Luces blancas 7 #2
16%

7 #2

Dez ha salido de fiesta un montón de veces, pero la verdad es que nunca se ha desmelenado.

Así no. No de la misma forma que Mo, al que le salía solo.

A Dez, la vida siempre le había parecido algo demasiado precario como para dejarse llevar por completo.

No es que no quiera ponerse hasta el culo como la gente del bar.

Es solo que nunca pensó en que pudiese permitirse ese lujo.

Y menos esta noche. No cuando solo faltan ocho horas antes de la mejor oportunidad para su futuro que le han dado nunca.

Ve a Rafe hacer cola en la barra. Se está partiendo de risa, y es evidente que a su costa.

—¿La Aqueronte ha contratado a una estríper para celebrar la vuelta a las clases? —le pregunta—. Pues sí que están tirando la casa por la ventana.

Rafe señala a la mujer de la mesa con la cabeza, que ahora está agarrada a la lámpara de araña e hipnotiza con las caderas a alguien mucho más interesante que Dez.

—Nadie la ha contratado —responde Rafe—. Esmeralda es cineasta. Hace lo que le da la gana. —Observa a Dez—. Como la mayoría de nosotros.

—¿Y lo que le apetece es… desnudarse? —pregunta Dez—. ¿Delante de sus compañeros?

—¿Te molesta?

—Yo no… —Dez no consigue explicarlo. No sabe si esta mujer le impresiona o la perturba, pero, a medida que Rafe le sostiene la mirada y Esmeralda se contonea en los límites de su visión, Dez es incapaz de negar que se ha excitado.

No obstante, su excitación no es pura y simple, casi nunca lo es.

Esa sensación le transmite vergüenza, como si sentir algo así fuese algo inapropiado en ese momento y en ese lugar. Y eso le pone un poco más.

—Y pensar que en el baño del avión estabas preocupada por si los demás iban a juzgarte —dice Rafe cuando ella se queda callada.

—Yo no estoy juzgando —trata de insistir Dez. Pero ¿es cierto?

—De acuerdo, pero tú nunca podrías subirte ahí arriba y hacer lo mismo —comenta Rafe mientras señala hacia Esmeralda con la cabeza, que está rodeando a un hombre con las piernas mientras él se ríe—. ¿O vas a demostrarme que me equivoco?

Dez lo mira con los ojos entornados. Es megacondescendiente e increíblemente atractivo. Su forma de dirigirse a ella y la manera en la que Esmeralda la ha elegido de entre todo el bar le resulta humillante. Ya no quiere estar allí. En realidad, nunca ha querido.

—¿Cómo llego a la residencia?

—Prometiste que te tomarías una copa.

—He sobrestimado cuánto rato puedo pasar contigo sin que me den ganas de romper algo.

A Rafe se le abren los ojos de par en par y le brillan un poco.

—Tu residencia, las torres, está bajando por la montaña. —Señala hacia la puerta de entrada del bar—. No puedes perderte.

—Y estoy en…

—La habitación 321. Me da pena que te vayas, aunque lo más seguro es que no te vea marcharte con esos pantalones que llevas puestos.

—Lo que tú digas. Gracias por el viaje. —Lo aparta de un empujón, pasa junto a la mesa de Esmeralda y sale por la puerta de entrada a un porche helado y vacío.

Gruñe por culpa del frío, pero al menos tiene las mejillas ardiendo por culpa de la vergüenza.

Busca un camino, un sendero o al menos una señal que le indique cómo llegar al centro del campus.

Habitación 321. Una cama donde pueda cerrar los ojos y tratar de recomponerse antes de mañana.

Sin embargo, no hay ningún camino, solo un amplio manto de nieve. Dez ni siquiera ve huellas que llevan al bar. Clava la vista en la blancura en penumbra, atónita, hasta que un chirrido atrae su atención hacia el otro extremo del porche. Se acerca y distingue un telesilla viejo y destartalado.

Funciona. Chirría y cruje conforme los asientos metálicos dan la vuelta a la torre de metal a una velocidad aterradora.

El telesilla parece conducir a la parte baja de la montaña, donde deben de estar las torres.

Pero Dez nunca se ha montado en un telesilla, y no tiene ni idea de cómo subirse.

Al acercarse a la plataforma en la que cree que t iene que colocarse para montar, se topa con un despeñadero muy escarpado del que no llega a ver el fondo.

Se marea por culpa del vértigo y retrocede tambaleándose hasta la entrada del bar, sin abrigo, temblando y con una capa de nieve derritiéndose rápidamente encima.

Unas lágrimas de frustración hacen que le escuezan los ojos.

Está agotada. Perdida. Helada. No está vestida para afrontar este tiempo ni un segundo más.

Saca el móvil. Sigue sin haber cobertura.

Va de un lado a otro del porche, cabreada con todo, pero sobre todo consigo misma.

—¿Qué estoy haciendo? —masculla mientras se sacude la nieve de los zapatos—. ¿Qué mierda me pasa?

—¿Te… importaría… cerrar… el pico? —jadea una voz femenina desde un rincón oscuro del porche.

Dez se da la vuelta, asustada. No se había dado cuenta de que estaba hablando en voz alta.

—¿Es a mí?

Entorna los ojos hacia la oscuridad, donde apenas puede distinguir dos siluetas moviéndose. Apoyadas contra la barandilla como si estuviesen… Vaya, están teniendo sexo.

