Luca (Sangre Bianchi 2) La decisión
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La decisión

Dos días.

Cuarenta y ocho horas desde que sus ojos se abrieron en una habitación blanca.

Cuarenta y ocho horas de silencio, de evitar preguntas, de observar a todos con la certeza de que nadie tenía el valor de decirle lo que más ansiaba escuchar:

Luca está vivo, y está libre

Pero no lo estaba. Y ella ya estaba harta.

Tenía puntos en el costado. Le dolía el pecho al respirar profundamente. Y cada paso era una punzada que le recordaba que había estado muerta. Pero ahora estaba muy viva.

Y Luca no lo sabía.

Seguía encerrado en alguna parte. Probablemente medio muerto, herido, y pensando que ella ya no estaba en su mundo.

Acababa de llegar a su casa esa misma mañana. Había decidido pedir su alta voluntaria. Y aunque su madre había puesto el grito en el cielo, no hubo nada que discutir. No pensaba quedarse en ese hospital ni un solo segundo más.

Bajó las escaleras con paso firme, aunque su cuerpo estaba temblando.

Necesitaba enfrentar a su padre de una vez por todas.

Su madre le había dicho que lo había pasado mal.

Él había disparado el arma que la había matado —aunque fuese por unos minutos— Pero a ella eso no le importaba nada.

Su vida no valía nada si Luca no estaba bie n

Romeo Bianchi estaba en su despacho. Como siempre. Tocó una vez. Pero no esperó respuesta. Entró con paso rápido para detenerse frente al escritorio de madera, tan familiar para ella.

Su padre alzó la vista de unos papeles. Su mirada se suavizó al instante.

—Ariadna —dijo, con la voz tranquila pero alerta—. ¿Qué haces fuera de la cama? Deberías estar descansando.

—Estoy viva, papá. —dijo ella—. No necesito reposar. Necesito respuestas.

Romeo suspiró. Se quitó las gafas de lectura que usaba solo en él despacho, y las dejó sobre la mesa.

—¿De qué quieres hablar?

—De Luca. —respondió sin rodeos—. Quiero que lo liberes.

Un silencio tenso llenó la habitación. Como un trueno que aún no estalla, pero ya vibra en el aire.

—Ariadna… —empezó él, con cansancio—. Aún estás débil. No es momento de…

—¡Estoy débil porque me metí delante de una bala que tú disparaste! —rugió ella, alzando la voz por primera vez en días. El dolor en el pecho fue inmediato, pero no cedió—. Porque intentaste matarlo. Al hombre que amo.

Romeo la miró fijamente, sin parpadear.

—No sabes lo que dices. Estás confundida. Has pasado por mucho…

—No estoy confundida. —lo interrumpió con voz firme— Estoy harta .

El eco de sus palabras se quedó flotando.

—Luca no es su padre. —contraatacó ella, temblando de furia—. Ni yo soy mamá. Él no eligió nacer hijo de un Mancini. Igual que yo no elegí nacer en esta familia manchada de sangre.

—¡Ten cuidado con lo que dices! —gruñó Romeo, levantándose de golpe.

—¡No! —gritó ella, con la voz rota, pero con los ojos en llamas—. Ten cuidado tú . Porque si no liberas a Luca… Si no lo dejas vivir en paz… Entonces me perderás a mí.

Romeo frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Ariadna apretó los dientes. Las lágrimas le ardían en los ojos, pero no cayeron.

—Que si Luca muere… Para mí… Tú también morirás. —Su voz se quebró, pero no bajó el tono— No volveré a mirarte. No volveré a hablarte. Serás un fantasma. Un cadáver que aún camina por esta casa.

Su padre palideció por un segundo. Sus manos se crisparon.

—Ariadna…

—Te di mi vida, mi obediencia, mi amor, todo. —susurró—Pero no voy a perderlo. No por el pasado. No por tu odio. Yo amo a Luca, y él me ama a mí. Y no pienso vivir sin él.

El silencio fue absoluto.

Sólo se oía su respiración agitada, y el eco agudo de los latidos desbocados en su pecho.

Finalmente, Romeo la miró. Pero esta vez de verdad. Cómo si la viera por primera vez. Como si la niña que crió se hubiera esfumado. Y delante de él solo quedara una mujer capaz de amar… Y de elegir.

—Estás débil, Ariadna. No deberías alterarte.

—Estoy más fuerte que nunca. —sentenció ella, con una mezcla de rabia y dolor—Porque esta vez, no estoy luchando por ti. Estoy luchando por mí.

Y sin esperar respuesta, sin aceptar réplica, salió del despacho.

Temblando y dolida. Pero con el alma en alto.

Porque su corazón ya no le pertenecía. No pensaba perderlo por el odio de su padre.