Luces blancas
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Prólogo
L o que menos le apetece hoy a Rafe es que una joven guapísima lo apunte con una cámara de vídeo.
Aunque en realidad no lo está apuntando a él .
Está capturando la escena: el muelle abarrotado, el centelleo del sol en el océano, las gaviotas sobrevolando la playa de Ventura como si imitasen a unos ángeles.
Los ángeles imitando a humanos, que pasean por el muelle…
Si alguien se dispusiera a escribir un libro sobre las debilidades de Rafe, esta mujer podría aparecer perfectamente en la portada, además de en todas y cada una de las páginas.
Y sí, en este mundo va a haber gente que te atraiga a patadas, y Rafe es un hombre bastante apañado…
Sin embargo, el brillo que desprende ella es inusual.
Casi hasta le duele mirarla, pero Rafe es incapaz de apartar la vista.
Está ajustando el encuadre como si le fuera la vida en ello.
Rafe la observa echar un vistazo por el visor y deslizar el trípode arriba y abajo con unos dedos esbeltos.
Le gusta el pintaúñas agrietado que lleva, lo que, en su opinión, es indicio de una mente compleja.
Rafe podría perderse en ese pelo oscuro y alborotado por culpa del viento, suelto y hasta la cintura.
Las curvas de sus hombros le recuerdan a la costa siciliana.
¿Y esa expresión tan seria? En otra situación, a Rafe le encantaría borrársela de esa cara tan bonita con la boca…
Qué pena.
Ha quedado con Sam y llega tarde. Lo siente en las entrañas, no necesita un reloj. Incluso después de todos estos años, sigue estremeciéndose cuando tiene que reunirse con su mentor. A Sam no le hace gracia que lo hagan esperar.
Rafe atraviesa el muelle en dirección al puesto de mariscos frente al mar donde Sam dijo que quedasen. Al acercarse a la mujer, Rafe aprieta la mandíbula y le sonríe con la mirada. ¿Hay algo más natural que posar para una cámara?
Pero justo cuando está a punto de pasar a su lado, justo cuando está a punto de hacerle un hueco en el museo de monumentos de su mente, la mujer despega la vista de la cámara y la clava en él.
Rafe frena en seco y una oleada de calidez fluye por su cuerpo. Mierda, ha pasado tiempo desde la última vez.
Pero ahí está la química. Repentina. Esperanzadora.
Y completamente imposible.
La mujer parece tan aturdida como Rafe. Vuelve a mirar por el visor. Desde ahí no puede verlo, ya que la tecnología humana no puede captar ni rastro de él.
Ella frunce el ceño con incredulidad. A Rafe empieza a palpitarle con fuerza el corazón. No obstante, para cuando la mujer levanta la vista otra vez, él ya ha desaparecido.
—Oye —espeta una voz.
Ni de broma se está dirigiendo a él. Es imposible que lo haya visto. Los mortales no pueden ver a los de su especie. Y por un buen motivo.
No, lo que él ha confundido con contacto visual, química, solo ha sido una mera ilusión.
Rafe se obliga a no mirar atrás. Baja las escaleras podridas de madera contrachapada a toda velocidad y cruza las puertas batientes del restaurante.
Para cuando se sienta en el reservado de madera frente a Sam, se ha quedado sin aliento.
Y entonces, ver a su viejo amigo manda al bombón del muelle a lo más recóndito de la mente de Rafe.
—Ya era hora —dice Sam sin levantar la vista de la servilleta en la que garabatea algo con un bolígrafo—. Estaba empezando a pensar que tenías otro plan mejor.
Sam lleva unos vaqueros, una camiseta negra rasgada y una gorra de béisbol gris bien calada sobre los rizos marrón rojizo. Está igual que siempre, pero al mismo tiempo completamente distinto. Se ha producido un cambio invisible.
—¿Qué te ha pasado? —pregunta Rafe.
—Quería que fueses el primero en saberlo —declara Sam con los brazos abiertos—. Estoy harto.
Un abismo aterrador se abre dentro de Rafe. Responde con cautela.
—¿A qué te refieres con eso?
—Lo sabes perfectamente —contesta Sam conforme retoma el boceto—. Soy libre.
Rafe nunca ha visto mentir a Sam, pero sabe que lo que le está diciendo es una locura. Si fuera cierto, aunque es imposible que lo sea, lo cambiaría todo.
