Luces blancas 3
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U nos neumáticos chirrían en el aparcamiento como unos búhos reales al salir volando del infierno. Cuando el Nissan Sentra abollado de Dez sale a toda velocidad del aparcamiento, se da cuenta de que el hombre está escapando en su coche, con su hermano.

Dez echa a correr.

—¡Detente! —grita mientras persigue al coche; corre con ganas, más rápido que nunca. No siente el cuerpo, no le queman los pulmones ni le tiran los músculos. Solo es consciente de lo que le ha hecho a su hermano. De que necesita remediarlo.

Corre a toda velocidad hasta la intersección y luego entra volando a la carretera del condado.

Da otros cincuenta pasos frenéticos antes de detenerse en seco y estrellarse contra el silencio sepulcral de la carretera.

No lo entiende. Han pasado menos de dos minutos desde que ha visto el coche que le han robado girar hacia la derecha.

La próxima intersección está a varios kilómetros.

Aun así, no ve las luces traseras; no hay ni rastro de su coche.

Nada, salvo una carretera vacía.

Dez se gira. Tampoco hay nada detrás. Han desaparecido. Su hermano ha desaparecido.

Echa la cabeza hacia atrás y grita hasta no poder más. Se agacha y mete la cabeza entre las rodillas. Está hecha polvo. Ojalá pudiese desplomarse ahí en medio de la carretera y dormir durante mil años.

Piensa en su madre, que hasta las diez no sale de trabajar en la residencia de ancianos.

Dez tiene que llamarla, pero siente que está paralizada.

Su madre deja el móvil en la taquilla, así que tendrán que pasarle con ella, lo que la aterrorizará y la hará recorrer un montón de pasillos largos a toda prisa para descolgar el teléfono del mostrador principal.

Dez sabe que su madre se habrá tratado de convencer a sí misma de que las noticias no son tan malas como teme.

Luego, si acaso Dez tiene voz para hablar, tendrá que contarle a su madre lo ocurrido, lo que hizo.

Y, por una vez, la verdad será mucho peor de lo que la mente inquieta de su madre se habrá podido imaginar: que Dez ha quemado a Mo casi hasta matarlo y ahora no tiene ni idea de dónde está.

—¿Te encuentras bien?

La voz aparece de la nada, como si la misma noche se lo estuviese preguntando. Cuando Dez se da la vuelta para encontrarse frente a un hombre con una chaqueta de cuero negra subido en una moto, retrocede de un salto, conmocionada.

—¿De dónde has salido? —pregunta Dez.

—Es una larga historia —contesta él.

—Un coche se ha ido por ahí. —Señala—. Tengo que alcanzarlo.

—¿Alguien te ha hecho daño? —El motorista parece estar escudriñándole el rostro, aunque está demasiado oscuro como para cerciorarse—. ¿O ha sido al revés ?

Su diversión fría le da ganas de dejarlo retorciéndose y después robarle la moto, pero está demasiado lejos. Además, tampoco sabe conducir una moto.

—Mi hermano está herido. —Las palabras son afiladas como cuchillos.

El motorista señala el asiento con la cabeza.

—Móntate.

A estas alturas, ya se le ha acostumbrado la vista a la penumbra del faro de la moto.

El hombre parece más o menos un par de años mayor que ella.

Todavía a principios de la treintena. Por culpa de lo que está pasando, de lo que acaba de hacerle a Mo, del globo ocular nauseabundo que lleva en el bolsillo, la deslumbrante piel aceitunada del chico y su afeitado perfecto en esa mandíbula angulosa de modelo le parecen insultantes.

Esos pómulos. Unos ojos azul cobalto solamente medio tono más oscuros que los suyos.

Pelo castaño oscuro, revuelto como si acabase de despertarse.

Luego sonríe y, por supuesto, ha ido a un ortodoncista de los buenos.

Que se joda.

Aunque también… Cuanto más lo mira, más se lo plantea. ¿Se han visto antes? Le resulta familiar de una forma esencial. No lo conoce, pero lo ha visto en alguna parte.

Lo mira a los ojos e intenta ubicarlo. En estos últimos momentos han estado pasando tantas cosas malas a tanta velocidad que era incapaz de seguir el ritmo.

Ahora, siente como si el tiempo se hubiese ralentizado.

