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A las dos de la madrugada, Dez está sentada en la sala de espera del hospital y reza una plegaria silenciosa.
Cúrate, por favor. Cúrate.
A su alrededor hay otras familias sentadas, vestidas con batas y calzado poco apropiado, arrancadas de sus rutinas y arrojadas al pánico y la confusión, igual que Dez.
Hay una tele de mediados de los noventa anclada al techo, puesta en el canal del tiempo, pero Dez tiene la vista clavada más allá, en una mancha enorme de café en forma de centauro de tres patas en el vinilo de la pared.
No tiene noticias de Mo, tan solo la frase vacía y tranquilizadora de que los médicos están «haciendo todo lo que pueden» que le ha dicho la recepcionista. Está sentada a solas, meneando las rodillas con nerviosismo, aplastada por el lodo negro de la culpa.
Escucha a su madre y a su tío susurrando al otro lado de la puerta automática. Están hablando de ella. Oye fragmentos por los que aún no puede preocuparse.
—Abogado… —dice su tío—. ¿Cuánto cuesta?
—¿El fiscal del distrito? —pregunta su madre con voz temblorosa.
Dez se lleva la mano al borde del globo ocular escondido en el bolsillo del delantal. Ha estado observando el contenedor de residuos orgánicos que hay en el pasillo, detrás de la recepcionista, a la espera de una oportunidad de deshacerse del ojo.
Aunque sabe que nunca podrá librarse de él. No del todo. De alguna forma, la perseguirá durante el resto de su vida.
Saca la servilleta que le dio el desconocido de la moto para secarse los ojos.
Se queda mirando el dibujo y nota cómo se le abre un agujero en las entrañas.
Es un retrato fiel, hasta en el patrón de las pecas, el puente de la nariz, el remolino de la línea del pelo.
De alguna forma, es más preciso que una foto.
Los trazos captan una esencia que Dez percibe cada vez que se mira al espejo.
Muestran la voracidad y la convicción de su mirada, retratan lo que más teme: que jamás cumplirá sus sueños, que ni siquiera se merece tenerlos.
Cada vez que Dez llega a preguntarse cómo es posible que exista ese dibujo, el rechinar metálico de las puertas automáticas de la sala de espera la devuelve a lo que la rodea.
A su hermano. Al problema actual, más gordo que ninguno en el que se haya metido.
—¿Dez?
Su madre está de pie en la puerta de entrada.
Dez se guarda la servilleta y busca el consuelo que suele hallar en la mirada de su madre.
El problema es que no la reconoce; ha adoptado una expresión extraña por culpa del dolor y el miedo.
Dez observó ese cambio apoderarse de ella en cuanto se sentaron en el recibidor del hospital la noche pasada y Dez le susurró su versión de lo ocurrido, aunque omitió que, mientras peleaba contra el hombre enmascarado, le había sacado el ojo.
Dez había estado demasiado asqueada consigo misma como para contárselo a su madre.
También se dejó otra cosa. El intervalo con el desconocido de la moto antes de que apareciesen los polis.
En definitiva, le había contado lo que importaba sobre la situación actual de Mo. Y había transformado a su madre en otra persona, una que Dez no reconocía y a la que no estaba segura de caerle demasiado bien.
—La policía quiere interrogarte.
Dez asiente.
—El tío Bob cree que no deberías hablar con ellos hasta que tengas un abogado.
—¿Creen que yo…?
—Sí —contesta su tío, que se coloca detrás de la madre de Dez.
Se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros y frunce el ceño.
Es su postura de cuando hay malas noticias, una versión más seria de la que pone cada vez que Dez comete un error que va a salirle caro al Dairy Barn—.
La caja está vacía. Y no hay pruebas de que anoche hubiese nadie más.
En la caja solo están tus huellas. Igual que en el asiento del conductor de tu coche.
—Es imposible —afirma Dez.
—Puede que cuando les lleguen los resultados de la prueba de ADN del laboratorio… —No obstante, su tío no suena optimista.
