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– ¡ M o! —grita Dez a la vez que sujeta a su hermano colocado y tambaleante en el umbral e intenta que reaccione cuando el hombre enmascarado pasa por encima de la fregona de Dez y se desliza por el suelo mojado hacia la cocina. A la caja registradora.
No obstante, Mo no hace amago de moverse. Dez se percata de que la agarra por la cintura con más fuerza para inmovilizarla.
«Tuve que hacerlo», dijo Mo cuando le abrió la puerta.
Su hermano la ha engañado. La ha traicionado. Le están robando.
—Mo —repite, esta vez en voz más baja, aunque empieza a aporrearle el pecho con los puños a modo de queja—. ¿Cómo has podido?
—Dez, por favor. —La sujeta con más fuerza, hasta hacerle daño—. Solo será un segundo.
Ni hablar. Dez se retuerce, patalea y le empuja la cabeza a Mo con la mejilla con fuerza. Al estar drogado es más flexible, menos consciente y más difícil de dominar.
Pese a la rabia, no puede evitar sentir una pena que le resulta familiar; es el mismo tipo de dolor que lleva sintiendo por Mo con frecuencia desde hace poco.
¿Y su madre y su tío Bob? Se van a quedar superdecepcionados.
—¿Merece la pena? —pregunta a la vez que intenta darle un codazo en la tráquea—. ¿Solo por un poco de droga?
—No lo entiendes —responde él, aferrándose a sus hombros con ambas manos y dándole la vuelta con rapidez para ponérsela de espaldas contra el pecho. Mo dobla la cintura y la envuelve con el cuerpo.
—Lo que entiendo es que eres un mierda de proporciones épicas —gruñe Dez al sentir una presión enorme en las costillas cuando los dos se caen de rodillas al suelo húmedo.
—Abre la caja registradora, porfa, Dez —contesta Mo.
—Ni de puta broma. —Ha perdido de vista al hombre con la máscara de calavera. Tiene que llegar hasta la caja para detenerlo.
—Se lo debo —suelta Mo—. No puedo pagarle.
—Bueno, pues yo tampoco.
De pequeños, solían jugar a las peleas en la alfombra del salón cuando su madre no estaba en casa.
Para cuando Mo cumplió los diez y ella los quince, se había vuelto más grande y fuerte que su hermana.
Pero Dez siempre había tenido más espíritu competitivo.
Solía entornar los ojos y fingir que Mo era cualquiera de los niños del colegio que habían sido crueles con ella.
Entonces, era capaz de dejarlo clavado contra el suelo en menos de diez segundos.
Lo peor de esta noche es que Dez no tiene que fingir que Mo es otra persona para que le den ganas de soltarle una paliza.
Se retuerce debajo de él y se separa lo suficiente como para levantar la Doctor Martens y soltarle una patada en la entrepierna.
Mo se dobla sobre sí mismo y se aleja de ella mientras tose con fuerza.
Dez intenta reprimir el impulso de mirarlo.
No puede permitirse compadecerse de él ahora mismo.
¿Debería sujetar a su hermano, llevarlo a rastras hasta su coche y alejarlo de este lío hasta que se le pase el efecto de las drogas?
¿Llamar a la policía para que se ocupen del hombre de la máscara?
No, para cuando llegue, él ya estará lejos.
Además, este establecimiento es de su familia, es su forma de ganarse el pan.
Las ganas de pelea arden con fuerza en su interior.
Se levanta en un abrir y cerrar de ojos y se impulsa con las manos para saltar el mostrador.
Aterriza junto a la caja con la adrenalina fluyéndole por las venas, al lado del hombre de la máscara.
Se ha apoderado de una espátula resistente para la parrilla y está usándola como palanca para abrir la caja registradora del Pleistoceno.
Dez todavía no ha contado los recibos, pero juraría que hay casi trescientos dólares ahí dentro.
Trescientos dólares que pertenecen a su familia, y este imbécil no va a ponerles las zarpas encima.
Hoy tiene las patadas en la entrepierna a dos por uno, así que decide asestarle dos. Le sujeta los hombros desde atrás, mucho más estrechos que los de Mo. El cuerpo de un desconocido. Es débil, y piensa que puede con él.
Dez entorna los ojos. Prepara el pie y ¡zas! Le acierta en las pelotas. Sabe que le ha dado.
Pero el desconocido no se dobla ni emite ningún ruido de asfixia como Mo. Deja escapar un gemido suave y casi sensual y, entonces, la mira a los ojos desde donde se le ha resbalado la sudadera.
Unos ojos oscuros como la tinta, como un calamar varado en la orilla. Brillan con una luz que parece indicar que está en busca de algo más que dinero.
¿Sangre?
El hombre se queda más tiempo pasmado del que es lógico y, cuando abre los ojos de nuevo, le asesta un puñetazo en el estómago con una fuerza que Dez no había previsto.
