Luces blancas 1
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S i a Desdemona Rae le estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola y le dijesen que nombrase a su peor enemigo, ella diría que se trata de la freidora del Dairy Barn del tío Bob, situado a las afueras de Death Valley, en California.

A Dez le dan miedo pocas cosas, pero la freidora se ha ganado un huequito de desprecio en su corazón.

Hace veinte años, la marcó antes de que cualquier otra persona pudiese disfrutar de ese honor.

La primera vez que recuerda haber sentido dolor fue a los cuatro, cuando intentaba impedir que su madre, por aquel entonces embarazada del hermano pequeño de Dez, tirase la sartén chisporroteante de camino al contenedor.

Ahora, Dez siempre lleva la muñeca izquierda tapada. No se fía de la freidora, pero tampoco puede quitarle la vista de encima. Cuando está trabajando en el turno de noche en el Dairy Barn, deja la limpieza para el final.

Se dirige al armario, saca la fregona y arrastra el cubo hasta el centro del restaurante.

A Dez no le importa encargarse de cerrar en su espantoso trabajo.

Es evidente que se le da mal, pero disfruta un poco de las horas de tranquilidad, cuando las puertas están cerradas y se queda a solas.

Al final, espera con ganas escuchar el roce contemplativo de la fregona prehistórica por el linóleo.

El tío Bob le manda un vídeo de sus zapatos ortopédicos que producen ese espantoso ñiiiii ñiiiii cada vez que abre el restaurante y descubre un pegote de la noche anterior, algo que pasa siempre.

Dependiendo de su estado de ánimo, friega mal, repone el congelador de forma caótica y, cuando le toca limpiar ese infierno postapocalíptico que tienen por baño en esta institución que es el restaurante familiar, Dez cierra los ojos, apunta al inodoro, echa un chorro de limpiador, tira de la cadena con el pie y cruza los dedos para que salga bien.

Sabe que es la peor empleada que jamás haya trabajado en el Dairy Barn.

Siendo generosos, se podría decir que Dez es así de negada porque siempre tiene la cabeza en otra parte, porque está destinada a hacer otras cosas.

No tiene por qué ser a la grandeza, aunque la aceptaría con gusto.

Simplemente… a algo más que esto. A un billete para largarse de esta ciudad polvorienta.

Y, aunque el destino sea una farsa, como a veces teme, aunque todavía le quede tiempo para poder pirarse a otro sitio, el tío Bob no puede despedirla; de hacerlo, la madre de Dez le daría una buena tunda.

El salario es de vergüenza, pero lo necesita.

Cuando acabe este turno, Dez tendrá suficiente efectivo en la tarjeta de débito como para pagar la tasa de cien dólares para mandar una solicitud al Instituto Estadounidense de Cine de Los Ángeles.

A Dez le gustan las pelis y quiere dedicar su vida a ellas, porque en el cine no se desperdicia ni un instante.

Al menos, no en una buena película. Todo tiene un significado.

La suma de todos los fotogramas, encuadres, primeros planos y fundidos, de cada canción y cada frase del guion, forma parte de algo más grande que sus elementos por separado.

En la vida real, Dez no suele entender el motivo de que suceda una cosa en vez de otra.

Pero en sus películas, es ella quien decide.

Puede cumplir con la promesa metafórica que hace el primer plano con el último.

Además, a ella no le hace falta un final feliz.

Las desgracias parecen seguirla, así que se adapta.

Lo que necesita es un final que tenga significado, uno fuerte y que deje huella.

Y, como su vida no va a tener uno así, entonces lo crea en sus películas.

Deja caer un montón de bandejas marrones de plástico al fregadero para pasarles agua.

Piensa en su último corto, que rodó hace un par de semanas en el muelle de Ventura.

El que va a enviar adjunto a la solicitud para la escuela de cine.

Destellos está guardado en el disco duro de su Chromebook, sobre el sofá del garaje de su madre donde suele trabajar.

Lo visualiza viajando por el laberinto de internet hasta llegar a un comité de profesores en Los Ángeles.

Dez lo grabó en un día mágico en el que ella y su amigo Silas juntaron dinero para gasolina, condujeron cuatro horas y media hasta la playa y luego hicieron la puesta en escena, escogieron al reparto y grabaron la secuencia entera en los últimos rayos del atardecer veraniego; es un buen corto, y Dez lo sabe.

Es ese tipo de cosas que ves conteniendo la respiración.

Piensa en Asher por milésima vez. El desconocido de Ventura que eligieron como coprotagonista del corto con Dez.

Para cuando acabó el día, aunque la verdad es que ocurrió desde el primer momento, Asher era cualquier cosa menos un desconocido.

