Luca (Sangre Bianchi 2) La calma después de la tormenta
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La calma después de la tormenta

N o sabía si caminaba o flotaba. Todo se sentía lejano. Borroso. Como si la realidad no tuviera peso ni forma. Sólo ella.

Su Ángel, Ariadna.

Sostenía su brazo sobre los hombros de ella, y aun así sentía que caía. No por debilidad. Caía hacia ella. Siempre hacia ella.

La casita estaba tal cual la había dejado aquella desastrosa mañana. Las luces apagadas. El olor a hogar mezclado con los restos de humedad y tabaco.

Y ella… A su lado. Como si el infierno que había vivido no hubiera sido más que una pesadilla.

Pero no lo había sido.

Las costillas rotas. Las muñecas marcadas. Los días en la oscuridad. El disparo. Todo seguía muy vivo en su mente.

Su cuerpo cayendo para salvarlo.

Sacudió la cabeza en un intento de borrar esas malditas imágenes de su mente y miró el precioso perfil de Ariadna.

—Estás aquí… —murmuró, incrédulo, mientras ella lo ayudaba a sentarse en el borde de la cama.

—Y tú también —le respondió ella, con una sonrisa que le desgarró el pecho .

Ariadna se levantó, buscó una toalla y ropa limpia. Luego volvió, se puso frente a él, y sus manos buscaron los botones de su camisa hecha jirones.

Luca sintió un escalofrío. No por el frío. Sino por la forma en la que ella lo tocaba como si fuera algo valioso, no como el arma sucia que sentía que era.

No dijo nada cuando ella lo llevó al baño. Tampoco cuando lo ayudó a meterse bajo el agua caliente.

Solo la miraba. Embobado. Aún incrédulo de verla ante él.

Miraba sus ojos vidriosos por las lágrimas contenidas. Su forma de apretar la mandíbula para no llorar mientras lo enjabonaba con cuidado, evitando apretar en sus heridas. Los moretones, algunos ya se tornaban amarillentos, mientras que otros más recientes eran de un feo color violáceo oscuro.

Sus manos pequeñas en su cuerpo roto. Tan pálidas que contrastaban contra su piel. Nunca había sentido tanta ternura. Ni tanto dolor.

—Perdóname… —susurró él, apenas audible.

Ella lo miró confundida.

—¿Por qué?

—Por ser quien soy.

Ella se inclinó, apoyó la frente en la suya. El agua cayendo por el cuerpo de ambos

—Eres mío. Eso es todo lo que me importa.

Sus palabras le hicieron trizas por dentro.

Cuando terminó de bañarlo lo secó con paciencia. Le puso una camiseta negra, y lo llevó de nuevo a la cama. Se cambió de ropa fue hasta él .

Él apenas podía sostenerse. Pero el calor de su cuerpo, el aroma a piel recién limpia, el latido firme de su corazón contra su pecho… Eso lo mantenía en pie.

Ella se colocó a su lado, en silencio, y él la abrazó con todo lo que le quedaba. Con miedo de que en cualquier momento desapareciera de nuevo.

—¿Luca? Contestame una cosa… ¿Fue real?... Lo que tuvimos digo…—preguntó ella, con voz ronca.

Se quedaron varios segundos en silencio. Solo roto por los latidos calmados de su jodido corazón. La respiración de Ariadna era calmada. Luca se sentía en paz.

Le acarició el mentón con sus rasposos dedos para alzarle la mirada y encontrarse con sus ojos.

—Necesito decirte algo.

—No es necesario que contestes si no quieres hacerlo solo…

—Si quiero… Quiero hacerlo.— La cortó él— Es cierto que llegué a esta casa con un propósito en mente.

Con un apellido manchado de dolor y sangre.

Pero tú…—Cogió su mano para llevarla a su corazón y se la mantuvo firme ahí.

—Tú lo arruinaste todo. Arruinaste cada intención, cada propósito, cada movimiento.

—Se le quebró la voz. Inspiró aire por la nariz, intentando bajar el nudo de emociones que tenía alojado en su garganta—.

Lo arruinaste todo, porque empecé a necesitarte.

Más que el maldito aire que respiro. Empecé a pensar en ti más que en mí. ¿Sabes lo que eso significaba para mí?

Ariadna lo miró con sus ojos azules vidriosos. Pero no dijo nada, seguía a la espera de lo que él le tuviera que decir.

—Eso, princesa, era una maldita condena.

Aún así volvería a elegirte una y mil veces.

Viviré condenado a tu lado si me dejas, porque sí, es lo más real que he tenido en mi vida.

Te amo. Y no se amar fácil, pero te amo de una forma que me está destrozando y salvando al mismo tiempo, y si tengo que arder en el infierno de tu padre para tenerte, pienso hacerlo encantado.

Por ti moriría las veces que hiciera falta.

Eres el error más bonito y jodidamente adictivo que he cometido en mi vida.

Vine para hacerte caer y ahora quiero ser el único que te sostenga.

Ariadna se incorporó lentamente para rozar sus labios con los de Luca, en un beso tierno cargado de mil emociones.

