Luca (Sangre Bianchi 2) No prometo nada
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No prometo nada

L a luz entraba por las ventanas del salón, creando un halo de luz, donde miles de motitas de polvo se veían flotar en el ambiente.

Romeo estaba sentado en uno de los sillones. Con su portátil en sus piernas. Gestionando algunas facturas del club, cuando entró su duendecillo pelirrojo. La mujer que más amaba en el mundo.

—¿Trabajando todavía? ¿Tiene el gran capo algún minuto para dedicarle a una pobre enfermera aburrida?— Samantha le quitó el portátil para dejarlo sobre la mesita de centro.

Romeo le sonrió y de un tirón de su brazo la hizo sentarse en su regazo.

—Duende, para ti tengo la jodida eternidad.—Le apartó de forma cariñosa, un mechón pelirrojo que había caído sobre su cara, poniéndoselo detrás de la oreja.

—¿Cómo estás hoy?

Él frunció el ceño, mirando a su esposa.

—¿Por qué lo preguntas? —conocía muy bien a su mujer y la cara que tenía era de que estaba ocultando algo.—¿Sam?

—Solo…Por saber…

—¿Me estás evaluando el humor?¿Que has liado amor?—Samantha puso cara de ofendida.

—Por dios Rom, no he liado nada. Pero mira que eres…—Le dio un puñetazo juguetón en el hombro. Luego se levantó de su regazo a pesar de que él la intentó retener.

—Ariadna quiere decirte algo… Yo solo… Quería allanar el camino…

Se quedó rígido al instante. Aquello era una encerrona de su mujer y su hija, y no le gustaba nada en absoluto, ni quería saber por qué.

—Duende…—dijo a modo de advertencia.

—Cielo, puedes pasar.—Canturreó Sam, alzando la voz hacia la puerta.

Romeo se levantó despacio del sillón. Cuando se ponía nervioso, prefería estar de pie. Y sabía que lo que su hija le quisiera decir, le iba a sentar como una patada en los mismísimos huevos.

Su hija entró, de la mano de su prometido. Algo que ya le hizo rechinar los dientes.

¡Lo aceptaba! ¿Vale? Pero no era necesario tener al chaval hasta en la sopa… Por lo menos un tiempo…

Cruzó sus brazos, y con toda la calma estudiada de la que siempre se había jactado de tener miró a la pareja esperando a que hablaran.

—Papá…—Ariadna dudó.—Queríamos hablar contigo.

Romeo alzó una ceja, de manera perspicaz.

—Eso me ha comentado tu madre.—Contestó fríamente.

Ariadna dio un paso hacia él, pero sin soltar la mano de Luca. El chico se mantenía callado.

Mejor para él.

—Eh… Esto…. Estoy embarazada…

¡BOOOM!

La noticia le golpeó la cara como una maldita bomba. Se quedó rígido y tardó varios segundos en responder.

—¿Embarazada? ¿De él?—logró decir al fin.

—Sí señor, de mí.—dijo Luca hablando por primera vez. —De uno de sus soldados. De la persona que se interpuso entre una bala y usted . El hombre que daría la vida por su hija.

Romeo apretó la mandíbula hasta notar crujir los dientes. Paseó la mirada por el cuerpo de Ariadna, hasta detenerse en su vientre aún plano. Luego su mirada volvió a Luca.

—Me estoy esforzando chico…Me esfuerzo cada puto día en olvidar tu apellido…En olvidar a qué viniste… No me tientes más de lo necesario.

—¡Papá!

—¡Romeo!—Gritaron ambas mujeres a la vez. —¡Vas a ser abuelo! Deja de comportarte como el señor de toda Roma, y compórtate como un padre que se alegra por su hija. —Lo riñó Samantha.

—¡Joder Sam, estoy intentando no matarlo en este instante!

—Papá…—Ariadna soltó la mano de Luca para acercarse a él. —Te quiero muchísimo. Lo sabes. Pero también amo a Luca. Nos vamos a casar. Es normal crear una familia. Igual que tú hiciste con mamá.

Romeo bufó. Giró sobre sus talones y fue a servirse un whisky.

—No prometo nada, solo dame unos días para asimilar toda esta… Ya sabes…

Le costaba horrores decir la palabra embarazo, al pensar en su hija.

Samantha sonrió y abrazó primero a Ariadna y después a Luca.

—Eso es un “Felicidades” en el idioma de un Bianchi.— dijo Sam sonriendo. Romeo gruñó de nuevo.

—¿Dónde está Sandro? Me gustaría decírselo también.

Romeo miró a su esposa que había borrado su sonrisa. Sabía que el cambio en Sandro le dolía en el alma.

No lo iba a negar, estaba orgulloso. Sandro era letal.

Sus hombres habían empezado a temerle. Y solo era un chaval.

Pero sentía cierto remordimiento. No sabía que llegaría tan lejos, ni que se convertiría en un jodido ser sin alma, y mucho menos que eso destrozaría a su mujer.

No lo hubiese obligado a matar a aquel hombre si hubiese sabido las consecuencias en el alma de su esposa. Pero ya estaba hecho.

—Oh… Bueno, ya se lo diremos. —contestó Ariadna, entendiendo perfectamente la situación—. Gracias por escucharme papá. Y por no matar a Luca. — Romeo compuso una mueca y vio salir a su hija acompañada de su prometido.

Samantha se giró, y fue hasta él abrazándolo por la cintura. Romeo enterró su rostro en su pelo aspirando su aroma favorito.

Frutas… siempre olía a jodidas frutas.

—Te amo Sam…¿Lo sabes verdad?

—Yo también gruñón.

—¿A quién llamas gruñón, reina del infierno?

Ambos estallaron en carcajadas para luego besarse apasionadamente.

Con un heredero en camino. El infierno estaba realmente asegurado.