Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 13
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Capítulo 13

CAPÍTULO TRECE

Luca

Gemma está sentada con las rodillas recogidas, el cojín todavía entre nosotros y los pies, cubiertos por los calcetines, metidos bajo el borde de mi abrigo, donde lo dejé caer sobre el sofá.

Se le está deshaciendo la coleta. No se la ha arreglado.

Eso, más que cualquier otra cosa de esta noche, me dice que se ha empezado a sentir cómoda.

—Estoy segura de que no todos los italianos están en la mafia —dice—. Estadísticamente hablando. Tiene que haber al menos un contable.

Se me levanta una comisura antes de que pueda evitarlo. Debe de resultar extraño en mi cara. Hace mucho que no lo hago.

—Es verdad —digo—. Algunos son contables. Otros dan clase. La mayoría no ve un arma en su vida.

—¿Ves? No soy una simple turista.

—¿Cuánto tiempo estuviste allí?

—Dos semanas.

—Dos semanas. Turista, sin duda.

Sonríe mirando su vaso. Es una sonrisa pequeña, teñida de cansancio. La miro durante demasiado tiempo porque, por lo visto, mis ojos no quieren apartarse de ella.

Yo no hablo. No así. No de nada de esto. La mayoría de los días apenas uso la voz y me va bien. Pero Gemma está ahí sentada, esperando, y siento en el pecho una atracción que no reconozco. Quiere que le cuente más. Yo quiero darle más.

Así que lo hago.

—Te he hablado de Calabria y Nápoles —digo—. Allí es donde pasé mi infancia. No donde trabajo.

—Vale.

—La familia para la que trabajo son los Sartori, como ya sabes. Dirigen sus asuntos desde dos sitios. Chicago. Y el sur de Italia, ahora sobre todo Sicilia. Vivo en Sicilia. Desde hace años.

—Vives allí. —Lo dice sin inflexión, como si quisiera comprobar que ha oído bien.

—En una casa a las afueras de Palermo. No es nada especial. Paredes blancas. Cañerías de mierda. En el patio hay un limonero, pero la anciana de al lado se lleva los limones antes de que pueda cogerlos yo. —Me detengo. No pretendía hablarle del limonero—. Estoy allí casi todo el año.

—¿Y la parte de Chicago?

—Vengo por trabajo. Una semana. Dos semanas. Luego vuelvo. Lleva años siendo así.

—Entonces, ¿por qué estás aquí ahora —dice—, si vives allí?

Ahí está. Debería contarle la versión corta. Abro la boca para contarle la versión corta.

—Hace dos meses me dispararon —digo—. Dos veces. En el hombro. En el muslo. —Me doy un golpecito en el muslo sin pensar y retiro la mano—. El hombro está de puta madre. El muslo todavía no quiere portarse bien.

Sus ojos bajan hacia mi pierna y vuelven a mi cara. No dice ninguna estupidez. No dice que lo siente. Se lo agradezco más de lo que imagina.

—¿Quién te disparó? —pregunta.

—Da igual. Ya no están aquí para volver a hacerlo.

—Ya. —Da un sorbo de agua. La mano no le tiembla del todo, pero todavía se balancea un poco—. Vale.

—Valentino es el Sartori de Sicilia. Es mi jefe. Me dijo que parara. Me ordenó que viniera a Chicago, me quedara sentado en el apartamento, fuera al médico y no hiciera nada. —Niego con la cabeza—. Así que aquí estoy. Tomándome unas semanas libres. Supuestamente.

—Supuestamente.

—Se me da mal.

Eso sí le arranca una risa de verdad. El sonido me atraviesa de una forma que no quiero nombrar.

—Se te da mal descansar —dice.

—Sí, se me da mal descansar.

—Qué sorpresa.

—Mmm.

Deja el vaso en el suelo, junto a su pie.

—Dos meses. ¿Fue grave?

—Pensaron que no iba a sobrevivir. Cuando me alcanzaron, hasta yo pensé que no saldría de esa. Pero salí. —Hago rodar el hombro sin querer. La herida de salida tira—. Eso es todo.

Su mano se mueve sobre el sofá. Hacia el cojín que hay entre nosotros. Se detiene a medio camino, con los dedos extendidos sobre la tela, como si a mitad del gesto hubiera recordado quién soy.

Miro su mano. No muevo la mía.

—Me alegro de que no lo hicieras —dice.

—¿Que no hiciera qué?

—Morirte.

Bebo.

Me observa mientras no respondo. No insiste. Su mano sigue sobre el cojín entre nosotros, con los dedos extendidos, sin ir a ninguna parte.

Dejo el vaso en el suelo, junto a mi bota.

—¿Puedo preguntarte otra cosa? —dice.

Ya sé que no voy a contestar. Va a preguntarme por lo único que no pienso abrir. Debería decirle que lo deje.