—No me estoy inventando nada. —Dez siente un arrebato de furia—. Había un hombre con una máscara y una pistola. ¿Cómo si no iba yo a…? —Cierra los ojos. No puede retroceder al momento en el que quemó a Mo—. Si no, ¿cómo acabó mi coche en una zanja?
—Creen que quien iba al volante eras tú —murmura su tío—. Creen que tuviste un accidente y huiste.
—¿Mamá? —Dez mira a su madre.
—Necesitas un abogado, Dez —contesta su madre, que baja la vista hacia las manos.
¿Es este el momento en el que Dez mete la mano en el delantal y les enseña el ojo a su madre y su tío?
Puede que sea la única prueba que demuestre su versión de los hechos, su verdad.
Sin embargo, vacila. Su familia ya está bastante cabreada con ella, así que no consigue enseñarles lo que hizo anoche.
Al mirar por la ventana, Dez ve a los dos polis que la han traído al hospital. Se dirigen hacia las puertas automáticas, a la sala de espera. Vienen a buscarla.
Dez se levanta y pasa junto a su familia. Ve el cartel de una cafetería en el piso de arriba y sube las escaleras a toda velocidad. Está a punto de hiperventilar cuando irrumpe en la sala vacía y cavernosa.
La zona para sentarse está abierta, pero el bufé y las cajas están cerradas y no tienen luz.
Dez se desploma en una silla dura y beis en un rincón oscuro.
Apoya la cabeza contra la mesa de formica.
Su vida ha cambiado por completo en muy poco tiempo.
Hacía cinco horas, estaba fregando el suelo del restaurante y su mayor preocupación era mandar la solicitud a la escuela de cine antes de que se le pasase el plazo límite a las doce de la noche.
Ahora, le parece una absurdez. Había estado planteándose mandarle un mensaje a Asher.
Hace un siglo, cuando todavía le quedaban ambición y ganas de coquetear.
De algún modo, no cree que sea una absurdez hablar con Asher. En realidad, es casi necesario. Le vendría bien tener a alguien con quien hablar para despejarse.
No hace falta que le cuente lo de Mo ni lo de que, al lanzar el cubo de aceite, fue como si se hubiese adentrado en otra realidad.
Puede simplemente fingir que acaba de mandar su solicitud a la Escuela Estadounidense de Cine.
Puede fingir que, aunque sean las tantas de la madrugada, quería que él fuese el primero en saberlo.
Puede fingir que sigue siendo la cineasta que Asher conoció aquel día en la playa.
Hurga en su bolsillo para buscar el móvil, pero justo cuando está a punto de sacarlo, percibe el aroma a café aguado.
Dez levanta la vista y ve al motorista de la carretera comarcal.
Tiene un brillo nocturno travieso en la mirada al colocar dos vasos de café para llevar en la mesa y luego tirar una mezcla de bolsas de patatas, chocolatinas y paquetes de galletas frente a ella.
—¿De dónde has…? —empieza a decir.
—El servicio de comida caliente acaba a las once. Pero las máquinas expendedoras tienen juerga para toda la noche.
—Olvídate de la comida —contesta Dez—. ¿De dónde has salido? ¿Qué haces aquí?
—Bueno, Dez, lo cierto es que…
—¿Cómo sabes cómo me llamo? —inquiere, y se pone en pie de un salto para mirarlo a los ojos. El hombre le saca quince centímetros y parece hacerle gracia que Dez esté intentando plantarle cara. Mete la mano en el bolsillo para sacar la servilleta—. ¿Qué es esto?
Él le arrebata la servilleta y la observa con interés, como si la estuviese viendo por primera vez.
—Al parecer, un retrato de ti.
—¿Lo has dibujado tú?
—No.
—Y, aun así, has sido tú el que me lo ha dado antes. Y ahora me estás siguiendo. ¿Por qué?
