Luces blancas 8
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U n estruendo como si alguien estuviese estampando un ariete contra una pared de hormigón saca a Dez de una pesadilla que estaba teniendo sobre Mo. Atontada, abre los ojos a una hora que le parece intempestiva. Es tan temprano que todavía no ha salido el sol. Le martillea la cabeza. ¿Dónde está?

Está en una habitación enorme, cálida y con paneles de madera. Está tumbada en un sofá de cuero blanco en forma de «L», delante de una chimenea en un rincón de la sala. A ambos lados de la chimenea, cuatro ventanas abatibles enmarcan un paisaje de montaña revestido de nieve.

La Aqueronte.

Lo último que recuerda es…

El bar de anoche. El Villains. Esmeralda meneándole los pezones de diamantes a Rafe en la cara. La trampa mortal del telesilla y la cita frustrada del porche. Alice Quinn. Ese cóctel. Y después de eso, nada.

Se arrebuja más en la manta de lana suave conforme un radiador escupe aire en la esquina.

El olor a menta flota por el aire. El suelo está hasta arriba de varias docenas de alfombras antiguas turcas ornamentadas.

Hay una mesita de café llena de libros. Y una cocina pequeña al fondo, en la esquina izquierda.

Dez está reventada, aturdida y… siente como si alguien le estuviese pisoteando el corazón. Cierra los ojos otra vez; está muy lejos de casa. A estas horas, Mo ya debe de haber salido de la operación. ¿Su madre está con él? ¿Que Dez no esté allí le facilita las cosas a los demás?

De todas formas, ¿dónde está? Se incorpora, se frota los ojos y nota un tirón espantoso en el cuello. ¿Qué hora es? ¿Cuándo empiezan las clases? ¿Cómo ha podido permitir que pase esto? Saca el móvil, pero se ha quedado sin batería y se ha olvidado el cargador en Death Valley.

El martilleo constante que la ha despertado incrementa la velocidad y el volumen.

Y, de repente, alguien se pone a chillar.

Dez se levanta de un salto y echa un vistazo a la habitación vacía.

Hay cuatro puertas cerradas y, detrás de una de ellas, alguien está herido. Puede que hasta se esté muriendo.

—¿Hola? —dice Dez mientras busca la puerta por la que sale el ruido. Los gritos se intensifican—. Mierda —masculla, porque ahora mismo está demasiado resacosa como para salvarle la vida a alguien. Pero no tiene alternativa. Irrumpe en la habitación.

Tarda un buen rato en percatarse de lo que está viendo. Y, para entonces, nota otra oleada de humillación y se pone como un tomate.

El cuerpo desnudo de una mujer cuelga de una especie de columpio translúcido y dorado, atado a una viga del techo.

La forma en la que entrelaza las extremidades con la tela le recuerda al yoga aéreo, menos por la desnudez y los gritos.

Está de espaldas a Dez, del revés, de modo que apoya los pies descalzos a la altura de la parte superior de los postes de la enorme cama con dosel.

La patea de forma desenfrenada, lo que provoca que la cabecera de peltre se estampe contra la pared (el primer ruido que Dez ha escuchado desde fuera) mientras otra mujer que solo lleva unos calzoncillos blancos y el pelo oscuro y largo cubriéndole los pechos da vueltas a su alrededor sujetando una fusta.

En ese momento, la mujer de pelo oscuro cruza la mirada con Dez, entorna los ojos y coloca la boca entre las piernas extendidas de la criatura colgante.

Los gritos vuelven a comenzar.

No son gritos de muerte, sino de placer.

Los decibelios le perforan el cerebro resacoso a Dez. Cierra los ojos para no desmayarse.

Al final, los gritos cesan y se escucha un gruñido de frustración.

—Otra vez tú.

Para cuando Dez abre los ojos, la mujer del columpio que iba en busca de placer se ha girado hacia ella; es la misma que anoche estaba en el porche del Villains.

Cruza las piernas y su cuerpo va dando vueltas por la tela dorada hasta que apoya los pies en el suelo.

El columpio dorado se descuelga del techo y flota hasta caer sobre los hombros de la mujer como una bufanda fina y resplandeciente.

—Bueno —dice la mujer—, ¿te has despertado con ganas de pasarla bien?

—¿Qué ha pasado con Felipe? —pregunta Dez.

—Felipe sigue intentando que se le levante después de haberte conocido anoche.

La mujer señala la cama con el brazo. Dez echa un vistazo y ve al modelo de la noche pasada, recostado y desnudo sobre las sábanas moradas.

—Si me disculpáis —contesta Dez, e intenta escabullirse por la puerta.

—Vuelve. No seas tan mojigata. Ya va siendo hora de que nos presentemos —espeta la mujer de la bufanda dorada mientras señala a sus dos compañeros de juegos con la cabeza—. Felipe, Kitty, esta es mi nueva compañera de habitación, la mundialmente famosa aguafiestas Desdemona.

¿Compañera de habitación?

—Yo no soy… —empieza a decir Dez.

—Uy, sí que lo eres —responde la mujer, que se acerca para ponerse delante de Dez—. Una aguafiestas de manual y, por desgracia, además eres mi compañera de habitación. —Suspira—. Me llamo Yael.

—Pensaba que había alguien herido. —Dez se restriega los ojos.

—¿En serio? —pregunta Yael con el ceño fruncido—. A ti nunca te han echado un polvo en condiciones, ¿verdad?