—Pregunta —digo.

Inspira. Suelta el aire despacio.

—Lo que dijiste el otro día. Sobre el niño. Sobre un padre que observa. —Habla en voz baja, con cuidado, como se le habla a un perro al que no se conoce—. ¿Qué querías decir?

Oigo mi propio pulso en el oído malo.

Vuelvo a coger el vaso. Bebo.

—No voy a contestar a esa puta pregunta —digo.

Se queda paralizada medio segundo y después se le enrojece toda la cara, desde la garganta hasta el nacimiento del pelo, un rubor que asciende despacio y se puede ver avanzar. Retira la mano del cojín como si la tela la hubiera quemado.

—Claro —dice—. Lo siento. No debería haber... Lo siento, ha sido... Solo quería...

—Gemma.

—No pretendía...

—Gemma.

Se detiene. Se muerde el interior del labio inferior. El color de sus mejillas se intensifica, formando manchas a lo largo de la mandíbula, donde su piel ya es pálida de por sí. Parece que quiera meterse debajo de la mesa de centro y morirse allí educadamente para no hacer ruido.

—No pasa nada —digo.

—Sí pasa. No debería haber preguntado. Tú has...

—Deja de disculparte.

Cierra la boca. Tira con más fuerza de la manga.

Me inclino hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, y veo cómo se le escapa un mechón de la coleta y le cae sobre la mejilla.

—No has hecho nada malo —digo—. Es solo que no voy a responder a esa pregunta. Eso es todo.

—Vale.

Dos pisos más abajo, una puerta se cierra con demasiada fuerza. Cuento los segundos que tarda el edificio en asentarse, como se cuenta el tiempo entre el relámpago y el trueno. Vieja costumbre. Mala costumbre.

Sigue roja. Sigue sin mirarme del todo.

—Tu turno —digo.

Levanta la mirada.

—¿Mi turno de qué?

—Hasta ahora he sido yo quien no ha parado de hablar. He respondido más preguntas en una noche que en todo un año. Tu turno.

—Esto no funciona así.

—Esta noche sí.

Suelta un suspiro que casi es una risa. El color de su cara empieza a bajar de nuevo por su cuello.

—¿Qué quieres saber? —dice.

Me lo pienso. Podría preguntarle por Dominik. Por la quemadura de la muñeca, que mantiene cubierta con la manga sin darse cuenta de que lo hace. Por si su familia de Wisconsin tiene idea de lo que lleva años cargando sobre los hombros.

No le pregunto nada de eso. No voy a hacerla sangrar para igualar el marcador.

—Cuéntame algo bueno —digo.

—¿Algo bueno?

—De antes de toda esta mierda. Algo que no te duela contar.

Hace girar el vaso vacío sobre la rodilla. El pulgar encuentra el borde y lo recorre una vez, dos. El mechón sobre su mejilla se mueve cuando inclina la cabeza.

—Esa pregunta es sorprendentemente difícil —dice.

—Tómate tu tiempo.

Gemma

Cambio de postura en el sofá para recoger los pies debajo del cuerpo.

—Algo bueno —digo—. Vale. Bien.

Espera mirándome.

—Mi familia era normal y corriente —digo—. Eso es lo bueno. Ya sé que no es una historia.

—Cuéntamelo de todos modos.

Miro las manos que tengo sobre el regazo. Encojo los dedos e inspiro.

—Mis padres siguieron casados. Todavía lo están.

Mi madre es maestra de tercero de primaria y mi padre hace algo relacionado con los seguros que me han explicado diez veces y que aún sería incapaz de repetirte.

Teníamos un perro llamado Oscar. Un golden retriever.

Murió cuando yo tenía dieciséis años y me pasé una semana llorando.

Mi padre también lloró, solo que lo hizo en el garaje, donde creía que yo no podía verlo.

Luca guarda silencio. No aparta los ojos de mí.

—Nos íbamos de vacaciones. A ningún sitio elegante, salvo aquella vez que fuimos a Italia.

A los Dells, una vez a Disney, y todos los veranos a una cabaña en el norte con la hermana de mi madre y sus hijos.

Recibía regalos en Navidad y por mi cumpleaños, y nunca tenía que preguntar si podíamos permitírnoslos.

Parece que no sea nada. Lo sé. Pero no supe que era algo hasta que fui mayor.

—No es poca cosa —dice.

—Tenía un hermano. Tengo. Perdona, sigue vivo, solo que...

—Me apoyo la palma contra la frente y suelto una risita avergonzada—.

Aidan. Es dos años mayor que yo. Era de esos hermanos que dejaban que su hermana pequeña anduviera por ahí.

Por ejemplo, venían sus amigos a casa, se ponían a jugar a videojuegos y yo me sentaba en el brazo del sofá, y él no me decía que me fuera.

