5 #2
Atraviesan el hangar, oscuro y vacío, bordeado de aviones para fumigar y modelos Cessna antiguos.
El coche frena hasta detenerse cuando llegan al otro lado, a una pista de aterrizaje.
A Dez le parece ver un jet de fuselaje estrecho en la pista, orientado hacia el oeste.
Es negro como la obsidiana, del color de la noche, tan oscuro que apenas puede distinguirlo, pero presiente que es mejor que el resto de las naves del hangar, y puede que de este estado.
El conductor la mira como si se hubiesen equivocado de sitio.
—Está vacío. ¿Has apuntado mal la dirección?
Pero, cuando una luz se enciende en el interior del avión y la silueta de Rafe aparece en la puerta de embarque, Dez se echa la mochila y la bolsa de viaje al hombro y abre la puerta del coche.
—Gracias por el paseo —dice.
—¿Estás segura? —pregunta el conductor.
—No —contesta ella—. ¿Qué vas a hacer?
—Lo mismo que estaba haciendo antes —responde él—. Deambular.
—Buena suerte —le desea Dez.
—Lo mismo digo —dice el conductor.
Luego, el coche empieza a dar marcha atrás, a alejarse, y poco después desaparece. Dez se queda a solas con Rafe de la Cruz y la decisión tan descabellada que acaba de tomar.
—Bienvenida —saluda Rafe al bajar por las escaleras del jet —. Estaba empezando a pensar que tenías otro plan mejor.
En lugar de la chaqueta de cuero, ahora lleva un traje ceñido hecho a medida, negro, de una lana prácticamente sin costuras, combinado con una camisa gris claro estilo Oxford y una corbata gris oscuro. Dez jamás pensó que los trajes de hombre eran reveladores, pero este deja poco a la imaginación.
O más bien al revés; da pie a imaginarse muchas cosas.
—Estás temblando —dice Rafe—. ¿Te da miedo volar?
—Solo necesito un minuto. —Dez deja las cosas en el suelo y respira hondo. Se retira el pelo detrás de las orejas, cierra los ojos y lo consulta con sus adentros. Con su hermano.
Quiere hacer esto. Pero no está segura.
—¿Te apetece decidirlo a cara o cruz? —pregunta Rafe mientras se apoya contra el pasamanos de la escalera.
Lo fulmina con la mirada, dispuesta a discutir, pero entonces ocurre algo extraño.
De pronto, un brillo dorado aparece de la nada y traza el contorno de su silueta.
Es distinto de la luz que ilumina el interior del avión.
Es como si Rafe llevase un foco que estuviese alumbrando hacia fuera.
Lo que le da un aspecto de estar… En fin, las palabras que se le vienen a la cabeza son «Como un tren».
Y ni siquiera es su tipo. Es demasiado guapo.
No es momento para guarradas, pero Dez tan solo puede quedarse mirándolo. Siente una calidez por dentro, como si se le estuviese expandiendo el corazón. Está ahí, esa luz, esa sensación, que luego se va desvaneciendo.
Y entonces desaparece.
Gracias a Dios.
Lo señala de forma acusatoria.
—¿Qué mierda acaba de pasar? ¿Qué era esa luz?
—¿Acaba de iluminarme una luz favorecedora?
—¿Qué has hecho? —exige saber—. Para .
—Yo no he hecho nada. Has sido tú . No me digas que es la primera vez que experimentas una ruptura.
—¿Cómo dices?
—Una ruptura. —Rafe pronuncia la palabra como si Dez fuese una cría—. Ni siquiera sabes de lo que te hablo, ¿a que no? Vaya pueblerina. Pasa constantemente. Al menos, a quienes tenemos un don natural.
—Explícate, Rafe —espeta ella con impaciencia.
—Piensa en cuando acaba un acto en una peli. ¿Sabes ese último instante entre el primer y el segundo acto, cuando el mundo acaba patas arriba?
—Conozco la estructura en tres actos.
—Bueno, pues tú acabas de hacer una ruptura hacia tu destino.
Y, antes de que me pegues, no me refiero a que yo sea tu destino.
Lo que digo es que, por algún motivo, tu intuición se ha despertado ahora porque este momento va a marcar un antes y un después en tu vida.
Un punto crucial en el que entraste de forma inexorable a la siguiente línea temporal, y después del cual el mundo que conoces jamás volverá a ser igual.
—Lo que tú digas, pero eso no es lo que ha pasado —responde Dez, pero se da cuenta de que ha estado conteniendo el aliento, porque, de algún modo, siente justamente lo que Rafe acaba de describir.
—Las pelis nos dan pistas con la música, las luces y los ángulos de cámara para que el público no se las pierda —afirma Rafe—. Pero en la vida no existen los efectos especiales, así que mucha gente ni siquiera se da cuenta de las rupturas. Pero los cineastas sí.
—Yo soy una cineasta.
—Entonces, súbete al jet y demuéstralo —dice a la vez que señala el avión.
Dez traga saliva. Qué invitación, y qué veinticuatro últimas horas más raras.
—Si esta noche acepto, entonces tengo que poder ir a visitar a mi hermano.
Rafe asiente.
—Cuando quieras.
Dez se queda descolocada, sorprendida por esa respuesta tan simple.
—¿En serio?
—Te sorprendería la cantidad de recursos que tenemos en la Aqueronte.
¿Significa eso que la escuela la traería volando hasta aquí? Es más de lo que esperaba.
—Gracias.
—Tu hermano y tú debéis de estar muy unidos. —Esa es la primera cosa que Rafe ha soltado que no suena como si la estuviese tentando a darle una paliza.
Nota una punzada en lo más hondo de la garganta.
—No puedo evitar quererlo. A veces pienso que ojalá no fuera así.
Rafe asiente y muestra un control sin precedentes para no hacer un comentario imbécil.
Dez echa un vistazo por la pista de aterrizaje vacía y menea la cabeza con incredulidad. ¿De verdad se va a marchar ahora? ¿En busca de una vida mejor, más trascendental? Parece imposible. Como si no se lo mereciera después de lo que le hizo a Mo.
Piensa que ojalá él estuviese allí para indicarle qué hacer y ella pudiese ignorarlo, como en los viejos tiempos. Ese pensamiento hace que un dolor punzante le atraviese el pecho, y entonces escucha la voz de Mo.
Cuando se presente la oportunidad…
Le arden los ojos, pero no se echa a llorar. ¿Qué pasaría si Mo saliese delante de la cirugía, si sobreviviese, se curase y ella le contase esa historia y a lo que renunció solo para quedarse sentada junto a su camilla, a la espera de que la arrestasen? Eso sí que lo enfurecería.
—Volemos —dice, al tiempo que pasa junto a Rafe y sube las escaleras del jet de obsidiana.