Muerte o deseo
O scuridad. Ruido de fondo.
Bip… bip… bip…
¿Eran pájaros?
¿ Voces?
¿O simplemente sus propios pensamientos luchando por resucitar?
El aire le ardía al entrar en sus pulmones. La garganta la tenía seca y áspera. Algo frío, punzante, tiraba de su brazo izquierdo.
Intentó abrir los ojos.
Un párpado, luego otro.
La luz la golpeó como un puñetazo, pero forzó a su cuerpo a responder.
El techo de la habitación era blanco. No lo reconocía. El sonido que escuchaba era constante. Un pitido molesto.
Bip… bip… bip…
El vacío que había sentido, el frío, todo había desaparecido. Ahora solo había dolor.
Intentó moverse, pero el pecho le ardía y el dolor era tan fuerte que gimió.
Dolor… eso solo significaba que estaba viva.
Una sombra se movió a su lado. Intentó enfocar la vista. Estaba ligeramente mareada .
—¡Ariadna! —la voz de su madre se quebró en mil pedazos—. ¡Dios, estás despierta!
Un peso cálido se aferró a su mano. Lo primero que notó, es que temblaba ligeramente.
Samantha Bianchi—su madre—la abrazaba llorando como jamás la había visto. Tras ella… estaba su hermano Sandro.
Tenía los ojos enrojecidos, llevaba una barba de varios días y el rostro duro… pero roto. Había algo frío y devastador en su mirada.
Como si su mundo hubiese estado al borde de la implosión.
Parpadeó, luchando por enfocarlos.
—¿Qué…? —intentó hablar, pero la voz era apenas un susurro. Tosió. Le dolía todo como si su pecho estuviera hecho trizas.
—Shhh… tranquila, cielo —Samantha le acariciaba el rostro, suavemente—. No hables. El médico dijo que podrías tener molestias al despertar.
—¿Cuánto…? —su voz se quebró otra vez— ¿Cuánto tiempo…?
—Una semana. —respondió su hermano, seco—. Has estado en coma siete días.
Siete. Siete días de oscuridad. De no saber. De no sentir.
De no…
Su corazón latió con fuerza de golpe.
¡Luca!
El recuerdo fue como una granada estallando en su mente.
El despacho de su padre. Había ido a hablar con él sobre Luca.
No le iba a decir que era un traidor. Solo que no lo soportaba más y quería que lo despidiera y buscará a otro.
Pero entonces vio la escena. Su padre apuntando a Luca.
Conocía la mirada de Romeo. Sabía que iba a apretar el gatillo.
La sola idea de que Luca muriese en ese instante fue suficiente para que ella se lanzara a interponerse entre su padre y él.
—¿Luca? —preguntó con urgencia— ¿Dónde está Luca?
Samantha se tensó al instante. Sandro gruñó y pateó uno de los sillones de los acompañantes. Su hermano había apretado los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Lo sabían todo.
—Ariadna, cariño, ahora lo importante es que estás viva. Que…
—¡¿Dónde está?! —gimió, con los ojos abiertos de par en par—. ¡¿Dónde, mamá?! ¡¿Está bien?!
Su padre no estaba en la habitación. Eso no significaba nada bueno.
Sandro intercambió una mirada con su madre. Pero Ariadna sabía que algo no iba bien.
—Lo salvé. —dijo ella, casi para sí misma, mientras la garganta se le cerraba—. Me puse delante de la maldita bala. Lo salvé, ¿verdad?
Samantha tragó saliva despacio. Le acarició el cabello con ternura. De la misma manera que tantas veces había hecho cuando ella era pequeña y tenía pesadillas.
—Sí, mi vida. Lo hiciste. Le salvaste la vida.
Una lágrima resbaló por su mejilla. El miedo le oprimía el pecho. Sabía de lo que su padre era capaz, y lo que hacía con los traidores como Luca.
—¿Entonces por qué no está aquí…? —susurró— ¿Por qué… no está conmigo?
Sandro apretó la mandíbula. Se giró y fue hasta la ventana. Su hermano estaba tratando de controlar su ira frente a ella.
—Papá se lo llevó. —dijo de forma fría y desprovista de emoción. Como quién habla de la última mierda que ha pisado en la calle.
El mundo se detuvo para ella. Sintió el aire congelarse en sus pulmones malheridos.
—¿Se lo…llevó? ¿Dónde? ¿Sabes si está vivo? ¿Mamá? —miró a su madre esperando respuestas.
—Tu padre… Lo tiene encerrado desde el día del disparo. No sé dónde está. Pero si sé que…Cree que has muerto. —La voz de Sam era triste. Su madre era una buena persona. Aunque estuviera casada con un mafioso sin corazón como su padre.
—¡¿Estás de coña?! —gimió ella, intentando incorporarse. La herida ardió como el mismísimo infierno.
Samantha la sujetó con suavidad, pero firmeza.
—¡No! Cielo, no puedes moverte aún. Tu pulmón estaba perforado, el proyectil rozó el corazón.
Has estado entubada. Apenas si puedes respirar sin ayuda.
¡No puedes levantarte! —Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas —Casi te pierdo, cielo…
Estuviste muerta… Varios minutos… No pienso volver a pasar por esto.
Me niego. ¡MIS HIJOS NO PUEDEN MORIR ANTES QUE YO!
¿ME OÍS? —esto último lo dijo gritando. Por un momento Ariadna sintió pena por su madre.
No quería causarle dolor. Pero su mente estaba con Luca.
Le daba igual los tubos, la vía y su maldito cuerpo. Quería ver a Luca.
Solo pensaba en él.
En sus ojos negros. En sus malditos hoyuelos. En el modo en que gritó su nombre cuando la sangre le manchó el pecho.
Él no sabía que seguía viva. Y eso podía matarlo más lento que cualquier bala.
Se aferró a la mano de su madre. Apretando con toda la fuerza de la que era capaz .
—Mamá… Dile a papá que si no lo libera… Yo misma lo haré. Como sea. Como pueda. Me da igual. Lo voy a ir a buscar. Sabes que lo haré.
Samantha la miró en silencio. Sandro golpeó la pared con su puño soltando un gruñido animal, antes de salir de la habitación como alma que lleva el diablo, dando un portazo.
Samantha cerró los ojos dando un pequeño brinco por el estruendo de la puerta.
Los mantuvo así cerrados durante unos segundos, y cuando los volvió a abrir, dos lágrimas rodaron por sus mejillas.
Pero en sus ojos había orgullo, y un leve atisbo de dolor.
Ariadna se la quedó mirando, porque percibía algo más. Una aceptación inevitable. Porque, incluso ella, sabía que su hija ya no volvería a ser la misma. No después de haber estado muerta. Tampoco después de saber lo que es el amor.
Y mucho menos después de haber entregado su corazón al villano.
Al fin y al cabo, Samantha lo hizo una vez también.