Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 5
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Capítulo 5

CAPÍTULO CINCO

Luca

Mantengo la vista en la carretera. El muslo me está matando.

El cabezazo no ha ayudado. Tampoco el rodillazo que le he propinado en el pecho a ese cabrón.

Pero el dolor resulta útil. Mantiene firmes mis manos sobre el volante, impide que mis pensamientos se desvíen hacia el asiento trasero, hacia la silueta de una niña acurrucada en la oscuridad.

—¿A dónde vamos? —pregunta ella con cautela.

—Estaba solo —digo—. Nadie nos sigue.

—Eso no responde a mi pregunta.

No. No la responde.

—A mi casa —digo—. De momento.

No responde de inmediato. Deja pasar un momento. Pero ya sé qué va a preguntar.

—¿Por qué?

No contesto.

La verdad es un nudo en mi pecho. Apretado, desagradable e imposible de deshacer. La verdad es que debería haber salido de aquella habitación del motel en cuanto recuperé las llaves. Debería haberme marchado en coche y haber dejado que resolviera sus propios putos problemas. Debería haber...

La niña emite un sonido. Muy leve. Un hipido, quizá, o el final de un sollozo que intenta tragarse.

Aprieto las manos sobre el volante.

—¿Tienes algún otro sitio adonde ir? —pregunto.

Silencio.

—Ya me parecía que no, joder.

Giro por Ashland en dirección norte. Los edificios son más altos y antiguos por aquí, con fachadas de ladrillo manchadas por décadas de mugre urbana. Mi apartamento está a otros veinte minutos.

—Puedo encontrar algún sitio —dice—. No tienes por qué...

—¿Ah, sí? ¿Dónde? —Miro por el retrovisor. Ahora contempla la calle por la ventanilla, con la mandíbula tensa—. No tienes zapatos. Ni dinero. Y llevas una niña contigo. Son las dos de la madrugada y hay al menos un gilipollas ahí fuera que conoce tu cara, tu nombre y dónde trabajas.

Se estremece. Apenas. Solo un destello de algo que le cruza el rostro antes de borrarlo.

—Ya encontraré una solución.

—Ya la has encontrado —digo—. Te has subido al coche.

Eso da en el blanco. Lo veo en cómo se le tensan los hombros, en cómo aprieta la mano contra la espalda de su hija.

—No tenía elección.

—Sí la tenías. Y has elegido.

No discute. Probablemente no puede, porque sabe que tengo razón. Sopesó sus opciones en aquel aparcamiento y eligió.

Ahora tendrá que asumir las consecuencias.

Y yo también.

El semáforo que hay delante se pone en rojo. Me detengo y el coche queda inmóvil, con el motor emitiendo un ronroneo grave.

Giro la cabeza.

No era mi intención. No es una decisión consciente. Mi cuerpo se mueve sin más. Y entonces la estoy mirando.

Está agotada. Pálida. Se le está soltando el pelo de lo que fuera que usara para recogérselo, y varios mechones se le pegan a la mejilla. Tiene los ojos enrojecidos, pero secos.

Me devuelve la mirada.

Ojos azul grisáceo, del color del agua de un lago bajo un cielo nublado. Firmes. Cautelosos. No exactamente asustados, pero tampoco confiados. En algún punto intermedio.

Es preciosa.

Sigue mirándome, esperando. Tratando aún de averiguar qué soy. Qué quiero y si hizo bien al subirse a este coche.

Pero lo cierto es que no sé por qué estoy haciendo esto.

Solo sé que la niña se aferra a su madre como si el mundo estuviera acabándose.

Un coche toca el claxon detrás de nosotros.

Vuelvo la vista a la carretera. Piso el acelerador. El Audi avanza y el momento se desvanece.

—No voy a hacerte daño —digo. Las palabras me salen ásperas antes de que pueda suavizarlas. Lo intento otra vez—. Ni a ella.

Gemma no se relaja. Mantiene los ojos clavados en los míos a través del retrovisor, azul grisáceo e inexpresivos, sin revelar nada.

—Entonces, ¿qué quieres?

La niña gime. Hunde aún más la cara en el hombro de su madre.

