Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 23
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Capítulo 23

CAPÍTULO VEINTITRÉS

Luca

En la sala caben doscientas personas y cuento a nueve de los nuestros antes de que terminemos de cruzar las puertas.

Dos junto a la salida de la terraza. Uno en el pasillo de servicio.

Dante cerca de la barra, con la chaqueta lo bastante holgada para ocultar lo que lleva debajo.

Bruno no ha escatimado en nada. Esta es la celebración de boda más protegida de Chicago esta noche, y la mitad de los invitados cree que está en una celebración normal.

Esa es la idea. Mandas un número adecuado de invitaciones, reúnes a un número adecuado de desconocidos con buenos trajes y un contrato empieza a parecer un matrimonio.

La mano de Gemma descansa sobre mi brazo. Sus ojos se dirigen adonde se dirigieron primero los míos. Las salidas. Las ha localizado antes que las flores.

—Hay muchísimos —dice por debajo de la música.

—¿Familiares o invitados?

—Familiares.

—La mitad de esta gente no es familia. Son decoración. —La guío por el borde de la pista, lejos de la banda—. Te recordaré otra vez quiénes importan. Ya conociste a Bruno.

—A Bruno lo recuerdo. Bruno debe de ser la clase de hombre que mira a la gente hasta que confiesa cosas.

La miro. No está bromeando. Es la descripción más acertada de Bruno Sartori que he oído en años.

—No digas eso donde pueda oírte —le advierto—. Le encantaría, joder.

—Tomo nota.

Señalo con la barbilla la pared del fondo, donde un hombre vestido con un traje oscuro sostiene una copa de la que no bebe. —Pietro. El hermano de Bruno. Estuvo al mando durante un tiempo. Ya no.

—Pietro. Cicatriz en la ceja.

—Bien. La pelirroja que está a su lado es Nora. Su mujer. Irlandesa. Si acabas atrapada en alguna mesa, procura que sea en la suya: no permite que se prolonguen los silencios.

Los labios de Gemma se mueven. Está repitiéndose los nombres. Lo hizo durante tres días en el complejo con una lista que Antonella preparó para ella, y yo la vi doblar el papel cada vez más pequeño hasta que acabó instalado en su bolsillo.

—El que se ríe —dice—. Junto al champán.

—Lorenzo. Restaurantes. Te dará de comer hasta que no puedas levantarte y lo hará con la mejor intención. Su mujer es la que está a su lado: Sophia. Joven. Que no te engañe, es más dura que la mitad de los hombres de esta puta sala.

—Lorenzo, comida. Sophia, peligrosa. —Exhala—. Hay una mujer junto a las ventanas mirando el móvil.

—Vittoria. La hermana. Seguramente esté viendo ahora mismo las imágenes de las cámaras en vez de prestar atención a la fiesta. El grandullón que está detrás de ella es Dmitri. Ruso. Su marido. Si un hombre parece una puerta y no lo reconoces, es Dmitri.

—Es enorme.

—Es consciente de ello.

Casi sonríe. Lo archivo en mi memoria y sigo adelante antes de quedarme mirándola demasiado tiempo.

—A Kristen ya la conoces —digo—. Nico es su marido. Es el que se quedará de pie en un rincón mirándote como si fueras un problema de matemáticas. No es nada personal. Lo hace con todas las personas que ha conocido en su puñetera vida.

—Nico. Miradas, nada personal. —Los dedos de Gemma se cierran un poco más sobre mi manga—. Y me acuerdo de Dante. Del apartamento.

—A Antonella la conoces. A todos los demás de esta sala les sonríes y luego los olvidas.

—Deberían llevar etiquetas con sus nombres —dice—. Sería más eficiente.

La risa me sube hasta la mitad de la garganta antes de que la mate. Fabio se gasta dinero en bromas y no consigue arrancarme nada. Esta mujer sugiere poner etiquetas con los nombres en una boda de la mafia y tengo que mirar a la banda para distraerme durante un segundo.

Entonces se inclina hacia mí. Su hombro me roza el brazo y baja tanto la voz que tengo que agacharme para oírla.

—Luca. Estoy nerviosa.

Respira deprisa y noto la humedad de su mano a través de la manga.

Me vuelvo para bloquear con mi cuerpo la vista de la sala. Sea lo que sea que refleje mi rostro, solo ella puede verlo.

—Escúchame —digo—. En cuantote parezca que es demasiado la gente, el ruido, lo que sea, te apoyas en mí.

Esa será la señal. Cargas el peso en mi brazo y te saco de esta puta sala en menos de un minuto.

Hay un despacho al final del pasillo y una terraza más allá de la cocina, y sé cuál de los dos está vacío.

