Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 26
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Capítulo 26

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Gemma

Lo primero que noto al despertarme es que hace demasiado calor.

Lo segundo es el brazo que pesa sobre mi cintura.

Descansa sobre ella, pesado, y su peso mantiene inmovilizada la manta.

Estoy tumbada sobre el lado derecho, de cara a la ventana, y la luz que atraviesa las cortinas es gris.

A mi espalda tengo un pecho pegado, que sube y baja despacio, y un aliento que me agita el pelo en la coronilla.

Luca. Le pedí que se quedara.

Entonces noto una cosa más.

Está duro. Contra mi trasero, a través de la manta y de su ropa. Se aprieta contra mí cada vez que respira.

Me quedo inmóvil. Ahora el corazón me va a toda velocidad. Tengo la piel ardiendo donde su brazo me cruza el vientre, y el calor se extiende hacia abajo en vez de hacer que quiera huir.

Está dormido. Si se despierta y se descubre así, pegado a mí, ya sé lo que hará. Se apartará y levantará entre nosotros un muro de disculpas que durará una semana.

Quiero verle la cara.

Así que me vuelvo despacio, centímetro a centímetro, levantando el hombro y deslizando la cadera bajo su brazo. Su respiración cambia cuando estoy a medio girar y, para cuando quedo frente a él, tiene los ojos abiertos.

Verdes y completamente despiertos de golpe. Con él no existe ese estado intermedio de sopor. Dormido y, al instante, en guardia, incluso sin la pistola.

Se da cuenta de dónde tiene el brazo. Después repara en el resto, se le tensa la mandíbula, echa el peso hacia atrás y empieza a apartar el brazo de mí.

—Gemma. —Tiene la voz ronca—. Joder. No quería...

Aprieto los labios contra los suyos.

Se queda rígido. Su boca está cálida y completamente inmóvil bajo la mía, y durante tres segundos enteros nada en él se mueve: ni las manos ni el aliento. Vale. Puede que no haya sido lo correcto.

Su mano me sujeta la nuca antes de que llegue a apartarme.

Entonces me besa. Su boca se abre sobre la mía y sus dedos se hunden en mi pelo. El sonido que emite desde el fondo de la garganta me golpea en algún lugar bajo el vientre. Mis manos encuentran su pecho.

Me lleva la otra mano a la mandíbula. Está temblando. Debe de notar que me he dado cuenta, porque rompe el beso y se aparta lo suficiente para mirarme. Tiene la respiración destrozada. Igual que yo.

—Lo siento —digo—. Estabas dormido y no quería que te despertaras e hicieras eso de disculparte y marcharte. Así que me he adelantado.

Me mira fijamente. Su pulgar recorre una vez mi pómulo, inseguro, y no retira la mano.

—Tienes que entender lo que estás haciendo —dice.

—Sé lo que estoy haciendo.

Sus ojos recorren mi rostro despacio, bajan hasta mi boca y vuelven a subir. Su mano no ha dejado de temblar.

—Si vuelves a besarme —dice en voz baja—, no voy a parar, joder. Así que decídete ahora.

Levanto la barbilla y lo beso.

El sonido que emite no es una palabra. Nace en lo más profundo de su pecho, áspero, y entonces desplaza su peso y se coloca sobre mí, con un antebrazo apoyado junto a mi cabeza y las caderas acomodándose entre mis muslos a través de la manta. El colchón se hunde y yo me hundo en él bajo su cuerpo.

Me besa con fuerza, sin dejarnos espacio para pensar, con la lengua dentro de mi boca y una mano aferrada a mi pelo. Dejo escapar contra sus labios un sonido que no reconozco como mío. Alzo las caderas contra él.

Arrastra la manta hacia abajo entre nosotros y su mano encuentra el bajo de la camiseta con la que he dormido. Se aparta un par de centímetros, respirando con dificultad.

—Brazos arriba —dice—. Ahora.

Levanto los brazos. Me saca la camiseta por la cabeza de un tirón y la deja caer fuera de la cama.

Se queda inmóvil y su mirada me recorre despacio: los pechos, las costillas, la piel de gallina que aparece por dondequiera que mira. Aprieta una vez la mandíbula.

—Dios santo —dice en voz baja.

Alargo las manos y lo toco. Su vientre se contrae bajo mi contacto, los músculos se tensan bajo mis palmas, y sigo adelante: subo por sus costillas, paso por encima de su hombro y bajo por su espalda, donde la piel es lisa y caliente.

Se estremece. Recorro con las palmas cada parte de él que puedo alcanzar.

