Luca (Sangre Bianchi 2) Epílogo
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Epílogo

(Canción: Family Line-Conan Grey.)

Pov Primera persona.

Cumplo dieciocho años hoy.

Estoy despierto desde antes del amanecer. No estoy ansioso. Tampoco nervioso.

Simplemente ya no duermo como antes.

Dicen que los monstruos nacen cuando haces algo imperdonable.

Mentira.

El monstruo nace cuando haces algo y te das cuenta de que lo has disfrutado, y lo volverías a hacer.

Aquella noche esperaba sentir miedo, duda, o simplemente algo de culpa. Pero en mi cabeza solo hubo silencio. Un silencio limpio y poderoso, y muy jodidamente real.

Me gustó.

Me sentí vivo, de una manera retorcida. Ahora estoy sentado en mi cama, mirando el sol ponerse en lo más alto, y disfrutando del silencio en mi cabeza.

Pocos minutos después el silencio se rompe, cuando escuchó pasos ligeros aproximarse por el pasillo. Segundos después llaman a mi puerta con dos toques suaves.

No contestó. Pero la puerta se abre igualmente.

—¿Puedo pasar ?

La voz cálida de mi madre me atraviesa el pecho. Solo por ella puedo sentir algo de remordimiento. Pero el sentimiento es tan ínfimo, que prácticamente desaparece.

Me encojo de hombros como respuesta a su pregunta. Ella entra con pasos vacilantes, pero no cierra del todo.

Mi madre está preciosa, como siempre. Su cabello pelirrojo, recogido en un moño desordenado, ya no tiene el mismo tono intenso de cuando era joven, pero sigue siendo bonito. Sus ojos azules, tan claros como el cristal, idénticos a los míos.

Una ligera sombra de duda le cruza la mirada. Parece más joven de lo que realmente es. Con ese aspecto tan etéreo, y su cuerpo pequeño. Entiendo perfectamente porque mi padre se enamoró de ella. Es una gran mujer.

Se acerca varios pasos hacia mí, y su perfume a frutas me golpea, transportándome a una infancia que me parece demasiado lejana ya. En su cara veo perfectamente que se debate entre seguir acercándose o no.

Ella antes jamás habría dudado conmigo.

—Feliz cumpleaños, cariño. —dice componiendo una sonrisa que no llega a sus ojos.

—Gracias. —logro decir para no hacerla sentir mal, pero sé que mi voz suena distante.

Carraspea y da otro paso hacia mí. Me doy cuenta de que lleva algo en la mano. Una cajita pequeña de color negro. Se queda mirándome, decidiendo qué hacer. Los segundos transcurren de forma muy lenta entre los dos. Finalmente, abre la cajita alargando su mano en mi dirección .

Mi mirada bajó hasta su mano, y clavó los ojos en el contenido de la pequeña caja. Un rosario de plata, con una cruz intrincada al final, brilla bajo la luz de la habitación.

No sé qué decirle. Tampoco me sale un simple ¨gracias¨. Ella se da cuenta de mi expresión y rompe de nuevo el silencio.

—Sé que siempre te ha gustado la forma de la cruz.

—Señala el aro que cuelga de mi oreja el cual lleva una pequeña cruz de plata también.

—Y aunque no seamos creyentes…—continuó diciendo—.

Sé que puede parecer absurdo, pero necesitaba algo que te protegiera…

—las últimas palabras las dice casi susurrando.

Tardó unos segundos en responderle. Ni siquiera sé cómo me siento al respecto.

—¿Protegerme de qué, mamá?

La veo tragar saliva de forma lenta y nerviosa.

—De ti mismo.

Siento algo removerse en mi interior. Un vago recuerdo de quién fuí. El chico sonriente que siempre soltaba bromas. El que abrazaba a su madre a cada oportunidad que tenía, solo porque sabía que la hacía feliz.

La grieta en mi pecho se abre aún más.

—Te echo de menos, Sandro. —susurra, apretando la cajita negra entre los dedos. —Echo de menos a mi niño…—no termina la frase. Me observa esperando que diga algo.

