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E n la sala de espera del hospital, Dez lee la carta de admisión de la Aqueronte por centésima vez.
Contiene las palabras que soñaba leer: «Tenemos el placer de comunicarle…
matrícula completa… instalaciones de vanguardia…
oportunidades sin parangón». Aunque eso la inquieta.
Nunca ha escuchado hablar de la Aqueronte.
No tiene ni idea de cómo han conseguido acceder a Destellos .
Y las respuestas de Rafe parecían estar más pensadas para confundirla que para aclararle las cosas.
Dez siempre ha querido destacar, incluso que la eligiesen por su trabajo, pero ahora que está sucediendo, se da cuenta de que le cuesta confiar.
Un nuevo deseo nace en su interior, algo que no había sentido hasta entonces: el impulso de desaparecer. Lo contrario de querer que se reconozca su arte. Desde que le ha hecho daño a Mo, lo único que quiere es huir.
Vuelve a cargar la página web de la Aqueronte en el móvil.
La página de inicio sencilla solo muestra el blasón de la escuela, la palabra «Aqueronte» y nada más.
No contiene datos sobre la fecha en la que se fundó o quién lo hizo.
Echa un vistazo a Reddit y a la Wiki de la escuela de cine y no encuentra más que una mención a la Aqueronte, un enlace a un comentario de un misterioso blog de hace tres años en el que quien lo escribió afirma que lo escogieron, pero que no sabía si aceptar o no.
Hay dos comentarios. Uno dice: «¡A por todas! ». El otro reza: «Huye».
Huye . El significado del blog es ambiguo, pero Dez se lo toma como una señal inconfundible. El corazón le tamborilea de la inquietud. Huye, porque piensan que eres culpable. Huye, porque esta puede ser tu única oportunidad de hacerlo.
Su madre ha vuelto a irse a hablar con la recepcionista, pero se ha dejado el bolso en la mesita de café.
Dez sabe lo que contiene. Encuentra el bote de Xanax y desenrosca la tapa.
Se toma una pastilla y, después de estudiar el diámetro del bote naranja, se le ocurre algo extraño.
Vierte las pastillas en el bolso de su madre, se quita el delantal del Dairy Barn y palpa el ojo que lleva dentro.
Todavía está viscoso y, de alguna forma, espantosamente caliente .
Le da una arcada y apenas puede reprimir el recuerdo.
Odia el ojo. Pero también lo necesita; si no es hoy, entonces cuando tenga que demostrar su inocencia.
El corazón le late con fuerza. Echa un vistazo por la sala y desliza el ojo en el bote de pastillas, que le queda como un guante.
Se lo mete al bolsillo, tira el delantal a la papelera y cierra la cremallera del bolso justo cuando vuelve su madre, que se desploma en un asiento más alejado de Dez en lugar de en el que tiene al lado.
—¿Se sabe algo? —pregunta Dez tras notar el agradable efecto del Xanax. Se le relaja el pecho por primera vez, tras dar miles de respiraciones tensas.
—Sigue en cirugía. No me dicen más. No sé cuánto tiempo más puedo esperar.
Llevan casi veinticuatro horas en el hospital. A Dez le quedan menos de dos horas para llegar al plazo límite que le ha dado Rafe en la azotea, las doce, y sigue sin saber qué hacer.
—¿Puedo enseñarte una cosa? —pregunta Dez, y le pasa la carta de admisión de la Aqueronte a su madre.
Su madre le echa un vistazo rapidísimo con los ojos rojos; Dez sabe que apenas la está leyendo.
—Es tu sueño —responde su madre de forma distraída, y le devuelve la carta.
—Las clases empiezan mañana. —Dicho de otro modo: es imposible. Ni siquiera va a sacarle el tema de Rafe de la Cruz a su madre.
—Deberías ir.
—¿Qué? —Dez se queda anonadada.
—Deberías ir, Dez. —Su madre parece muy cansada, y ni siquiera la ha mirado una sola vez a los ojos—. Aquí ya estamos demasiado ocupados.
Dez se percata de que lo que en realidad quiere decir es que tienen demasiado como para tener que lidiar también con ella. Se le parte el corazón al darse cuenta de la distancia tan grande que ha conseguido poner entre su madre y ella.
Sabe que no puede esperar que su familia reaccione de otra forma. Pero, de un modo egoísta, quiere que alguien se alegre de la noticia, no que tan solo intenten librarse de ella. Piensa en llamar a Silas; seguro que a él le entusiasma, pero ¿cómo va a hacerlo sin contarle lo de Mo?
Al que de verdad tiene ganas de contárselo es a Mo. Pero la culpable de no poder hacerlo es ella misma.
Recuerda las palabras de Rafe en la azotea: Mo querría que aceptase.
Parecía una afirmación atrevida; sin embargo, Dez recuerda cuando le enseñó la versión final de Destellos a su hermano.
Fue hace solo unos días, el sábado por la tarde.
Le había arrebatado la almohada de la cabeza para despertarlo, se había tirado en la cama a su lado y le había dado al «Play».