—Gemma. —Mi nombre se le quiebra por la mitad cuando le arrastro las uñas por la columna.

Baja la boca hasta mi garganta y todo mi cuerpo se tensa. Sus labios son suaves ahí, pero su barba incipiente no, y la combinación hace que arquee la espalda y me despegue del colchón.

Me besa bajo la mandíbula, bajando hasta el punto donde me late el pulso desbocado, y debe de sentirlo contra la boca porque gime y aprieta con más fuerza, rozándome con los dientes.

—Luca...

Su boca asciende hasta mi oído, su aliento arde en su interior, y el gemido que se me escapa resuena en la habitación silenciosa.

Resulta vergonzoso, la verdad, pero ya no me importa.

Hundo los dedos en sus hombros y aprieto los muslos alrededor de sus caderas.

Noto su erección contra mí a través de los pantalones de chándal.

Maldice contra mi oído, en voz baja y con palabras obscenas, y empuja una vez contra mí. Saltan chispas desde el punto en el que estamos apretados y me recorren el vientre entero.

Entonces levanta la cabeza.

Sus antebrazos encierran mi cara y se mantiene así, inmóvil de caderas, respirando como si hubiera subido corriendo por las escaleras.

Las pupilas se han tragado casi todo el verde.

Un músculo sobresale en su cuello por el esfuerzo de no moverse, y le tiemblan las manos a ambos lados de mi cabeza.

Ahora mismo podría tomar todo lo que quisiera de mí.

—Dime que estás segura —dice con una voz áspera como la grava—. Porque me falta un puto segundo para ser incapaz de escuchar la respuesta.

Mi respuesta sale firme. Eso es lo que me sorprende.

—Fóllame, Luca.

Cierra los ojos durante un segundo. Cuando los abre, aquello que lo contenía ha desaparecido.

Luca

Engancho los dedos en la cinturilla de sus pantalones. Ella levanta las caderas para ayudarme. Se los bajo por las piernas junto con las bragas y dejo ambas prendas en el suelo.

—Luca... —dice, y no continúa, como si mi nombre fuera una frase completa.

—Lo sé. —La voz me sale más grave de lo que pretendía—. Deja que te mire.

El amanecer que atraviesa las persianas derrama una luz gris sobre su vientre. Poso allí la boca primero, bajo sus costillas. Está caliente.

Su respiración cambia. Se vuelve más corta.

Desciendo por su muslo, besándola por el camino.

La rodilla. El interior de la pantorrilla.

Después le levanto la pierna, le sujeto el tobillo con la mano y avanzo a besos desde allí hasta la corva, para luego volver a subir por la suave cara interna de su muslo.

Deja escapar un sonido desde el fondo de la garganta.

Le bajo la pierna y le pongo las manos sobre las rodillas.

—Sepáralas —digo—. Ábrete para mí, Gemma. Del todo.

Vacila durante una respiración. Después lo hace despacio, sin dejar de mirarme a la cara, y contemplo su coño, ya mojado, rosado y abierto. Se me hace la boca agua.

—Cristo —digo.

—¿Qué? —Su voz es tenue.

—Eres jodidamente preciosa. Eso.

Se le tiñen de rosa las mejillas. Aparta la mirada hacia la ventana, como si no pudiera soportar al mismo tiempo el cumplido y mis ojos.

Me llevo un dedo a la boca y lo lamo; sus ojos regresan de inmediato a mí.

Le sostengo la mirada mientras introduzco despacio ese dedo en su interior, sintiendo cómo su calor se cierra a mi alrededor, y ella arquea la espalda hasta despegarla del colchón.

El gemido que deja escapar empieza siendo tenue, pero estalla al final. Agarra la sábana con ambos puños.

—Eso es —digo. Muevo el dedo dentro de ella sin prisas, aprendiendo cómo responde—. Mira lo mojada que estás. Has estado pensando en esto.

—Sí.

Presiono el pulgar contra su clítoris y trazo pequeños círculos; sus caderas se alzan hacia mi mano como si hubieran tomado una decisión sin contar con ella.

—Dime qué sientes —digo.

—Placer. Dios... Qué bien, no...

—¿Que no qué?

—No pares.

—No voy a parar, joder. —Aprieto más con el pulgar y ella jadea—. Voy a hacer que te corras con los dedos y después con la boca, y vas a hacerlo gritando, porque quiero oírte.

—Luca...

—Te gusta que te hable así. Dilo.

—Me gusta —dice sin aliento.

No puedo esperar más. Saco el dedo de su interior y me tumbo entre sus piernas.

Sus muslos están calientes contra los lados de mi cara.