Cazzo.

La estoy asustando.

—Mira —digo. Bajo la voz—. Ese hombre del motel va a despertarse y va a estar que echa humo. Luego irá a buscarte. ¿Lo entiendes?

Gemma tensa la mandíbula. —Lo entiendo.

—Bien. Así que no puedes volver a dondequiera que estuvieras viviendo. No puedes volver al trabajo. Sea quien sea ese cabrón, sabe dónde encontrarte y tendrá colegas.

—Lo sé. —Su voz es plana. Sin inflexión, la clase de voz que ha aprendido a dar malas noticias sin inmutarse—. Me di cuenta hace una hora.

—Entonces sabes que necesitas un lugar adonde ir. Uno donde nadie pueda encontrarte.

Se ríe.

—Claro. Me alojaré en el Ritz. Quizá pida algo al servicio de habitaciones.

La niña se mueve sobre su regazo. Gemma le alisa el pelo de forma automática, con los dedos delicados aunque su voz sigue siendo dura.

—Por eso necesitas mi casa —digo.

Gemma vuelve a quedarse inmóvil. Esta vez es distinto. Recelosa.

—¿Qué clase de sitio es?

—Un apartamento. En Pilsen. Es... —Me detengo.

¿Cómo explico esto? Es un piso franco. Es el agujero en el que me meto cuando no puedo estar en ningún otro sitio.

—Es mío. Nadie que no deba saberlo conoce su existencia.

Puedes quedarte allí hasta que averigües de qué coño huyes y qué hacer al respecto.

La niña emite un leve sonido. La mano de Gemma continúa recorriéndole el pelo con movimientos constantes y rítmicos.

—¿Por qué ibas a hacer algo así?

Es una pregunta razonable. No tengo una buena respuesta.

—Porque puedo —digo.

Gemma me estudia. La veo pensar, sopesar opciones que son todas malas, intentando dar con la que tenga menos probabilidades de acabar con ella muerta.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Dime de qué huyes. —Le sostengo la mirada en el retrovisor—. Si puedo ayudar, lo haré. Si no, al menos tendrás un lugar seguro donde dormir mientras decides tu próximo paso.

La niña ha dejado de llorar. Sigue apretada contra el pecho de su madre, pero ahora está tranquila y su respiración se va acompasando. Agotamiento, probablemente. Los niños de esa edad se desploman cuando se les pasa la adrenalina.

La mano de Gemma se detiene en el pelo de su hija.

—No me conoces —dice—. No sabes nada de mí. ¿Por qué ibas a...?

—Sé que alguien te persigue. Sé que tienes una niña, que no tienes dinero ni adónde ir.

Sé que ese gilipollas del motel no era tu marido, dijera las gilipolleces que dijera.

—Hago una pausa—. Y sé que estás aterrada, pero aún piensas con suficiente claridad para hacer preguntas clave.

Eso es más de lo que consigue la mayoría.

No responde. Mantiene los ojos clavados en los míos, buscando algo. No sé si lo encuentra.

—El apartamento —dice al fin—. ¿Es seguro?

—Tan seguro como cualquier sitio de esta ciudad. Puerta reforzada, buenas cerraduras. Nadie atravesará esa puerta a menos que yo se lo permita.

—¿Y tú? ¿Eres seguro?

—No —digo—. Pero no voy a hacerte daño. Ni a ella.

La niña se remueve. Murmura algo que no alcanzo a oír. Gemma la estrecha entre sus brazos y toda la dureza la abandona. Por un instante solo está cansada, con las emociones a flor de piel.

—Vale —dice. La palabra sale en voz baja. Agotada—. Vale. Llévanos allí.

Gemma

Aparca detrás de un edificio que no reconozco y apaga el motor.

Nina está dormida.

Se quedó dormida entre Eighteenth y dondequiera que estemos; primero se ralentizaron los hipidos, luego la respiración y, por último, se aflojó el puñito con el que me agarraba el cuello de la camisa. Su cabeza pesa sobre mi hombro. Su mejilla húmeda se apoya contra mi cuello.

—Tres pisos —dice.

Giro la cabeza para mirarlo.

