Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Sus miradas se traban. Massimo se ha inclinado hacia delante en el sofá, con los codos sobre las rodillas. Christiano me observa a mí en vez de a ellos, y tomo nota. Sería el primero en venirse a por mí si esto se torciera.

La voz de Nina atraviesa la sala.

—Oso dice que todos tienen que hablar bajito.

Olivia se ríe y se tapa la boca con la mano.

Nero tensa la mandíbula. Mira más allá de su hermano, hacia mí, y yo le sostengo la mirada. Tras una larga respiración, retrocede. Recoge su copa, bebe de ella por primera vez y camina hasta la ventana, de espaldas a la sala.

Luciano se vuelve hacia mí. No sonríe, pero sus ojos transmiten un reconocimiento seco, de profesional a profesional.

—Ya entrará en razón —dice en voz baja—. O no. En cualquier caso, ella es de nuestra sangre. En esta casa eso cuenta más de lo que crees.

No respondo.

Nina levanta la vista de la alfombra y me encuentra al otro lado de la sala.

—Luca —dice—. Oso te necesita.

Me levanto y voy con ella.

Gemma

No ha dicho ni una palabra en diez minutos. Quizá más. La máquina de oxígeno zumba en un rincón y su pecho se eleva en pequeñas y cuidadosas respiraciones. Su pulgar recorre mis nudillos como quien alisa una arruga en un mantel.

No aparto la mano. Creía que querría hacerlo. Cuando me senté, la dejé relajada para poder retirarla en cuanto lo necesitara, pero él la sostiene como Nina sostiene la mía cuando se está quedando dormida, y no puedo quitársela.

Tiene los ojos cerrados. Durante un rato pienso que se ha quedado dormido y empiezo a contar las respiraciones entre los chasquidos de la máquina para tener algo que hacer.

—Gemma.

La voz le sale a fragmentos. Me inclino hacia él.

—Estoy aquí.

Abre los ojos. Pálidos, húmedos en los bordes, clavados en mi rostro como si intentara memorizarlo antes de que venza el plazo.

—¿Crees —dice, y se detiene para respirar— que me encontraré con tu madre? Después.

No tengo una respuesta preparada. Me criaron yendo a la iglesia en Navidad y Pascua, pero dejé de pensar en el cielo más o menos cuando dejé de pensar que la mayoría de las cosas saldrían bien. Sin embargo, me está observando, y aquí hay una respuesta correcta, así que asiento.

Sonríe. No es una sonrisa feliz. Tira de su rostro hacia abajo en lugar de elevarlo.

—No —dice—. No lo creo.

—Pero acabas de preguntarme...

—Te he preguntado qué crees tú. —Su pulgar continúa recorriendo mis nudillos, lento y constante—.

He tenido tiempo para pensarlo. Meses, en esta cama.

Ashley... Si hay un lugar al que va la gente, ella subió.

—Alza los ojos hacia el techo y después vuelve a bajarlos—.

Yo no voy a subir, Gemma. Las cosas que he hecho...

Hace mucho que acepté el destino que me corresponde.

Quiero decirle que se equivoca. Eso es lo que se le dice a un moribundo. Pero no sé qué ha hecho y no me corresponde conceder el perdón por una mujer que se ahogó antes de que yo aprendiera a andar.

—Quiero pedirte un favor —dice.

—Vale.

—Vive muchos años. —Aprieta con más fuerza de la que creía que le quedaba—.

Una vida larga, aburrida y segura. Nietos.

Rodillas doloridas. Todo. —Hace una pausa, la máquina chasquea y él toma aire—.

Pero cuando mueras —y eso debería ocurrir dentro de sesenta años, ¿me oyes?

—, cuando llegues allí arriba, búscala. Busca a Ashley.

Y dile que la amé con todo mi corazón. Desde el día que la conocí hasta el día que dejé de respirar.

Díselo, porque yo no estaré allí para decírselo personalmente.

Me derrumbo. Un segundo estoy sosteniéndole la mano y al siguiente tengo la cara mojada y los hombros me tiemblan. Me está dando un mensaje para que lo lleve conmigo durante sesenta años porque no cree que le permitan estar en el mismo lugar que ella, ni siquiera muerto.

—Se lo diré —digo, y la voz se me quiebra por la mitad—. Te lo prometo. Se lo diré.

Su rostro se descompone. Las lágrimas se deslizan por los surcos de su piel y me aprieta la mano. Entonces el apretón se convierte en una sacudida, todo su cuerpo se contrae y llega la tos.

No es una tos normal. Surge de algún lugar profundo y enfermo, húmeda y desgarradora. Arranca su mano de la mía para llevársela al pecho. La máquina empieza a pitar. Se encorva hacia delante y sigue tosiendo, una vez detrás de otra, sin tomar aire entre medias.

—Cesare... —Me pongo en pie—. ¡Ayuda! ¡Que venga alguien...!

La puerta se abre antes de que termine. Vico cruza la habitación y una enfermera vestida con un pijama sanitario azul entra justo detrás de él, buscando ya la mascarilla de oxígeno.

—Fuera. —La mano de Vico se cierra alrededor de mi brazo. Sin brusquedad. Con firmeza—. Vamos. Déjala trabajar.

—¿Está...?

—Vamos.

Me guía hasta el pasillo y la puerta se cierra.

La tos queda amortiguada al otro lado, lo cual resulta aún peor.

Apoyo la espalda contra la pared, clavo la mirada en un cuadro de un puerto que hay enfrente y cuento cosas.

Cuatro barcos. Dos puertas en este pasillo.

El corazón me golpea las costillas como si intentara marcharse sin mí, y me obligo a respirar por la nariz.

Inspiro contando hasta cuatro. Exhalo contando hasta cuatro.

Se está muriendo. Ya sabía que se estaba muriendo.

Todos los que están en esta casa saben que se está muriendo, y aun así nada me había preparado para oír cómo suena eso.

La puerta se abre de nuevo y Vico sale solo.

La cierra con suavidad a su espalda, se queda allí con los ojos cerrados y se presiona las sienes con los dedos.

Por un segundo no parece el hombre que amenazó a mi marido.

Parece alguien de pie ante la habitación de su padre, escuchando cómo la tos lo destroza por dentro.

—Ella se ocupa de él —dice—. Se le pasa. Últimamente ocurre más a menudo.

—Vale.

Baja las manos y me mira. —¿Estás bien?

Asiento. Entonces el gesto se agota, mi cabeza empieza a moverse en la otra dirección y niego, porque no tiene sentido mentirle.

Vico salva la distancia entre nosotros y me rodea con los brazos.

Todo mi cuerpo se bloquea. Permanezco rígida dentro de su abrazo, con los brazos a los lados.

Pero su pecho se sacude una vez contra mi mejilla, un movimiento pequeño y roto que jamás me permitiría ver de frente, y lo comprendo.

Está perdiendo a su padre en esa habitación.

Sea lo que sea Cesare para mí, ha sido toda la vida de Vico, y Vico está en este pasillo sufriendo más que yo.

Levanto los brazos y le devuelvo el abrazo.