No lo hago. Pero mis manos se aprietan en puños.

—Desde…—coge aire con fuerza como inflándose valor. —. Desde aquel día… No te reconozco.

Me levanto despacio de la cama. Ella retrocede un paso por instinto.

Soy consciente de que a mi edad soy un chico muy alto.

Mido más de un metro noventa, y en estos meses he ganado masa muscular, gracias a las peleas en las que me meto, y al deporte que hago en el gimnasio, que además me sirve para descargar la rabia que tengo dentro.

Pero jamás le haría daño a ella, ni a nadie de mi familia.

—Ese niño murió. —respondo sin emoción.

Alza la mano para tocarme, pero vacila y la vuelve a bajar.

—No digas eso…—su respiración se corta. Sé que está a punto de llorar.

Clavo mi fría mirada en sus ojos brillantes por las lágrimas y escupo las palabras.

—El niño que recuerdas, murió el día que degollé a ese traidor.

Mis palabras caen como plomo sobre nosotros. Mi madre baja la mirada unos segundos, pero la vuelve a levantar enseguida.

Ella siempre ha sido así. Fuerte. Decidida.

—Tu padre te presionó a hacerlo, Sandro… No eras tú…

—Si era yo. —la corto. Mi voz es firme y clara. —. Lo hice porque podía, porque tenía que hacerlo. Y cuando lo hice…—me detengo un segundo— No sentí nada malo.

—No puede ser así…—dice mi madre con lágrimas en los ojos. —¡Tienes que sentir algo!

La miro, y una sonrisa siniestra se dibuja en mi rostro. Saboreo las palabras antes de que salgan de mi boca.

—Sentí poder.

Ahí estaba. Su mirada de miedo grabada a fuego en sus ojos azules.

—Sandro…

—¿Quieres que te mienta? —le pregunto con calma.

—¿Es lo que quieres oír? ¿Que me arrepiento?

—ella se mantiene en silencio, mirándome.

—. Pues lo siento. No lo hago. —Mi voz es dura y fría.

Una lágrima resbala por su mejilla salpicada de pecas, pero ni verla llorar me para.

Tengo las palabras quemándome la lengua como si fuese veneno.

—. No pienso pedir perdón por algo que me ha hecho entender quién soy en realidad.

—¡Yo no críe a un monstruo! —replica ella, limpiándose las lágrimas con rabia.

—No mamá. El monstruo siempre estuvo aquí. —digo señalándome el pecho. —solo que ese puto día lo desperté.

Le arrebató la cajita negra con el rosario, de sus pálidas manos y me la paso por la cabeza dejando descansar la cruz sobre mi pecho.

—Eso no es poder, Sandro. Es vacío. —contesta ella mirando la cruz en mi pecho.

—No. Vacío es no sentir nada. Y yo siento…

—¿Qué sientes? —me pregunta con desesperación.

—Necesidad. —respondo rotundamente—. Poder, ansias de más.

Mi madre da un paso atrás, horrorizada por mis palabras. Pero yo continúo disparando por mi boca palabras que sé que le van a hacer daño. —Tu hijo murió hace meses. Lo que está delante de ti es un jodido monstruo.

Ella alza el mentón, mirándome con rabia. Sus delicadas manos se han apretado en puños a sus costados.

—Siempre serás mi hijo, aunque te empeñes en enterrarlo.

No le respondo.

Ella se dirige a la puerta y duda antes de salir.

—Ojalá algún día vuelvas a sentir algo más que toda esa mierda que me has dicho. —sale de la habitación dejándome de nuevo solo.

Cojo una bocanada de aire, camino hasta el espejo que hay en una esquina y me observo .

Mis ojos azules y fríos se clavan en la cruz de mi pecho. No creo en dios. Tampoco en que haya redención para mí. Pero si creo en lo que soy ahora.

El monstruo nació, cuando decidí no volver atrás.

Hoy cumplo dieciocho años, y puedo asegurar que no siento culpa ni remordimientos.

Solo la certeza de que esto, apenas acaba de empezar…