Capítulo 3
CAPÍTULO TRES
Gemma
Nina tiene la piel rosada por el agua caliente y el pelo le gotea sobre las baldosas del baño. Me arrodillo frente a ella con la toalla envuelta alrededor de sus hombros y le froto los brazos a través del áspero tejido.
—Mamá, raspa.
—Lo sé, cariño. Lo siento.
Las toallas del motel parecen papel de lija. No tienen nada que ver con las suaves que tenemos en casa. Teníamos. Las que compré de oferta en Target hace dos años y que, después de tantos lavados, todavía eran suaves como nubes.
No tengo ropa para ella.
La idea me asalta ahora, absurda y tardía.
—¿Puedo volver a ponerme el vestido?
—Está mojado, cielo. Por el charco, ¿recuerdas?
Asiente muy seria. —El juego.
—El juego.
Miro alrededor del baño como si la ropa pudiera aparecer por arte de magia. No aparece. Solo tenemos lo que llevamos puesto, y lo suyo está empapado.
—Vale. Me pongo de pie mientras pienso. —Un juego nuevo. Vas a dormir con la camiseta de mamá. Como si fuera un camisón. Un camisón de princesa.
Nina se lo piensa. —Las princesas visten de rosa.
—Esta princesa viste de gris. Es una princesa muy especial. Me quito la sudadera y la camiseta por la cabeza. La camiseta le queda tan grande a Nina que le llega a los tobillos. Se mira y suelta una risita.
—Estoy nadando dentro.
—Estás preciosa. Eres la princesa más bonita de todo el reino.
Vuelvo a ponerme la sudadera y la llevo en brazos hasta la cama. Las sábanas están rígidas y huelen a lejía industrial, pero están limpias. Nina se mete en la cama y le arropo con la manta hasta la barbilla, como a ella le gusta.
—Mamá, ¿dónde estamos?
—En un hotel.
—¿Por qué?
—Porque sí. Le aparto el pelo húmedo de la frente. —A veces, las mamás y sus niñas se van de aventuras.
—¿Como Dora?
—Exactamente como Dora.
Se cree todo lo que le digo porque confía en mí, y esa confianza pesa en mi pecho como una piedra que tuviera que cargar cuesta arriba.
Me tumbo junto a ella, encima de las mantas, y se acurruca contra mi costado. Su cuerpo es cálido y pequeño y huele al jabón barato del motel.
El hombre del restaurante.
Llevo huyendo de ese pensamiento desde que lo vi, pero ahora, en la oscuridad, mientras la respiración de Nina empieza a calmarse, acaba por alcanzarme.
Estaba aparcado junto a la puerta trasera. Mi puerta. La que utilizo todas las noches a la misma hora.
Pero, si sabía dónde trabajo, sabía dónde vivo. El apartamento está a cuatro manzanas del restaurante. Podría haber ido allí. Podría haber esperado delante de mi edificio en lugar de hacerlo fuera de mi trabajo.
A menos que no supiera dónde vivo.
A menos que solo tuviera la dirección del restaurante.
Miro fijamente el techo e intento pensar. Dominik lo mantenía todo separado. Su trabajo, sus deudas, sus mentiras... Todo en compartimentos distintos. No supe nada hasta después de que muriera, hasta que empezaron a presentarse hombres en el apartamento para reclamarme un dinero que yo no tenía.
Puede que quienquiera que fuese el acreedor de Dominik tuviera la dirección del restaurante, pero no la del apartamento. Puede que haya estado escondiéndome a plena vista todo este tiempo, a cuatro manzanas, sin que ellos lo supieran.
Lo que significa que acabo de huir del único lugar seguro que tenía.
O no significa nada. Significa que no sé nada, igual que no sabía nada cuando Dominik estaba vivo.
La mano de Nina encuentra la mía en la oscuridad. Tiene los dedos tan pequeños... Ahora se aferra a mí incluso dormida. Antes no lo hacía. Antes de todo esto.
Echo de menos mi apartamento. El radiador que traquetea a las tres de la madrugada. La ventana que se atasca. Los dibujos de Nina pegados con cinta adhesiva a la nevera. El olor del detergente que compro porque es el más barato de los que no le irritan la piel.
Echo de menos mi hogar.
No este hogar. El de verdad. El de Wisconsin, donde mis padres aún viven,la casa en la que crecí. Donde mi madre cultiva tomates en el jardín trasero y mi padre repara cosas que no necesitan arreglo solo para mantener las manos ocupadas.
