La voz de un Ángel
(Canción: I found—Amber Run.)
N o había muerto todavía.
Aunque lo había suplicado una y mil veces.
A esas alturas ya no le dolía nada. Estaba sucio. Lleno de sangre y le costaba respirar. Probablemente la costilla acabaría perforándole un pulmón y con suerte se moriría de una vez por todas.
Se sentía como un puñetero cadáver a la espera de ser enterrado.
Estaba apenas vivo. Pero por dentro había muerto hacía ya…
Realmente no sabía cuántos días. El sótano olía a humedad y a metal oxidado.
Había bichos pululando por su alrededor.
Tambíen había visto a alguna rata. Las muy cabronas estaban deseando que muriese para poder comérselo.
No le importaba estar solo. Así podría seguir castigándose por haber sido un hijo de puta con ella. Y aunque el frío y la humedad le había calado hasta los huesos hacía días, él seguía repitiendo que todo lo que le estaba pasando era su condena.
Una condena por enamorarse de quien no debía. Una condena por no haberla salvado.
El estómago le gruñía de hambre, pero ya ni lo notaba. La barba le había crecido bastante y los nudillos tenían heridas que estaban ligeramente infectadas. Si Romeo no lo mataba probablemente acabaría muriendo por una infección.
Pero le quedaba un consuelo. Si se moría pronto podría volver a verla. Su mente, siempre fija en una única imagen.
Ariadna.
Aunque intentaba una y mil veces recordarla riendo. Siendo una cabrona con él. La imagen que siempre acababa empañando sus pensamientos era la de ella cayendo inerte a sus brazos. La vida escapando de sus ojos.
Esa maldita imagen.
La sangre en su pecho. Su cuerpo flácido. Sus labios… Aún cálidos en su memoria. Y el grito que no dejaba de repetirse en su cabeza:
¡ARIADNA!
Apenas dormía porque le asaltaban las pesadillas. Solo comía una vez al día, algo de pan duro y un poco de agua. Le daban lo justo para que no muriese. Intentó sonreír por la ironía del asunto, pero sus labios agrietados le dolieron y comenzaron a sangrar.
Si hubiese tenido cualquier arma a mano, ya se habría arrancado el puto corazón el mismo.
Un chirrido de metal interrumpió su espiral mental. Apoyado contra la pared del fondo, intentó enfocar la mirada hacia la puerta de su prisión. La figura inconfundible de Max apareció en el umbral. Caminó con paso lento hasta situarse delante de él.
Luca lo miró, sentado contra la pared, los ojos hundidos, sin expresión.
—¿Vienes a matarme al fin? —preguntó con voz ronca, apenas un susurro.
Max no le respondió. Se limitó a acercarse, con una mano y de un tirón, lo levantó del suelo. Luca gruñó de dolor. Pero se dejó arrastrar. No tenía fuerzas para discutir. Tiró de él sin miramiento acercándose a la puerta de salida.
¿Van a acabar ya con mi sufrimiento? Sí, por favor .
Salieron fuera del húmedo sótano y subieron unas escaleras de piedra, atravesaron otra puerta, y Luca tuvo que taparse los ojos porque la luz que se filtraba por las ventanas lo cegó. Intentó reconocer el lugar, pero no sabía dónde estaba.
Max lo llevaba casi a rastras, lo que provocó que tropezara varias veces con sus débiles piernas. No entendía nada.
¿Qué coño le iba a hacer ahora?
—¿Dónde…? ¿Dónde me llevas? —preguntó, tambaleante—¿Me vais a matar de una vez?
¡Dímelo, joder!
Max no contestó. Siguió caminando, sujetándolo del brazo con fuerza. Notaba sus dedos clavándose en su piel.
Zigzagueando por los pasillos de la casa, hasta llegar a una gran puerta de madera.
Cuando la atravesaron, se quedó petrificado.
Habían llegado a la casa principal. Pero los pasillos de antes jamás los había visto.
Es como si tuvieran una vía de escape a otro lugar secreto.
Recorrió con la mirada el lugar esperando verla a ella, de pie con su sonrisa, y su boca preparada para soltarle alguna pulla.
Pero no había nadie. Aunque sí notaba en el ambiente un ligero olor a flores. Muy parecido al perfume de Ariadna.
O quizás solo se estaba volviendo jodidamente loco. Cruzaron el pasillo principal rumbo al despacho de Romeo.
Eso era… el gran jefe quería verlo…
Luca recorrió con la mirada él lugar. Las paredes que tantas veces había recorrido con Ariadna. Donde había peleado con ella. Donde la había deseado en secreto. La escalera por la que la vio bajar con el puñetero vestido rojo…Y ahora iba a entrar en la habitación donde la había visto desangrarse.
El puto infierno.
Max lo arrastró hasta el rellano principal. Y sin miramientos, lo empujó al suelo.
Luca puso las manos a tiempo de no pegar con la cara en el mármol.
Miró a Max confundido. Pensaba que lo llevaba al despacho de Romeo, pero se habían detenido al pie de la escalera.
Intentó incorporarse, pero una voz, que pensó que jamás volvería a oír lo hizo quedarse de rodillas, asimilando lo que estaba viendo.
Luca cayó de rodillas. Dolió.
—¡Luca!