—¿No me vas a preguntar cómo sigue la cosa? —continúa Sam.
Rafe echa un vistazo por el restaurante y ve al resto de los comensales zampándose platos de pescado con patatas, completamente ajenos al acontecimiento tan gordo que está pasando delante de sus narices.
Uno que repercutirá en todo destino terrestre.
¿Qué se sentirá al parecerse a ellos y ser tan inconsciente del cosmos, de su fragilidad tan espantosa?
—De acuerdo —responde Rafe con voz temblorosa—. ¿Y ahora qué?
—Eso ya no es cosa mía. Juega bien tus cartas y entonces podría ser tuya.
Una oleada repentina de ansia, de esperanza, se alza en su interior. ¿Recordará este momento? ¿Por fin le están dando la oportunidad de redimirse?
—¿Me la estás… ofreciendo?
La Pluma Escarlata. La única pluma roja que Sam ha llevado en las alas durante los últimos seis milenios. El tótem capaz de ascender a un ángel a serafín y de otorgarle la capacidad exclusiva de dominar la muerte.
¿Dónde está ahora? ¿No estará Sam a punto de…?
—Rafael. —Sam frunce el ceño—. Sabes que no puedo hacerlo.
—La compasión con la que lo dice hace que a Rafe se le revuelvan las tripas—.
Tienes que ganártela. Mierda, tal y como está la situación, puede que tengas que apoderarte de ella.
Con las dos manos. —Baja la vista hacia la servilleta y mira el boceto—.
Los demás también querrán hacerse con ella, claro está.
—¿Lo sabe alguien más? —Rafe aprieta los puños.
—Eres el primero en enterarte. Como mínimo, te lo debo.
—No lo entiendo. ¿Tienes los días contados?
—No seas tan dramático, tengo toda la vida por delante.
—Pero, Samael, ¿por qué?
Sam se recuesta en el reservado y sonríe.
—Te lo mostraré.
Se acerca una camarera. Si tuviese que adivinar su edad, Rafe diría que tiene treinta y siete y dos tercios; es una mujer guapa, tiene ojeras y masca un chicle con un ligero aroma a uva. Cuando se pone delante de Sam como si fuese un cliente más, Rafe se pone nervioso. Puede verlo .
El imbécil no está mintiendo.
—¿Qué te pongo, cielo?
Cielo. Se está dirigiendo a él . A Samael, al Ángel de la Muerte.
Exángel de la Muerte.
El amigo más antiguo de Rafe, su mentor, se ha vuelto mortal. Ha renunciado a todo sin lugar a dudas. Rafe no consigue dar crédito.
Sam le echa una miradita a Rafe que dice «Atento», y después ladea la cabeza hacia la camarera.
—El cielo debe andar corto de ángeles si tú estás aquí abajo.
—Por Dios —gruñe la camarera—. A nadie le apetecía oír eso.
Sam se endereza con una seriedad que horroriza a Rafe.
—Déjame volver a intentarlo…
—No, por favor —contesta la camarera, tratándolo como a cualquier otro donnadie que intenta ligar con ella—. ¿Quieres algo? ¿Un café?
—Un café —responde Sam con alegría—. Ponle otro a mi amigo.
La camarera echa un vistazo al reservado en dirección a Rafe, pero no a él. El vacío que le transmite su mirada desenfocada le recuerda a la mujer del muelle. A cómo parecía haberlo visto. A lo que eso le había hecho sentir.
Se deshace de ese recuerdo para centrarse en Sam, en las noticias y en sus devastadoras consecuencias. Tiene que aprovechar esta oportunidad. Tiene que hacerse con ella. Esta vez, no puede cagarla.
«Puede que tengas que apoderarte de ella», ha dicho Sam. Sam, que parece alegrarse de haber quedado como un tonto delante de una camarera. Si se tratase de cualquier otra persona, a Rafe le daría igual, pero es Sam.
—A ver, explícamelo —dice Rafe—. ¿Has… dimitido para poder coquetear con las camareras?
—Pobre Rafe. —Sam niega con la cabeza—. Nadie más puede hacer que algo tan profundo y trascendental suene tan increíblemente banal.
—Es solo que tampoco es que falte sexo en…
—No es por el sexo.
Rafe se queda perplejo.
—Es amor, imbécil. Lo que quiero es amor.
—Nadie renuncia a lo que tenías por amor —resopla Rafe.
Sam se pone a dibujar sin decir nada.