Dez clava la vista en la bufanda dorada y translúcida de Yael; en la vida se ha sentido más perdedora, lo cual, después de lo de anoche, debería haber sido difícil de superar. Se recuerda que Yael no la conoce en absoluto.

No es asunto de nadie que Dez se haya acostado con suficiente gente como para saber cómo pedirle que le hagan lo que le gusta. Aunque es cierto que nadie la ha hecho gritar como estaba haciendo Yael hace nada. Nadie la ha hecho patear el poste de una cama estando bocabajo.

—Os dejo a lo vuestro —responde Dez al salir de la habitación.

—Demasiado tarde, ya me he desatado. —Yael la sigue hasta la sala del sofá en la que se ha despertado—. Quiero conocerte más, Dez. Saber más sobre esa vida tan fascinante que tienes. ¿Cómo has acabado aquí, con nosotros?

Dez echa un vistazo por la sala; todavía no tiene muy claro qué pasó anoche.

—No me refiero a en esta sala, porque está claro que no te acuerdas. Simon y yo tuvimos que traerte a cuestas por la torre después de montarte en el telesilla.

—¿Me subí al telesilla? —pregunta Dez, sin dar crédito—. ¿Quién es Simon?

—Tu otro compañero de habitación, además de tu contrincante —contesta Yael, y Dez nota lo mucho que disfruta de esa situación ambivalente. Seda y navaja, azúcar y especias—. Está en primero, como tú.

—Y tú estás en…

—Estoy en último curso.

—Entendido —contesta Dez. Es mentira—. ¿Hay algún año en el medio?

—Más bien una eternidad —suelta Yael sin entrar en detalles—. Mi familia también estudió aquí. Así que, en cierto modo, llevo aquí desde siempre. Por desgracia, en todas las suites hay una mezcla de alumnos de primero y de último curso.

Se abre la puerta de entrada y un hombre desgarbado y de pelo negro aproximadamente de la misma edad que Dez entra comiéndose un cruasán enorme que huele muy bien.

Tiene el pelo recogido en un moño y una piel oscura perfecta, y su camisa holgada de cuadros grises desprende un fuerte aroma a pachuli.

Lleva un violín a la espalda, como si fuese un músico ambulante.

—Simon —saluda Yael, y señala a Dez—. Mira quién ha amanecido.

Cuando Simon se da cuenta de que Yael no lleva ropa, abre los ojos de par en par y da un traspié.

—Bonita bufanda —suelta como si se estuviera atragantando.

—¿Te gusta? —susurra Yael mientras acaricia la tela.

Simon se esfuerza por apartar la vista y mira a Dez, la saluda con un movimiento de cabeza y luego sujeta el cruasán con la boca para tenderle la mano.

—Nos conocimos anoche, pero lo más seguro es que no lo recuerdes.

—Lo tengo un poco difuso —contesta Dez.

—Bueno, no te preocupes, ya me has contado toda tu vida.

—¿En serio?

Simon da otro ruidoso mordisco al cruasán.

—Tu madre es una santa, tienes un hermano pequeño que es granuja y un trabajo que no lleva a ninguna parte…

—¿Qué? —espeta Dez, a quien se le constriñe el pecho a medida que desliza la mano sobre el bulto del bote de pastillas que lleva en los pantalones.

—Te estoy tomando el pelo —responde Simon—. Estabas K.O.

—Pero lo que acabas de decir…

—Ha sido pura coincidencia. —Simon se encoge de hombros—. Quienquiera que te diese esa bebida es un imbécil.

En eso están de acuerdo.

Dez decide que a Moses le caería bien Simon. Puede que hasta Yael. Y sus dos compañeros de habitación adorarían a su hermano.

Dez señala el cruasán de Simon con la cabeza.

—¿Se puede desayunar en algún sitio?

—Se podía —dice Simon al meterse el último trozo en la boca—. Pero ya ha terminado. Además, el chef no estaba de buen humor; se suponía que te tocaba trabajar en el turno del desayuno.

—¿Que se suponía qué? —pregunta Dez.

—Aquí, los de primero tienen que ganarse sus privilegios —explica Yael. Se desploma en el sofá y menea la bufanda en el aire como si estuviese dirigiendo una orquesta silenciosa—. Da gracias a que no te han puesto en el equipo de mantenimiento.

—No lo sabía —afirma Dez al mismo tiempo que se frota las sienes, que le martillean—. Entonces, ¿estoy despedida?

—Puede. —Simon vuelve a encogerse de hombros—. Yo que tú me plantaría allí a primera hora de la mañana y adularía al chef.

—¿A qué hora se suponía que debía estar allí?

—A las seis.

—¿Y qué hora es ahora? —Dez echa un vistazo por la ventana, confusa.

—Son casi las nueve —responde Simon.

—Pero si todavía no ha amanecido.

—Ya. —Simon mira a Yael—. Aquí siempre es de noche.

—Venga, en serio… —dice Dez.

—En serio —contesta Yael—. Este trimestre, los de último curso están rodando muchas tomas nocturnas, así que hemos diseñado unos filtros especiales para que la escuela parezca estar siempre en penumbra.

—Cuéntale lo de la luna personalizable —añade Simon.

—¿Aquí nunca sale el sol? —pregunta Dez.

—Sí que sale —responde Yael—, solo que no lo vemos.

—Tiene pinta de que es algo que deberíais comentarles a vuestros alumnos potenciales —indica Dez.