Esto no es real… no es real… se acabó…te has muerto y estás en el cielo…
Enfocó la mirada, incrédulo y ahí estaba ella. Su ángel. Su princesa. Su. Jodido. Corazón.
Ariadna Bianchi. Y estaba viva.
Vestida con un sencillo vestido blanco y ligero, su precioso cabello negro suelto hasta la cintura. Tenía ojeras bajo sus ojos y sus labios estaban pálidos. Pero a pesar de todo, estaba realmente hermosa.
¡Y muy viva!
Era en lo único que podía pensar en ese momento.
Sus ojos azules se llenaron de lágrimas al verlo. Se llevó las manos al pecho, como si le doliera al respirar.
—Dios mío… —susurró Ariadna, corriendo hacia él con una mueca de dolor en su hermoso rostro—. Luca…
Él no reaccionó al principio. No podía. Su cerebro se negaba a aceptarlo.
—¿Estoy muerto? —murmuró, jadeando— ¿Esto es…?
Ella se arrodilló a su lado y le tomó el rostro con ambas manos. Pegando su frente a la de él. Su ligero aroma a flores le invadió las fosas nasales, haciéndolo gemir.
—No, idiota… —dijo ella, entre risas y sollozos—. No estás muerto. Estoy aquí. Estoy contigo.
—Te vi…Te vi morir…—La voz de él sonaba rasposa y carente de fuerza. Ella se apartó lo justo para mirarlo a los ojos.
—Estuve muerta… O eso me han dicho… No recuerdo mucho lo que sucedió después del disparo. Pero sobreviví. Porque no podía morirme y dejarte aquí.— Los dedos de ella se hundieron en su pelo, temblando.
Luca tragó saliva, sin poder creerlo. Las lágrimas se le escaparon sin permiso. Él, que no lloraba. Él, que solo sabía arder o destruir.
—Estás viva… —susurró de nuevo, todavía sin creérselo —. Me salvaste…
—Me pondría delante de todas las balas del mundo por ti , soldato —dijo ella, acariciando su mejilla con la suavidad de quien reconstruye un hombre roto—.
No nos podemos perder. Somos un mismo corazón.
Y ya sabes que soy cabezota y lo que quiero lo tengo.
—Ambos rieron con dificultad, cada uno por el dolor de sus propias heridas.
—Dios, amore mio…
Él la abrazó. Cómo si se le fuera la vida en ello. Como si necesitara sentir cada costilla, cada latido, cada rastro caliente de su piel y de que era real.
Ariadna enterró el rostro en su cuello, y por primera vez en semanas Luca respiró de nuevo, perdiéndose en su dulce fragancia, y dando gracias a la vida por esta segunda oportunidad.
Una voz grave sonó tras ellos haciendo que Ariadna diera un respingo.
—Ahí lo tienes… Vivo, como me pediste. —la voz de Romeo, sonó con una calma peligrosa.
Ariadna se giró, aún de rodillas, con Luca aferrado a su cintura y miró a su padre.
Hubo silencio unos segundos. Un mar de emociones flotando entre los tres. Rabia. Amor. Miedo. Historia.
—Gracias —dijo ella. Sincera, pero con cierto dolor en la voz.
Romeo bajó la mirada, y apretó la mandíbula. Asintió una sola vez.
—No me lo pongas difícil, Ariadna… —murmuró, cansado—. Necesito tiempo.
Ella se aferró a Luca con más fuerza e hizo un leve gesto de asentimiento. No lo justificaba, pero lo entendía.
Toda una vida odiando a los Mancini. Y su hija enamorada del bastardo de uno de ellos.
—Tómate ese tiempo, papá. Pero no me pidas que renuncie a él. Porque no puedo. No quiero. —Se le quebró un poco la voz, pero la mantuvo firme— . Estoy enamorada de él. Y hacerle daño es hacérmelo a mí.
Romeo la miró. Por fin, como padre. Por fin… como un hombre que, aunque dolido, sabía que no podía luchar contra lo inevitable.
—Podéis quedaros en la casita de invitados —dijo al fin, con voz tensa—. No me interpondré… Lo prometo.
Luca sintió que el aire volvía a sus pulmones. Ella se levantó con cuidado, dejó a Luca recostado suavemente, y se acercó a su padre. Le dio un abrazo fuerte. Como hace una niña cuándo ve a su padre como su mayor héroe.
Romeo la sostuvo en sus brazos. Cerró los ojos unos segundos, disfrutando de tener a su hija.
—No me pidas que lo vea con otros ojos todavía —le dijo junto a su oído pero lo suficientemente alto que Luca lo escuchó—. Pero eres mi hija. Y aunque me mate decirlo… Sé que ese cabrón te ama. No paraba de gritarlo…
Ariadna cerró los ojos agradecida por las palabras de su padre. Volvió junto a Luca.
Tomándolo de la mano, lo ayudó a ponerse en pie. Y lo guió, paso a paso, hacia su nuevo refugio; La casita de invitados. Donde había pasado todo. Donde se enfrentarían a estar solos después de todo lo sucedido.
Un paraíso para ellos dos después del infierno vivido. Su rinconcito en el mundo.
Ya era hora de tener paz.
En la casita podrían volver a ser ellos mismos de nuevo.