos —responde Simon—. Te espero aquí fuera.