—Me muero de ganas por contártelo. —Está sonriendo, pero su voz contiene un deje inconfundible de sarcasmo—. Aunque tal vez quieras que mantengamos esta conversación en un sitio más alejado…
—No pienso irme contigo a ninguna parte.
—¿Estás segura?
En la otra punta de la sala, los dos polis de antes entran a la cafetería. Todavía no la han visto. Dez mira al hombre que tiene delante, que señala una puerta que reza « Azotea » con la cabeza.
Dez lidera la marcha y desaparece escaleras arriba. El motorista se hace con los cafés y la sigue. Cuando llegan al rellano y salen a la noche oscura y tranquila del tejado, Dez se vuelve hacia el hombre de la chaqueta de cuero.
—Respuestas.
—Preguntas. —Él esboza una sonrisa.
—No me pareces guapo.
—Discrepo.
—¿Te crees que lo eres?
—Creo que tú sí que lo piensas.
—Tampoco me pareces gracioso.
—Siento lo de tu hermano.
—¿Quién eres?
—Rafael de la Cruz, pero mis fans me llaman Rafe.
—¿Qué quieres de mí?
—Te traigo buenas nuevas —responde, y le da un sorbo al café.
—Te juro por Dios que como seas un proselitista…
—Te han admitido.
—¿Que me han qué? —Dez se queda pasmada.
—En la Aqueronte. —Hace una pausa para darle dramatismo—.
No solo te han admitido. Te han concedido el paquete completo: alojamiento, pensión, las codiciadas prácticas de verano.
Hasta han hecho la vista gorda a que no tengas un grado de cuatro años.
Y, como extra especial, también vas a recibir el desdén eterno de tus compañeros menos premiados.
En fin, que está todo incluido. —Le da una palmadita en la mejilla—.
Me estás mirando como si estuvieses a punto de decir que no lo entiendes.
—Es que no lo entiendo.
—Bueno, bien, aquí tienes una carta de admisión donde viene todo explicado.
Así, los dos ahorramos tiempo. —Le tiende un sobre sellado con su nombre y dirección en la parte frontal.
Tiene un blasón en la parte superior izquierda de un árbol partido por la mitad y una serpiente rodeando el tronco como si fuese una cuerda que lo sostiene.
Al lado del blasón figura la palabra «Aqueronte», escrita con la misma tipografía florida grabada en la moto de Rafael. Nunca ha oído hablar de ese sitio.
—¿Qué es Aqueronte?
Rafe se queda mirándola.
—¿La escuela de cine? Nada más y nada menos que la más prestigiosa del mundo.
—Y una mierda —contesta ella—. Si no he mandado una solicitud.
—Nadie manda una solicitud a la Aqueronte, Desdemona. Te seleccionan. —Rafe se ríe.
—¿Cómo?
—Gracias a unos cazatalentos de primera que se encargan de reclutar a visionarios.
Los nuestros han estado siguiéndote la pista en redes sociales; estoy obligado a decírtelo.
Dios, detesto este trabajo. —Saca el móvil y echa una ojeada a la pantalla—.
¿Por dónde iba? Algo sobre una peli que grabaste titulada Destellos…
Dez levanta la vista de golpe para mirarlo a los ojos.
—Nadie la ha visto aún.
Además de en su disco duro, el único sitio donde se encuentra su película es en el enlace de Dropbox que compartió con Silas mientras estaba editándola.
—Nosotros sí —contesta Rafe con una confianza despreocupada—. Nuestros cazatalentos pueden acceder a cualquier nube.
—Pero eso es una violación enorme de…
—Dez, creemos que tienes un talento revolucionario. Un don inusual. —Enarca una ceja—. ¿Sigues teniendo ganas de discutir?
Dez traga saliva. No tiene sentido, ¿estará diciendo la verdad? ¿Un cazatalentos de cine ha visto su trabajo y cree que tiene talento?