Nadie nos seguirá y nadie hará preguntas. ¿Lo entiendes?

Alza la mirada hacia mí. Sus ojos azules recorren mi rostro como hicieron en el pasillo del complejo, y la sala se apaga a nuestro alrededor. Ninguno de los dos se mueve.

—Gracias —dice, y sonríe.

Al otro lado de la sala, Dante deja su copa. Capta mi mirada e inclina la barbilla hacia las puertas principales, apenas un centímetro.

Los Orsini están aquí.

Gemma

La mano de Luca encuentra la parte baja de mi espalda y él inclina la cabeza hasta acercar la boca a mi oído.

—Ya están aquí. Tenemos que besarnos. Ahora mismo, antes de que crucen la sala.

Parpadeo una vez. Hace dos semanas limpiaba kétchup de las mesas de una cafetería y ahora un hombre me dice que tenemos que besarnos ante un público de criminales. Vale.

Me vuelvo hacia él y elimino la distancia antes de poder pensármelo demasiado.

Mi mano aterriza sobre su pecho, su boca se encuentra con la mía, y se supone que ha de ser algo sencillo, una foto, una prueba para quienquiera que esté mirando.

Salvo que sus dedos se abren sobre mi espalda y me acercan un centímetro más de lo necesario para la foto, y un sonido grave escapa de él.

Bajo, atrapado en el fondo de su garganta, y más que oírlo, lo siento contra mis labios.

Me aparto y estoy sonriendo. No decido hacerlo. La sonrisa está ahí, sin más, en mi cara.

—Si así es como finges un beso —digo—, ¿cómo es uno de verdad?

Luca se queda inmóvil. Después se inclina despacio, con la mejilla casi rozando la mía, y su voz aterriza cálida contra mi oído.

—Si te beso como me sale de los putos cojones, me suplicarás que te dé más delante de doscientas personas.

Parpadeo. Entonces me río, una explosión breve que no consigo contener, porque esa es la última frase que esperaba oír de sus labios y porque el calor me trepa por el cuello y me gusta, y que me guste me avergüenza más que la frase en sí.

El pulso me late con tanta fuerza que puedo sentirlo en los oídos. Dieciocho meses sin nada, y este hombre me susurra una sola cosa al oído y todo mi cuerpo despierta como si nunca hubiera estado dormido.

Abro la boca para responderle. No tengo ni idea de qué voy a decir, pero la abro de todos modos.

—Farro. Enhorabuena.

La voz llega desde mi izquierda. Luca se endereza antes incluso de que termine de volverme, y mantiene la mano apoyada y firme sobre mi espalda.

Un anciano está de pie ante nosotros. Delgado, vestido con un traje oscuro, con el pelo blanco peinado hacia atrás y la piel amarillenta en los bordes.

Está enfermo, pienso. Tiene el mismo aspecto que la madre de Mariela en las últimas fotos.

Sus ojos son oscuros y están clavados en mi cara. No se apartan de ella.

—Signora Farro —dice mientras extiende una mano hacia la mía.

Luca me advirtió de que esta noche la gente me tocaría. Dejo que el anciano me tome de los dedos, y él se inclina y posa los labios sobre mis nudillos, secos y ligeros. Me retiene un instante más de lo que debería hacerlo un desconocido.

—Cesare Orsini —dice al enderezarse—. Es un gran placer.

Los Orsini. Los que enviaron hombres al apartamento de Luca. Aquellos por los que existe todo este matrimonio. Mantengo una expresión agradable y la respiración regular.

—Gracias por venir —digo.

Un hombre más joven se encuentra al lado de Cesare. Treinta años, tal vez, con los ojos oscuros del anciano y sin rastro de su enfermedad, el pelo negro peinado hacia atrás y una copa de vino sujeta por el cáliz en lugar de por el tallo. Ya me está mirando cuando vuelvo los ojos hacia él.

—Ludovico —dice—. Su hijo. Todo el mundo me llama Vico. —No extiende la mano hacia mí, cosa que agradezco. Entonces ladea la cabeza—. ¿Nos hemos visto antes?

—No lo creo —respondo—. No.

Es verdad. Lo recordaría. Recuerdo a todos los hombres que me miran como él me está mirando ahora, durante demasiado tiempo y con demasiado detenimiento, de arriba abajo y de vuelta a mi cara, como si contrastara mi respuesta con una lista.

Los amigos de Dominik solían mirarme así cuando creían que él no se daba cuenta. Siento la piel tirante bajo el vestido.

—Qué extraño —dice Vico—. Tu cara me resulta familiar.

—Me lo dicen mucho —respondo. No es cierto. Nadie me ha dicho algo así en toda mi vida.