Casi podría jurar que ha mirado a este hombre a los ojos, igual que ahora, en otro momento.

Pero ¿dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Lo tiene en la punta de la lengua.

El motorista le tiende una servilleta.

—Sécate los ojos. Yo te llevo.

Dez la acepta y se seca la cara. Esa tranquilidad engreída la pone de los nervios. ¿Y qué le pasa a su chaqueta? Parece viejísima, como si la hubiesen hecho antes de que inventasen las motos. Unas calaveras de hierro fundido la miran fijamente desde las solapas de la prenda.

Sabe que pensar en las pintas de la chaqueta de este desconocido es superinútil cuando su hermano se está alejando cada vez más con cada segundo que pasa.

Sin embargo, tampoco le va a servir de nada que la asesinen de camino a buscar a Mo y, por ahora, no consigue descifrar cuáles son las intenciones de este hombre.

En el depósito negro para la gasolina, la palabra cromada «Aqueronte» brilla a la luz de la luna.

En circunstancias normales, ni siquiera se le pasaría por la cabeza subirse a la moto de un desconocido. Pero parece que, a partir de ahora, ninguna circunstancia volverá a ser normal.

—¿Nos hemos visto en alguna otra parte? —pregunta.

—¿En un sueño?

Una radio de policía cobra vida con un chisporroteo en el chasis de la moto.

—Tenemos un once ochenta y tres en la comarcal 89, kilómetro sesenta y siete… un Nissan Sentra rojo… se ha caído en una zanja.

—Es mi hermano —contesta Dez—. ¿Eres un poli?

En ese momento, no sabría decir si eso es bueno o malo. La ayudaría a llegar hasta Mo, pero también tendría que enfrentarse a sus últimos actos. Y al lío en el que se metería.

—Ni de broma —contesta el motorista—. Pero por suerte para ti, puedo aparentarlo.

—¿Entonces por qué tienes una radio de policía? —Dez frunce el ceño.

—Ya sabes lo que dicen: echa un ojo a tus amigos de vez en cuando. Pero nunca dejes de vigilar a tus enemigos.

Se oyen unas sirenas a lo lejos.

Ya vienen .

—Esta vez te has metido en un buen lío, ¿a que sí, Dez? —pregunta el motorista.

—¿Cómo sabes mi…? —Se queda boquiabierta.

—Mira, me dirijo al sur. Y voy con un poco de prisa. Estoy seguro de que la poli puede llevarte hasta tu hermano. O…

—¿Qué?

Se acerca a ella y Dez ve grandes reservas de confianza en esos oscuros ojos azules.

—O podría llevarte muy lejos de todo esto.

Dez siente una atracción al quedarse absorta en su mirada. Como si tuviese que subirse a la moto e ir adondequiera que la lleve ese desconocido. Como si incluso fuese a disfrutarlo.

Es una locura. Aparta la mirada y vuelve la cabeza hacia donde se fue su hermano.

El trauma que ha sufrido esta noche la ha puesto nerviosa.

Tiene que ir hacia Mo, no irse en dirección contraria con un desconocido que hace que le salten todas las alarmas.

No importan las consecuencias a las que tenga que enfrentarse.

—Me arriesgaré —contesta ella al mismo tiempo que se aleja de la moto y del motorista.

—Siento oír eso —dice él—. Me estaba dando la sensación de que somos el tipo de problema que le agrada al otro.

—Lo dudo.

—Lo llevamos en la mirada —afirma. Se la sostiene durante un instante antes de levantar la vista al cielo—. Tú y yo venimos de ahí arriba.

Antes de que Dez pueda rebatírselo, da una patada a la moto, que arranca con un rugido, y luego pasa junto al coche de policía que se acerca a una velocidad que a Dez le arrebata el aliento. Observa la moto desaparecer al igual que un sueño que no consigues recordar del todo cuando te despiertas.

Y lo más extraño de todo es que, cuando los polis se detienen frente a ella, es como si ni siquiera hubiesen visto pasar la moto.

—¿Está bien, señorita?

A medida que clava la vista en los dos policías que de repente tiene delante, Dez se da cuenta de que no está preparada para contarles lo sucedido de forma que no salpique a su hermano. Ni tampoco a ella. Necesita tiempo para pensar cómo darle la vuelta. Un tiempo del que no dispone.