—Eso pensaba —prosigue Rafe—. Lo que nos lleva a mi cameo de esta noche. —Se lleva la mano al pecho—. He venido a abrirte las puertas a la vida con la que siempre has soñado. Entiendo que no es el momento más oportuno… por la tragedia familiar y demás. Pero el próximo trimestre empieza mañana…
—¿Mañana? —A Dez se le revuelve el estómago—. Estaba solicitando plaza en cursos para el año que viene.
—¿Es esa tu respuesta? —pregunta Rafe tras lanzarle una mirada de lástima.
—¿Eres profesor? —dice ella.
—No, de ningún modo. —Se ríe—. ¿Has oído eso de que el que no sabe, enseña? —Se encoge de hombros de forma despreocupada—. Pues yo sí sé.
—Eres un alumno, pero ¿te dejan ocuparte de las admisiones?
—¿Qué puedo decir, Dez? A la gente le caigo bien.
—¿Sabías quién era cuando nos hemos encontrado antes en la carretera?
—Eso ha sido una coincidencia.
—No me lo trago.
—De acuerdo, sí. Iba de camino a buscarte. Nuestros cazatalentos me dijeron que trabajabas en el Dairy Barn. De todas formas, que nos cruzásemos durante el trayecto sí que fue pura casualidad.
—Entonces, ¿por qué no me lo has mencionado antes?
—¿Te refieres a cuando estabas…? —Se agacha para imitarla, mete la cabeza entre las rodillas y suspira—. Soy consciente de que, ahora mismo, estás a un paso de sufrir un ataque de nervios —continúa, irguiéndose—, pero no disponemos del privilegio del tiempo.
—Si es verdad, ¿por qué no me lo han comunicado con más antelación? Con una carta. Un correo. A través de algo razonable…
—Porque se acaba de quedar libre una plaza —contesta él.
—¿Por qué me diste esa servilleta?
—Era un augurio.
Por mucho que este pretencioso esté diciendo la verdad, por mucho que esta oferta tan ridícula sea cierta, es imposible que Dez empiece la escuela de posgrado ya.
No puede ir a la Aqueronte ni a ninguna otra.
Se dirige hacia la puerta y las escaleras—.
No puedo mantener esta conversación. Tengo que conseguir un abogado…
—¿La policía ya ha presentado cargos? —pregunta a sus espaldas.
—No. —Dez se detiene.
—¿Te han pedido que no salgas de la ciudad?
Sí que lo habían hecho, en el coche de camino al hospital. Traga saliva.
—Sin una orden judicial, no pueden ejecutarlo —afirma Rafe—. Todavía no. La Aqueronte cuenta con asesoramiento jurídico excepcional. Han sacado a algunos alumnos de problemas que ni te imaginas. Por supuesto, para beneficiarte de sus servicios tienes que estar matriculada.
—No puedo abandonar a mi familia —responde Dez, negando con la cabeza. No tiene ni idea de dónde está la Aqueronte, pero, si está fuera del hospital, entonces está demasiado lejos de Mo—. ¿Dónde decías que estaba la escuela?
—Está asentada en la cordillera Sawatch, cerca de la cumbre de las Montañas Rocosas. Lo más lejos posible de Death Valley. La gente lo considera bastante pintoresco.
Tiene que estar de broma. Todo esto es una broma de mal gusto. Aunque su hermano no estuviese en la UCI, ¿cómo iba a llegar hasta Colorado antes de mañana?
—Mi hermano… —empieza a decir mientras niega con la cabeza.
—¿Cómo se llama?
—Moses. Mo.
—¿No crees que Mo querría que aceptases? Cualquiera de tus seres queridos querría que aprovechases la oportunidad.
—Quizá el próximo semestre.
—El próximo semestre no habrá plazas disponibles —contesta Rafe con una risa—. Se cubrirá esta noche, antes de las doce. Si no vas a aceptarla, tengo que avisar a otras personas. La gente mataría por estar allí.
Se saca una tarjeta de la cartera y se la tiende.
—Estaré en este sitio a medianoche. Si te apuntas, nos vemos allí. Si no… —Echa un vistazo a su alrededor—. En fin, siempre nos quedará esta mugrienta azotea.