Retrocede dando tumbos y se choca contra el calentador, que aún mantiene la puta hamburguesa de su hermano a una temperatura óptima.
La bombilla del calentador le quema la mejilla y suelta un gruñido.
El dolor es estimulante. Se abalanza sobre el delincuente como una boxeadora saliendo de su esquina.
El hombre se ha recolocado la capucha para que Dez ya no pueda verle los ojos. Le rodea el cuello con las manos. Él se retuerce para zafarse, pero ella lo estrangula con todas sus fuerzas. Le clava las uñas en los tendones de la garganta.
El ladrón intenta darle un codazo y le asesta un golpe en las costillas, en los riñones y en los senos.
Aun así, Dez disfruta del dolor porque va ganando.
En cualquier momento, él tendrá que respirar.
Trastabillará hacia delante y lo único que tendrá que hacer ella es no soltarlo y ver cómo la luz se le desvanece de los ojos.
No obstante, está tardando tanto en ahogarlo que Dez empieza a notar un dolor punzante desde las puntas de los dedos hasta el tríceps. El hombre ni siquiera está intentando apartarle las manos del cuello. Momento de probar otra cosa y cambiar de estrategia.
Ha conseguido abrir la caja registradora. Dez ve las filas ordenadas de dinero. Se acuerda del billete de cien dólares que un turista del condado de Orange ha utilizado para pagar una Coca-Cola Zero esa tarde, algo que la ha sacado de sus casillas.
Está sujetando el dinero. Y Dez tiene que detenerlo. Desde atrás, le sube las manos por la cara, por la máscara, enfadada, tanteando. Hasta que sus uñas se topan con los ojos del hombre. Aprieta lo más fuerte que puede.
En la película sobre la vida de Dez, este momento tiene sentido, está relacionado con otra parte más avanzada de la historia, delinea el contorno de un tema desolador.
Dez echa un vistazo a la cámara de vigilancia del techo, que lleva sin funcionar desde que el tío Bob la instaló el día de la apertura.
Nadie la está grabando, así que siente que lo que está haciendo es algo salvaje y psicótico.
No puede parar. Presiona con más fuerza y nota que algo en la cara del matón cede, seguido de una humedad fibrosa.
No tiene ni la más remota idea de cómo acabará esta escena.
Algo se afloja en el lado izquierdo de la cara del hombre.
¿Es… su ojo?
Dez casi vomita, pero se aguanta. El hombre enmascarado aúlla como un lobo herido y después se queda inmóvil.
Es rarísimo, aunque también es lo único que le hace falta a Dez.
Igual que cuando metió la mano en el triturador de basura para pescar el único anillo caro de su madre, Dez mete los dedos en la cuenca del matón y tira.
Dez grita. El hombre grita. Y después lo tiene en la mano. Un globo ocular, que la mira sin verla. En un lado, un iris negro, y en otro, el nervio óptico que cuelga.
—Dez, ¿qué estás haciendo?
Levanta la vista y ve a su hermano a cuatro patas respirando con fuerza, aún recuperándose de la patada en la ingle.
—¡No te levantes, Mo! —chilla con la voz desbocada y furiosa.
Vuelve a centrarse de golpe en el hombre tuerto. Se tapa el agujero sangrante que Dez le ha dejado en la cara con una mano. Con la otra, levanta una pistola rara y antigua y apunta a la cabeza de Dez. El arma tiene un cartucho circular encima del cañón largo, igual que una ametralladora.
Se le viene un recuerdo a la cabeza. El de Asher en el aparcamiento del antro de Ventura en el que se quedaron hasta que el dueño los echó.
Estaba sentada en el asiento del copiloto del coche de Silas con la ventana bajada y el brazo sacado.
Asher le dio la mano desde el bordillo, lo suficientemente bajo como para que Silas no pudiese verlo.
Le sostuvo la mirada mientras le daba un apretón en la palma con el pulgar.
Dez sabía que era un mensaje que no podía pronunciar en voz alta.
También sabía lo que significaba; no del todo, aunque sí la esencia del mensaje.
Pum. Pum, pum. Pum.
Le hizo un gesto con la cabeza a Asher y sus dedos se separaron cuando el coche empezó a alejarse.
En ese momento lo deseaba, habría removido cielo y tierra para acostarse con él, quitarse la ropa y desperdigarla por ahí y descubrir la sensación exacta de tener la piel de Asher contra la suya, pero también…
Lo que Dez recuerda ahora, a punta de pistola, es otra sensación que le transmitió ese momento: la de que con eso bastaba .
Aunque no volviese a verlo nunca, lo que los dos habían compartido aquel día había bastado para que fuese a tenerle cariño, y quizá también a la inversa, durante el resto de su vida.
De no haber ocurrido ese momento, puede que Dez viese las cosas de otra forma, estando a las puertas de la muerte. En su lugar, esa sensación de que bastaba se le viene a la cabeza con mucha serenidad.