Podría llamarlos.
La idea aflora y vuelvo a enterrarla, como llevo haciendo desde hace dieciocho meses.
No lo saben. Creen que estoy bien. Creen que tengo un buen trabajo y un apartamento bonito, y que a Nina le va de maravilla en preescolar.
Creen que estoy bien porque eso es lo que les dije.
No puedo llamarlos ahora y decirles que, en realidad, estoy durmiendo en un motel con cuarenta y tres dólares en total y hay hombres buscándome por un dinero que mi difunto marido debía a gente a la que jamás he conocido.
No puedo decirles que llevo dieciocho meses mintiéndoles.
No puedo decirles que no estoy bien. Que nunca lo estuve.
No es orgullo. No es vergüenza.
Es que mi madre lloró durante tres días cuando le dije que Dominik había muerto. Voló hasta aquí para el funeral, me sostuvo la mano y me dijo que todo saldría bien. La miré a la cara y vi cuánto le dolía verme sufrir.
No puedo volver a hacerle eso.
No puedo llamar y oír cómo se le quiebra la voz. No puedo ver a mi padre intentar arreglar algo que no tiene arreglo. No puedo ver cómo mirarán a Nina y saber que le he fallado. Que me casé con un hombre que me mintió y ahora mi hija está pagando las consecuencias.
Me ayudarían. Sé que lo harían. Vaciarían sus ahorros, vendrían en coche, nos llevarían a casa y jamás dirían una sola palabra sobre lo estúpida que fui.
Eso es peor.
Nina se mueve contra mí, su aliento cálido sobre mi brazo. La estrecho más contra mí y cierro los ojos.
Todavía no.
Aún no estoy preparada para contárselo.
Gemma
Los pasos se detienen al otro lado de la puerta.
No pasan de largo. Se han detenido.
Ya me he levantado de la cama antes de decidir siquiera que voy a moverme; mi cuerpo hace cálculos que mi cerebro aún no ha alcanzado a procesar. Nina sigue dormida, pequeña y cálida bajo la fina manta. El cerrojo está echado.
Mis zapatillas están junto a la puerta. Cojo una. No es un arma. Apenas es nada. Pero es lo que tengo.
La cerradura chasquea.
Algo metálico deslizándose contra el metal, el sonido de una herramienta haciendo lo que deberían hacer unas llaves.
Me coloco entre la puerta y la cama. Me tiembla la mano.
La puerta se abre de golpe.
Lanzo la zapatilla antes de ver nada más que una sombra. Impacta con un golpe sordo —a la altura de la cabeza, un impacto contundente— y la figura del umbral se queda inmóvil.
—Nina, ven aquí. —Mi voz no parece mía. Demasiado firme. —Ven con mamá ahora mismo.
Nina emite un sonido detrás de mí, confusa y asustada, arrancada del sueño de mala manera. Alargo una mano hacia atrás sin mirar, le encuentro el brazo y, con un solo movimiento, la saco de la cama y la pongo detrás de mí.
—Pero ¿qué cojones...? —La voz es grave, áspera, más irritada que dolorida. La voz de un hombre. Entra en la luz del aparcamiento y lo veo con claridad por primera vez.
Es alto. No enorme, pero sí lo bastante alto para llenar el umbral.
Pelo oscuro y corto. Su rostro está hecho de ángulos.
Mandíbula marcada, pómulos aún más afilados, la boca reducida a una línea dura.
Pero son sus ojos los que hacen que se me desplome el estómago.
Verde pálido, casi gris bajo esta luz, y completamente inmóviles.
La mirada de alguien que sabe exactamente de lo que es capaz.
Sostiene mi zapatilla en una mano.
—Me has robado el puto coche.
Las palabras caen en algún lugar muy lejano. Yo estoy catalogando todo lo demás. La forma en que se apoya, descargando ligeramente el peso de la pierna derecha. Cómo la mano libre no se mueve hacia nada, sino que permanece relajada junto a su costado, preparada.
Es exactamente igual que los hombres con los que Dominik se reunía en aparcamientos. Los que iban a casa cuando se suponía que yo no debía estar allí. Los que dejaban de hablar en cuanto yo entraba en una habitación.
—No se acerque. —Aprieto más a Nina contra mis piernas. Ahora está llorando, pequeños hipidos quedos que me rompen algo dentro del pecho. —Voy a gritar.
