Luces blancas 6
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E n el interior del jet , oscuro y moderno, cuatro asientos de comandante negros flanquean un pasillo del mismo color. Hay una barra. El techo tiene unos paneles de cristal que dejan ver las estrellas. Y… no hay cabina. Solo una hilera de ventanillas hasta llegar al morro de un avión.

Dez ni siquiera ha podido acercarse a un jet privado, pero siempre había dado por sentado que también necesitaba pilotos. ¿Se trata de una artimaña en la que lo que quiera que se haya estado trayendo entre manos Rafe va a revelarse? ¿Solo ha sido una farsa para venderle algo? No se lo traga.

—Toma asiento —indica Rafe al cerrar la puerta hacia la pasarela.

Dez se sienta en la silla del rincón delantero y se desploma en un cuero tan mullido que no puede evitar soltar un suspiro. Una luz suave la ilumina desde arriba y, en una mesa negra de cristal que tiene delante, ve botellas de agua, dos copas de cristal y unos caramelos de colores en un tarro.

Nota que le vibra el móvil en el bolsillo y se apresura a sacarlo. A estas horas de la noche, solo puede ser su madre. Debe haber noticias de Mo.

Sin embargo, cuando Dez ve el nombre que aparece en pantalla, el corazón le da un vuelco.

¿Asher?

¿Qué hace llamándola tan tarde, en plena noche?

Y así, de sopetón, justo el día en el que Dez había estado a punto de hablarle.

Desliza el dedo para contestar, pero es una locura.

No puede hablar con él ahora mismo. Se muerde el labio con unas ganas enormes de saber qué quiere, aunque teme lo incómoda que pueda ser la conversación teniendo a Rafe a metro y medio de distancia.

Rafe se sienta enfrente de Dez y le dedica una sonrisa deslumbrante e inesperada.

Huele a algo de lo que no se había percatado la noche anterior, pero que en este momento le resulta familiar y le hace pensar en cuando se conocieron.

¿Petricor? El olor de la lluvia recién caída sobre la tierra.

Un aroma de lo más inusual en Death Valley.

—¿Lista? —pregunta.

Dez levanta el dedo de la pantalla.

—¿Quién tripula la nave? —pregunta ella.

Ve que la llamada pasa al buzón de voz.

—No hace falta nadie —contesta Rafe, y hace girar la silla con el pie—. El sistema operativo del avión supera los límites de la capacidad humana.

Lo que acaba de decir resulta preocupante, pero Dez hace caso omiso a sus temores sobre la navegación aérea con IA porque ve que Asher le está dejando un mensaje.

Podrá escucharlo en cuanto se quede a solas.

Podrá llamarlo y contárselo… todo. Vuelve a meterse el móvil en el bolsillo y siente como si estuviese hecho de oro macizo.

—Ponte el cinturón —dice Rafe—. Un momento, no puedes.

Dez tantea la silla y no ve nada con lo que atarse.

—¿Y los cinturones?

—Calma —responde Rafe—. Será el viaje más tranquilo de tu vida, quitando la admisión directa a la Aqueronte. Eso me recuerda una cosa. —Rafe le tiende a Dez una pluma con el blasón de la escuela—. Necesito que firmes la oferta en la carta de admisión que te di.

Dez saca la carta de admisión y lee en la parte inferior: «Al firmar la oferta, acepto la generosidad de la Aqueronte con todos los requisitos que conlleva. Dichos requisitos serán determinados a su debido tiempo».

Debajo de la frase, hay un espacio para firmar y escribir la fecha.

No tiene ni la más remota idea de dónde se está metiendo al aceptar, pero, a estas alturas, ¿acaso tiene más alternativas?

Firma la oferta rápidamente, le coloca la carta a Rafe en la mano extendida y se agarra a los reposabrazos de cuero cosidos del asiento al notar que el avión cobra vida bajo sus pies y avanza por la pista de aterrizaje.

Creía que tendría más tiempo para acomodarse, para pronunciar una plegaria.

Levanta la pantalla de cuero negra de la ventanilla y escudriña la noche oscura. Apenas ve las alas del avión.

Rafe dobla las manos sobre el regazo.

—Pareces preocupada. Te contaré un secreto. Este avión, al que llamamos Igi , que es una palabra sumeria para referirse a «ojo», puede volverse completamente invisible.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Porque lo que hagamos o dejemos de hacer no les incumbe a los demás.

—¿Ni siquiera a los controladores aéreos?

—Especialmente a ellos —contesta Rafe—. Mira, es bastante simple. ¿Tu chofer creía que te estaba dejando en un hangar abandonado?

—Sí, eso parecía.

—Eso es justo lo que vería alguien normal y corriente. Pero tú sí que lo viste, ¿verdad, Dez? Es porque tú tienes el don de la visión.

Dez traga saliva a medida que mete la mano en el bolsillo del pantalón. El ojo sigue ahí. Ahora mismo, su vida tiene demasiados problemas.

—La invisibilidad del avión es un efecto especial que el equipo técnico de la Aqueronte descubrió cómo poner en práctica en el mundo real.

—Menuda absurdez.

—Está patentado. Es uno de los motivos por los que podemos permitirnos muchos de los lujos de los que dentro de poco disfrutarás en el campus.

A Dez le da un vuelco en el estómago cuando el avión despega de la pista y se eleva al cielo.

—Entonces, ¿el avión sabe a dónde nos dirigimos? ¿Así sin más? —pregunta.

—Sabe lo que yo le hago saber.