Pero entonces, baja la vista hacia el globo ocular y cambia de opinión. Ha llegado muy lejos en esa espantosa pelea. Tiene que servir de algo. No va a dejar ganar a ese friki tuerto.
Se dirige hacia la freidora. El delincuente la observa, sigue sus movimientos con esa pistola tan rara, pero no dispara.
Dez se apodera de la cesta rápidamente como la profesional que es y la saca de la f reidora.
Solo han pasado treinta minutos desde que la ha apagado.
El aceite seguirá más o menos a trescientos grados.
Es lo más letal de esta cocina y, al final, puede que acabe siendo su aliado.
—¿Dez? —pregunta la voz de Moses.
Sin embargo, Dez es incapaz de detenerse. Tiene que proteger a su hermano, al igual que a sí misma. Dan igual las decisiones estúpidas o desalmadas que tomen cualquiera de los dos; Dez quiere a Mo, y él a ella. A fin de cuentas, están en el mismo bando.
Gira y le lanza el recipiente de aceite hirviendo al hombre tuerto.
Y entonces oye gritar a su hermano.
El sonido es insondable e interminable y, cuando Dez por fin aúna la valentía para ver lo que ha hecho, se topa justo con lo que temía, aunque es muchísimo peor. Mo.
El humo del aceite se eleva desde su cuerpo y, cuando se disipa, Dez evalúa el aspecto de las quemaduras. Se queda completamente inmóvil a medida que se esfuerza por digerir la situación.
Moses ha saltado delante del ladrón.
Moses se ha interpuesto entre la bala y Dez.
La bala que no llegó a dispararse.
Como Dez se ha adelantado, le ha tirado una cuba de aceite hirviendo al chico que más quiere en el mundo.
El dolor que está sintiendo es un sufrimiento punzante y abrasador que a Dez le resulta demasiado familiar.
Todavía puede sentirlo en sus pesadillas a pesar de que ocurrió cuando tenía cuatro años.
La quemadura de tercer grado que sufrió había tardado seis meses y dos injertos de piel en «sanar».
En realidad, nunca sanó del todo. Y se le extendía por cinco centímetros de la muñeca.
No por toda la cara y el cuello.
Moses está de rodillas y produce unos ruidos inhumanos.
Le chisporrotea la piel de la cara y del cuello.
Emite un sonido húmedo y balbuceante como si le costase respirar.
Dez no le reconoce la cara, inflamada y con manchas, de un color ardiente casi púrpura, con la piel desprendiéndosele de algunas zonas igual que se deshacen los papeles bajo la lluvia.
Dez no puede moverse. No puede apartar la vista.
No puede vomitar la bilis que tiene en la garganta.
No puede acercarse a él. Ni siquiera puede sacarse el móvil del bolsillo del delantal para pedir ayuda.
Quiere disculparse, pero es incapaz de pronunciar las palabras.
Siente cómo todo se funde a negro. Nunca, jamás se perdonará a sí misma.
Mo levanta el brazo hacia el hombre en busca de ayuda.
—¿Me estoy muriendo? —susurra con una voz espantosa.
Dez ve cómo se le cierran los ojos.
Quiere retroceder en el tiempo, que vuelva a ser la una de la mañana y los dos estén en la cocina de casa, con Mo borracho pero feliz, devorando la hamburguesa con queso y beicon mientras ella picotea los gránulos de café instantáneo de su madre y él le cuenta todas las cosas estúpidas y graciosas que han hecho él y sus amigos esa noche.
El que jadea en busca de aire con la garganta destrozada por las quemaduras no es Mo. Es imposible que esta cosa desfigurada sea su hermano.
—Mo. —Se escucha decir por fin.
El desconocido está sujetando a su hermano sin dejar de apuntarle a ella. La aparta de un empujón, sale de la cocina y se dirige hacia la salida con Mo. Dez tiene las rodillas clavadas en el sitio. Las llaves siguen en la puerta.
—Necesita ayuda —dice Dez. Siente que las palabras están recubiertas de agujas en su garganta.
El hombre está apuntándole al ojo izquierdo con la pistola. Ella todavía sostiene el suyo en la mano. Clava la vista en el agujero nauseabundo y supurante que le ha dejado en la cara. Se percata de que, hasta ahora, el hombre no ha pronunciado ni una sola palabra.
Dez mira a Mo, pero él está de espaldas, apoyando todo su peso en el hombre, con los antebrazos levantados para taparse la cara. Mueve los pies con torpeza y le bailan los tobillos como si el suelo bajo sus pies estuviese lleno de grasa.
El delincuente abre la puerta de una patada. Fuera hacen casi cuarenta grados e, incluso a esa distancia, Dez percibe la ráfaga abrasadora. Le fallan las fuerzas al escuchar el aullido de dolor que s uelta Mo cuando siente el aire de fuera. Dez lo siente de la cabeza a los pies.
Ya no puede ver a su hermano. La adrenalina se apodera de ella. Echa a correr tras ellos y sale del restaurante hacia el calor de la noche.