Luca (Sangre Bianchi 2) El precio de una bala
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El precio de una bala

O scuridad. Fría, húmeda y silenciosa oscuridad.

La clase de silencio que grita más que mil voces a la vez.

La clase de oscuridad que devora los pensamientos, la esperanza… y a veces, hasta el alma.

Luca no sabía cuántos días llevaba allí. No sabía si era de noche o de día. Si llovía o si el mundo seguía girando. Solo sabía que Ariadna seguía sangrando en sus pesadillas… y que él no podía hacer nada.

Los golpes ya no le dolían. El cuerpo se adapta al dolor.

La mente, no.

Tenía un ojo cerrado por la hinchazón, el labio partido, y los nudillos abiertos aún por el puñetazo que había dado a la pared cuando lo encerraron allí. Las costillas ardían, y estaba seguro de que tenía alguna fracturada.

Pero eso no importaba. No le importaba nada lo que le pasara.

Solo quería saber qué había pasado con Ariadna. Lo único que necesitaba era saber si había sobrevivido. Pero nadie le decía nada. Y no saber nada, era lo que más le quemaba en el alma.

La puerta del sótano crujió.

Luca no se movió. Ni siquiera giró el rostro. No tenía energía para levantar la cabeza, y además, ya sabía quién era.

Romeo Bianchi.

Sus pasos eran inconfundibles.

Lentos, firmes e imponentes.

Cada vez que bajaba allí, la atmósfera se llenaba de una nube invisible asfixiante.

—Miras el suelo como si pudieras encontrar una respuesta ahí, Moretti. —la voz de Romeo fue un gruñido cargado de desprecio.

Luca alzó por fin el rostro. La luz tenue le quemó la vista, pero la figura de Romeo era inconfundible. El traje oscuro.

La postura de un puto depredador. Su pistola a la vista. Una amenaza silenciosa.

—¿Has venido a matarme de una vez? —preguntó Luca con la voz ronca por la sequedad. No le habían dado ni agua.

Romeo avanzó un par de pasos. No llevaba sus sombras gemelas pegadas a la espalda como otras veces. Tampoco había rastro de Max.

—No. —respondió simplemente—Y no porque no quiera.

Luca apretó la mandíbula. Estaba preparado para eso. Sabía que lo quería hacer sufrir.

—No lo hago… —continuó Romeo, con los ojos brillando de ira contenida— porque si te matara ahora,  lo que hizo mi hija habría sido en vano. Y eso, bastardo de mierda, no lo voy a permitir.

La rabia de Luca se evaporó al escuchar su nombre.

—¿Ariadna…? —murmuró como si la palabra pudiera sanarlo.

Romeo no respondió.

Luca se arrastró, como pudo, un poco hacia él. La desesperación le arañaba la garganta.

—¡Dímelo! ¡Dímelo, joder! ¿Está viva? ¿Está bien?

El silencio de Romeo le abrasaba el alma.

Romeo se giró. Dio media vuelta. —Podría matarte de forma rápida y acabar con esto.

—dijo por encima del hombro.—Pero no lo haré.

No quiero piedad para ti. Matarte sería darte lo que quieres, y acabar con tu jodido sufrimiento, y eso no pienso concedértelo.

Vas a pudrirte aquí. El tiempo que a mi me salga de los putos huevos.

La vida de mi hija por la tuya. Pedazo de cabrón.

Algo dentro de Luca se terminó de romper. Un abismo se había abierto en su pecho. La sangre se le había congelado en las venas y su cuerpo había, literalmente dejado de funcionar.

Pero en la mirada de Romeo podía ver su dolor también. Estaba tan roto como él mismo.

Sin mirar atrás, Romeo subió los escalones y cerró la puerta. Con el eco del cerrojo, el sótano volvió a quedarse en tinieblas.

Luca apoyó la frente contra el frío suelo de piedra.

En su cabeza empezaron a pasar las imágenes de todo este tiempo junto a ella.

Esa primera vez que la vio en el despacho de Romeo.

La había visto antes por fotos, pero no le hacían ninguna justicia.

Aunque aparentara ser una diva, una princesita, todo en ella gritaba lo contrario.

Siempre vestía sencilla, maquillaje casi nulo—tampoco lo necesitaba—su princesa era hermosa tal cual.

Los primeros días a pesar del odio que le pesaba en el corazón no podía evitar los encuentros con ella y su lengua sarcástica.

Una certeza lo golpeó como un jodido trueno. Se había enamorado de ella mucho antes. El día que le hizo la peineta en el campus, ahí ya no podía sacarla de su cabeza. Se le había incrustado como una puñetera espina en el corazón.

Y cuando la besó por primera vez. El ya sabía que estaba perdido, por eso quiso poner distancia con ella. Pero las almas destinadas a encontrarse no se pueden separar por mucho tiempo. Ariadna era su otra mitad. Estaba muy seguro de eso, y no saber si había sobrevivido lo estaba matando lentamente.

Se iba a volver loco.

—Ariadna… —susurró, sin saber si rezaba, maldecía o simplemente… suplicaba.

Su corazón ya solo latía por inercia. Su cabeza solo era capaz de mostrarle imágenes de ella desangrándose.

Sus pulmones respiraban por costumbre. Pero él no estaba vivo.

No sin ella.

Luca Manccini prefería estar muerto, que vivir en un mundo donde no existiera su princesa.

Su alma y su corazón.