Capítulo 22
CAPÍTULO VEINTIDÓS
Luca
El sacerdote consulta el reloj por segunda vez y me sorprendo haciendo lo mismo, lo cual es aún peor.
La capilla es pequeña. Un pasillo, diez bancos, una puerta al fondo y otra detrás del altar que conduce a una sacristía con una sola ventana.
Dante está sentado en el segundo banco, con un brazo extendido sobre el respaldo.
Valentino permanece junto a la pared. Nico está al lado de la puerta con el móvil en la mano y Liam espera fuera con los coches.
Cuatro hombres, un sacerdote y yo. El resto de la familia ya está en el salón, esperando a unos novios que se conocen desde hace una semana.
—Tienes pinta de ir a juicio —dice Dante.
—El juicio ya fue. Esto es la sentencia.
Se ríe. Valentino no. Valentino lleva mirándome desde esta mañana como me miraba en el hospital de Roma, y yo no paro de ponerme de perfil para que deje de hacerlo.
La fiesta no fue idea mía. Le dije a Bruno que bastaba con una firma y un testigo.
Bruno dijo que no. Orsini pidió una celebración, algo público, con fotografías, comida y que pareciera de verdad.
Así que ahora mismo hay un salón en Lake Forest lleno de flores, y se supone que debo quedarme allí de pie, sujetando a mi esposa por la cintura como si ya lo hubiera hecho cien veces antes.
La he visto tres veces en tres días. Una, en un pasillo, con Nina en brazos,las dos en calcetines.
Otra, durante el desayuno, al otro lado de una mesa con otras seis personas, cuando cortó la tostada de Nina en cuadraditos y no me miró hasta que terminó de hacerlo, para después apartar la vista.
Y otra anoche, durante cuatro minutos, cuando llamé a su puerta y le expliqué el horario de hoy.
Dijo que de acuerdo. Lo dijo dos veces. Después me dio las gracias, cosa que le dije que dejara de hacer, y se disculpó por ello, lo cual es aún peor.
El resto de los tres días los pasé en el despacho de Bruno.
Cesare Orsini se está muriendo. Su médico le da diez meses, quizá menos si el invierno es duro con él.
Bruno me lo contó la primera mañana, sentado detrás de su escritorio, y entendí la forma que adoptaba el trato antes de que terminara la frase.
Un moribundo no quiere una guerra. Un moribundo quiere ver a la hija que nadie sabe que tiene, pero quiere verla sin que ella descubra lo que es para él.
Así que las condiciones son sencillas. Orsini asistirá como socio. Un amigo de negocios de la familia, un anciano de Milwaukee, nada más. Podrá estar en la misma habitación que ella. Podrá oír su voz.
No se acercará a ella a solas, no le contará nada ni volverá a enviar hombres a irrumpir por ninguna puerta. A cambio, los Sartori tendrán los muelles de Milwaukee abiertos en vez de cerrados, y yo tendré una esposa que cree que se casa conmigo para saldar una deuda que dejó su difunto marido.
—Y vosotros dos interpretaréis el papel de pareja —dijo Bruno el segundo día—. De forma convincente. Él estará observando. Su gente estará observando. Si parece un contrato, el trato no valdrá más que el papel en el que está escrito.
Le dije que bien. No le dije que el problema no era conseguir que pareciera real.
El problema era la azotea tres noches atrás, su boca contra la mía, sus piernas rodeándome, y que he pasado tres días manteniendo un pasillo de distancia entre nosotros porque no me fío de mis propias manos cuando estoy cerca de ella. Bruno no necesita saber esa parte.
El sacerdote carraspea. Nico levanta la vista del móvil y hace un único gesto con la cabeza hacia la puerta.
—Allá vamos —dice Dante mientras se levanta.
Me vuelvo hacia el pasillo.
Las puertas se abren.
Kristen entra primero, sujetando la puerta, y entonces Gemma aparece bajo la luz.
El vestido es sencillo. Blanco, liso, sin encaje ni cola. Se ajusta a ella como si lo hubieran confeccionado para su cuerpo y para ningún otro, ceñido a la cintura, moviéndose con ella. Su cabello luce ahora ese dorado pálido, suelto sobre los hombros, y lleva un pequeño ramo de flores blancas.
Me encuentra al final del pasillo.
Empieza a caminar.
No me tiemblan las manos. El pulso no está tan sereno, y permanezco muy quieto para que nadie advierta la diferencia.
Está a tres pasos de distancia cuando alza la mirada hacia mí, con sus ojos azules grisáceos firmes en los míos, y dice, en voz lo bastante baja para que solo yo pueda oírla:
—De acuerdo.
El sacerdote abre su libro.
