Entre el amor y la familia
E l sol entraba con descaro por los ventanales. Brillante, radiante, como si no se enterara del desastre que arrastraba dentro del pecho.
Ariadna no había dormido. Ni . Un. Solo. Segundo.
Había cerrado los ojos intentando caer en los brazos de Morfeo, pero fue ese tipo de sueño a medias, donde los pensamientos giran como cuchillos y el cuerpo se retuerce en la cama buscando consuelo donde no lo hay.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el portátil.
La puñetera carpeta. Su nombre. Los datos del resto de su familia.
Y Luca… si es que se llamaba así realmente…
El mismo hombre que había sentido respirar contra su piel horas antes. El mismo que le había susurrado promesas rotas entre jadeos y besos. El mismo que ahora sabía que había llegado a su vida con un propósito: destruir todo lo que ella amaba.
¿Cómo se podía estar tan rota por dentro y seguir caminando? Porque eso hacía. Caminaba. Respiraba. Parpadeaba.
Pero cada paso era como arrastrar una cadena invisible.
Se obligó a bajar a desayunar.
El mundo no se detenía por su caos. La familia Bianchi no dejaba de girar porque su corazón estuviera hecho añicos .
Cuando llegó al comedor, sus padres ya estaban en la mesa sentados.
No había rastro de Sandro. Era muy raro.
No se perdía ni un solo desayuno desde que ella tenía memoria.
Pero si estaba tan roto como ella, lo entendía perfectamente.
Había bajado para aparentar normalidad. Pero tenía el estómago cerrado.
Su padre, Romeo hojeaba el periódico como cada mañana, imperturbable. Samantha hablaba con voz suave con uno de los asistentes sobre algo de la cena de esa noche.
Ariadna se sentó frente a ellos, como un fantasma. El zumo de naranja en su vaso parecía lejano, casi irreal. Las náuseas la habían asaltado nada más ver la comida en la mesa. Pero aspiro despacio por la nariz.
Tienes que estar tranquila…
—Buenos días —murmuró, sin alzar la mirada, fingiendo mirar que coger para comer.
—Tienes mala cara —dijo su madre, deteniéndose a observarla—. ¿Estás enferma?
Su madre, siempre tan jodidamente observadora.
—Solo cansada, mamá.
—¿Seguro?¿Quieres que te revise? Tengo tiras de analíticas en mi maletín. Puedes estar cogiendo algún virus.
—Mamá, no estoy enferma. No he dormido bien y ya está.
—¿Pasó algo en la universidad? —preguntó Romeo sin apartar la vista del periódico, pero con ese tono que no era pregunta, sino advertencia.
Ese era el problema— pensó.
Su padre era el tipo de hombre al que no se le miente. El tipo de hombre que nota el más mínimo cambio, la más mínima grieta.
Y ella tenía una grieta enorme abriéndose justo en medio del pecho .
—Me duele un poco la cabeza, eso es todo —mintió, jugando con la cucharita del café sin tocarlo—. Hoy no iré a clase.
Romeo levantó la mirada de su periódico clavando sus inquisidores ojos verdes en ella.
Por un segundo, creyó que lo sabía todo.
Su pulso se aceleró.
Los recuerdos de la noche anterior la atropellaron como un maldito tren sin frenos.
Los besos. El sexo. El puto descubrimiento de las carpetas.
El traidor durmiendo entre sus sábanas.
El color abandonó sus mejillas por completo. Samantha frunció el ceño, preocupada.
—¿Llamamos al médico familiar? Yo puedo hacerte algunas pruebas, pero solo soy enfermera… quizás si te viese Don Fabriccio… —intervino su madre.
—No, mamá. Solo necesito descansar un poco. Dormir. Estar sola. Los exámenes me tienen agotada.
Romeo entrecerró los ojos. Estudiándola. Midió cada palabra que no dijo. Pero luego asintió con un leve movimiento.
—Está bien. Pero si mañana sigues igual, quiero que te vea el médico.
Asintió rápido. Demasiado rápido. Solo quería huir de allí, y de los ojos de sus padres.
Intentó tragar la tostada, pero le supo a ceniza en la boca, dio dos sorbos a su café, y se disculpó con sus padres diciéndoles que iba a volver a dormir.
La mirada preocupada de su madre le dolió en el alma. Pero la mirada evaluadora de su padre la puso muy nerviosa.
Cuando subió a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer en el suelo. La espalda contra la puerta. Las manos en su cara .
Allí, sobre la alfombra persa, con el sol golpeando el cristal, sintió que el peso del mundo volvía a caerle encima.
¿Qué debía hacer?
¿Ir con su padre y decirle todo?
Que el hombre en el que confiaba, al que le había confiado su seguridad, su vida, su hija… era un enemigo.
Un jodido espía.
Un lobo en piel de cordero, dispuesto a destruirlos a todos.
¿Podía siquiera hacerlo?
Porque si lo hacía, Luca — o como se llamara — moriría. Su padre no perdonaba las traiciones. Romeo no dudaba a la hora de arrebatar una vida. No vacilaba. No ofrecía segundas oportunidades.
Y ella lo amaba. ¡Joder lo amaba muchísimo!
La verdad era esa. Brutal y aplastante.
Amaba a un traidor.
No sabía en qué momento se había colado dentro de su piel.
Tal vez fue la primera vez que discutieron. O cuando la empujó contra un coche y le gritó que le importaba.
O cuando la abrazó anoche, después de hablar de lo de Sandro, y su mundo tembló.
O tal vez… cuando la besó por primera vez, con tanta rabia que parecía que el universo se rompía en dos.
¿Qué haces cuando el hombre que más deseas es también el que podría destruir tu mundo entero?
No tenía la respuesta a esa pregunta.
Solo sabía que no estaba lista para delatarlo.
No todavía.
Y eso la destrozaba aún más. Porque significaba que, a pesar de todo, Luca seguía ejerciendo un enorme poder sobre ella .
Porque cada segundo que pasaba en silencio, estaba traicionando a su padre. A su madre. A su hermano. A los Bianchi.
Y a sí misma.
Se abrazó las piernas, apoyando la frente en las rodillas. Una lágrima solitaria cayó por su mejilla.
Una parte de ella quería volver a verlo, pero la otra, la de la razón le decía que se mantuviera alejada de él.
No podía verlo.
Tenía que pensar. Recomponerse. Decidir si iba a ser hija… o amante.
Si seguiría a su sangre… o a su corazón.
Pero en ese momento…
No era ninguna de las dos cosas.
Solo era una chica rota, amando a un monstruo que la había devorado viva.