—¿Puedes subirla en brazos?

—Sí.

Mira a la niña en mis brazos durante medio segundo.

Luego sale del coche, rodea el vehículo y abre mi puerta antes de que me haya quitado el cinturón.

Espera mientras forcejeo con él usando una sola mano; la hebilla está dura y la correa se ha enganchado bajo la pierna de Nina.

Consigo soltarlo. Salgo con ella pegada al pecho y las piernas colgando.

Cierra la puerta detrás de mí. Con cuidado. No da un portazo.

—Por aquí.

Lo sigo.

El aparcamiento es pequeño y oscuro. Avanza delante de mí, sube un corto tramo de escalones de hormigón hasta una puerta trasera. Lleva una llave en la mano izquierda. Abre sin volverse a mirarme y sostiene la puerta con el hombro para que pueda pasar con Nina.

La escalera es estrecha. Hay una sola bombilla en cada rellano. Él va delante. Mantengo la vista fija en su espalda porque los escalones son empinados, llevo a una niña en brazos y la parte posterior de su abrigo es lo más parecido a una barandilla que tengo.

No sé por qué está haciendo esto.

No he tenido ni un minuto para pensarlo. Se suponía que debía averiguar qué quiere este hombre de mí y no lo he hecho.

Qué puede querer un hombre como él de una mujer como yo.

Ya sé por dónde va la respuesta.

Pero no me ha tocado. No me ha mirado como me miraban los amigos de Dominik.

Me ha mirado en el semáforo en rojo y no era esa clase de mirada.

Era otra cosa, y no tengo tiempo para ponerle nombre porque estoy subiendo las escaleras de un edificio desconocido con mi hija dormida sobre el hombro y los pies descalzos.

Segundo piso. Sigue subiendo.

Nina pesa. El brazo con el que la sujeto por debajo de los muslos se me ha dormido desde el codo. La acomodo más arriba. Emite un leve sonido contra mi clavícula y vuelve a relajarse.

Tercer piso. Se detiene ante una puerta al final del pasillo. Introduce la llave. La gira. Abre la puerta con la mano sana y entra primero.

Acciona un interruptor.

La luz es tenue. Procede de alguna lámpara, no del techo. Casi todo el espacio lo ocupa la estancia principal. Un sofá. Una mesa pequeña. Una cocina contra la pared del fondo, con dos taburetes junto a una barra. Una puerta abierta a la izquierda. Otra cerrada a la derecha.

Está limpio. Tiene ese vacío propio de los hoteles. No hay nada en las paredes.

—Por ahí. —Señala con la cabeza la puerta abierta de la izquierda.

Cruzo la estancia con Nina en brazos. Mis pies no hacen ruido sobre la madera.

El dormitorio es pequeño. Una cama hecha contra la pared. Una lámpara en el suelo junto a ella porque no hay mesilla de noche. La puerta de un armario. Eso es todo.

—Solo hay un dormitorio —dice detrás de mí. No es una disculpa. Es un hecho.

—No pasa nada.

—Acuéstala. Yo estaré ahí fuera.

No entra. Permanece un segundo en el umbral. Al final retrocede y lo oigo dirigirse a la cocina.

Coloco a Nina sobre la cama.

Lo hago despacio. Lleva tanto tiempo rodeándome el cuello con el brazo que, durante un segundo después de acostarla, este conserva su forma, curvado en el aire. Luego cae, ella vuelve a emitir ese leve sonido y se gira de lado. Tiene la boca abierta.

Le subo la manta hasta el hombro.

Se la remeto bajo la barbilla como a ella le gusta.

Me quedo ahí de pie.

Respiro una vez. Luego otra. Me obligo a hacerlo una tercera porque dos no bastan.

Me tiemblan las manos. Las aprieto contra los muslos hasta que dejan de hacerlo, o hasta que se calman lo suficiente para que pueda ponerlas en otra parte.

Miro su cara. Miro el abanico que forman sus oscuras pestañas sobre la mejilla. Miro el leve latido de la sien, donde tiene el pelo húmedo.

No puedo quedarme en esta habitación.

