Luca (Sangre Bianchi 2) Perder tu corazón
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Perder tu corazón

S alió de la ducha aún con la adrenalina bombeando por su cuerpo.

El agua caliente no había hecho nada para calmarlo.

Ni siquiera después de tenerla en su cama, desnuda, tan suya, jadeando su nombre mientras perdía la cabeza entre sus brazos.

Ella era un veneno adictivo, dulce y letal.

Y él, el maldito idiota que había comenzado a beber directamente del frasco.

Se pasó una mano por el pelo mojado. La toalla baja sobre sus caderas. Iba a volver a la cama y seguir perdiéndose en ella, otra vez. Su redención y su maldita condena.

Pero el silencio lo alertó. No era un silencio cualquiera, sino ese cargado de tensión. El que precede a la explosión.

Salió de la ducha con una sonrisa, intentando aparentar tranquilidad. Quizás solo era una estúpida sensación falsa. Abrió la puerta y se quedó parado. Como si sus pies pesaran toneladas.

Ariadna estaba frente al portátil. Cuando ella se había dormido había aprovechado para eliminar unos archivos y varias cosas más, antes de volver a la cama y dormirse. Pero había cometido un error de novato dejando el ordenador encendido.

Ella se giró para mirarlo. La sábana resbalando por su espalda. Su cara se había puesto pálida, y en sus ojos llameaba frialdad y furia a la vez. Una mueca que no llegaba a ser una sonrisa se dibujó en su rostro.

Luca borró su sonrisa y apretó los puños a sus costados.

La había cagado bien. Todo se había ido a la mierda.

Y lo peor no es que el plan ya no se pudiera llevar a cabo.

No. Era que había hecho lo que precisamente ayer le dijo.

Daño. Le había hecho daño. Lo sabía, lo veía en sus preciosos ojos azules que ahora destilaban puro odio hacía él.

Luca miró el portátil y vio la carpeta que estaba abierta. Todo su plan, toda su jodida verdad estaba ahí expuesta ante ella.

Intentó decir algo, pero no le salieron las palabras. Solo sintió cómo la sangre se congelaba antes de volver a hervir en las venas.

Ella giró el rostro hacia él, con los ojos abiertos como si hubiera visto un monstruo. Quizás lo había hecho. Quizás siempre lo fue.

—¿Qué mierda… es todo esto, Luca?

El aire entre ellos se volvió tóxico. Su mundo, en un puto segundo, se había derrumbado por completo.

Por primera vez, no supo qué decir.

—¡CONTÉSTAME!— gritó ella soltando la sábana que la cubría. Esta cayó al suelo resbalando por su cuerpo desnudo. Pero no parecía importarle en absoluto. Estaba temblando, pero Luca sabía que no era de frío.

—Ariadna…—murmuró él…

Ella soltó una carcajada. Luca frunció el ceño. No era una risa de alegría. Era una carcajada vacía, sin alma.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Mi puto nombre?— Volvió a señalar el portátil. Su vida, la de su familia, sus secretos. Todo lo tenía ahí apuntado. —¿Quién coño eres realmente Luca? ¿Te llamas Luca de verdad? ¿Para quién cojones trabajas?

Luca dio un paso hacia ella, pero Ariadna retrocedió.

Se pasó las manos por el pelo húmedo nervioso.

Quería acercarse a ella. Quería explicarle todo.

Besarla, abrazarla, decirle que era un imbécil.

Que todo eso ya no importaba nada. Que seguía siendo solo Luca, el hombre con el que había hecho el amor la noche de antes.

Por que sí, eso no había sido follar. Había amado y venerado cada jodido centímetro de su cuerpo.

—No es lo que piensas…

—¿QUÉ NO ES LO QUE PIENSO?— estalló ella. Las lágrimas se acumulaban en sus ojos azules. Pero como una mujer orgullosa que era se negaba a dejarlas caer.

—Te usé… —dijo al fin él, con la voz rota, rascando el silencio.—Sí, entré en esta casa con un propósito. Un jodido plan. Tu padre arruinó mi vida…. Y yo…yo iba a devolvérselo.

Ariadna dio varios pasos hacía él y le soltó una bofetada que resonó como un jodido disparo en la habitación.

La cara le ardía. Estaba seguro que le había dejado los dedos marcados. Pero eso ahora mismo le importaba una mierda. Sabía que merecía esa bofetada.

—¡Eres un maldito hijo de puta!

Ella dio un paso atrás.

—Me tocaste con tus sucias manos manchadas de odio hacia mí.

Te metiste en mi cama, me besaste como si te importara, me miraste como si…

—La voz de ella se quebró. Pero tragó con fuerza respirando fuerte por la nariz.

Intentando calmar a la fiera que Luca sabía que ahora mismo rugía dentro de ella.

—No eres mejor que los monstruos de los que se suponía tenías que protegerme.

