Luca (Sangre Bianchi 2) Mi vida en tus manos
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Mi vida en tus manos

L a finca Bianchi olía a tierra húmeda y a flores otoñales. Las hojas empezaban a teñirse de colores marrones y amarillos. Había paz en el aire. Una calma que hacía tiempo no se sentía.

Cuando semanas atrás, Luca fue liberado, no creyó que esa paz fuese a durar. Pero ahora, tenía la certeza de que Romeo, aunque no se fiara de él, lo toleraba.

A esa hora la finca estaba silenciosa. El atardecer pintando de colores anaranjados él horizonte.

El cielo ardiendo en tonos rojo sangre sobre las colinas.

Romeo había organizado una cena familiar “íntima”.

Eso había dicho Ariadna con una media sonrisa, como si ya supiera que “íntimo” en boca de su padre podía significar todo, menos tranquilidad.

La mesa estaba montada en el invernadero de la casa, con una vajilla antigua de porcelana italiana, velas repartidas estratégicamente y una botella de vino que parecía más vieja que Luca. Todo dispuesto por Samantha, que sabía perfectamente cómo hacer que la tensión brillara elegantemente.

Ariadna estaba cogida de su brazo. Con un sencillo vestido blanco, resaltando su piel morena. Su maquillaje sutil, casi imperceptible, los labios suaves pero firmes. Cada paso era un acto de fuerza. Pero ahí estaba. Su princesa. Su jodida guerra.

Viva, fuerte y amándolo como sabía que no merecía.

Samantha fue la primera en sonreír y levantarse para abrazarla.

—Mira quién ha vuelto al mundo de los vivos —bromeó, aunque en su voz había un nudo que no quiso mostrar, acariciando el rostro de su hija como si todavía no creyera tenerla de vuelta.

Romeo no se movió de su sitio. Los ojos, los tenía puestos en Luca.

Sandro, se mantenía callado, girando una copa de vino entre sus dedos. Sus ojeras bajo sus ojos azules le decían a Luca muchas cosas sobre todo en lo que estaba metido ese chico. Sentía pena por él. No era un mal crío.

La cena avanzó con una mezcla incómoda de cortesías, sarcasmos familiares y silencios largos.

Luca no probó mucho del plato. Tenía otra cosa en el estómago. Algo que llevaba días guardando, y que lo ponía muy nervioso.

Cuando Ariadna rio suavemente ante un comentario de su madre —una risa que solo él conocía en su forma más pura y rota— supo que no podía esperar más. Era ahora o nunca.

Se puso en pie arrastrando la silla. Ocho pares de ojos se lo quedaron mirando confundidos.

—¿Algún problema chico? —preguntó Romeo, en voz baja.

Luca sacudió la cabeza torpemente negando. Pero sus manos estaban temblando cuando sacó la pequeña caja de terciopelo negro de su bolsillo.

Samantha jadeó, llevándose las manos a la boca sorprendida. Sandro soltó un gruñido bajo.

Romeo entrecerró los ojos. Su mirada se había vuelto de hielo puro.

Ariadna, en cambio, lo miró sin entender del todo… Hasta que él se arrodilló a su lado.

El mundo dejó de girar.

Cogió aire intentando sacar valor de donde no lo había. Ariadna se mordía el labio, nerviosa. Pero su padre parecía a punto de saltar de su silla.

—No tengo un apellido que valga. Ni una historia limpia.

Solo tengo esto. —dijo Luca con voz rasposa, profunda señalándose a sí mismo—Lo que siento por ti.

La realidad de que mi corazón es tuyo. De que todo lo que soy te pertenece.

Cada jodida parte de mí. Si desaparecieras de mi vida, en mí no quedaría nada que pudiera ser salvado.

Haría arder él mundo si tú no estuvieras en él.

Ariadna llevó una mano a su boca, la otra a su pecho.

—Si me lo permites, quiero ser tu hogar. Quiero ser tu guerra, tu calma, y tu eternidad, porque te amo princesa. Déjame ser tu desastre, pero también tu refugio cuando el mundo se rompa a nuestro alrededor. Déjame ser tu alma.

Abrió la caja despacio. El anillo era sencillo, de oro blanco con un diamante en el centro.

—¿Te casarías conmigo?

El silencio fue absoluto.

Samantha soltó un gemido ahogado, dejando escapar algunas lágrimas.

Sandro no se movió del sitio. Se quedó allí ceñudo y serio.

Romeo parecía a punto de hacer estallar la copa de vino en su mano.

Ariadna lo miró. A Luca. Al anillo. A su padre. Y luego, con los ojos brillando, sin la menor duda contestó:

—Sí,…Sí, joder, mil veces sí.

Luca sonrió. Los hoyuelos hundiéndose en sus mejillas. Se puso en pie y la besó, con cuidado porque delante de sus padres no quería montar una escena. Bastante había provocado a Romeo ese día ya con la propuesta de matrimonio .

Samantha se acercó a su hija para abrazarla llorando y le cogió la mano para ver el anillo de cerca.

Sandro arrastró la silla y salió de allí sin decir nada.

Luca vio como Ariadna componía una mirada triste viendo a su hermano alejarse.

Le pasó un brazo por su hombro para darle un ligero apretón reconfortante.

Ahora estaba él, para limpiar todas sus lágrimas.

Romeo seguía callado. Con la copa apretada entre sus dedos. Ariadna se acercó a su padre y lo abrazó con fuerza. Finalmente, la mano de Romeo fue hasta la cabeza de su hija, acariciándola con cariño.

No dijo que estaba feliz. Pero, tampoco dijo nada en contra. Eso, en Romeo Bianchi, ya era toda una bendición. Luca lo sabía. También sabía que el camino no sería fácil. Que vendrían tormentas.

Pero esa noche, por fin, tenía algo más que deseo o venganza.

Tenía un futuro. Con ella. Su princesa.

Ariadna Bianchi.

El mundo había dejado de girar. Para dejarlos en paz.

Por ahora.

Y el mundo, por una noche, los dejó en paz.