Luca (Sangre Bianchi 2) El peso de la verdad
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El peso de la verdad

L a lluvia golpeaba la ventana como una cuenta atrás. Habían pasado solo horas desde que Ariadna había descubierto todo. El día que había amanecido soleado, se había tornado gris oscuro descargando su rabia en forma de lluvia. Parecía que el tiempo y él, estaban del mismo humor.

Había esperado que Romeo apareciera por la puerta de la cabaña y le pegara un tiro en la frente. Pero no había pasado absolutamente nada. Lo que significaba que Ariadna, aún no lo había delatado. Cada gota que golpeaba el cristal de la ventana, era una decisión postergada.

Cada trueno, un latido salvaje en su pecho.

Luca se miraba en el espejo de su habitación. El reflejo no le devolvía la mirada. Estaba vacío. Su alma se la había llevado ella.

No era el mismo que había llegado a la finca con un apellido falso y una venganza cosida bajo la piel.

Tampoco era el hombre que había jurado nunca enamorarse para que así, ninguna mujer pasara por lo que pasó su madre.

Ahora estaba… roto.

Desnudo por dentro.

Y todo por ella. Por Ariadna.

Te amo tanto que me duele en el pecho — pensó.

Pero el amor, en su mundo, era un arma. Y él acababa de dejarla cargada. La había visto distinta esa mañana. Fría. Distante. Como si hubiera desaparecido algo en sus ojos.    No podía soportar el silencio.

El abismo que se había abierto entre ambos. Y por ella, por primera vez en su vida, tomó una decisión que no tenía que ver con venganza. Iba a dejar de ser egoísta.

Sería él quien enfrentaría a Romeo Bianchi.

Le iba a decir la verdad. Absolutamente toda.

Sin mentiras.

Aceptaría el final que le tocara.

Porque ya no podía vivir siendo la sombra de un hombre muerto. Menos aún, si eso significaba perderla a ella para siempre.

◆◆◆

El despacho de Romeo parecía una jodida trinchera. La lámpara de la esquina estaba encendida, dando un tenue resplandor al lugar.

Un vaso de whisky a medias, y decenas de papeles adornaban el escritorio de madera. El olor a cuero y madera, flotaba en el ambiente. Un olor que ya le era familiar a Luca.

Romeo alzó la mirada cuando Luca entró sin anunciarse. Como un lobo envalentonado colándose en la cueva del león.

Romeo lo miró con cierta sorpresa. Pero su pose se mantuvo fría como siempre .

—Moretti —dijo, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. ¿Qué mierda haces entrando así en mi despacho? —lo dijo con calma, pero con voz dominante.

Luca cerró la puerta tras de sí. De forma lenta.

Cuando habló, su voz sonó firme. Aunque una parte de él, temblaba por dentro, no lo demostraría delante de Romeo.

Había aprendido a respetar a ese hombre.

Tenía que concederle que el tío tenía un par de huevos para manejar todo lo que poseía.

Por mucho que lo odiara—aunque ya no estaba tan seguro de eso— Romeo era un gran líder.

Y justo con los que se mantenían fieles a su lado.

—No me llamo Moretti. —contestó, casi arrastrando las palabras.

Se hizo el silencio.

El silencio de un hombre que olfatea la verdad como una fiera olfatea la sangre.

—Mi nombre es Luca Manccini. Soy el hijo bastardo de Aurelio Manccini.

Los segundos se estiraron como una goma elástica llevada al límite.

El aire se volvió una cuerda que asfixiaba.

Romeo se levantó, despacio. Estaba demasiado tranquilo. Sus ojos, dos cuchillas afiladas no le quitaban la vista a Luca. Pero su mano ya rozaba la culata de su arma que descansaba sobre la mesa.

—Has venido a matarme chico ¿es eso?— Cogió su vaso de whisky y le dio un largo trago, antes de volver a soltarlo.

—No —contestó Luca, dando un paso adelante—.

He venido a confesar.— vió como por un segundo una expresión de sorpresa vaciló en el rostro de Romeo.

Pero desapareció tan rápido como había aparecido.

—. Vine con un plan. Me infiltré para acabar con los Bianchi, pero sobre todo contigo.

— Romeo seguía impasible. Como si lo que le estuviera contando no le importara en lo más mínimo.

—. Me da igual que mataras a mi padre. Ese hombre solo lo vi un par de veces, su apellido ni siquiera me importa.

Pero mataste a mi madre. Una mujer inocente.

Y a mi nana. Ellas no tenían la culpa de las atrocidades que hubiese cometido mi padre.

Así que planee una venganza. Desde que era un maldito crío.

Matarte, a ti, y a tu familia. Igual que hiciste con la mía.

—Sabes chico. Samantha también era una mujer inocente, cuando tu… padre la secuestró, y torturó. ¿Crees que ella se lo merecía?

Luca no contestó. Sabía que Samantha no lo merecía. Pero su madre tampoco. Ambas eran víctimas colaterales de la mierda de la mafia.

—No. —Contestó al fin—No lo merecía tampoco.—Admitió.

—Sin embargo, pensabas hacer lo mismo que Aurelio con mi hija.

—Tenía muy claro que quería destruiros a todos. Pero todo se desmoronó cuando conocí a tu hija.

Romeo frunció el ceño.

—¿Ariadna?—por una vez lo había descolocado por completo.

—Si— Luca cuadró los hombros, y con el corazón retumbando en su pecho decidió soltarlo de una vez. —La amo, estoy jodidamente enamorado de ella. No era parte del plan. No quise… pero pasó. Y ahora estoy aquí. Entregándome. Por ella. Haz lo que tengas que hacer. No me defenderé.