Él alzó la mirada hacia ella. Por primera vez, en sus ojos negros, sabía que no había deseo, ni poder.

Solo culpa. Era la mirada de aquel niño roto hace veintidós años.

Disfrazado ahora de un hombre que se creía fuerte.

Pero no lo era. En ese momento se notaba caer en un jodido abismo del que no sabía cómo iba a salir.

La expresión de Ariadna se rompió aún más.

—Te juro que no era parte del plan enamorarme de ti —murmuró él. Abriéndose en canal.

Tenía que admitir de una vez la verdad.

Estaba jodidamente loco y enamorado de Ariadna Bianchi.

Ella se quedó helada al escucharlo.

El silencio que siguió fue brutal. Estaban a centímetros de distancia y parecía que un mundo entero se abría entre ellos.

—Demasiado tarde —susurró finalmente, dándole la espalda. Reunió la sábana del suelo y se envolvió con torpeza, las lágrimas cayendo ahora sin permiso—. No vuelvas a acercarte a mí, Luca. No quiero volver a verte. No quiero volver a escucharte. No quiero saber de ti nunca más.

Y sin mirar atrás, salió de la habitación, dejándolo solo.

Solo con su mentira.

Solo con su maldito corazón hecho trizas.

No iba a ir tras ella. Sabía que de nada serviría. Tampoco tenía el valor de intentarlo siquiera. Su piel aún caliente por la ducha, pero por dentro la sentía como si fuese hielo. Un hielo que quemaba. Y en su corazón ardía un fuego intenso. Del que nace del alma y arrasa con todo.

La he perdido…

Y eso no era parte del plan.

Porque sí, tenía uno. Desde el principio. Entrar. Infiltrarse. Destruir a Romeo Bianchi desde adentro. Usar a la princesa como llave, como vulnerabilidad, como excusa.

Y sin embargo…

Se pasó una mano por el rostro y gruñó fuerte. Estaba frustrado y muy jodido .

—¡Mierda! —estalló, lanzando la toalla mojada contra la pared y pateando la silla frente al escritorio, que cayó con  un estrépito.

El portátil seguía abierto. La carpeta aún abierta en la pantalla.

Las fotos. Las notas. Los rastreos. El expediente clínico del hermano. El pasado sucio del padre. Las cuentas en Suiza. El nombre de Samantha cuando aún no era una Bianchi.

Cada línea. Cada documento. Cada imagen.

Una prueba de que Luca Moretti —o mejor dicho, Luca Manccini— había cruzado una línea de la que no se podía volver.

La había destrozado. Y, al hacerlo, se había destrozado a sí mismo.

Te juro que no era parte del plan enamorarme de ti .

Eso le había dicho. Y era cierto.

Esa era la jodida tragedia de todo esto.

Se había enamorado de ella.

De su lengua afilada, de sus ojos que lo desnudaban con una mirada, de su odio tan visceral que rozaba lo adictivo.

De su valentía.

De su maldita luz.

Y ahora… ella lo miraba como al monstruo que había jurado destruir.

—No era así —susurró al vacío, hundiendo los dedos en su cabello mojado—. No debía pasar así…

Pero lo hizo.

La había tocado con manos sucias, sí. Pero cada caricia había sido real. Cada beso. Cada noche enredados entre sábanas y rabia. Cada susurro ahogado contra su piel. Cada condenada vez que la había hecho gemir su nombre sin que ella supiera quién era en realidad.

Y ahora lo sabía todo .

Caminó hasta el escritorio y golpeó el borde con el puño cerrado. El dolor físico era un eco lejano comparado con el martillo que le taladraba el pecho.

Sabía que se arriesgaba cuando la dejó entrar en su cama. Sabía que estaba jugando con fuego cuando empezó a quererla.

Pero no pensó que doliera tanto quemarse.

¿Y ahora qué, Luca? ¿Qué haces cuando el objetivo se convierte en el único lugar donde quieres descansar? ¿Cuándo tu venganza te roba el alma, pero ya no puedes soltarla porque está hecha con su rostro?

Se sentó en el borde de la cama, aún desnudo, aún con su olor en la piel, el sabor de su boca en la memoria, y la sensación de su ausencia en cada rincón del cuerpo.

Quiso gritar. Quiso seguirla. Quiso arrancarse el corazón para dejar de sentir.

Pero solo se quedó ahí, con la frente apoyada en las manos.

La he perdido

Sé repitió como un jodido castigo. Y esta vez no fue una maldición, sino una confesión.

Afuera, la mañana seguía en silencio.

Pero dentro de él, el caos era absoluto.

Lo peor de todo… es que aún no había terminado.

Porque Romeo no sospechaba nada. Pero se iba a enterar. Y ya le daba igual todo. Tenía que dejar salir su verdadero yo.

Ahora, el mayor traidor en esta historia… era él.