Eso significaba mucho para mí. Creo que incluso entonces sabía cuánto significaba.

Luca inclina la cabeza mientras escucha.

—No tenía muchos amigos —digo—. Era tímida.

Un año, la profesora lo escribió en mis notas como si fuera un problema que hubiera que resolver.

Mis padres lo intentaron. Pijamadas, campamentos de verano, clases de baile.

Nada funcionó. Creo que se sentían mal por ello.

Era lo único que no sabían muy bien cómo arreglar.

Pero no pasaba nada. Tenía a Aidan. Y sus amigos eran amables conmigo; sus novias lo eran aún más, la verdad: me peinaban y me dejaban probarme su brillo de labios, fingiendo que yo también era su hermana pequeña.

Me doy cuenta de que estoy sonriendo. Me duele un poco la mejilla, como si al músculo le faltara práctica.

—Tuvo una novia, Megan... Otra Megan, no tu Megan. Tenía unas tenacillas de color rosa chillón y me enseñó a usarlas sin quemarme la oreja. Yo pensaba que era la persona más guay que había existido jamás. Rompieron al cabo de seis meses y yo me llevé un disgusto mayor que el que se llevó él.

La comisura de sus labios se mueve una vez. Es todo lo que consigo.

—Perdona —digo—. Estoy hablando demasiado. Me pasa cuando me pongo nerviosa.

Luca cambia un poco de postura, con la pierna buena extendida y la mala flexionada. Guarda silencio un instante demasiado largo.

—Si así eres cuando estás nerviosa —dice—, a mí me parece bien que lo estés.

Lo miro.

Se aclara la garganta como si las palabras se le hubieran atascado al salir y quisiera recuperarlas.

—Duerme un poco. Mañana tenemos cosas que hacer.

—Claro —digo—. Vale.

Estiro las piernas.

Me levanto. Él no.

—Buenas noches —digo.

—Buenas noches.

Cierro la puerta del dormitorio detrás de mí, sujetándola con ambas manos para que no haga ruido. Nina es un pequeño bulto en el centro de la cama, respirando despacio, con un pie fuera de la manta. Vuelvo a tapárselo. Tiene la piel caliente. Me siento en el borde de la cama.

Si así eres cuando estás nerviosa, a mí me parece bien que lo estés.

Vuelvo a repetirlo despacio en mi cabeza para asegurarme de que lo he oído bien. Así ha sido. Lo ha dicho. Lo ha dicho como si no quisiera, como si se le hubiera escapado, y después lo ha tapado con lo de dormir, pero primero lo ha dicho.

No es algo bonito. En realidad, no me ha dicho nada amable.

No me ha dicho que soy divertida o lista ni que le gusta escucharme hablar.

Ha dicho que le parece bien que esté nerviosa.

Si se mira de lado, es casi un insulto. Básicamente, está diciendo que parloteo y que no le molesta.

Es como si te dijeran que ese corte de pelo espantoso te sienta bien.

Pero aun así.

Junto las palmas entre las rodillas y aprieto, solo para tener algún sitio donde poner lo que siento. Tengo la cara caliente. Puedo notarlo.

La última persona que me dijo algo parecido a un cumplido fue Mariela, hace tres semanas, cuando me dijo que Nina tenía buenos modales y que yo debía de estar haciendo algo bien.

Antes de eso, fue un cliente de la cafetería que me dejó ocho dólares de propina en una cuenta de doce y me dijo que me los quedara, cariño, que parecía agotada. Antes de eso, no me acuerdo.

Dominik solía decirme que estaba guapa cuando íbamos a salir y quería que me pusiera el vestido que había elegido él. Eso no cuenta. Hace mucho que aprendí qué cumplidos son para mí y cuáles son para el hombre que los dice.

Este no era para él. Creo que ni siquiera quería decirlo. Por eso me llega tan hondo.

Me tumbo junto a Nina, encima de las mantas, con cuidado de no hacer crujir los muelles. Huele al champú que trajo Megan, el de manzana verde. Le pongo una mano en la espalda para sentirla respirar. Inspira, espira. Inspira, espira. Es lo único que ha conseguido calmarme el corazón por completo.

Me vuelvo de lado, de cara a la pared, de cara a él a través de la pared, y cierro los ojos.

A mí me parece bien que estés nerviosa.

Hundo la boca en la almohada para no hacer el menor ruido. Y por fin me permito llorar. Por la vida que llevo. Por haber sido tan estúpida cuando necesitaba ser lista. Porque Dominik no habría sido un problema si lo hubiera dejado después de que naciera Nina.

Lloro porque tengo veintiocho años y no he vivido como quería. Nunca he sentido que tuviera el control de mi propia vida.

Y eso duele.