Dez lleva sin hablar con él desde entonces, pero se ha pasado un billón de horas examinando sus facciones, sus gestos y esa esencia indescriptible propia de Asher al editar el corto.

Lleva desde ese día empecinada en terminar Destellos y en mandar la solicitud para volver a hablarle. O para preguntarse qué quiere decir que él aún no le haya escrito.

Dez sabe justo lo que diría si se molestase en mandarle un mensaje. Y, esta noche, cuando pulse el botón para enviar la solicitud, quién sabe…

Oye, ¿te acuerdas de eso que hicimos? Lo he terminado.

Aquel día sucedió algo entre Asher y Dez; algo radiante, bonito y real.

Todo empezó en el aparcamiento, cuando Silas le dio un golpe a Dez en el brazo para que mirase al skatepark junto a la playa.

Para que viese a la criatura que hacía giros sin camiseta y parecía levitar por la rampa en forma de «U».

Dez clavó la vista en él. Después, sintió por dentro la calidez de una corazonada.

Es él.

Después de hacer una serie de trucos imposibles en el aire, el patinador regresó a la atmósfera terrestre y Dez fue derechita hasta él.

—Estoy haciendo una película —espetó a la vez que ojeaba el brillo de la fina capa de sudor que le recorría la clavícula y la forma en la que el pelo rubio le tapaba parcialmente los ojos.

Su reflejo en las gafas de sol con efecto espejo del chico parecía diminuto en comparación con el hombre tan alto que tenía delante—.

Eres perfecto, así que quiero que aparezcas en ella.

—Están los artistas del coqueteo —dijo a medida que observaba las pecas, las chanclas, los mitones, el vestido corto y negro y el pelo oscuro de Dez, tan largo que casi le rozaba el dobladillo de la falda—. Y luego los profesionales.

—¿Eso es un sí?

Se apartó el pelo de la cara y Dez vio que tenía los ojos de color avellana claro, y le recordaron a los dátiles dulces y templados por el sol que daba la palmera junto a la ventana de su cocina. Dez se los comía a puñados; nunca tenía suficiente.

El patinador se rozó el labio inferior con los dientes mientras lo sopesaba.

—No me gusta vivir con remordimientos.

—¿Eso es un sí ? —repitió Dez. A pesar de la impaciencia, sonreía.

—No pienso ser ese tipo que echa la vista atrás y piensa: «¿Por qué dejé escapar a esa desconocida tan encantadora y atrevida?».

—Solo para que lo sepas —interpuso Silas, que estaba al lado de Dez—. No tenemos ni la más mínima idea de lo que estamos haciendo.

—Calla, Silas —replicó Dez—. Sí que la tenemos.

—Apuesto a que sabéis lo suficiente —contestó el patinador, y les dedicó una sonrisa a Silas y a Dez.

Sin enseñar los dientes, solo con unos labios suaves y de un rosa muy claro.

Esa sonrisa le resultó familiar… No como si ya se conocieran de antes, sino como si fuesen a hacerlo a partir de entonces.

Como si Dez estuviese editando ese momento desde el futuro, señalando el inicio de la música, el lugar donde comenzó todo.

Acordaron las condiciones de su compromiso como actor. Un día de trabajo, sin remuneración, pero con cervezas gratis al terminar, si los bares seguían abiertos, y que su nombre figurase en los créditos como Asher Ibrahim.

Asher Ibrahim. Tenía veintisiete, tres años más que Dez, y era de Ventura.

Llevaba patinando en esa pista desde que empezó a andar.

A Dez le encantó cómo sonaba su nombre; parecía como si viniese de la otra punta del mundo, o incluso de un sitio aún más lejano, uno que hasta entonces Dez no podía imaginar.

Trabajar con Asher, rodar con él aquella tarde, fue la mejor experiencia de su vida. Era una muestra de cómo quería que fuese su futuro, sin importar lo que le deparara.

—Al —suelta una voz familiar, amortiguada por la puerta de cristal del Dairy Barn.

Dez levanta la vista del fregadero y la dirige hacia el sonido.

Sabe quién es antes de verlo. Su hermano.

Nadie más la llama así salvo Moses. Su apodo de la infancia es un diminutivo de «albatros», porque, cuando era pequeña, Dez salía disparada hacia el desierto que estaba detrás de su casa y pasaba allí tanto tiempo que su madre solía decir que temía que se hubiese escapado volando y hubiera cruzado el desierto y el océano Pacífico.

Mo da unos golpecitos en el cristal. Sonríe.

—Lárgate —contesta ella—. Está cerrado.

Dez siempre se lleva comida a casa para Moses y para su madre al salir del trabajo.

Tiene la bolsa de hoy preparada en el calentador de alimentos.