Romeo lo miró. De forma lenta. Pero su mirada era letal.

Cogió el arma despacio, sabiendo que Luca estaba viendo lo que hacía. La cargó delante de sus narices.

—¿La amas?—Preguntó con la voz llena de veneno.

Luca no dudó ni un segundo.

—Más que a mi vida.

Romeo levantó el arma y apuntó al centro de su pecho.

—Entonces morirás sabiendo que nunca será tuya.

Y disparó.

— ¡PAPÁ, NO!

La voz de Ariadna fue como si cayera un rayo en medio del despacho.

El estampido del arma llenó la habitación como una jodida sentencia de muerte.

Todo sucedió en una maldita fracción de segundo: El cuerpo de Ariadna interponiéndose entre ellos.

El disparo.

La sangre.

El grito desgarrado de Luca.

—¡ARIADNA!

Ella cayó en sus brazos como una flor rota. Los ojos abiertos, sorprendidos.

Su cuerpo convulsionaba entre sus brazos. Un hilo de sangre empezó a brotar de su boca. Las manos de Luca empezaron a mancharse de rojo.

—No… no… —Luca la abrazó con desesperación, hundido de rodillas en el suelo—. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué?

Romeo estaba paralizado.

Su arma temblaba en su mano. Pero se había quedado en shock.

La sangre de su hija manchaba la alfombra. Y el hijo de su enemigo… la sostenía como si su vida dependiera de ello.

Y dependía.

—Princesa vamos… No, no, no, Dios mío...

La sangre caliente le manchaba las manos y la camisa, pero Luca solo era consciente de cómo en los ojos de ella la vida se iba escapando poco a poco.

Se estaba desvaneciendo entre sus brazos y él no sabía cómo retenerla. Cómo detener el tiempo .

Cómo robarle a la muerte la única cosa que amaba.

La sostuvo con fuerza, temblando. Sus ojos negros estaban abiertos de par en par, pero su luz se apagaba como una vela bajo el viento. Su vestido, manchado de rojo.

Su cuerpo, demasiado frágil para soportar la herida.

Y todo era su culpa.

—¿Por qué? —susurró, bajando la frente contra la de ella, su voz sonaba completamente rota—. ¿Por qué hiciste eso… por mí?

Su nombre salió de sus labios como un rezo desesperado.

—Ariadna… Amore mio … Resiste. Por favor, resiste.

La mano de ella, temblorosa, apenas pudo rozarle la mejilla.

Una caricia trémula. Un adiós sin palabras.

Entonces escuchó otras voces.

—¿Qué mierda…? —la voz de Sandro.

Luca no levantó la mirada. No podía apartar la vista de ella.

—¡ARIADNA!—el grito desgarrado de Samantha rompió el aire como un cristal estallando.

Luca empezó a verlo todo a cámara lenta.

Sandro se arrodilló al otro lado, su rostro blanco como la cal. Miraba a su padre y a su madre alternativamente, buscando que alguno de los dos hiciera algo ya. Solo era un niño viendo morir a su hermana mayor.

Samantha cayó de rodillas junto a su hija, sus manos ensangrentadas buscando tapar una herida que ya no podía cerrar.

—¡¿QUÉ LE HAS HECHO?! —rugió Sandro, mirándolo como si fuera un monstruo.

—Yo no… —Luca no pudo terminar la frase. No podía respirar. Su corazón bombeaba deprisa, y sus pulmones parecían haber dejado de funcionar.

Solo podía alternar la mirada de Romeo, aún de pie, como una estatua de piedra, a Ariadna, fría y pálida en sus brazos.

El arma de Romeo seguía colgando de su mano.

Los ojos sin expresión. Vacíos.

No decía nada. Tampoco se movía.

No parecía ni siquiera estar allí.

—¡Papá, haz algo! ¡Papá! —gritó Sandro mirando a Romeo.

Y entonces llegaron Max y los gemelos.

—¡Luca! ¡Suelta a la ragazza ! ¡Ahora!—Max dio la orden, pero fueron los gemelos los que tiraron de él hacia atrás.

—¡No! —gritó él, aferrado al cuerpo de Ariadna como si fuera su propia alma.

Pero las manos de Max y los gemelos fueron más fuertes.

Lo arrancaron de ella. A rastras. Gritó como un loco.

—¡SOLTADME! ¡ARIADNA! —rugió con el pecho abierto en canal—. ¡NO ME LA QUITÉIS! ¡NO! ¡NOOO!

Sus uñas arañaron el suelo. Las piernas patearon en el vacío. Los gemelos lo sostenían con fuerza.

Los ojos llenos de lágrimas. No podían apartarlo del cuerpo de ella, ahora rodeado por los brazos de su madre. Quería estar con ella. Necesitaba estar con ella.

Romeo seguía allí. Sin moverse. Era la primera vez que a un hombre como él lo veía tan bloqueado.

Con la pistola humeando en la mano. El hombre que acababa de dispararle a su hija.

Por culpa de él.

Luca lo supo en ese instante.

Él, era el desastre.

El veneno que había destruido a la única persona que le había enseñado lo que era amar. El hijo de su enemigo.

El amante de su hija.

El principio del fin.

Intentó zafarse de los gemelos, para volver con Ariadna. Pero Max se interpuso entre él y el cuerpo de ella, y le propinó un puñetazo.

Cayó hacia adelante mirando a Ariadna en los brazos de su madre, ya con los ojos cerrados, la vida escapando de su hermoso cuerpo. Pero un segundo golpe en su cabeza hizo que todo se volviera negro.

Ya le daba igual todo.

Él acababa de morir también.