No le quitó la vista de encima durante todo el tiempo que duró el corto.
Mo no puso ninguna expresión, pero hasta ella sabía que estaba impresionado.
Cuando terminó y empezaron los créditos, cerró el portátil y se giró hacia ella. Parecía… ¿Estaba molesto?
—Dez, cuando se presente la oportunidad, sea cuando sea, no la dejes pasar. Por nada ni por nadie de aquí —afirmó.
Esta es la oportunidad. Llegó tarde al plazo de la Escuela Estadounidense de Cine, y Rafe le dejó bien claro que la Aqueronte no se lo volvería a ofrecer. ¿Mo querría que fuera, incluso ahora?
Se dice a sí misma que puede volver para visitarlo en cualquier momento.
Que incluso podría volver este mismo fin de semana.
Como no tiene que pagar la matrícula, por primera vez en su vida el dinero no va a ser una preocupación constante.
Y, cuando la policía se pase para hacer más preguntas, tendrá a los abogados de la Aqueronte de su parte.
Dez todavía no se lo ha contado a su familia; aunque, por lo que a ellos respecta, puede que sea la parte más importante.
Busca la dirección que le ha dado Rafe en internet.
Es un hangar privado para aviones con una pista de aterrizaje que está a veinticuatro kilómetros de distancia.
Verlo en el mapa hace que le entren mariposas en el estómago.
Así es como se puede llegar a las Montañas Rocosas e incorporarse mañana a las clases.
Quizá eso signifique que la oferta de Rafe iba en serio.
Echa un vistazo al pasillo largo e iluminado por unos fluorescentes del hospital, donde en algún lugar, al otro lado de estas paredes, de los cirujanos y las máquinas salvavidas, yace su hermano, que está en un punto crítico.
¿Te parece bien, Mo?
Pero él no puede responderle que sí. Nadie puede hacerlo. Dez tendrá que decidirlo por sí misma.
Si va a tomar las riendas de su destino, tiene que hacerlo ya. Antes de medianoche.
Faltan cuarenta minutos para las doce y Dez está en un coche compartido de camino a la pista de aterrizaje.
Ha tardado tanto en decidirse que apenas ha tenido tiempo para pasarse por casa a buscar sus cosas.
Embute la ropa, un cepillo de dientes, su equipo de grabación y el portátil en una bolsa de viaje.
Lleva sin darse una ducha y sin cambiarse desde la noche anterior.
Ya se pondrá otra muda en el avión. Si es que es real.
Al principio, la carretera que sale de la ciudad está vacía. No se ve nada, salvo los ojos de algún coyote de vez en cuando. Pero, al llegar a la señal de la autopista 50, donde el límite de velocidad sube a cien, Dez nota que tienen algo detrás: los faros de un coche siguiéndolos.
Se da la vuelta para confirmarlo. A unos noventa metros de distancia, un coche mantiene una distancia prudencial y constante.
El conductor de Dez, un hombre del desierto curtido de mediana edad con una barba descuidada, cruza la mirada con la suya en el retrovisor.
—¿Necesitas que lo pierda de vista?
¿Qué tendrá el desierto que tanto le gusta a la gente con tendencias delictivas?
—Sí —contesta Dez.
El conductor apaga los faros y todas las luces del interior del vehículo. Clava la vista en el retrovisor y observa el coche que tienen detrás.
Empieza a sonar la sirena y aparecen unas luces rojas parpadeantes en el otro coche, que ahora se acerca a una velocidad pasmosa.
—Agárrate —espeta el conductor, que da un volantazo hacia la izquierda y hace derrapar el coche para dar un giro de ciento ochenta grados con tanta rapidez que, por un instante, dos ruedas se pasan al carril contiguo.
El coche patrulla da un frenazo e irrumpe en el arcén hasta quedarse en diagonal, con el capó blanco sobresaliendo hacia el desierto.
—Estoy a punto de hacer una cosa… y conviene que te relajes —indica el conductor.
— ¿Cómo?
—Relaja el cuello y los hombros todo lo que puedas. Ahora.
Dez se agarra los muslos con fuerza, respira hondo e intenta obedecer cuando el conductor acelera y utiliza el morro del coche para rozarle el borde del parachoques trasero al coche patrulla, que entra dando vueltas de lleno a la arena del desierto, hundiéndose lo bastante como para evitar que las ruedas tengan agarre.
Entonces, el conductor baja por la carretera oscura y desierta a ciento sesenta kilómetros por hora. Llegan a la dirección que les ha dado Rafe en menos de un minuto y se detienen junto a unas verjas de hierro.
—¿Estás bien? —pregunta el conductor—. Creo que ha funcionado.
—Gracias —contesta ella tras asentir.
Conforme Dez baja la ventanilla, se escuchan unas sirenas a lo lejos.
Alarga el brazo para apretar el botón del interfono de la entrada. Antes de poder pulsarlo, la puerta se abre lo suficiente como para dejar pasar al coche.