Aros de cebolla para su madre y la penosa ensalada de acompañamiento en otra bolsa sobre el mostrador.

Su madre es la única clienta del Dairy Barn a la que le gusta ese producto del menú que el tío Bob tiene el valor de llamar «ensalada».

A Mo le van las hamburguesas con queso, extra de pepinillos, extra de beicon y sin salsa.

Se las come de pie en la cocina después de pasarse la noche de fiesta.

A veces, si Dez sigue trabajando en el portátil y si Moses no parece estar borracho como una cuba en la planta de arriba, sube desde el garaje para pasar el rato con él y charlar como solían hacer antes. Llevan tiempo sin hacerlo.

—Venga, déjame entrar —responde, aporreando la puerta.

—Si lo hago —contesta Dez—, te toca limpiar el baño.

—Vale, limpiaré esa mierda.

Dez espera que la mande a la mierda o que, al menos, le pida una comisión.

Pero no lo hace, sino que se limita a esperar en la puerta y va cambiando el peso de una pierna a otra como si tuviese que mear.

O como si estuviese preocupado por algo.

¿Qué ha hecho esta vez? Dez ya está haciendo una lista mental…

—Date prisa, que hace un calor de mil demonios —se queja Mo.

—De acuerdo —contesta Dez—, no te bajes los pantalones todavía. —Se seca las manos y va al armario de suministros a buscar las llaves.

De pequeños, el adorable era Mo. Aunque tuviesen rasgos prácticamente idénticos, como el pelo de color ónix, la piel clara y pecosa, las narices pequeñas y rectas y los ojos azul claro, a su hermano le sientan de otra forma.

Tiene cinco años menos, pero ese encanto perduró hasta mucho después que el de Dez hubiese desaparecido.

Mo puede hablar hasta con las piedras y sabe exactamente lo que tiene que decir para que le presten atención y se lo pasen bien, da igual si se trata de un crío en un cajón de arena o un timador en el hipódromo.

Le cae bien a todo el mundo, mientras que la mayoría de las personas apenas tolera a Dez.

Su madre la describe como un enigma. Hasta Silas dice que, con el tiempo, te acaba cayendo bien.

Y por eso fue tan sorprendente cuando Asher lo soltó así sin más, de golpe la noche en la que se conocieron. Cuando terminaron de rodar e iban por su segunda Sierra Nevada, se acercó cuando Dez estaba escogiendo la canción «Drunken Angel» de Lucinda Williams en la máquina de discos y le susurró:

—Por ahora, todo lo que he visto de ti me gusta, Desdemona Rae. ¿Qué más tienes?

Todavía se pone a temblar al recordar el aliento de Asher contra su cuello.

Cuando Silas y Dez se fueron de Ventura a las dos de la madrugada con el tiempo justo para que Silas la dejase en el Dairy Barn para abrir el restaurante, Asher no le mandó ningún mensaje y ella a él tampoco; se metió de lleno en el trabajo.

Se dijo a sí misma que no iba a pensar en la conexión que compartían, que no podía permitírselo, hasta que mandase su solicitud al Instituto Estadounidense de Cine.

Ahora, al dirigirse hacia la puerta de entrada del Dairy Barn, Dez hace tintinear las llaves.

Mo esboza una sonrisa y Dez no puede evitar devolvérsela, porque, aunque solo vayan a limpiar inodoros y a apilar vasos de poliestireno, prefiere hacerlo con su hermano antes que con cualquier otra persona.

—Hola, Mo —saluda al abrir la puerta—. ¿A qué viene tanto drama?

Antes de que su hermano pueda entrar, Mo rodea a Dez con los brazos y la abraza como si se estuviese ahogando, como si ella fuese un bote salvavidas.

No es la primera vez que se ha desplomado sobre ella de esta forma en los últimos meses, así que Dez sabe que tiene que usar la puerta como punto de apoyo para poder levantar el peso descomunal de su hermano pequeño.

Mo le saca a Dez veinte centímetros, veinte kilos y ha heredado las tendencias alcohólicas de su padre.

Un sollozo se le propaga por el cuerpo y llega hasta ella. Le parte el corazón. Ay, Mo. A pesar de que sueña con largarse de Death Valley, también sabe que su sitio siempre estará aquí. Con su hermano. Con su madre. Hasta con su tío.

—¿Qué ha pasado? —pregunta ella.

—Lo siento, Dez…

—Oye… —susurra contra el pecho de su hermano—. Tranquilo. Estoy aquí.

—Tuve que hacerlo.

—¿El qué?

Unas botas desconocidas aparecen en la acera y, antes de que Dez pueda entender lo que está ocurriendo, un hombre con una sudadera con capucha negra y una balaclava con una calavera los aparta a ella y a Moses de un empujón.