Capítulo 17
CAPÍTULO DIECISIETE
Luca
—Siéntate —dice Bruno.
Ocupo la silla que hay frente a él.
Bruno no habla. Deja que el silencio haga su trabajo, como siempre. Lo he visto permanecer sentado frente a otros hombres durante diez minutos sin decir palabra, observando cómo el sudor les empapaba la camisa.
Valentino es el primero en romper el silencio.
—Los hombres de tu apartamento no eran de los Beka.
Asimilo la información. Los albaneses no los enviaron. Eso significa que alguien más sabe lo de Gemma. Que alguien más la siguió hasta mi edificio.
—Joder —digo.
—La cosa empeora —dice Bruno. Su voz es inexpresiva, el tono que utiliza cuando ya ha decidido cómo va a terminar algo—. Esta mañana he hablado con Kalinowski. La organización Beka no está buscando a la mujer.
—Llevan dieciocho putos meses persiguiéndola.
—Perseguían la deuda de su marido. —Bruno no aparta los ojos de mi cara—. El marido que no está muerto.
Las palabras no encajan. Es como oír un idioma que debería entender, pero que soy incapaz de descifrar.
—¿Qué?
Valentino se vuelve desde la ventana.
—Dominik Voss fingió su muerte. Debía dinero a demasiada gente. A los Beka, a los serbios y a unos cuantos independientes de Detroit. Preparó una estafa a largo plazo y desapareció.
Pienso en Gemma en el dormitorio hace tres noches, contándome lo de las llamadas y los hombres que se presentaron en su casa. Lo del marido al que identificó en un depósito de cadáveres. El marido al que enterró.
—Identificó el puto cadáver.
—Voss pagó a alguien para que las fichas dentales coincidieran. No es complicado si tienes los contactos que hay que tener —dice Valentino.
La habitación parece más pequeña. Más calurosa. Pienso en Gemma en el suelo, con su hija pegada a la pared y el cuerpo encorvado alrededor de la niña como si pudiera detener las balas con la columna vertebral.
—¿Por qué cojones iba a mandar gente a por su propia mujer?
Valentino suspira. Se aleja de la ventana y se acerca a la silla situada junto al escritorio de Bruno. Se sienta con los movimientos cautelosos de un hombre que lleva demasiado tiempo despierto.
—Liam lo encontró. A Dominik. Lleva todo este tiempo viviendo en el puto Milwaukee, a cuarenta minutos de la mujer a la que dejó cargando con sus deudas.
—¿Y?
—Y quería dinero por la información que nos dio. —Valentino tensa la mandíbula—. Cincuenta mil. Liam se los pagó.
—¿Qué información de un muerto vale cincuenta mil?
Bruno y Valentino intercambian una mirada. Esa clase de mirada que me dice que lo que venga a continuación va a cambiar algo que ya no podré deshacer.
—Gemma Holt —dice Bruno— es la hija biológica de Cesare Orsini.
El nombre me golpea el pecho como un puñetazo.
Cesare Orsini dirige Milwaukee. Lleva treinta años haciéndolo. La familia Orsini lo controla todo, desde los puertos hasta los políticos, y Cesare levantó ese imperio sobre cadáveres y silencio. Nunca lo he conocido. Lo que he oído sobre él es más que suficiente.
—¿De qué cojones estás hablando?
—Es adoptada —dice Valentino—. La familia de Wisconsin la adoptó cuando era un bebé. No saben de dónde vino. Ella tampoco.
Me levanto. La silla raspa el suelo a mi espalda.
—¿Me estás diciendo que es hija de Orsini y que no tiene ni puta idea?
—Su madre era joven, soltera, y se suicidó tres meses después de que naciera Gemma. —La voz de Valentino no vacila—. Antes de morir, dejó a Gemma en un orfanato a las afueras de Madison. Un centro católico privado. Por aquel entonces, las monjas gestionaban las adopciones con discreción.
—¿Qué pinta Voss en todo esto?
—Su madre trabajaba en ese orfanato. —Bruno se recuesta en la silla de ruedas y junta las yemas de los dedos—.
Estaba allí cuando la mujer llevó al bebé.
Conocía toda la historia: quién era el padre, por qué Maria no podía quedarse con ella.
Se lo contó a Dominik años después; probablemente pensó que no tenía importancia. Pero Dominik lo recordó.
Voy de un lado a otro hasta la ventana. Ahora mismo no puedo seguir sentado.
—Se casó con ella para llegar hasta Orsini.
—Se casó con ella para formar parte de la familia Orsini —corrige Valentino—. Para presentarse como el marido de la heredera que Cesare no sabía que tenía. Creía que así obtendría protección. Un asiento a la mesa.
—¿Y?
—Y Cesare le pegó un tiro en la pierna y le dijo que se largara de Milwaukee antes de que terminara el trabajo.
Me vuelvo.
—¿Cesare sabe lo de ella?
—Cesare sabe de su existencia desde el día en que Dominik entró en su despacho. —La voz de Bruno es fría—. Lleva dos años vigilándola. Manteniendo las distancias.
Las piezas encajan en mi cabeza, cada una peor que la anterior.
—¿Los hombres de mi apartamento eran suyos?
—Eran de Orsini —confirma Valentino—. La tenía vigilada. Suponemos que, cuando desapareció de su apartamento y dejó de ir a trabajar, envió gente a buscarla. La siguieron hasta tu edificio mediante las mismas cámaras que habrían utilizado los Beka.
—No intentaban llevársela. Intentaban sacarla de allí, joder.