—Bien. ¿Y dónde piensas encontrar ese… amor?
—Puede que en la bibliotecaria que acabo de conocer —contesta Sam—. Entré a buscar una antología del teatro de Byron. Salí de allí con Adah. Es increíble. Tiene una ternura imposible de describir.
—¿Y aun así has intentado ligarte a la camarera?
—Todas las mujeres mortales albergan una chispa de lo divino en su interior. Y, cuando la pruebas, genera adicción.
—Pues yo creo que lo único que has hecho ha sido sustituir un objeto de devoción por otro —afirma Rafe, consciente de la blasfemia que contienen sus palabras.
—Y yo te digo que es un cambio a mejor —responde Sam mientras sonríe con valentía.
—¿Desde cuándo? —consigue preguntar Rafe.
—Desde hace tres noches. Y ha bastado para cambiarlo todo.
Deberías escuchar la risa de Adah, Rafe.
Suena igual que un ruiseñor. Nos pasamos la noche en vela, hablando y haciendo el amor al amanecer bajo el limonero de su jardín.
¡Me está enseñando a surfear! Empiezo a pensar que quizá algún día me vea siendo padre…
—¿Llevas tres noches fuera? Eso equivale a cuatrocientas cincuenta mil almas…
—Sé sumar. Solo que ya no necesito hacerlo.
—¿Por qué no lo he notado? ¿Por qué no lo he sabido?
—Ya lo sabes. Te lo estoy contando.
—¿Tres noches y nadie se ha enterado? —susurra Rafe. Es inconcebible. De repente, le arranca la servilleta de debajo del bolígrafo con impaciencia—. ¿Qué estás dibujando?
—A ella. —Sam señala por la ventana a la mujer de la cámara.
Rafe siente un fuerte arrebato de celos.
Observa el retrato en la servilleta, las líneas descuidadas que acaba de crear su mentor.
No tenía ni idea de que Sam supiese dibujar, pero ha conseguido captar algo fundamental sobre ella que hace que Rafe quiera robarle la servilleta para quedarse mirándola durante siglos.
—¿Por qué la estás dibujando?
—Para tener una referencia a futuro —contesta Sam—. Tiene talento. Le vendría bien un mentor. Además, tal vez ya va siendo hora de devolver el favor y echarle una mano a una cineasta en ciernes que necesita un empujón.
Rafe agarra el borde de la mesa. Hacía unos instantes, se había convencido de que la mujer de la cámara no era más que una mujer guapa. Ahora, su proximidad y su existencia le parecen una amenaza.
¿De verdad lo ha visto ahí fuera, en el muelle? No.
—Ya sabes lo que quiero —suelta Rafe—. Llevo deseándolo desde hace mucho. Y, de pronto, vas y me dices que está a mi alcance. Lo que menos necesito ahora son jueguecitos.
—Están las cosas que decimos y pensamos que queremos. Y luego están las que deseamos en realidad —declara Sam—. Si de verdad quieres esto, Rafe, entonces necesitas a un aprendiz.
—Trabajo contigo.
— Trabajabas —replica Sam—. Ha llegado el día de la graduación. Es hora de que el pupilo se convierta en mentor.
—No —contesta Rafe—. Trabajaré solo.
—¿Sabes? Podemos aprender de ellos —dice Sam tras recuperar la servilleta para seguir con el dibujo—. Llevas demasiado tiempo en las alturas. Alejado de la esencia de las cosas.
—¿Ahora te has vuelto un experto? ¿Pasas tres noches con una bibliotecaria y ya lo sabes todo?
—He oído que, cuando mueres, tu vida pasa delante de tus ojos —continúa Sam, con la mirada perdida más allá de Rafe—. Quiero que lo que vea sea bueno. Algo bonito, ¿sabes?
—Dime qué debo hacer —responde Rafe.
Sam le echa una mirada familiar, teñida de un poder antiguo y absoluto.
—Guárdame el secreto todo lo que puedas. Mientras tanto, busca ventajas. —Señala a la mujer del muelle con la cabeza—. Ella podría ser una.
—No es una ventaja .
—Cuando el maestro está listo, el alumno aparece. O algo por el estilo. —Sam se encoge de hombros de forma despreocupada.
—Aquí tienes tu café, guapo —dice la camarera mientras deja una taza humeante delante de Sam—. Y otro para tu amigo. Espero que aparezca antes de que se le enfríe.