—¿Qué hace aquí sola? —El policía al volante la mira con recelo.

Dez inspira e intenta serenar la voz.

—Ha habido un atraco en el Dairy Barn. Estaba trabajando en el turno de noche. Entró un hombre con una máscara de calavera negra…

—¿Ha llamado al 911? —pregunta.

—Yo… Él tenía una pistola. Ha raptado a mi hermano. Me ha robado el coche…

—De acuerdo —contesta el poli en el asiento del copiloto, un hombre mayor con una mirada más amable que la de su compañero—. Vaya más despacio. Recapitulemos.

—Van en un Nissan Sentra rojo —insiste Dez, y ve a los polis intercambiar una mirada—. Por favor. Mi hermano está herido, necesita ir al hospital.

—¿Está diciendo que el hombre armado disparó a su hermano?

—No —contesta. Le falta el aire al escoger las palabras—. No. Hubo una pelea. Nosotros… yo… traté de detenerlo. Y mi hermano… —Deja la frase en el aire antes de ponerse a sollozar.

—Hay una ambulancia de camino al Sentra —responde el segundo policía—. Si su hermano está ahí dentro, recibirá asistencia médica. —Dez sabe que está haciendo de poli bueno, pero, aun así, necesita escuchar esas palabras.

—Gracias —contesta Dez.

—¿Puede describir al hombre armado? —pregunta el primer poli.

Dez cierra los ojos e intenta reflexionar.

Nota un escalofrío al recordar la pelea y su mano sujetándole el ojo al hombre.

Todavía lo lleva en el delantal. Mete una mano en el bolsillo como si quisiese ocultar el testimonio brillante y radiactivo de su culpabilidad.

Se deshará de él en cuanto se quede a solas.

—Llevaba la cara tapada… Así que… —tartamudea—. Medía más o menos uno ochenta. De complexión media. No he llegado a verle la cara.

—¿Ni siquiera los ojos?

Dez se traga la bilis que le sube por la garganta.

—Los tenía negros —se obliga a responder.

—Así que, en definitiva, ¿un tipo cualquiera? —pregunta el policía detrás del volante—. ¿El típico de los retrato-robot?

—¿Qué? No. No me lo estoy inventando.

—¿Qué hacía su hermano en el restaurante cuando estaba cerrando?

—Me estaba echando una mano para salir antes.

—Qué agradable —comenta el segundo poli.

—¿Y más o menos cuánto dinero suele tener al cerrar? —pregunta el primero—. Antes de partirlo por la mitad.

—El establecimiento es de mi tío. Yo no haría algo así.

Todavía no ha mentido. No ha dicho que Mo tampoco lo haría. Además, no se ha inventado al hombre enmascarado. Está tratando de mantener la calma, pero ha sido una mala noche y este policía está empezando a sacarla de quicio.

—¿Por qué no nos acompaña? —pregunta el segundo policía.

—Tengo que encontrar a mi hermano…

—Difícilmente va a encontrarlo paseándose a oscuras por la carretera comarcal —afirma el primer policía.

—No está en un lío —responde el segundo policía—. Vamos a encontrar a su hermano.

—Quizá podamos arrojar luz a más detalles durante el trayecto —añade su compañero.

Dez sabe que estos tipos van a por ella, pero necesita dar con su hermano. Está agotada, asustada y no tiene alternativa. Este coche patrulla es su única esperanza.

Piensa en el motorista y se pregunta dónde estará. En realidad, no ha dicho su nombre…

El segundo poli abre la puerta trasera del coche patrulla.

—Cuidado con la cabeza —indica cuando Dez entra.

—Se fueron por ahí —dice, y señala por encima del hombro.

El coche patrulla hace un giro torpe y amplio de 180 grados antes de que le dé tiempo a ponerse el cinturón. Se da un golpe en la cabeza contra la ventanilla y, cuando se frota la parte dolorida, se da cuenta de que todavía sostiene la servilleta que le ha dado el motorista.

Con la luz de la luna que se filtra por la ventanilla, ve algo garabateado en la parte delantera. Se le sube el corazón a la garganta.

Un dibujo del rostro de una mujer. Es un retrato inconfundible de Dez.