—Intentaban llevarla a casa. —La boca de Bruno se tuerce—. A casa de Cesare. Quisiera ella o no.
Pienso en los hombres del pasillo. En la sangre del suelo. En la bala de Dante rozándole el brazo.
—Matamos a los hombres de Orsini.
—Sí.
—Matamos a los soldados del hombre que dirige Milwaukee y tenemos a su hija en nuestro puto recinto.
—Sí.
El silencio se prolonga. Oigo los latidos de mi corazón, fuertes y regulares, resonando en mis oídos. La herida del muslo me duele como si supiera que se avecina algo malo.
—¿Qué quiere Orsini?
Bruno mira a Valentino. Valentino me mira a mí.
—Quiere a su hija —dice Bruno al fin—. Y quiere la cabeza de quien se la haya arrebatado.
—Nadie se la ha llevado, joder. Vino conmigo porque alguien intentaba matarla.
—Cesare no lo ve así. —Los dedos de Bruno tamborilean sobre el reposabrazos de su silla de ruedas—. En su cabeza, tú secuestraste a su hija. La retienes contra su voluntad. Y ahora sus hombres están muertos por tu culpa.
—Ni siquiera sabe quién es.
—Esa es la única razón por la que sigues vivo.
—Los ojos de Bruno son inexpresivos, indescifrables—.
Cesare no quiere que se entere de este modo.
Lleva dos años planeando cómo acercarse a ella.
Tiene toda una historia preparada: que acaba de descubrir su existencia, que la buscó, que quiere recibirla en su familia.
No puede hacerlo si ella descubre que la ha estado vigilando como un puto acosador.
—Entonces, ¿qué? ¿Se la entregamos? ¿Dejamos que le cuente su sarta de mentiras?
—Vamos a actuar con inteligencia —dice Bruno.
La puerta se abre detrás de mí. Dante entra primero y Liam lo sigue, cerrando la puerta con un suave clic.
Bruno espera a que ambos se acomoden antes de continuar.
—Tengo una idea.
No me gusta cómo lo dice.
—Luca se casará con ella.
Las palabras no tienen sentido. Las oigo, pero resbalan por mi cerebro como el agua.
—¿Qué?
—Me has oído. —La voz de Bruno es serena. Paciente. La voz de un hombre que no necesita repetirse—. Te casarás con Gemma Holt. Solucionará varios problemas a la vez.
—No pienso hacerlo.
Bruno me mira. Su expresión no cambia. No discute, no amenaza, no da explicaciones. Se limita a mirar.
Entonces se vuelve hacia Liam.
—En ese caso, Liam se casará con ella.
Liam asiente. Un movimiento seco de cabeza. Sin vacilar. Sin preguntas.
—Y una mierda —digo.
Valentino se ríe. Es un sonido áspero, inesperado.
—¿Te la estás follando?
Me vuelvo hacia él tan deprisa que la pierna herida grita de dolor.
—Cuida esa puta boca.
Valentino se ríe con más fuerza. Una risa que le nace en lo más profundo del pecho, una risa que dice que ha comprendido algo y le parece desternillante. Niega con la cabeza, aún riéndose, y se apoya contra el marco de la ventana.
—No te la estás follando —dice—. Pero quieres hacerlo. Eso es peor.
No contesto. Tengo los puños apretados a ambos lados del cuerpo.
Bruno observa el intercambio con la misma expresión impasible que lleva desde que entré. Cuando la habitación vuelve a quedar en silencio, habla.
Los dedos de Bruno tamborilean sobre su escritorio.
—Quiero empezar a hacer negocios con Orsini.
—Nunca has querido hacer negocios con Orsini —dice Valentino.
—Antes no tenía ninguna baza. —Los ojos de Bruno vuelven a posarse en mí—. Ahora sí.
Las piezas están encajando en mi cabeza, pero no me gusta la imagen que forman.
—¿Por qué cojones la quiere ahora? Dominik le habló de ella hace dos años. Le pegó un tiro al muy cabrón y lo mandó a paseo. Si quería a su hija, ¿por qué no se la llevó entonces?
Bruno guarda silencio durante un largo instante. Sus dedos dejan de tamborilear.
—No lo sé.
La confesión me sorprende. Bruno siempre sabe qué decir. Bruno tiene respuestas para todo, planes dentro de otros planes y contingencias preparadas por triplicado. Bruno no dice no lo sé a menos que sea verdad.
—Cesare Orsini ha vigilado a esa mujer durante dos años sin ponerse en contacto con ella.
—La voz de Bruno suena pensativa ahora, como si estuviera resolviendo un rompecabezas en voz alta—.
Sabía dónde vivía. Dónde trabajaba. Sabía lo de la niña.
Podría haberse acercado a ella cuando quisiera. En lugar de hacerlo, esperó.
—¿A qué?
—Esa es la pregunta. —Bruno mira a Valentino—. ¿A qué espera un hombre como Cesare?
Valentino se separa de la ventana.
—Al momento adecuado. Las circunstancias adecuadas. Algo que haga que el acercamiento parezca natural en vez de calculado.
—Y ahora se lo hemos jodido —dice Dante desde la pared. Su voz suena ronca, cansada—. Matamos a sus hombres. Tenemos a su hija en nuestra casa. Sea cual sea la historia que pensaba contarle, ya no sirve.
—Eso significa que tiene que adaptarse. —La boca de Bruno se curva en algo que no llega a ser una sonrisa—. Y cuando un hombre como Cesare se adapta, comete errores.