Luca cerró los ojos ante el contacto

Se sintió humano por primera vez en semanas. Se permitió llorar en silencio, con ella entre sus brazos. Ariadna no dijo nada. Solo lo sostuvo apretado entre sus brazos. Y lo único que podía pensar él en ese momento, es que no quería que lo soltara jamás.

◆◆◆

El sol se filtraba por las persianas a medio cerrar. El calor suave de Ariadna seguía pegado a su piel, como si la noche anterior aún no se hubiera terminado.

Ella dormía envuelta en las sábanas, con una mano sobre su pecho. Su respiración era lo único que mantenía el caos dentro de él contenido.

Pero entonces sintió el crujido de la grava afuera, y pasos firmes que se aproximaban. Esos pasos le eran fácilmente reconocibles. Sabía muy bien quién venía .

Luca se incorporó con dificultad. Todavía le dolía todo, pero ya podía mantenerse en pie sin que el mundo se tambaleara.

Dos golpes secos sonaron en la puerta. Se giró hacia Ariadna y la tapó con cuidado de no despertarla. Luego caminó hacia la puerta, aún con cierta dificultad y la abrió.

Romeo Bianchi, estaba en el umbral.

Vestía de negro. Impecable como siempre. La mirada como acero fundido, aunque no había odio en ella. Solo… Algo mucho más complicado.

—¿Puedo pasar? —preguntó de forma seria.

Luca asintió en silencio, apartándose para dejarle paso. Al fin y al cabo la casita era suya en realidad.

Romeo entró. Miró hacia la cama donde dormía su hija, pero no dijo nada. Tampoco comentó el desorden, ni las sábanas arrugadas.

Se dirigió despacio al sofá, y se sentó con calma, clavando sus ojos verdes en Luca. Él, sin embargo, permaneció de pie.

—Parece que sigues vivo —dijo Romeo al fin, sin tono definido.

—A veces lo lamento —contestó Luca, directo, sin sarcasmos.

Romeo lo miró durante un segundo largo. Luego suspiró.

—Podría haberte matado. Lo sabes.

—Lo esperé cada minuto de los últimos días.

—Una parte de mi quería hacerte sufrir… Casi pierdo a mi hija… Pero también tenía muy presente que una vez te interpusiste delante de una bala por mí. ¿Sabes lo que es lidiar con dos sentimientos contradictorios? El odio, la rabia…

—Lo sé muy bien señor Bianchi. ​ Romeo apoyó los codos en sus rodillas de forma despreocupada.

—¿Y ahora qué ?

Luca se apoyó en el marco de la ventana. Su mirada se dirigió a la cama, donde Ariadna dormía ajena a todo.

—Ahora solo me importa ella.

Romeo asintió, muy despacio.

—Mi hija está enamorada de ti —dijo, como quien pronuncia una condena. Luca no bajó la vista. —Y yo de ella.—contestó con toda la sinceridad del mundo.

Hubo un silencio denso. Romeo desvió la vista hacia su hija y luego volvió a Luca.

—No puedes cambiar lo que eres. El hijo de Aurelio Mancini. El símbolo viviente de todo lo que juré destruir. Pero también…—Se detuvo un segundo. —Salvaste a Ariadna. Le diste algo que ni su madre ni yo hemos podido darle. Lo he visto en su mirada. Es la misma que tiene mi Sam.

Luca tragó saliva despacio. Aquel que tenía delante no era uno de los capos más temidos de la mafia. Era un hombre vulnerable y roto. Dividido entre el deber y su familia. Pero se mantuvo en silencio.

—No te he perdonado. Aún no —admitió Romeo—. Pero… Ella sí. Y si para mi hija tú eres su hogar, entonces... —su voz se quebró un poco— …tendré que aprender a no dispararte cada vez que entras en una habitación.

Luca soltó una risa amarga.

—Se agradece.—contestó con una media sonrisa.

Romeo se levantó y lo miró de frente, más cerca ahora. —Recupérate, Luca. Y cuídala. Si la haces sufrir…

—Lo sé —interrumpió él, con voz baja—. No tendría que preocuparse usted. Yo mismo me mataría.

Por primera vez, Romeo pareció bajar la guardia. Muy poco. Solo lo justo para parecer… humano.

—Diré en la casa principal que os traigan él desayuno. Y que alguien te revise esos puntos. Estás hecho una puta mierda.

Luca asintió despacio. Romeo sin esperar respuesta pasó por su lado y salió de allí.

No era un perdón completo. Pero al menos era una tregua. Y eso en su mundo de mierda ya era una jodida victoria.

Volvió a la cama y se tumbó junto a ella. Ariadna abría los ojos, somnolienta.

—¿Quién ha venido? —preguntó ella, con voz ronca por el sueño.

Luca la atrajo con cuidado contra su pecho para abrazarla.

—Tu padre. —notó como ella se tensaba entre sus brazos.

—¿Y? ¿Qué quería?

Luca sonrió. Sus hoyuelos salieron a la vista por primera vez en días.

—No me disparó.

Ella sonrió también. Y negó con la cabeza incrédula.

—¡No seas tonto! —le dio un ligero empujón en el hombro.

—Tonto por ti, princesa. Solo por ti. —la abrazó fuerte perdiéndose en su dulce aroma y sintiéndose el hombre más afortunado del planeta

Por fin, tenía algo parecido a la paz.