Tengo que salir y hablar con él. Tengo que averiguar qué quiere. Necesito oír lo que tiene que decirme antes de dormirme en la cama de un desconocido, en el apartamento de un desconocido.

Me pongo recta.

Camino hacia la puerta.

La dejo casi cerrada detrás de mí, con una rendija para poder oírla si se remueve, y salgo a la estancia donde está él.

Está junto a la barra.

Se ha quitado el abrigo. Lo ha dejado doblado sobre el respaldo de uno de los taburetes. Está de espaldas a mí, llenando un vaso de agua del grifo. Vuelve a usar la mano izquierda. La derecha permanece junto al costado.

Se vuelve.

Veo su cuello.

Hasta ahora no se lo había visto. El cuello del abrigo le llegaba hasta la mandíbula y no había podido ver más allá.

Los tatuajes nacen bajo su camiseta y ascienden.

Son negros. Tupidos. Hay una inscripción en un lateral de su cuello que no alcanzo a leer porque no estoy lo bastante cerca y, debajo, una figura que podría ser un santo o un cuchillo, además de una línea de algo que sube por detrás de la oreja y se pierde en el pelo.

Los tatuajes le rodean el cuello. No se detienen en la parte delantera.

Hay más bajo su mandíbula, en el lado derecho.

Una pequeña marca en la base del cuello. Se mueve cuando traga.

Lleva una camiseta negra. Las mangas están remangadas por encima de los antebrazos. También tiene tatuajes en ellos, más abajo, pero es su cuello lo que estoy mirando.

Oh.

Es...

Me obligo a parar.

Es un desconocido.

También es el hombre más hermoso que he visto de cerca en toda mi vida.

Esa información no resulta útil.

Aunque es extraño que no le tenga miedo.

Debería tenerlo. Me sobran los motivos. Estoy descalza en el apartamento de un desconocido, con mi hija en su cama, y ni siquiera sé su apellido. Todo esto es la clase de cosa que me han dicho durante toda mi vida que no debería hacer.

No le tengo miedo.

Eso no significa que confíe en él. No confío en él. No confío en nada. No confío en nada desde que tenía veintidós años y estaba sentada en una cocina, con mi madre frente a mí, y yo diciéndole que iba a casarme con un hombre que ya sabía que me mentía.

Pero no tengo miedo.

Probablemente sea por el cuello. Probablemente sea porque su rostro es hermoso y las cosas hermosas te vuelven estúpida. Los hombres pueden ser hermosos y monstruos al mismo tiempo. Lo sé. Me casé con uno, y ni siquiera era hermoso del todo, solo lo justo.

Para.

Me está observando.

Llevo demasiado tiempo parada en la puerta del dormitorio, mirándolo. Sostiene el vaso de agua con la mano izquierda. No se ha movido.

—Perdona —digo.

—¿Por qué?

—No lo sé. —Mi voz suena seca—. Por quedarme ahí plantada.

No responde. Deja el vaso sobre la barra. Espera.

Cruzo la estancia.

No es exactamente una decisión. Mis pies se mueven porque quedarse en el umbral es peor que caminar. La madera está fría bajo ellos. Me detengo al otro lado de la barra, con los taburetes entre nosotros.

—No hemos... —empiezo—. No hemos hecho esta parte.

—¿Qué parte?

—Presentarnos.

Me mira. No dice nada.

Extiendo la mano por encima de la barra.

Me parece una estupidez en cuanto lo hago. No estamos en una cena. He estado en su coche. Me ha visto llorar.

Pero tengo la mano extendida. Así que...

—Gemma —digo—. Holt. Gemma Holt.

Mira mi mano.

La contempla un instante más de lo que una persona suele contemplar una mano. El tiempo suficiente para hacer que yo esté a punto de retirarla. No lo hago. La mantengo ahí porque retirarla sería peor.

Alza los ojos hacia los míos.

Extiende la mano izquierda y toma la mía.

Tiene la palma caliente. Sus dedos se cierran sobre el dorso de mi mano. No aprieta. No la estrecha como hacen los hombres al saludarse. Se limita a sostenerla un segundo, como se sostiene algo cuyo peso se quiere comprobar.

—Luca —dice—. Farro.