Luces blancas 7
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E l jet aterriza en un claro alejado del castillo en el cielo. Como está confusa, al principio Dez no ve nada salvo un claro repleto de píceas altas. Después, entre los arbustos cubiertos de nieve, vislumbra el contorno de un chalé en forma de «A».

—¿Qué es? —le pregunta a Rafe.

—Tu parada.

La cabaña tiene un aspecto acogedor, casi cautivador; el humo sale haciendo remolinos de una chimenea de leña y la luz emana de las ventanas cubiertas de escarcha. Dez se imagina tumbada en el interior, con los ojos cerrados en busca de un atisbo de paz.

—Creía que habías dicho que el alojamiento para los estudiantes estaba en las torres que hemos visto ahí atrás. —Señala hacia las montañas.

—Así es.

El whisky, el corazón destrozado y el haberse pasado la noche en vela la han dejado hecha polvo. Es la una de la mañana y, si quiere estar activa, necesita descansar antes de que empiecen las clases mañana.

—Entonces, ¿qué hacemos aquí arriba? ¿De quién es esta casa?

—Es el Villains —contesta Rafe—. El peor tugurio del campus. —Niega con la cabeza—. En realidad, es el único. Vamos a brindar para celebrar tu llegada.

—Gracias, pero estoy a punto de desplomarme…

—No era una pregunta —espeta Rafe con un tono que no había escuchado hasta ahora; una autoridad que la hace levantar la vista y mirar a las profundidades de sus ojos azules.

Por un momento, se queda clavada en el sitio por culpa de ese hombre que no le pregunta, sino que le dice lo que tiene que hacer.

Es consciente de que, en realidad, ella no está a su cargo, de que puede acostarse cuando le dé la real gana, porque eso a él no le concierne.

Sin embargo, su voz, esa mirada carismática de doble filo, le transmite una chispa de calor en el interior.

La atrae como un imán y le da ganas de obedecerle.

—Yo…

—Los demás ya están dentro —murmura, y después sonríe como si estuviese leyéndole la mente. Como si supiera que Dez quiere ceder—. Más vale que vengas a conocerlos.

—Que te den —responde Dez, que ya se está levantando del asiento y se dirige al aseo en la parte delantera del jet .

Si va a conocer al resto de los estudiantes de cine esta noche, al menos necesita peinarse. Lleva tiempo sin mirarse al espejo y teme lo que pueda ver.

Cierra la puerta, enciende la luz en la sala minúscula y convierte sus miedos en realidad.

En el reflejo parece… mayor, más pálida, afligida.

Tiene sentido; no obstante, consigue que no le haga ilusión conocer a la gente con la que va a pasar el próximo par de años.

Le avergüenza haberse pasado tanto tiempo con Rafe con esas pintas tan desastrosas.

Se pellizca las mejillas y se muerde los labios para devolverse un poco de color.

Usa el meñique para separarse la raya del pelo y después se lo recoge en una coleta baja.

Se mira a los ojos y apenas se reconoce.

¿Venir hasta aquí ha sido una locura? ¿O el resto de su vida está a punto de comenzar?

Rafe llama a la puerta con los nudillos.

—Vamos. Todo el mundo está demasiado borracho como para que le importe el uniforme del Dairy Barn.

Mierda. Dez ni siquiera se había fijado en la maldita ropa.

El delantal ha desaparecido, pero sigue llevando la camisa y los pantalones de trabajo.

Todavía guarda un globo ocular en el bote de pastillas de su madre.

Intenta «recolocarse» la horripilante camisa estilo Oxford de cuatro formas distintas: abrochada, sin abrochar, se la mete por los pantalones y se la anuda, antes de tirar la toalla y aceptar que nada de lo que haga supondrá una diferencia, que va hecha un desastre y que, si la gente de ese bar todavía no está tan borracha como para burlarse de ella, Dez tendrá que adelantarlos y alcanzar un estado de embriaguez en el que, al menos, no le importe.

Echa una ojeada al móvil. Sigue sin tener cobertura.

—Vas bien —dice Rafe con impaciencia al abrir la puerta. Pero ocurre algo más; lo descubre mirándola. Clava la vista en su cuello, que ahora lo lleva descubierto al haberse recogido el pelo. Le mira los labios, enrojecidos e hinchados por habérselos mordido.

—Una copa y ya —advierte Dez.

Rafe sonríe como si supiese algo que ella desconoce, lo cual es cierto, ya que ella no tiene ni la más remota idea de dónde se está metiendo.

Al salir del jet , Dez planta las Dr. Martens sobre treinta centímetros de nieve recién caída.

Nieve . Casi se le escapa una risa. Es la primera vez que la pisa.

Solo la ha visto de lejos, espolvoreada sobre la cima del mirador Dante’s View en invierno.

Se agacha, levanta un puñado y contiene la respiración al notar la sensación.

La sostiene en la mano y se maravilla con los cristales centelleantes.

Está muy lejos de casa.

—¿Es tu primera vez? —pregunta Rafe.