Gemma
El anillo me queda grande. No mucho, pero sí lo suficiente para que gire cuando lo empujo con el pulgar, y llevo haciéndolo girar desde que salimos de la capilla.
—Los Orsini estarán en el salón —dice Luca desde el asiento delantero del coche. No se vuelve—. Van a comprobar con sus propios putos ojos que nos hemos casado. Así que hoy tú y yo estamos enamorados.
—De acuerdo —digo.
Ahora sí se vuelve. Pasa el brazo por encima del respaldo y me busca con sus ojos verde pálido, firmes, comprobando si ese «de acuerdo» es de verdad o uno de los otros.
—Gemma. Observarán cómo me miras. Cómo te toco. Si te sobresaltas.
—Te he oído. —Dejo de hacer girar el anillo—. ¿De cuánto contacto estamos hablando? ¿De cogernos de la mano o de algo más? Porque debería saberlo antes de que ocurra. No llevo bien que unas manos se abalancen sobre mí sin previo aviso.
El hombre que conduce, Liam, me mira por el retrovisor.
—Una mano en la espalda —dice Luca—. En la cintura. Quizá un beso.
Un beso. Claro.
Vuelve a mirar al frente y yo pienso en la azotea porque, por lo visto, eso es lo que hago ahora. He tenido dos días de pruebas de vestuario y papeleo para dejar de pensar en ello, y no he dejado de hacerlo ni una sola vez.
Le dije que no debíamos hacer eso. Lo decía en serio.
Sigue siendo verdad. Trabaja para gente que entierra a hombres, lo conozco desde hace apenas unos días y mi historial con los hombres se resume en una deuda que lleva mi nombre.
Besarlo fue un error, y la gente tiene derecho a cometer errores; es algo humano y normal: cometes uno, sigues adelante y no vuelves a hacerlo.
Solo que ahora vivo con el mío. El error lleva un anillo.
—Esta noche, después de la celebración —dice Luca—, iremos al piso nuevo.
No al edificio de Loomis. A un lugar donde tu nombre figura en el contrato de alquiler junto al mío.
Mañana empezarás a vivir a la vista de todos.
Paseos con Nina. El parque de Damen. Hacer la compra.
Yo estaré contigo. La gente de Orsini necesita ver una familia, así que les daremos una familia.
—Un horario para fingir que somos normales —digo.
—El salón tiene dos salidas desde la sala principal —dice Liam—. Una al este y otra por la cocina. El señor Farro estará a un brazo de distancia de usted durante toda la velada. Y yo también.
—Gracias —digo.
Esto es lo que ocurre esta noche. Una sala llena de desconocidos, servicio de catering, un fotógrafo.
Y se supone que debo sonreír ante todo como una mujer que se enamoró deprisa y se casó aún más deprisa.
Nunca se me ha dado bien estar en salas llenas de desconocidos.
En mi boda de verdad vomité en el baño de la iglesia veinte minutos antes.
Mi madre me sostuvo el pelo y me dijo que solo eran los nervios de la emoción, y dejé que lo creyera porque así era más fácil para las dos.
La llamé hace dos días. Se pasó diez minutos hablando de la valla nueva del vecino, de la rodilla de papá y del guiso que había congelado para lo de la iglesia, y preguntó cómo estaba Nina.
Le dije que bien, creciendo, y ella me pidió que le diera un achuchón de parte de la abuela.
No preguntó por qué el número era nuevo.
Mi madre nunca presiona, jamás lo ha hecho, y durante toda mi vida lo he archivado bajo la etiqueta de bondad.
Deja que sea yo quien acuda a ella; eso es lo que diría.
No se dio cuenta en absoluto de que me pasaba algo. Antes le agradecía que fuera así.
Ya no estoy segura de agradecérselo.
El coche reduce la velocidad. A través de la ventanilla veo un edificio blanco y alargado, setos podados en forma de cuadrados, un puesto de aparcacoches y varios hombres cerca de la puerta que permanecen de pie como Luca, con el peso bien repartido y las manos relajadas.
Luca baja y abre él mismo mi puerta antes de que Liam pueda moverse. Me tiende la mano con la palma hacia arriba y espera. Miro los tatuajes que le cruzan los nudillos y el anillo de su mano izquierda, idéntico al mío.
—Te aviso —dice—. Estoy a punto de tocarte.
Pongo mi mano en la suya. El pulso se me acelera, pero no es por miedo, y ese es el problema que llevo conmigo al entrar en este edificio, además de las flores.
—Ya están observándonos —dice en voz baja, cerca de mi oído—. Sonríeme, esposa.
Lo hago. Y me resulta más fácil de lo que debería.