Capítulo 6
CAPÍTULO SEIS
Luca
Gemma está al otro lado de la encimera, con la mano cálida entre la mía. La retira y se la lleva al estómago, como si ahora no supiera qué hacer con ella.
—¿Habría alguna posibilidad...? —empieza, pero se detiene. Vuelve a intentarlo—. ¿Tienes zapatillas? Cualquier cosa. Es que tengo los pies... —Baja la mirada hacia ellos y después vuelve a mirarme—. He pisado algo en el aparcamiento. No sé qué era. Me gustaría lavármelos, si puedo usar tu baño.
Tiene los pies descalzos y sucios, las plantas negras por el asfalto y por alguna otra porquería que haya pisado hasta llegar aquí. Lleva todo este tiempo apoyada sobre ellos sin decir nada.
—No tengo zapatillas —digo—. Te traeré unos calcetines. ¿Te sirven?
Asiente una vez, con rapidez. Como si ya hubiera calculado cuánto le ha costado pedirlo y hubiera decidido que merecía la pena.
—El baño está por ahí. —Señalo la puerta que hay al otro lado de la cocina—. Las toallas están debajo del lavabo.
—Gracias.
No se mueve. Espera a que vaya yo primero.
Me vuelvo hacia el dormitorio. La puerta sigue abierta desde que acostó a la niña, y desde aquí alcanzo a ver el borde de la cama y la silueta bajo la manta.
Me detengo en el umbral.
La niña está acurrucada de lado, con una mano bajo la barbilla y la otra extendida hacia la almohada vacía que hay a su lado. Esperando a su madre incluso en sueños.
Gemma me observa desde el pasillo. Se ha acercado y se ha colocado en un lugar desde el que puede ver el interior de la habitación, a su hija y a mí. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y apoya el peso en la punta de los pies, preparada para moverse si es necesario.
No se fía de mí.
Bien.
Le tiendo los calcetines. Los coge sin rozarme los dedos, igual que me entregó las llaves en el coche.
—Gracias —repite.
Paso junto a ella y entro en la estancia principal.
Vacila. Noto que está detrás de mí, decidiéndose. Al cabo de un momento, sus pasos se dirigen hacia el baño y la puerta se cierra con un clic.
Me quedo de pie en la cocina, escuchando correr el agua.
Todavía llevo la pistola del motel metida en la cinturilla, clavándoseme en la espalda. La saco y la dejo sobre la encimera, pero después me lo pienso mejor y la coloco encima del frigorífico, donde la niña no pueda alcanzarla.
Gemma
El baño es pequeño y está limpio.
Gracias a Dios.
Abro el grifo y espero a que el agua se caliente.
No lo hace. Me lavo los pies de todos modos, sosteniéndome sobre una pierna como un flamenco mientras me froto para quitarme de la piel la arenilla y cualquier otra cosa que haya podido pisar.
El frío hace que me duelan los dedos. Cambio de pie, me agarro al borde del lavabo y no pienso en nada salvo en estar limpia.
Después, la cara. Ahueco las manos para recoger agua y me la llevo a las mejillas, a la frente y a la nuca. Me seco la cara con la toalla y pienso que aquí no me encontrarán.
La idea se me asienta en las entrañas. El hombre del motel —quienquiera que lo enviara— me localizó a través del teléfono. He dejado allí ese teléfono.
Sin teléfono. Sin dirección. Sin rastro.
Por primera vez desde que vi aquel sedán detrás del restaurante, los hombros se me relajan un poco.
Pero el alivio no dura. No es posible. Porque mañana seguiré sin dinero, sin trabajo y sin ningún sitio adonde ir.
Tengo que llegar a Wisconsin.
A casa de mis padres, con su jardín trasero. Esa casa tiene una habitación de invitados en la que aún está mi antigua cama.
Mamá lleva meses pidiéndome que vaya a visitarlos y yo no he parado de poner excusas.
Mentiras sobre mentiras porque no podía dejar que vieran lo que Dominik dejó tras de sí.