Dez suelta la nieve y se incorpora. No piensa decirle a Rafe lo significativo que es este momento para ella. El hecho de que no supiera que el frío pudiese quemarle la piel. Se seca la mano en los pantalones.

—Andando.

Hay una quietud que Dez no ha escuchado nunca, una serenidad amortiguada por la nieve a medida que avanzan penosamente entre los ventisqueros profundos de camino al bar.

Una luna llena inusualmente brillante les alumbra el camino.

Al acercarse al chalé, el viento les lleva los ruidos de una fiesta, el rasgueo de un bajo, carcajadas, gritos estridentes.

Se siente intimidada de antemano, aunque a estas alturas también tiene un frío inhumano, así que se muere por entrar.

Maldice los puñeteros calcetines tobilleros que se ha puesto cuando unos trozos de hielo se le cuelan en las botas y les envían unas oleadas gélidas a los dedos de los pies.

Mira a Rafe con los ojos entornados, molesta porque parece no estar pasando frío con esa chaqueta de traje tan fina.

Para cuando abre la puerta trasera del bar y le hace un gesto a Dez para que entre, necesita tomarse ese trago para que dejen de castañetearle los dientes.

Se abraza el pecho con fuerza y lo sigue a través de una cocina desierta y un pasillo estrecho con baños y despensas hasta llegar por fin al abismo oscuro del bar.

El calor y el caos de una fiesta desenfrenada la envuelven y la arrastran con un zumbido cinético.

En unos altavoces desperdigados por la sala suena «Sympathy for the Devil» a todo volumen.

La iluminación es tenue, pero la energía es tan claramente hedonista que parece como si todo brillara.

Es como si alguien hubiese apretado el botón de avance rápido en la escena.

La gente se estampa contra ella y una sensación abrumante se apodera de sus sentidos.

Un hombre con un abrigo de piel le roza los brazos desnudos.

Es muy suave. ¿De qué estará hecho? ¿De conejo?

Inhala un perfume extraño, embriagador, de una dulzura que prácticamente puede saborear, como si algo floreciese en las profundidades del bosque.

Cruza la mirada con una mujer con hombreras y un corte de pelo a lo Joan Jett de una belleza despampanante.

Tiene una elegancia tan exótica que, por un instante, Dez ni siquiera es capaz de moverse.

No sabe qué había estado esperando: un antro con olor a cerveza, artistas entonados jugando al billar…

Sin embargo, lo que contiene este bar está a un nivel de rapidez, brillo y desenfreno que apenas puede asimilar.

El resto de los parroquianos, sus compañeros cineastas, se enroscan en reservados de cuero verde oscuro semejantes al interior de unas lámparas de lava y coquetean en blancos sofás bajos dispersos frente a una chimenea encendida.

Dez se aferra al brazo de Rafe; no quiere separarse del ínfimo atisbo de familiaridad que representa.

—¿Algún problema? —grita por encima del hombro.

—No es lo que esperaba —chilla ella.

—Sí, las cosas no se calman hasta que avanza el trimestre. —Le echa una miradita de diversión, de superioridad—. Vamos a por una copa.

Se acercan a la barra enorme y ovalada en mitad de la sala. Está tan concurrida que Dez ni siquiera llega a ver a ningún camarero entre la multitud de gente increíblemente guapa, escandalosa y risueña que se agacha para pedir.

Despega la vista de la barra y la clava en una mesa de comedor que está delante, a la que una mujer con tacones de aguja y un vestido negro y corto de lentejuelas se sube con ayuda de una silla.

Se pasa el vestido por la cabeza con un brillo en la mirada y lo lanza hacia atrás hasta quedarse en un tanga negro de encaje delante de todo el mundo.

La música cambia y suena «No Ordinary Love», de Sade, y la mujer empieza a bailar de una forma lenta e hipnotizante sobre la mesa. Unos aros de diamantes brillan en sus impresionantes tetas conforme se contonea. Se come con la mirada a todo el que la mira.

Y de pronto, se fija en Dez.

Ella se queda de piedra cuando la estríper cruza la mesa en su dirección, se agacha y la sujeta por las solapas del uniforme.

—¿Un bailecito? —susurra la mujer, y todo el mundo alrededor de Dez aporrea la mesa y se pone a vitorear.

—Estoy bien —contesta Dez tras aclararse la garganta.

—Pues no lo creo —le responde ella al oído, y un escalofrío le baja por la columna—. No seas tímida. Puedo enseñarte a hacerlo. —De cerca, los diamantes que lleva en los pezones le recuerdan a la nieve que sostuvo en las manos.

Dez traga aire y le echa un vistazo a Rafe, que la observa con una ceja levantada.

—No, gracias —responde a la vez que le aparta las uñas moradas, largas y puntiagudas, a la mujer de su camisa.

Se aleja, un tanto aturdida. No tiene dinero para pagarle a esta mujer sus servicios, y tampoco le apetece que la primera impresión causada a sus compañeros sea recibiendo un baile con el uniforme del Dairy Barn puesto.