—Grita cuanto quieras. Nadie en este antro va a llamar a la policía. —Arroja la zapatilla al suelo. Cae con un golpe suave. —No he venido a hacerte daño. He venido a por mi puto coche.
Claro que tenía un localizador. Claro que no se me ocurrió comprobarlo. Claro que soy una idiota que le ha robado un coche a alguien que puede permitirse rastrearlo.
—¿Mamá? —La voz de Nina es un hilillo. Está aterrorizada.
No le respondo. No puedo apartar la mirada de él. No puedo darle una oportunidad.
Luca
El rostro de la niña se queda paralizado.
No es esa clase de parálisis provocada por la sorpresa, como la de un niño al que un desconocido interrumpiera en mitad de un juego. Esto es terror puro. Lo reconozco porque lo he visto en hombres adultos durante los segundos previos a que comprendieran que iban a morir.
Ya no llora. No emite ningún sonido. Se limita a quedarse completamente inmóvil detrás de las piernas de su madre, con unos ojos demasiado grandes para su cara y los dedos enredados en la tela de una camiseta enorme.
Joder.
Lo he hecho sin pensar. El localizador ha enviado la señal, he venido en coche y he forzado la cerradura. Treinta segundos, quizá menos. Lo he hecho miles de veces. He entrado en habitaciones a las que no había sido invitado y me he ocupado de lo que había dentro.
Pero esto no es un almacén. No es una trastienda ni un contenedor de mercancías.
Es la habitación de un motel, y dentro hay una niña que me mira como si fuera el monstruo que se esconde debajo de su cama.
Mi pecho hace algo que no le permito hacer. Un tirón, profundo y tenso, en un lugar que creía haber reducido a cenizas hace años. La niña tiene...
Cuatro años. Quizá cinco.
El pelo oscuro. Húmedo por el baño.
La misma edad que ella habría tenido.
Aparto la mirada. Me obligo a fijarme en la mujer.
Está descalza, lleva vaqueros y una sudadera que ha pasado por demasiados lavados.
Tiene el pelo castaño recogido, con mechones sueltos alrededor de un rostro formado por ángulos marcados y agotamiento.
Es guapa, de esa forma en que la gente es guapa cuando está demasiado cansada para ocultar nada.
Sin maquillaje, sin armadura, solo piel y lo que sea que la mantiene en pie entre su hija y yo.
Tiene los ojos del color del océano. No los aparta de mi rostro.
Está aterrorizada. Lo veo en el pulso acelerado de su garganta, en cómo su respiración se ha vuelto superficial y rápida. Pero no se ha movido. No ha retrocedido. Su cuerpo es un muro y no va a permitirme pasar sin que primero tenga que atravesarla.
Ya he visto antes esa mirada. En madres de Nápoles, de Calabria, de una docena de lugares donde hombres como yo cruzaban puertas sin invitación. Las que preferirían morir antes que apartarse.
—¿Por qué cojones me has robado el coche?
Mi voz suena más áspera de lo necesario. La niña se sobresalta detrás de las piernas de su madre y me odio a mí mismo un poco más.
—Creía... La voz de la mujer se quiebra. Traga saliva y vuelve a intentarlo. —Creía que alguien me seguía. Desde el trabajo. Vi su coche y las llaves estaban ahí y yo... Entré en pánico.
—Así que te lo llevaste.
—Sí. —No aparta la mirada. No pone excusas. —Lo siento. No debería haberlo hecho. Estaba asustada y no pensaba con claridad y mi hija estaba conmigo y yo...
Se detiene. Respira hondo.
—No puedo pagarle. Ahora mismo, no. No tengo... Aprieta la mandíbula. —No tengo nada. Pero lo haré. De algún modo. Encontraré la manera y le compensaré por cualquier daño que haya causado, por las molestias, yo...
—No quiero tu dinero.
Las palabras salen secas. Tajantes.
Parpadea. Algo cambia en su expresión: confusión, quizá, o una nueva clase de miedo.
Podría decirle que el dinero no significa nada para mí. Que tengo suficiente para enterrar a tres generaciones y aún habría de sobra para quien quedase. Que no hay nada que ella pudiera darme que importara, nada que nadie pudiera darme, porque lo único que siempre quise se perdió para siempre...
El metal frío se aprieta contra mi nuca.
El chasquido de un seguro al quitarse.
—No te muevas, joder —dice una voz detrás de mí.