Beso la cara interna de uno y después la del otro; entonces poso la boca sobre su coño y lo lamo con una pasada larga y lenta.

Ella grita y su mano vuela hasta mi pelo y se aferra a él.

Vuelvo a lamerla, más despacio, y su cuerpo entero se estremece bajo mis manos.

—Oh, Dios. —Su mano se aferra con más fuerza a mi pelo.

Cierro la boca sobre su clítoris y succiono; sus caderas dan una sacudida contra mi cara. Le cruzo el antebrazo sobre el vientre para mantenerla inmóvil. Ella se resiste. Se resiste porque su cuerpo necesita moverse. No se lo permito, y eso hace que grite más.

—Luca... Luca, no puedo...

Sí puede. Sigo adelante, lamiendo y succionando con un ritmo que no varío. Sus muslos empiezan a temblar contra mis orejas. Su respiración se vuelve entrecortada y después pierde cualquier patrón.

Se corre gritando. Un grito pleno y abierto mientras todo su cuerpo se contrae bajo mi brazo y clava los talones en el colchón.

Mantengo la boca sobre ella durante todo el orgasmo, trabajándola sin descanso.

Vuelve a gritar, esta vez de forma más breve y aguda, y entonces hunde las manos en mi pelo y aparta mi cabeza de su coño porque no puede soportar más.

Sigue temblando. Sus muslos no consiguen parar.

Me siento sobre los talones y la miro. Está sonrojada hasta el pecho, tiene el pelo pegado a la frente y los ojos vidriosos y entreabiertos. Tengo la mandíbula mojada por ella. No me la limpio.

Me quito los pantalones, primero una pernera y después la otra. Cuando engancho los pulgares en los bóxeres y me los bajo, sus ojos descienden y se quedan allí.

—Guau —dice.

La risa se me escapa antes de que me dé cuenta.

—Guau —repito—. Esa es tu valoración.

—Cállate. —Está sonriendo. Temblando y sonriendo.

Me sujeto la polla con una mano y la acaricio una vez, despacio, observándola mientras ella me observa. —Vas a decir algo mejor que «guau» antes de que termine. Vas a repetir tantas veces mi nombre que acabarás harta de él.

Se le corta el aliento.

—En cuanto esté dentro de ti, no habrá marcha atrás. No para mí. Yo no hago nada a medias. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Me sostiene la mirada. El gris azulado de sus ojos permanece firme ahora; ya no tiembla.

—Métemela —dice.

—Date la vuelta —digo—. De rodillas. Agarra el cabecero y no lo sueltes.

Se vuelve. Se arrodilla sobre el colchón de cara a la pared y cierra las manos alrededor del travesaño superior del cabecero, dándome la espalda; la visión de su culo casi acaba conmigo antes siquiera de tocarla.

Me coloco detrás de ella, con mis rodillas pegadas a las suyas y el pecho contra su columna.

Todo su cuerpo está caliente. Mi mano izquierda asciende por su esternón, pasa sobre su clavícula y se cierra alrededor de su garganta.

Tiro de su cabeza hacia atrás, contra mi hombro, hasta colocar su oído junto a mi boca.

—¿Lo notas? —digo—. Es mi mano en tu garganta y mi polla contra tu culo. Dentro de un segundo voy a follarte hasta que la única palabra que te quede en la cabeza sea mi nombre. Respira, amore.

Respira. Me coloco en posición y entro en ella.

Un calor húmedo y estrecho me envuelve, y tengo que detenerme a medio camino y apretar los dientes durante un segundo. Después me hundo hasta el fondo. Ella grita y yo empiezo a moverme.

La follo con fuerza. El cabecero golpea la pared al ritmo de mis caderas y ella vuelve a gritar, pronunciando mi nombre.

Su cuerpo empuja hacia atrás para encontrarse con el mío.

Mantengo la mano en su garganta y la boca junto a su oído, y le digo que ahora es mía, mía por entero, hasta el último centímetro, y ella solloza que sí.

No voy a durar. Conozco mi cuerpo y ya está ascendiendo, demasiado rápido, demasiado intenso.

—Gemma... —Es la única advertencia que consigo darle.

Salgo de ella y me corro sobre su espalda y su culo en largas pulsaciones, dejando caer la frente contra su hombro mientras el aliento se me escapa a bocanadas. Todo mi cuerpo se estremece.

Ella se desploma contra el cabecero, jadeando. La sujeto por la cadera para que no se caiga.

—Vale —le dice a la pared—. Vale.

Aprieto la boca contra su nuca, contra el pelo húmedo que la cubre, y digo lo único que es verdad.

—Esto no ha sido más que el principio.