Dez clava la vista en Rafe; observa el movimiento de sus ojos y cómo parecen estar mirando un arco invisible en el cielo.

Cuando levanta la mirada un poco hacia la izquierda, Dez echa un vistazo para ver cómo la ruta de vuelo dobla en la misma dirección al sobrevolar su vecindario a oscuras, que ahora está a trescientos metros de distancia.

—Mierda —masculla. Solo ha volado un par de veces, pero nunca en un avión como este.

—Tardarás un poco —afirma Rafe—, pero acabarás acostumbrándote a los servicios de la Aqueronte. Estamos muy bien equipados.

—Quizá estáis intentando compensar otras carencias —contesta Dez a la vez que le sostiene la mirada. No la intimida. No demasiado.

—Quizá necesitas un trago. —Pasa la mano por un panel de cristal espejado que se desliza para dejar ver una barra de mármol negro repleta de botellas.

Dez alarga el brazo y saca una botella cualquiera. La etiqueta reza «Pappy Van Winkle».

—¿Está bueno?

—Servirá —contesta Rafe—. Ponme una. Llegaremos a la Aqueronte en veinte minutos.

Parece increíblemente rápido. Aunque, por otro lado, sucede lo mismo con la velocidad a la que pasa el terreno oscuro bajo sus pies y con la rapidez con la que está cambiando su mundo.

Intenta calmarse diciéndose que, si ese jet puede llevarla hasta las Montañas Rocosas en veinte minutos, también puede llevarla de vuelta con su familia a la misma velocidad.

Sirve dos copas y le tiende una a Rafe. Al brindar, él la mira a los ojos.

—Por tu hermano.

A Dez se le eriza la piel de los brazos.

—Por Mo.

Beben. Es más suave que cualquier cosa que haya probado. Y le brinda esa calma que tanto necesita.

—¿Cuándo se fundó la Aqueronte? —le pregunta a Rafe. Lleva años investigando escuelas de cine, así que le parece raro no haberse topado nunca con la escuela a la que acaba de inscribirse.

—Hace años, aunque hemos renovado los edificios hace poco.

—El cine solo lleva existiendo unos cien años.

Rafe se queda mirándola.

—En realidad, Edison inventó el kinetoscopio en 1889.

—Lo sé —contesta Dez—. Y la primera película, Monkeyshines , se rodó en…

—1890 —la interrumpe Rafe—. ¿Estás intentando comprobar quién es más friki, Dez? Te dejaré ganar, aunque podemos jugar a cosas mucho más divertidas. Lo único que tienes que saber es que la Aqueronte es la primera y la única en su especie.

—La primera escuela de cine fue fundada en Moscú, en 1919 —replica Dez.

Rafe suelta una risita entre dientes.

—Digamos que hemos estado manteniendo un perfil bajo.

—¿Cuántos alumnos tenéis matriculados? —pregunta ella.

—Cien. Y el trimestre pasado se graduaron otros cincuenta. Así que en tu clase también seréis cincuenta.

—¿Y a los demás también los juntáis y los hacéis viajar de noche en un avión privado?

—Dudo que nadie se lo esté pasando tan bien como tú. —Rafe le dedica una sonrisa.

Dez se lleva las rodillas al pecho. Cuando se pone a juguetear con un agujero de los pantalones de vestir granates del Dairy Barn, se da cuenta de algo preocupante.

—Mis cosas —dice con un grito ahogado—. Me las he dejado en la pista…

—Tranquila.

—¡No tengo nada más que ponerme!

—Si no te he recordado que recogieses tus cosas es por un motivo —responde Rafe—. La Aqueronte no es como las demás. Ya lo verás.

—No me apetece llevar el uniforme del trabajo en mi primer día de clase.

—A mí tampoco.

—Mi portátil…

—Era una chatarra, Dez.

Tiene razón. Pero era su chatarra.

—Todos mis archivos están ahí.

—Lo sé —contesta él de forma condescendiente—. No sabes trabajar sin él. De todas formas, los portátiles no están permitidos en la Aqueronte. Son para idiotas.

—¿Y con qué se supone que voy a trabajar?

—Cuando veas tu equipamiento nuevo, te olvidarás de la existencia de los portátiles. —Rafe se ríe—. Además, cada byte de esa porquería de ordenador ya está subido a la base de datos de la Aqueronte.

—¿Cómo es posible?

—Porque tenemos unos cazatalentos de primera.

A estas alturas, su portátil está a cientos de kilómetros de distancia. Nunca más volverá a verlo. No le queda más remedio que tomarse otra copa e intentar confiar en Rafe.

—Necesito saber algo más.

—¿Te estás preguntando por qué te hemos elegido?

—Bueno, sí.

Parece como si quisiese burlarse, pero entonces dice:

—¿Tú qué crees?

—Si te digo la verdad, no estoy segura. —Baja la vista y echa un vistazo a la tierra borrosa de más abajo. Dez sabe que están volando a más velocidad de la que debería un avión. Y aun así no nota movimientos bruscos o turbulencias.

—Cuando te pones manos a la obra —dice Rafe—, cuando estás inmersa en una de tus películas, ¿no te da la sensación de que ves cosas que los demás no perciben?

—Supongo que sí —responde ella tras asentir.

—¿Y no quieres enseñarle todo esto al resto del mundo? —Señala no solo hacia la ventanilla y el mundo que hay más abajo, sino también al cielo y después a ellos dos—. Tu forma única de ver las cosas.