No podía permitir que supieran que su hija se había casado con un hombre que sonreía durante las comidas de los domingos y pedía dinero prestado a gente que enviaba a otras personas armadas para cobrarlo.
Pero ahora no me queda otra opción.
No puedo volver a mi piso. Si me encontraron en el motel gracias al teléfono, probablemente ya tengan también la dirección de mi casa. Todo lo que poseo está en ese piso y no puedo acercarme para nada.
Me subo los calcetines por las pantorrillas y abro la puerta del baño.
Luca está en el sofá. Ha traído de alguna parte una almohada y una manta y las ha dejado sobre el cojín que tiene al lado. Sus ojos se clavan en mí en cuanto entro en la habitación y no aparta la mirada.
—Tenemos que hablar. —Habla en voz baja. No es una pregunta—. Ahora.
Asiento.
El sofá es el único asiento de verdad que hay en la estancia. Él ocupa un extremo; la almohada y la manta, el otro. Podría sentarme allí. Sería lo normal.
Paso de largo y, en su lugar, saco un taburete de debajo de la encimera de la cocina. Las patas chirrían contra el suelo, demasiado fuerte en medio del silencio. Me siento frente a él.
Entrelazo las manos sobre el regazo y espero.
—El hombre del motel —dice—. ¿Quién coño era?
—No lo sé.
Luca tensa la mandíbula. —No lo sabes.
—No sé cómo se llama. No sé para quién trabaja. No lo había visto nunca hasta esta noche. —Dejo el vaso sobre la mesa—. Pero sé por qué estaba allí.
—Entonces dime por qué.
Inspiro. Suelto el aire despacio. No hay razón para mentirle a este hombre. Ya sabe que estoy metida en problemas. Ya sabe que alguien me persigue. Lo único que falta es el motivo, y el motivo es bastante sencillo.
—Mi marido murió hace dieciocho meses —digo—. En un robo. Identifiqué el cadáver. Firmé los documentos. Lo enterré.
La expresión de Luca no cambia, pero su mirada se agudiza. Está escuchando.
—Se llamaba Dominik. Dominik Voss. —Espero para ver si el nombre le dice algo. No parece ser así—. Él... tenía deudas. Muchas. Con gente a la que nunca conocí, por cosas de las que jamás supe nada. Y cuando murió, esas deudas no desaparecieron.
—Fueron a buscarte a ti.
—Fueron a buscarme a mí. —Me rodeo el cuerpo con los brazos. El piso está atemperado, pero aun así tengo frío—. Al principio solo eran llamadas. Después empezaron a presentarse hombres en mi puerta para hacer preguntas. Preguntaban dónde estaba el dinero. Qué me había contado Dominik.
—¿Y qué les dijiste?
—La verdad. Que no sabía nada. Que Dominik nunca me hablaba de sus negocios. Que no tenía dinero ni nada que darles.
Luca tuerce la boca. —Y no te creyeron.
—¿Tú me habrías creído?
No responde. Lo cual ya es una respuesta en sí misma.
—Así que huí —digo—. Cogí a Nina y me marché. Otra ciudad, otro nombre en el contrato de alquiler, trabajos pagados en efectivo, ningún rastro. Creía haber sido cuidadosa. Creía que había conseguido escapar. —Suelto una risa breve y amarga—. Me equivocaba.
—El teléfono —dice Luca.
Asiento. —Me lo dio Dominik. Hace años. Debería haberlo tirado, pero no pude... —Me detengo. Trago saliva—. Fue una estupidez. Ya sé que fue una estupidez.
—¿Cuánto debe?
—No lo sé.
—Haz una estimación.
—No puedo. Nunca supe en qué andaba metido. Nunca supe con quién trabajaba. Solo sé que era suficiente para que sigan buscándome dieciocho meses después, así que no se trata de calderilla.
Luca guarda silencio durante un largo momento. Sus ojos recorren mi rostro como si estuviera leyendo algo escrito en él.
—¿A qué se dedicaba tu marido? —pregunta—. ¿En qué trabajaba?
—Era consultor. Importación y exportación, logística, ese tipo de cosas. —Las palabras me saben a ceniza.