Cesare no ha dejado de observarme. No me mira como lo hace su hijo. Es distinto y no consigo identificar el motivo. No ser capaz de hacerlo me inquieta más que la forma en que Vico me clava los ojos. La mirada del anciano recorre despacio mi rostro, como si lo leyera.

La mano de Luca se desliza de mi espalda a mi cadera y se queda ahí.

—Disculpadnos —dice—. Tenemos una barbaridad de invitados a los que saludar. Disfrutad de la fiesta.

Lo dice con amabilidad, pero ya está haciéndome girar, guiándome con el brazo en una curva lenta para que parezca una pareja que se aleja sin rumbo en vez de un hombre que saca a su esposa de una conversación. Adapto mi paso al suyo y mantengo la sonrisa.

—Por supuesto —dice Cesare a nuestras espaldas—. Id. Es vuestra noche.

Nos hemos alejado cuatro pasos cuando miro atrás. No debería hacerlo, pero lo hago.

Vico sigue observándome por encima del borde de su copa. Y el anciano se ha vuelto hacia su hijo y le susurra una palabra al oído. Sea cual sea esa palabra, se refiere a mí.

Nos adentramos en la multitud, más allá de una mesa con flores blancas y de una mujer vestida de dorado que nos felicita sin interrumpir su propia conversación.

—¿Por qué me miraban así?

Luca sigue andando. Mantiene la mano en mi cadera, cálida a través de la tela, y noto cómo examina la sala por encima de mi cabeza antes de responder.

Luca permanece callado durante cuatro pasos. La banda empieza a tocar una canción lenta a nuestras espaldas y, en algún lugar a mi derecha, unas copas chocan entre sí y un hombre se ríe demasiado alto.

—A veces, los hombres de este mundo miran así a quienes no pertenecen a él —dice—. Eres una civil que se ha casado con uno de los nuestros. Para ellos eres una puta curiosidad. Quieren saber qué eres, si supones una amenaza, si vales algo. Es su forma de evaluar cualquier novedad.

—No me ha gustado.

—Lo sé. A mí tampoco me ha gustado una puta mierda.

—Vale —digo, y sigo caminando.

Pasamos junto a un camarero con una bandeja de champán. Luca coge dos copas sin aflojar el paso y coloca una en mi mano. Delante de nosotros hay un pequeño grupo junto a las ventanas, y reconozco a la mujer que forma parte de él antes de que Luca diga nada.

Vittoria. El cabello oscuro le cae por la espalda, lleva un vestido verde y está de pie junto a Dmitri.

—Dios —digo, más bajo de lo que pretendía—. Es guapísima.

Luca le lanza un vistazo y después vuelve a mirar la sala, porque nunca deja de vigilarla. —Le caerás bien por decir eso. No se lo digas a la cara o te tendrá hablando durante una hora.

Apenas lo oigo, porque Vittoria alza la mirada hacia su marido y él baja la suya hacia ella.

La mano de Dmitri descansa sobre la parte baja de su espalda igual que la de Luca descansa sobre la mía, salvo que la suya no está ahí para un público.

Ella dice algo que no alcanzo a oír y toda la expresión de él se transforma.

Vittoria se ríe de lo que sea que le responde y él la observa reír como si fuera la única mujer en el mundo.

Se me encoge el pecho. No son celos, exactamente.

Es más bien que estoy contemplando la prueba de algo en lo que dejé de creer.

Tardé años en aprender la diferencia entre un hombre que te observa y uno que vigila lo que posee.

Esto no es ninguna de las dos cosas. Este es un hombre que ha tenido suerte y lo sabe.

—Parecen felices —digo.

—Lo son. Da asco, ¿verdad? Ahora toda la puta familia es así. Ya te acostumbrarás —dice.

Vittoria nos ve. Sonríe y toca el brazo de Dmitri. Ambos empiezan a caminar hacia nosotros entre la multitud.

Vuelvo la cabeza y alzo la mirada hacia mi marido .

—Después de esto —digo—, voy a necesitar un cigarrillo y una copa bien cargada. En ese orden. O puede que las dos cosas a la vez.

Luca baja los ojos hacia mí. Se ríe. Una risa breve, áspera, auténtica. Lo bastante baja para que solo yo la oiga. Nunca había oído salir ese sonido de su garganta. El hecho de ser yo quien se lo ha arrancado me provoca algo cálido y estúpido que me niego a examinar ahora mismo.

—Sí —dice, todavía cerca de mi oído cuando Vittoria llega hasta nosotros—. Yo también.

Entonces se endereza y la máscara vuelve a cubrirlo. Vittoria abre los brazos hacia mí como si ya fuéramos amigas.