—Sí, tú, la del uniforme del Burger King —continúa la mujer, todavía sin aliento—. Estás distrayendo a Felipe y, cuando se distrae, noto cómo se le baja la verga. ¿Crees que eso me gusta, Burger King?

—Asumo que no —responde Dez—. Y el uniforme es del Dairy Barn, no del Burger King.

—¿Qué tal si asumes que tienes que largarte del porche? —pregunta la mujer—. Mierda, me ha faltado poquísimo . No es culpa tuya, cielo.

Dez escucha un ruido parecido al de un azote; entonces, la voz de la mujer se transforma en una silueta.

Es seductora, algo más joven que Dez, bajita, de piel oscura y lleva una coleta rubia de pelo teñido.

Una fachada de riqueza se entrevé a través del balayage , las cejas con microblading y la fila de aros de pavé que le recorren las orejas.

Avanza un paso hacia Dez mientras tira de un vestido de terciopelo rojo para bajárselo por las esbeltas caderas.

Detrás de ella, los musculosos hombros de un modelo latinoamericano ondean cuando se abrocha los pantalones. Mira a Dez de arriba abajo.

—¿A qué huele? —pregunta, y arruga el rostro apuesto.

—A grasas trans y a desesperación —contesta la mujer del vestido de terciopelo rojo—. Al Dairy Barn.

—No pretendía interrumpir —afirma Dez—. Estoy buscando…

—¿El primer bus de vuelta a casa? Buena idea. —La mujer se enciende un cigarrillo—. ¿Cómo te llamas?

—Dez. Desdemona Rae. Acabo de llegar y…

—Mierda. —La mujer cierra los ojos. Da una buena calada y mantiene el humo en los pulmones durante un rato increíblemente largo. Parece que está intentando no volverse loca.

—¿Qué pasa? —pregunta Dez.

—¿Eres consciente de que no causas una buena primera impresión? Ahora, entra y déjanos en paz.

—Solo quiero bajar a…

—Si vas a quedarte aquí parloteando —dice el hombre, y da un paso hacia ella—, al menos únete. —Le tiende una mano grande y carnosa, como si Dez quisiera acercarse más y sumarse a la pareja.

Así que se lo toma como una invitación para irse y apoya la mano en la puerta de entrada del bar. Al final, resulta que sí necesita una copa. Cuando termine, obligará a Rafe a que le diga cómo bajar al campus y se mantendrá bien lejos de esos dos.

Abre la puerta del bar y cae directa en brazos de Rafe.

—Aquí está. —Asiente, cierra la puerta detrás de ella y le da un apretón en la cintura.

Los cinco últimos minutos han sido tan eternos y vergonzosos que, cuando Rafe le tiende un vaso de tubo hasta arriba de un mejunje verde claro, casi se echa a llorar—.

Aquí tienes tu copa —dice, y después se vuelve hacia una mujer con una sudadera gris y un par de trenzas de color rubio rojizo que sobresalen de un casco de esquí negro—.

Y aquí está la estudiante nueva más sosa que he podido encontrar. Una que no te va a escandalizar tanto.

—Eres un imbécil —contesta Dez.

—¿Cómo decías que te llamabas, cielo? —pregunta Rafe, pasando de ella.

—Alice Quinn —responde la chica en voz tan baja que Rafe y ella tienen que agacharse para oírla.

—Dez, Alice. Alice, Dez —suelta Rafe al mismo tiempo que ella le da un trago a la copa—. Bueno, pues ahora que nos lo hemos quitado de encima, voy a buscar a alguien que me dé menos ganas de suicidarme. Si me disculpáis.

Se desliza hasta la mesa de comedor donde Esmeralda suelta un gritito y lo rodea con los brazos y las piernas.

Dez no puede evitar observar cómo la muchedumbre lo absorbe.

Parece estar en su salsa con esos compañeros tan guapos, sobre todo con la mujer prácticamente desnuda que lo abraza.

Dez siente una oleada de envidia. No sabe a cuál de los dos se debe; si a Esmeralda, que rodea a Rafe con unas extremidades largas y aceitosas, o a Rafe, a quien se le da tan fácil vivir y disfrutar.

Dez bebe, aturdida. Se bebe el cóctel extraño de un trago, sin darse cuenta hasta el último sorbo de que es la bebida más rara que ha probado en su vida, fresca y brillante como la salvia y los rayos del sol, y de lo más embriagadora.

Para cuando quiere darse la vuelta hacia Alice y encogerse de hombros como para decir «Que se jodan esos imbéciles», la cabeza le da vueltas… Es placentero, pero, aun así, ¿debería haber ido más despacio?

¿O deberían ir Alice y ella a pedirse otra copa? Puede que lo segundo.

Echa un vistazo a la barra. ¿Cuándo ha sido la última vez que ha comido algo? ¿Qué llevaba el cóctel que sabía tan bien?

—¿Llevo la misma pinta de ida que tú? —pregunta Alice sin tocar su vino.

—Pues sí. —Dez asiente, pero no tarda en parar de hacerlo; parece que hay dos Alices.

—¿Y qué deberíamos hacer al respecto? —pregunta Alice.

Dez le apoya la mano en el hombro y la dirige hacia la barra.

—Vamos a pedirnos otra.